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Miguel Hernández El poeta y la muerte

Los últimos días de Miguel Hernández antes de su fallecimiento en el penal de Alicante transcurrieron entre el hambre, las penurias y las cárceles franquistas de posguerra, en las que escribió algunos de sus versos más hermosos.

26/3/22 Miguel Hernández, recitando poemas en la plaza Ramón Sijé de Orihuela
Miguel Hernández, recitando poemas en la plaza Ramón Sijé de Orihuela.

Yo quisiera ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano

Ya estabas herido de muerte por la bronquitis t y la tisis cuando te llevaron a la enfermería del Reformatorio de Adultos de Alicante, la última de las prisiones franquistas a la que te condujo la represión fascista.

Rafael Córdoba, aquel agente de la policía de Salazar que te detuvo por no llevar papeles el 4 de mayo de 1939 en Moura, una blanca y linda aldeíta de callejuelas, geranios y sol junto a la frontera portuguesa con Huelva, nunca supo que a quien entregaba a la Guardia Civil era a ti, Miguel,nuestro poeta.

Entre todos los muertos de elegía
sin olvidar el eco de ninguno
por haber resonado más en el alma mía
la mano de mi llanto escoge uno

Allí, en aquellos calabozos de la cárcel de Rosal de la Frontera, empezó tu largo y penoso camino hacia la muerte.

Habías intentado huir a Portugal y cruzar en camión al Alentejo para escapar del horror que te esperaba. Pero te traicionó, delatándote, un vecino de Santo Aleixo a quien vendiste tu reloj, regalo de boda de Vicente Aleixandre. Con lo que te dio por él pudiste comprar unas alpargatas nuevas con las que querrías haber seguido caminando, caminando y caminando.

Alpargatas de esparto y tela basta, como las que usabas de crío cuando pastoreabas los rebaños de tu padre y escribías poemas de  juventud, pero de adultos, entre la música de los cencerros y los balidos de las cabras.

Tus primeros días de calabozos y prisiones los cuenta Augusto Thassio en Miguel Hernández, su perdición encontrada. En las mazmorras de la antigua cárcel de Torrijos, ya en Madrid, después de pasar por las de Huelva y Sevilla, recibiste la carta en la que Josefina Manresa, tu esposa, te contaba sus penurias: recién parida, sólo tenía pan y cebolla para alimentarse ella y para alimentar al bebé. Les escribiste desde tu celda algunos de tus versos más tristes y hermosos.

En la cuna del hambre
mi niño estaba
Con sangre de cebolla
se amamantaba

José María Cossío, tu mentor cuando trabajabas para Espasa-Calpe, te ofreció refugio y quiso interceder por ti, como trató de hacer Aleixandre y como logró finalmente Rafael Sánchez Mazas, fundador de Falange, probablemente quien convenció al tirano de que fusilarte daba demasiada mala imagen al nuevo régimen, que ya había asesinado a Lorca. Te conmutaron la pena por treinta años de cárcel, pero acabaron matándote.

Habías intentado huir por Portugal, como tantos otros perseguidos, para tratar de encontrarte más tarde con Josefina y con el niño. Manuel Miguel era tu segundo hijo, porque Manuel Ramón, tu primogénito, había muerto al poco de nacer. Malditos quienes empiezan las guerras, que privan a padres y madres del derecho de legar a sus hijos más memoria que unos versos de trinchera.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras

Dijeron que te condenaban por soldado, cuando en realidad querían matarte por poeta, por cabrero, por aceitunero altivo. Te dieron unos meses de ilusión de libertad antes de detenerte otra vez y pasearte por cárceles y penales: Palencia, en donde pasabas tanto frío que ni llorar podías porque se te congelaban las lágrimas; de nuevo Madrid; luego Ocaña, Albacete y finalmente Alicante, a donde llegaste con treinta años malherido de hambre, de palizas y de pena por no poder ver a Josefina y al pequeño.

¡Ay, breve vida intensa
de un día de rosales secular
pasaste por la casa igual, igual, igual,
que un meteoro herido, perfumado
de hermosura y verdad

En aquellos meses en la galería de condenados a muerte de la cárcel de Alicante le recitabas tus poesías a Antonio Buero Vallejo, quien reía contigo y quien todavía no se dedicaba escribir, sólo a dibujar. Era seis años más joven que tú, ¿quién sabe si no fue tu ejemplo el que le animó definitivamente a hacerlo? Te hizo un retrato eterno, que le pediste para tener la seguridad de que tu hijo podría conocerte.

