Qué debes hacer si sospechas de un transtorno del neurodesarrollo en tu hijo

Dra. Ana María Pérez Pardo
Jefa del Servicio de Pediatría del Hospital Universitari General de Catalunya (Barcelona)
Ante la sospecha de un trastorno del desarrollo, el pediatra es el primer profesional en evaluar la situación. A partir de ahí, se puede derivar al niño a un equipo multidisciplinar formado por neuropediatras, psicólogos, logopedas, y terapeutas ocupacionales, según el caso.
Es más, desde el hospital promovemos una atención integral que no sólo busca el diagnóstico, sino también el acompañamiento emocional de las familias. De hecho, el abordaje temprano es la mejor herramienta que tenemos para potenciar las capacidades del niño y reducir las limitaciones.
De hecho, la intervención temprana permite aprovechar la plasticidad cerebral de los primeros años, facilitando avances significativos en el lenguaje, la socialización, el autocontrol o la coordinación motora. Además, ayuda a las familias a comprender mejor las necesidades del menor y a contar con recursos adecuados.
Principales signos de alarma
Con todo ello, lo más importante es no esperar, y si hay dudas, siempre es mejor consultar. Un diagnóstico precoz no etiqueta al niño: lo empodera. Nos permite actuar a tiempo y brindarle las oportunidades que necesita para desplegar todo su potencial.
Durante los primeros años de vida, los niños atraviesan una etapa de evolución constante: aprenden a hablar, caminar, interactuar con su entorno y regular sus emociones.
Aunque cada niño tiene su propio ritmo, existen señales que pueden indicar la presencia de un trastorno del desarrollo. Identificarlas a tiempo es clave para intervenir precozmente y mejorar la calidad de vida del menor y de su familia.
Así, y pese a que cada trastorno tiene síntomas específicos, hay ciertas señales de alerta que pueden aparecer en diferentes etapas del desarrollo:
A los 12 meses: sedestación inestable, escaso contacto visual, ausencia de balbuceo, no imita gestos. A los 18 meses: poca intención comunicativa, no señala, no comprende ordenes sencillas, no expresa emociones, no sigue instrucciones sencillas, no camina sin ayuda. A los 2 años: ausencia total de lenguaje, no imita, no comprende ni sigue órdenes, no señala una parte de su cuerpo. Entre los 2 y los 4 años: dificultades para formar frases, juego repetitivo o poco imaginativo, conductas rígidas, alteraciones sensoriales (reacciones exageradas a sonidos, luces, o texturas) A partir de los 5 años: problemas de atención, de impulsividad excesiva, dificultades para aprender a leer o a escribir, aislamiento social, o comportamientos que interfieren en el entorno escolar o familiar.
Cada niño lleva su ritmo
Por último, recordar que el desarrollo infantil es un proceso complejo y no lineal. Aunque algunos trastornos pueden ser transitorios, si aparecen signos de alerta, se debe consultar con un especialista.
Los trastornos del desarrollo engloban diversas condiciones que afectan el aprendizaje, a la comunicación, al comportamiento, o a las habilidades motoras. Entre los más frecuentes se encuentran los Trastornos del Espectro Autista (TEA), el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), los trastornos del lenguaje, del aprendizaje, y los trastornos motores, como la dispraxia.
El primer paso siempre es observar con atención. Muchas veces los padres o cuidadores son quienes primero notan que algo no va bien, y esto es muy valioso. De hecho, el entorno familiar, educativo y social cumplen un papel fundamental en el desarrollo del niño.
Estimular el juego, hablar con ellos, fomentar su autonomía, y prestar atención a sus necesidades emocionales son acciones diarias que contribuyen al bienestar infantil.
