Angélica Liddell convoca a Mishima en un "acto de vanguardia radical"
La reciente Premio Nacional de Teatro culmina su trilogía de funerales con el estreno de 'Seppuku. El funeral de Mishima o el placer de morir' en el Festival Temporada Alta.

Marta García Miranda
-Actualizado a
En 1992, con 25 años, escribe El jardín de las mandrágoras (Pequeña tragedia sexo-metafísica dividida en nueve escenas y cinco lirios), que se convertirá en su primera puesta en escena. En aquella obra, justo antes de ahorcarse, una mujer vestida con un kimono decía: "En otra vida fui japonesa". Y también: "Mata a tu padre, mata a tu madre y si te encuentras a Dios, mátale también". En varias entrevistas de aquellos años afirma que es "una suicida sin suicidio" y que aquella obra nació de su fascinación por la obra de Yukio Mishima. Treinta y tres años después, Angélica Liddell (Figueres, 1966), vuelve al universo del autor japonés (que nunca ha abandonado) y lo hace, de nuevo, con la imagen de una suicida: ella, en pantalla, desnuda, colgando de una soga, con unas bragas a la altura de la rodilla. Su voz en off explica que en 2010 se encargó de preparar su suicidio y escogió un lugar adecuado en su casa que soportara el peso de su cuerpo, las patadas en el aire y las convulsiones antes de la muerte. "Hice fotos del simulacro para saber qué vería la gente cuando me viera muerta", dice. Y las vemos.
Así abre Angélica Liddell Seppuku. El funeral de Mishima o el placer de morir, estrenada este sábado en el Teatre de Salt, en Girona, dentro de la programación del Festival Temporada Alta en el que Narcís Puig se estrena como director. Con esta pieza, cuyas entradas para dos únicas funciones se vendieron en cuatro minutos, Liddell cierra su trilogía de funerales, compuesta por Vudú (3318) Blixen, obra maestra en la que oficiaba su propio entierro, y Dämon, el funeral de Bergman, con la que abrió en 2024 el Festival de Avignon y por la que ha sido recientemente galardonada con el Premio Nacional de Teatro.
Junto a ella, en escena, Gumersindo Puche, el culturista Alberto Alonso Martínez, el actor Kazan Tachimoto, el bailarín Ichiro Sugae y cuatro actores muy jóvenes no profesionales. Tras su paso por Girona, Seppuku llegará a finales de enero al Théâtre National de Strasbourg y en verano al Festival Grec de Barcelona, coproductores de la obra junto con Temporada Alta, el Wiener Festwochen/Free Republic of Vienna y el apoyo de la Comunidad de Madrid.
Y en todos los escenarios en los que lleve a escena este tercer funeral y "elogio de la muerte como acto de vanguardia, radical y sincero", Liddell convocará a su público a las 5.45 de la mañana (esa experiencia merece otra crónica) para terminar justo cuando empiece a salir el sol, momento que señala el código de los samuráis, el Hagakure (a la sombra de las hojas, en español), para llevar a cabo el suicidio ritual por desentrañamiento, una muerte con honor, un harakiri, la forma que eligió para quitarse la vida el narrador, ensayista, poeta y dramaturgo japonés Mishima el 25 de noviembre de 1970, hace casi 55 años.
Aquel día, el autor de Confesiones de una máscara entró en el cuartel de la División Oriental del Ejército con cuatro miembros de la Sociedad del Escudo (Tatenokai), su milicia paramilitar privada, exhortó a los soldados del regimiento a dar un golpe de Estado y, tras el fracaso de su arenga, abrió su vientre de izquierda a derecha con una daga. Para finalizar el seppuku, dos de sus compañeros le decapitaron con bastantes dificultades.
Yukio Mishima ensayó su muerte en la escritura de obras como Patriotismo o Caballos desbocados. Después, convirtió su propia muerte en una obra (bastante más imperfecta que la que imaginó en sus novelas). Liddell, una suicida sin suicidio que lleva años, dice, preparando su muerte, hace de Seppuku "un elogio del suicidio porque la muerte nace de un desmedido deseo de vivir, de una sensibilidad extraordinaria fuera de todo juicio y toda penalización: el suicidio siempre es una acción de vanguardia y conlleva un componente estético brutal". Y ahí, quizá, resida uno de los dilemas que plantea esta pieza: la distancia entre la realidad y el simulacro, entre la obra de arte y la acción que pone fin a la vida.
Habrá otra idea que presidirá el montaje y que obsesionó a Mishima durante toda su vida: la sinceridad. En una carta al director de cine inglés Basil Wright, el autor japonés decía: "No puedo creer en la sinceridad occidental porque no la veo. Pero en la época feudal nosotros creíamos que la sinceridad moraba en nuestras entrañas y que, si teníamos necesidad de mostrarla, debíamos abrirnos el vientre y poner al descubierto nuestra sinceridad de modo visible". Como si estuviera hablando con Mishima y apuntalara sus palabras, Liddell dirá en escena: "Pido el fin de la vida porque soy una criada de la belleza y una subordinada de la belleza y una esclava de la belleza. Soy, en definitiva, una esclava de la palabra sinceridad".
