Del anime a los estadios: cómo el J-pop y el J-rock conquistaron el mundo

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Hace unos días compartí en redes sociales un vídeo de YOASOBI. Entre los comentarios apareció uno preguntando si ahora me había dado por el K-pop. Otro simplemente preguntaba qué era aquello.
No me molestó ninguna de las dos cosas. Me hizo pensar.
Porque resulta curioso que un grupo capaz de llenar pabellones, acumular cientos de millones de reproducciones y firmar algunas de las canciones más populares de los últimos años siga siendo prácticamente desconocido para buena parte del público occidental. Y más curioso todavía es que Japón lleve décadas influyendo en la cultura popular de medio planeta mientras gran parte de esa influencia pasa desapercibida.
Quizá porque asociamos Japón al anime, a los videojuegos o al manga, pero rara vez pensamos en él como una potencia musical. Y sin embargo lo es desde hace muchísimo tiempo.
Mucho antes de que las redes sociales acortaran las distancias y de que las plataformas digitales permitieran escuchar música de cualquier rincón del planeta con un solo clic, Japón ya había construido una de las industrias musicales más grandes del mundo. La diferencia es que, durante años, parecía no tener demasiado interés en conquistar el mercado internacional. Mientras Estados Unidos y Reino Unido exportaban artistas a todos los rincones del planeta, Japón seguía mirando principalmente hacia dentro. No porque le faltaran bandas, creatividad o público potencial. Simplemente no lo necesitaba.
Cuando Japón dejó de copiar y empezó a hablar en su propio idioma
Gran parte de la historia del rock japonés puede entenderse como una conversación con Occidente. Al principio llegaron las influencias del rock británico, del hard rock, del punk y del heavy metal. Pero en algún momento aquello dejó de ser una simple imitación para convertirse en algo completamente distinto.
Ahí aparece X Japan.
Más que una banda, fueron un punto de inflexión. Tomaron elementos reconocibles del metal y el glam rock y los transformaron en algo profundamente japonés: más teatral, más emocional, más grandilocuente y también más libre.
Escuchar hoy algunas de sus canciones sigue resultando sorprendente. No solo por la mezcla entre metal extremo, baladas orquestales y sensibilidad clásica, sino porque anticiparon muchas de las cosas que después definirían a buena parte de la música japonesa contemporánea.
Tras ellos llegarían artistas tan diferentes como L'Arc-en-Ciel, Dir En Grey, Miyavi, The Gazette o Versailles. Ninguno sonaba igual que el anterior. Y quizá esa sea una de las claves para entender lo que vendría después.
La revolución silenciosa del Visual Kei
Mucho antes de que TikTok descubriera la moda alternativa o de que las grandes marcas incorporaran la androginia a sus campañas publicitarias, miles de adolescentes europeos ya intentaban imitar los peinados imposibles de X Japan, los trajes aristocráticos de Versailles o la oscuridad teatral de Malice Mizer.
El Visual Kei fue mucho más que un género musical. Fue una forma de entender la creatividad.
La música importaba, por supuesto. Pero también la imagen, la puesta en escena, el maquillaje, la narrativa visual y la sensación de que cada artista habitaba un universo propio.
Durante los años noventa y especialmente a principios de los 2000, internet permitió que esta escena encontrara seguidores muy lejos de Japón. En una época en la que todavía había que descargar vídeos en calidad dudosa, intercambiar discos en foros o perseguir fotografías escaneadas de revistas imposibles de encontrar en España, ya existía una comunidad internacional fascinada por aquellas bandas.
Vista con perspectiva, aquella fiebre fue una de las primeras grandes victorias culturales de Japón en internet.
Antes de Spotify estaban los openings
Para quienes crecimos viendo Dragon Ball, Sailor Moon, Slayers o Neon Genesis Evangelion, la música japonesa nunca fue algo exótico. Estaba ahí desde el principio. Otra cosa es que tardáramos años en descubrirlo.
Millones de personas escucharon canciones japonesas durante su infancia y adolescencia sin preguntarse quién las cantaba o de dónde venían.
Cha-La Head-Cha-La, Moonlight Densetsu, Give a Reason o A Cruel Angel's Thesis no eran simples sintonías de televisión. Eran canciones que se quedaban grabadas en la memoria colectiva de varias generaciones.
La figura de Megumi Hayashibara resulta especialmente significativa. Cantante, actriz de voz y referente absoluto de la cultura popular japonesa, representa mejor que nadie una característica muy particular de Japón: la capacidad de mezclar música, animación, narrativa y entretenimiento sin establecer fronteras claras entre ellas.

Mucho antes de que las discográficas japonesas comenzaran a interesarse por el mercado internacional, ya existían miles de aficionados repartidos por todo el mundo que habían llegado a su música gracias al anime.
En mi caso, gran parte de aquel descubrimiento ocurrió encerrado en la buhardilla de casa, a principios de los 2000, con una conexión a internet desesperadamente lenta y una curiosidad enorme por todo lo que llegaba de Japón.
Pasaba horas escuchando una plataforma llamada Kawaii Radio, una especie de ventana permanente a un universo musical que parecía existir en paralelo al que sonaba en las radios españolas. Descubría canciones, apuntaba nombres imposibles de pronunciar y después me lanzaba a buscarlas por internet para descargarlas y grabarlas en CD.
Algunos de aquellos discos acababan sonando en fiestas con amigos que no entendían absolutamente nada de lo que estaba escuchando. Yo tampoco entendía japonés. Pero había algo en aquellas melodías, en aquellos arreglos y en aquella libertad para mezclar estilos que resultaba fascinante.
Recuerdo incluso utilizar A Cruel Angel's Thesis, la canción de apertura de Evangelion, para uno de mis primeros experimentos musicales en el instituto. En cuarto de la ESO nos enseñaron a utilizar un programa básico para editar y remezclar canciones. Mientras otros compañeros recurrían a éxitos de radio mucho más reconocibles, yo aparecí con un opening de anime japonés. Probablemente fue una de las primeras veces que intenté explicar a otras personas una obsesión musical que todavía parecía pertenecer a un universo bastante minoritario.

