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Peter Pan entre la imaginación y la pedofilia

Se publica en castellano uno de los escritos más polémicos de James M. Barrie, en el que le dio vida por primera vez al personaje del país de Nunca Jamás. Llaman la atención sus relaciones con el pequeño David

PEIO H. RIAÑO

Dos años antes de que se estrenara la obra de teatro Peter Pan, Sir James Matthew Barrie (1860-1937) había publicado Little White Bird (1902), novela en la que por primera vez aparece el personaje que daría a conocer a este novelista y dramaturgo escocés en todo el mundo.

Los primeros pasos que J. M. Barrie le hizo dar a Peter Pan poco tienen que ver con el popular crío soñador que construyó al comprobar el tirón que causó la publicación de Little White Bird. Ahora se traduce por primera vez al castellano y llega a las librerías con más de 100 años de retraso con el título de El pajarito blanco, gracias a la edición de Barataria.

En el libro dos personajes, un militar solterón y cargado de manías (el narrador, el propio Barrie) y un niño que va creciendo a su lado en los jardines Kensington (George Lewellyn Davies) y que lo adopta como padre para la vida de la imaginación, encarnan todos los fantasmas de Barrie. El dolor por un gran amor perdido; la negación de la vida adulta y la aparición de la magia: Peter Pan, el niño que voló desde su habitación porque no había olvidado aún su vida anterior de pájaro; el nuevo amor hacia una madre llena de generosidad y talento y, sobre todo, la fascinación por el mundo vital y puro de los niños.

"Tiene una semana de edad [Peter Pan]. Sin embargo, nació hace tanto tiempo que nunca celebró un cumpleaños, ni creo que haya la más remota posibilidad de que eso ocurra. El motivo es que dejó de ser humano al séptimo día de su nacimiento. Se escapó por la ventana y regresó volando a los jardines de Kensington. Si crees que fue el único bebé que quiso escaparse en algún momento, es que te has olvidado de tus días de niñez", escribe Barrie en las primeras líneas de la parte central del libro, dedicada a elaborar la figura de Peter Pan.

Los capítulos más fantásticos y alejados de las crónicas impresionistas que traza en el resto del libro presenta a Peter Pan con forma de un bebé muy viejo, "aunque en realidad siempre tiene la misma edad". Desde los primeros apuntes Peter ya podía volar y transitaba por los famosos jardines del parque londinense. Apunta que "quizá todos nosotros podríamos volar si estuviéramos tan seguros de poder hacerlo como lo estuvo Peter Pan aquella tarde".

Barrie en los mundos al margen de la realidad se muestra menos mordaz y malvado. Se transforma y se llena de símbolos, de metáforas, de figuras irreconocibles, de mensajes indescifrables, de significados que se pierden. Incluso se queda al borde de lo hortera: "La razón por la que los pájaros vuelan y nosotros no es sencillamente porque tienen una fe ciega, y tener fe es lo mismo que tener alas".

Es ese tono entregado a la imaginación desbocada el que contrasta con su otra cara, la que es sardónica, misógina y pedófila. En el capítulo titulado El intruso la voz del narrador ya hemos dicho que es la del propio Barrie aparece tomada por el deseo al hablar de la noche que iba a pasar con David, un pequeño que tutela mientras mantiene una ardiente relación violenta con Mary, la madre de éste. "Pensaba pasar la noche conmigo. Habíamos hablado con frecuencia de esa posibilidad y, finalmente, Mary dio su consentimiento".

En una de las escenas más inquietantes, Barrie describe la noche con el niño David: "Sin más preámbulos, la blanca y pequeña figura se levantó y se abalanzó hacia mí. El resto de la noche durmió encima de mí; otras, con los pies en la almohada, pero siempre con mi dedo cogido. En una ocasión llegó a despertarse y a decirme que estaba durmiendo conmigo. Yo no pegué el ojo; pasé la noche pensando. Sobre ese niño que a mitad del juego sedesvelaba, cuando lo desnudaba, hundió la cabeza entre mis rodillas".

"Es un momento muy grave", reconoce Carola Moreno, editora de Barataria, quien se puso en busca del libro tras leer una referencia sobre él al propio Borges.

Sin embargo, en ningún caso el escrito refleja el delito cruel y perverso con el que hoy le definimos. A pesar de la intensidad del pasaje, no aparecen actividades sexuales clandestinas, oscuras, feroces o reprimidas. Si bien es cierto que la atribulada biografía de Barrie ayuda a pensar que era una persona equilibrada, tampoco se puede constatar que se encandilase por algo más que por la pureza de los niños que no quieren dejar de comportarse como pequeños seres tarambanas.

El pajarito blanco no es sólo un ajuste de cuentas con el mundo de la mujer, al que se enfrenta con toda la crueldad que es capaz de destilar su pluma: "Siempre que Mary hace algo que me resulta molesto, le envío una carta insultante. En una ocasión le saqué una fotografía a David ahorcado en un árbol. Se la envié. No podéis imaginar la cantidad de formas sutiles que tengo de herirla". También es una venganza que pasa factura a la relación con su madre. Con apenas seis años de edad, su hermano mayor, David (como el personaje de la novela), de 13 años, muere en un accidente mientras patina en un lago helado. La madre queda postrada y abandonada al cuidado de sus hijos.

Debido al total desamparo que sufrió en su infancia, James padeció enanismo psicogénico: no alcanzó ni el metro y medio de estatura y no perdonó jamás a su madre. "Pero la ventana estaba cerrada y habían colocado barrotes en ella. Al mirar en el interior vio a su madre durmiendo plácidamente y rodeando con sus brazos a otro niño. Peter gritó: ¡Madre, madre! pero ella no le oyó. En vano golpeó con sus pequeñas extremidades los barrotes, así que tuvo que regresar volando a los jardines y ya nunca más volvió a ver a su amada madre".

Es uno de los momentos más dramáticos de la intimidad de Peter Pan, que Barrie remata con una sentencia escrita para la posteridad: "No hay segundas oportunidades, al menos para la mayoría de nosotros", porque los "barrotes son de por vida". De hecho, los pájaros blancos, escribe Barrie, "son los pájaros que nunca tuvieron madre".

Incluso recela del amor que puede encontrar en sus amadas, porque cree que todo resulta en vano. "No se puede estar sin amor desde el amanecer hasta el anochecer; nunca antes me había dado cuenta de hasta qué punto una joven mujer lo necesita. Son todas iguales", dice.

Por supuesto, no se olvida de su otra gran obsesión, el paso de los años y la pérdida de la infancia. Es sobre todo en los primeros capítulos de estas crónicas de su tiempo, donde insiste de manera más evidente en sus preguntas acerca del abandono de la inocencia. "¿Es posible que aquella risa hubiera sobrevivido a un deshonor?", ¿permanecerán incluso después de que se haya desvanecido la inocencia? "Es evidente que la sonrisa inocente de la vida debe desaparecer con la inocencia".

J. M. Barrie pudo perdonar cualquier cosa, menos la juventud ajena. Necesitó de la risa que perdió repentinamente y que buscó en los párvulos que le rodearon. "Me pregunto qué aspecto tendrán cuando sean mayores", dice. Porque lo que nunca le abandonó fue el parapeto que se construyó a paladas de fría ironía que repartió contra las costumbres de su sociedad y las suyas de burgués empedernido.