26/3/22 Miguel Hernández con su hermana Elvira y su sobrina, en la Gran Vía de Madrid
Miguel Hernández con su hermana Elvira y su sobrina, en la Gran Vía de Madrid. Archivo familiar

Buero te recordaba como introvertido y ensimismado pero alegre y a veces cantarín, y tan humano tan humano que te negabas a "comer en república". Así le decíais en el penal a compartir los pocos alimentos que enviaban las familias de los presos y que no robaban los guardias. A ti pocas veces te llegaban porque la tuya no tenía nada para mandarte.

Contaba Buero que cuando te ofrecían "comer en república", tú, muerto de hambre, rechazabas la oferta arguyendo que otros presos estaba aún más hambrientos. O tal vez era que no querías tener más que tu mujer y tu hijo, que se alimentaban sólo de nanas de cebolla.

"Ofrecer lo poco que se tenía era normal, pero rechazarlo era de una abnegación y un desprendimiento inaudito", relataba Buero en 1982 una entrevista a El País. "Era tal la sensibilidad de Miguel que no se permitía aceptar algo sabiendo que restaba alimentos a una persona que también estaba necesitada". 

Yo nací en mala luna
Tengo la pena de una sola pena
que vale más que toda la alegría

Llegaste a Alicante en junio de 1941, y en noviembre te ingresaron en la enfermería de donde ya nunca saldrías. Allí pudieron visitarte Josefina, y el niño, y también tu hermana mayor, Elvira. La tuberculosis te devoraba los pulmones, pero tus carceleros no quisieron llevarte al hospital.

"Tenía la ronquera de la muerte, yo le toqué los pies y los tenía fríos y con rodales negros", contaba Josefina rememorando la última vez que te vio vivo. "Al día siguiente aún fue mi esperanza a llevarle el alimento, y al poner la bolsa en la taquilla me la rechazaron mirándome. Yo me fui sin preguntar nada. No tenía valor de que me aseguraran su muerte. Me fui a casa de su hermana y le dije que Miguel había muerto".

Morir es una suerte
como vivir: ¡de qué! ¡de qué manera!
supiste ejecutarla y el berrendo
Tu muerte fue vivida a la torera
lo mismo que tu vida fue muriendo

Tu muerte nos destrozó a todos, incluso a quienes nacimos mil años después. Pero gracias a ella y a quienes conservaron y honraron tu historia, tu memoria, tu figura y tu obra, supimos por tu ejemplo que lo que ganó el franquismo no fue una guerra, sino un genocidio, un exterminio atroz de gente única, grande, libre y buena, como tú.

Al poco de que te enterraran, Vicente Aleixandre, que se había enamorado de tu Elegía a Ramón Sijé, escribió otra con versos dedicados a ti, y también a tus asesinos:

Sí, esconded, esconded la cabeza. Ahora hundidla
entre tierra, una tumba para el negro pensamiento
cavaos,
y morded entre tierra las manos, las uñas, los dedos
con que todos ahogasteis su fragante vivir

Hay una leyenda que dice que te moriste con los ojos abiertos, y que ni siquiera los carceleros de Franco pudieron cerrártelos, tal era el afán con el que  aferrabas la vida. Es una leyenda hermosa, pero probablemente ideada en torno a otro de tus últimos poemas, A mi hijo, que empieza justamente así.

Te has negado a cerrar los ojos, muerto mío
abiertos ante el cielo como dos golondrinas

Muchos años después, en 1984, cuando murió Manuel Miguel, exhumaron tus restos para devolverlo a tu lado. Y fue como una metáfora liberadora poder por fin apartar la tierra con los dientes, a dentelladas secas y calientes. Fue la manera de encontrarte, de besarte la noble calavera, de desamordazarte, de regresarte. Poco después murió Josefina, tu musa, y desde entonces reposáis juntos los tres.

Hace ochenta años que te mataron, Miguel, hoy también es primavera y ya empiezan a asomar las aladas almas de las rosas de los almendros de nata. Recordarte hace que me duela hasta el aliento, pero suerte que no soy yo el único que te requiero. ¡Cuántas cosas de las que hablar, compañero del alma, compañero!

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