Internet derriba las fronteras
Cuando internet empezó a conectar a esos aficionados dispersos por todo el planeta ocurrió algo curioso.
Bandas que apenas tenían presencia fuera de Japón descubrieron que había seguidores esperando sus discos, sus vídeos y sus conciertos en lugares donde jamás habían imaginado llegar.
Fue una expansión lenta, construida desde abajo. No había campañas multimillonarias ni estrategias globales perfectamente diseñadas. Había foros, páginas de fans, subtítulos realizados por aficionados y una enorme curiosidad por descubrir algo diferente.
L'Arc-en-Ciel, Dir En Grey, Miyavi o The Gazette comenzaron a llenar salas fuera de Japón cuando todavía parecía imposible imaginar el momento actual.
Aquella comunidad tenía algo especial. Lo comprobé por primera vez cuando viajé al Salón del Manga de Barcelona en 2007, recién cumplidos los dieciocho años.
Hasta entonces, buena parte de aquella afición había sido una experiencia bastante solitaria. De repente, me encontré rodeado de miles de personas que compartían las mismas referencias, los mismos grupos y, en muchos casos, la misma fascinación por el Visual Kei.
Recuerdo volver a casa cargado de CDs originales. Durante años conseguir música japonesa había sido una pequeña odisea. Aquel viaje fue probablemente la primera vez que tuve la sensación de que toda aquella cultura que seguía desde la distancia tenía una dimensión real y tangible.
¿Y el K-pop?
Resulta inevitable hablar del fenómeno coreano cuando se habla de música asiática.
Sin embargo, la comparación suele simplificar demasiado las cosas.
Corea del Sur convirtió la música popular en una herramienta de exportación cultural cuidadosamente planificada. Japón siguió otro camino. Mucho más caótico, más orgánico y probablemente más difícil de resumir.
Quizá por eso todavía hay quien confunde un vídeo de YOASOBI con K-pop.
Desde fuera, todo puede parecer parte del mismo fenómeno. Basta rascar un poco para descubrir que las diferencias son enormes.
Mientras el K-pop se ha convertido en una marca global fácilmente reconocible, la música japonesa sigue siendo un territorio sorprendentemente difícil de encasillar. Conviven el metal, el jazz, la electrónica, la música clásica, el punk, el rock progresivo, la cultura idol y las bandas sonoras de anime sin demasiada preocupación por las etiquetas.
Tal vez por eso resulta tan complicado explicar qué demonios es el J-pop.
Porque en realidad no es una única cosa.
De fenómeno de nicho a conversación global
La llegada del streaming cambió definitivamente las reglas.
De repente, artistas japoneses que durante años habían permanecido relativamente escondidos para el público occidental aparecieron al alcance de cualquiera.
Babymetal se convirtió en un fenómeno internacional capaz de compartir cartel con algunas de las mayores bandas de metal del planeta. Más recientemente, YOASOBI ha demostrado que una canción en japonés puede competir de tú a tú con los grandes éxitos globales sin renunciar a su idioma ni a su personalidad.
Lo interesante es que Japón no ha necesitado transformarse para ser escuchado.
No ha tenido que parecer más occidental. No ha tenido que traducirlo todo al inglés. No ha tenido que renunciar a aquello que lo hace diferente.
Simplemente ha encontrado un mundo dispuesto a escuchar.
Japón ya está aquí
La mejor prueba de todo esto no está en las cifras de Spotify ni en las estadísticas de YouTube.
Está en los escenarios.
Recuerdo acompañar a dos amigas a un concierto de Versailles en Madrid cuando aquello todavía parecía un acontecimiento reservado a una minoría muy concreta. También recuerdo la impresión de ver años después a Babymetal actuando ante miles de personas en nuestro país y comprobar más recientemente cómo propuestas tan inclasificables como Hanabie atraen a un público cada vez más amplio.

Artistas como Kamijo continúan recorriendo Europa llevando el legado del Visual Kei a nuevas generaciones, mientras bandas tan influyentes como Mono siguen encontrando en España un público fiel décadas después de su formación.
Lo que hace veinte años parecía reservado a pequeños círculos de aficionados forma hoy parte de la programación habitual de salas y festivales.
Quizá no ocupen todavía los titulares que generan otras escenas asiáticas. Quizá mucha gente siga sin saber quién es YOASOBI o continúe confundiendo J-pop y K-pop.
Pero algo ha cambiado.
Y basta mirar la cantidad de artistas japoneses que visitan nuestro país cada año para darse cuenta.
La conquista silenciosa
Durante años, el mundo ha asociado Japón al manga, al anime, a los videojuegos o a la tecnología.
Sin embargo, buena parte de la banda sonora que ha acompañado a varias generaciones también nació allí.
Desde los openings que marcaron nuestra infancia hasta las comunidades internacionales que crecieron alrededor del Visual Kei. Desde aquellos discos imposibles de conseguir hasta los millones de reproducciones que hoy acumulan artistas japoneses en plataformas digitales.
Quizá la mayor victoria cultural de Japón no sea que el mundo escuche su música.
Quizá sea que ha conseguido formar parte de nuestras vidas sin necesidad de pedir permiso, sin adaptarse a las reglas de nadie y sin perder nunca aquello que la hacía diferente.
Porque, aunque muchos todavía no lo sepan, durante décadas el mundo ha escuchado música japonesa sin darse cuenta.



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