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Árboles musicales, poemas y peta zetas

El sonido se convierte en obra de arte en una muestra con 50 artistas internacionales en La Casa Encendida de Madrid

JESÚS MIGUEL MARCOS

Los empleados de la Escuela de Ingenieros de Obras Públicas de Madrid se llevarán una sorpresa al llegar mañana al trabajo. Cuando atraviesen el jardín de la Colina de las Ciencias, escucharán un extraño y prolongado sonido gutural, algo parecido a lo que se oiría si Triki, el monstruo de las galletas, diera una conferencia sobre Heidegger mientras se come una caja de polvorones. Pero no es la garganta de Triki la fuente de sonido, sino la de Octavio Paz. "Lo que suena son grabaciones de recitados de más de 60 poetas. Algunos suenan tal cual, pero a otros les hemos añadido efectos, lo que se llama poesía fonética", explica Concha Jerez.

Jerez es la autora, junto a José Iges, de la instalación Jardín de poetas, que forma parte de la ambiciosa exposición ARTe SONoro, cuyo cuerpo principal se encuentra en La Casa Encendida. "El arte sonoro es una forma de recoger la aparición de nuevas formas artísticas a partir del desarrollo de la tecnología. Podía haber sido una muestra sobre la luz, la imagen o lo digital, pero hemos hecho hincapié en el sonido", explicó ayer José Manuel Costa, comisario de una exposición para la que ha revisado el trabajo de más de 120 artistas.

En ARTe SONoro todo suena, desde el catálogo (que viene acompañado de un aparatito que reproduce una pieza de Robert Henke) hasta el cátering de la presentación (donde se sirven peta zetas), pasando por unas escaleras, las lámparas e incluso los árboles. En la Colina de las Ciencias hay un abeto envuelto en cables y no es Navidad. ¿Qué pasa? "He colgado 18 pequeños altavoces del árbol que emiten un sonido muy parecido al que se oye aquí mismo. Busco que la gente sea consciente de los sonidos que se producen a su alrededor en cada instante", explicó la artista Dawn Scarfe, que ayer ponía a punto su obra Tree music.

Una curiosidad de esta muestra es que las obras no viajan solas, como es habitual en las exposiciones convencionales. Vienen acompañadas, claro, por sus creadores. "Estas piezas no se pueden empaquetar en una caja y listo. El artista tiene que venir porque son necesarios ajustes inverosímiles, como es el caso de la obra de Ryoji Ikeda, que tiene que coordinar dos proyectores distintos con absoluta precisión. Puede hacerlo en cinco minutos o puede tardar un día", subrayó José Manuel Costa.

Pero siempre hay imprevistos. La obra del colombiano Andrés Ramírez, una instalación de luz y sonido situada en un pasillo, se ha topado con un enemigo en forma de luz de emergencia. "Bueno, la instalación en sí ya parece una lámpara estropeada, porque la gente pensará que es la lámpara del pasillo", se consolaba ayer Ramírez.

La muestra también aprovecha el viejo campanario de La Casa Encendida, que será reactivado por el músico Llorenç Barber y sus inseparables campanas, con las que lleva trabajando más de 30 años. El espíritu didáctico de ARTe SONoro se reflejará en la obra de Chris Watson (ex miembro del grupo Cabaret Voltaire), que presenta una pieza con grabaciones de campo en la Antártida. Varios grupos de niños que estudian el continente en sus clases de geografía visitarán la muestra para oír cómo suena.

El programa se completa con varias performances que tendrán lugar en el patio de La Casa Encendida el fin de semana. "Es muy recomendable la actuación de Jacob Kirkegaard, Labyrinthitis, que utiliza frecuencias que hacen que resuene tu oído interno, que vibra y produce sus propios sonidos", dice Costa. El arte sonoro, dentro de uno mismo.