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La ciencia que prohibió Franco

La mejor revista científica en castellano de la historia sobrevivió hasta la muerte del dictador

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Madrid, una mañana del invierno de 1950. El dictador Francisco Franco visita la Biblioteca Central del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en Madrid. Su expresión, inmortalizada por un fotógrafo, explica por sí sola por qué los laboratorios de la institución se habían vaciado 11 años antes, tras la demolición de la República. Franco, ataviado con su casaca de Generalísimo de todos los ejércitos, aparece rodeado de libros encuadernados con lomos dorados.

En el CSIC se siente cómodo, ya que él mismo lo creó 11 años antes para, según reza el acta fundacional del organismo, 'imponer al orden de la cultura las ideas esenciales que han inspirado nuestro Glorioso Movimiento, en las que se conjugan las lecciones más puras de la tradición universal y católica con las exigencias de la modernidad'. Sin embargo, Franco parece una liebre asustada, como si acabara de perder la Batalla del Ebro. Como si le dieran miedo los libros.

La victoria del dictador en la Guerra Civil provocó la espantada de los investigadores, pero la ciencia española continuó siendo puntera en su exilio americano. Aunque sus colegas que resistieron en España no se enteraron.

Algunos de los científicos más brillantes de la época, como el ex director del Museo Nacional de Ciencias Naturales, el entomólogo Ignacio Bolívar, fundaron en México Ciencia. Revista hispanoamericana de Ciencias puras y aplicadas. Nació para elevar el nivel de la cultura pública, para contribuir al progreso de la ciencia y para aumentar el interés por ella en los países hispanoamericanos. Pero era demasiado peligrosa: mostraba la España que pudo ser y no fue.

Medio millar de ejemplares del primer número, publicado el 1 de marzo de 1940, partieron hacia España. En sus páginas se hablaba de una nueva especie de insecto, del hambre de origen cerebral y de los protozoos en la sangre de algunos pájaros mexicanos. No había ni una palabra sobre política, pero era demasiado para Franco. Fue inmediatamente prohibida.

'El hecho de ver reunidos tantos nombres de la ciencia española exiliada trabajando y publicando desde México en colaboración con una selecta y numerosa lista de científicos hispanoamericanos parece que fue resentido por las autoridades tiránicas franquistas como una agresión peor que los ataques militares', escribió medio siglo después Francisco Giral, uno de los fundadores. A causa del recelo de Franco hacia la ciencia, la mejor revista científica en castellano de la historia se publicó a espaldas de los españoles durante 35 años. Hasta la muerte del dictador.

Las autoridades franquistas hicieron bien su trabajo. Hoy, 70 años después del fin de la Guerra Civil, sólo existe una colección completa de Ciencia en España. Donada por la familia de Ignacio Bolívar, descansa en la biblioteca de la Residencia de Estudiantes, en Madrid. El director del Archivo Virtual de la Edad de Plata, Carlos Wert, saca con mimo el primer volumen de un estante.

Una ojeada a cualquiera de sus páginas sume al lector en la atmósfera de 1940. En una breve noticia, los redactores de Ciencia informan de la concesión del premio Nobel de Medicina de 1939 al patólogo alemán Gerhard Domagk, por el descubrimiento del primer fármaco efectivo contra las infecciones bacterianas.

'El profesor Domagk, antes de aceptarlo, pidió autorización al Gobierno alemán, y al poco tiempo escribió al Comité de Estocolmo declinando el honor, pues las leyes actuales no permiten aceptar el premio Nobel a sus nacionales', contaba de forma aséptica Ciencia, sin mencionar al régimen nazi.

En otra de sus páginas, el introductor de la teoría cromosómica de la herencia en España, José Fernández Nonídez, entonces en la Universidad de Cornell, en Nueva York (EEUU), explica la base anatómica de la regulación refleja de la presión sanguínea. Y otra pieza da cuenta del sondeo terrestre más profundo, llevado a cabo en 1940 por la Continental-Oil Company: casi cinco kilómetros de prospección en busca de petróleo.