Erotismo, belleza y muerte
Minimalista y muy depurada en su concepción escénica y plástica, Seppuku es una obra alejada del festival visual de Vudú (3318) Blixen y más cercana a la sobriedad de obras como Caridad. Liddell convoca a Mishima en un espacio sobrio, de color blanco, con un panel dorado y rodeado de tierra teñida de rojo, color que presidirá gran parte de un montaje en el que escucharemos, leídas en japonés, las páginas de Patriotismo (Yūkoku) en las que Mishima describe con minuciosidad el seppuku de su protagonista.
Sonará también Big in Japan, de Alphaville, y veremos La Venus dormida de Giorgione que tanto le gustaba a Mishima, pero también una adaptación de Hagoromo (La túnica de plumas), obra de teatro Noh del siglo XIV, y a Angélica afeitarle una axila a Sindo Puche, compartir con él cigarrillos que primero se introducirá en la vagina (fumó igual en Terebrante) y bailar después con un trozo de hígado colgado del cuello con el que terminará compartiendo algo muy parecido al sexo.
"Mishima me instruyó desde la adolescencia en una trinidad indisoluble: el erotismo, la belleza y la muerte", dice Liddell, e Ichiro Sugae y Kazan Tachimoto se moverán en coreografías hermosas y delicadas que reproducirán las fotos que Eikō Hosoe le hizo a Mishima, publicadas en aquel libro titulado Barakei (en español, Muerto por las rosas), y Alberto Alonso Martínez encarnará, con movimientos de campeón de halterofilia, el culto al cuerpo al que se entregó el autor japonés durante años.
A lo largo de la pieza, Angélica vestirá un kimono rojo impresionante y un vestido blanco y otro negro y nos contará que el 7 de enero de 2024 vio cómo una mujer se lanzaba al vacío desde una azotea en la Gran Vía de Madrid y que un año y medio después, el mismo día en que se cumplía el aniversario de la muerte de Ingmar Bergman, visitó el lugar en el que Mishima se quitó la vida, en el que (nos dice) aún perduran las señales del forcejeo con las katanas. Allí, la creadora hará una pregunta que estará presente a lo largo de toda la obra: "¿Cuándo voy a morir?".
Pero más allá de todo esto, hay tres escenas que articulan Seppuku de manera poderosa.
La primera es una invocación de muertos. Angélica, desnuda, irá cubriéndose con prendas de ropa que pertenecieron a personas reales que han muerto, algunas de ellas tras suicidarse, y que han cedido sus familiares para que aparezcan en el espectáculo. Se pondrá una camisa roja, una cazadora marrón, una gabardina o una camiseta negra y sacará de cada una de esas prendas un papelito en el que leerá el nombre de su dueño o dueña, sus fechas de nacimiento y muerte y algunos datos biográficos que Liddell concluirá con un breve poema.
Después, rendirá homenaje a sus propios muertos, sus padres, y quemará sus cenizas en dos pequeños recipientes dorados. El humo se extenderá por el escenario y Angélica lo abrazará y lo besará. "Por el humo les conoceréis, escuchadles bien si os hablan", dirá, mientras llora de pura congoja.
La tercera vendrá precedida de una extracción de sangre a Liddell y Tachimoto, realizada en escena por dos técnicos sanitarios. Ya en La casa de la fuerza utilizó este recurso no apto para personas sensibles a la visión de la sangre (en el estreno, un espectador abandonó la sala y otra sufrió un desmayo). Después leeremos en pantalla "Hagakure", Angélica ocupará el centro del escenario y compartirá con el público su propio código espiritual, un monólogo fragmentado en tres partes en el que su cuerpo irá cambiando.
Será, primero, un cuerpo que habla en vertical, abriendo y subiendo los brazos, como si estuviera bailando flamenco. Después, inmóvil, se cogerá el rostro con las manos. Por último, mirará de frente al público y dirá, mucho más despacio y con un cuerpo ya cansado y hastiado: "A veces tengo la sensación de que no me escucháis. A veces me siento en la obligación de morir solo para que me entiendan, para que comprendan esta descomunal visión del vacío. A veces siento que tengo que expresarme de la manera más violenta posible porque un fracaso se va apoyando sobre otro fracaso. Pido el fin de la vida porque ya no puedo más, pido el fin de la vida antes de que se corrompa el ángel, antes de que se pudra nuestra corona de flores, antes de que nuestra túnica blanca se manche de mierda (…) Solo pediremos no llegar demasiado tarde a la salida del sol".




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