'En España había una ciencia puntera en 1936 y la siguió habiendo, pero fuera de España, aunque hoy no se recuerde', sostiene Wert. Sin embargo, opina, la situación va a cambiar. La Residencia de Estudiantes, fundada en Madrid en 1910 como el primer centro cultural de España, pretende rescatar del olvido la publicación, en colaboración con el CSIC.

Wert ha sido el encargado de coordinar el proceso de digitalización de la revista, que estará disponible en el portal Edad de Plata (www.edaddeplata.org) en los próximos meses. Casi 70 años después de su lanzamiento, los españoles podrán leer Ciencia.

Para los científicos, será una oportunidad para recuperar el intento más serio de hacer una especie de revista Science en castellano. De su consejo de redacción salieron dos premios Nobel: el fisiólogo argentino Bernardo Houssay y el español Severo Ochoa. Ambos sufrieron la ignorancia de las dictaduras. El bioquímico huyó de Madrid en 1936, al comienzo de la Guerra Civil, y no volvió hasta 1977, ya nacionalizado estadounidense.

Y Houssay, primer científico latinoamericano galardonado con un Nobel, fue expulsado de su cátedra por el gobierno peronista. 'El consejo de la revista era, simplemente, la nómina de la ciencia española de la época', apostilla Wert.

Pero la recuperación de Ciencia no es simplemente un hito para la comunidad científica. Desde el primer número, Bolívar y compañía se propusieron exponer 'en lenguaje, para todos comprensible, el estado de los problemas de general interés que toda persona ilustrada debe conocer'. En el número 4, correspondiente al verano de 1940, el ingeniero industrial Jorge de la Riva, pionero de la radio en España, deja clara la voluntad divulgativa de la publicación en un artículo sobre los nuevos métodos de grabado de sonido.

Gracias a los constantes estudios, narra De la Riva, 'se ha conseguido eliminar la sensación de un gramófono gigante que daba, en sus comienzos, el cine sonoro, con sus voces humanas sin timbre; la voz de la mujer era más bien la de un barítono que tuviera un solo registro; la del hombre parecía la de un dragón legendario surgiendo en la defensa de sus tesoros; la música, confusa y desagradable, semejaba a las charangas de los circos pueblerinos'.

El instigador de la digitalización de la revista, Miguel Ángel Puig-Samper, director de publicaciones del CSIC, sólo concibe la prohibición de distribuir la revista en España como un ejemplo más del 'proceso de represión contra los científicos' ejecutado por los fascistas. 'Aunque la revista Ciencia se haya olvidado, la investigación española que se hacía en México era mejor que la ciencia que se hacía en España', asevera.

Sólo una circunstancia puso punto y final a su aventura. En el último número de Ciencia, correspondiente a diciembre de 1975, sus redactores escriben: 'Por circunstancias imprevisibles y de fuerza mayor, nuestra revista ha sufrido un retardo considerable en su publicación. Rogamos a nuestros suscriptores, amigos y colaboradores disculpen esta involuntaria recesión que esperamos subsanar en lo sucesivo'. No lo hicieron. Franco había muerto. Algunos volvían a casa.

Seis meses antes de que el general Miguel Primo de Rivera diera un golpe de Estado, Albert Einstein viajó a Madrid para pronunciar una conferencia en la Residencia de Estudiantes, que ya se había convertido en un altavoz de la modernidad en España.

En la época de la visita de Einstein, marzo de 1923, convivían en la famosa Colina de los Chopos Federico García Lorca, Salvador Dalí y Luis Buñuel. Pero no todos los residentes o visitantes asiduos pertenecían al mundo de las artes y las letras. También en 1923, la Residencia de Estudiantes publicó el libro ‘Principio de relatividad’, escrito por el anfitrión de Einstein en Madrid: Blas Cabrera, el físico español más notable en el primer tercio del siglo.

El propio alemán y Marie Curie, la primera persona que recibió dos premios Nobel, invitaron a Cabrera a la Conferencia Solvay de 1930, a la que acudieron los físicos más brillantes de la época. Sin embargo, pese a este historial, las autoridades franquistas le persiguieron tras la Guerra Civil y forzaron su huida a México. Allí, Cabrera se incorporó a la revista ‘Ciencia’ y se convirtió en su segundo director, tras la muerte de Ignacio Bolívar.