Chenoa y Estopa vs. Pedroche y Chicote: todo cambia para que nada cambie en la gran batalla de las Campanadas
Entre tradición, espectáculo y estrategias, cada espectador decide quién le acompañará esta Nochevieja y las audiencias hablan de elecciones tan distintas como sus motivos.

Lara García Rodríguez
-Actualizado a
Durante décadas, las 12 uvas frente a la Puerta del Sol han sido un acto casi ceremonial en España: una retransmisión solemne y familiar que reúne a los miembros del hogar en una tradición colectiva. Pero con el paso del tiempo y la irrupción de las televisiones privadas y las redes sociales, este ritual colectivo se ha transformado en un fenómeno mediático. Ya no basta con encender la tele en Nochevieja y tomar las uvas al compás del reloj porque elegir cómo ver las Campanadas es casi un acto de identidad. La elección televisiva revela algo más que gustos: dice de dónde vienes, en qué piensas, qué te representa y quién nunca lo hará.
Para estas Campanadas 2025-2026, la carrera por la audiencia está más viva que nunca y las principales cadenas han desvelado ya sus cartas. Antena 3 y LaSexta consolidan de nuevo a Cristina Pedroche y Alberto Chicote como la pareja icónica del evento, RTVE apuesta por Chenoa y el dúo Estopa como maestros de ceremonias en la Puerta del Sol y Mediaset trasladará la cita a la estación de esquí de Formigal, con Sandra Barneda y Xuso Jones al frente de la gala.
Cristina Pedroche encarna la expectación mediática, ese fenómeno de culto que hace que millones cuenten los días para ver qué vestido o qué puesta en escena acompañará el salto al año nuevo. Chenoa, por su parte, representa una apuesta por la conexión generacional y la versatilidad televisiva, una mirada menos asentada en el espectáculo polarizador y más en el diálogo musical y emocional con el público. En un panorama donde cada décima de audiencia, cada guiño en redes y cada elección de presentador habla de preferencias individuales y colectivas, elegir bien con quién tomar las 12 uvas es un acto más trascendental que nunca.
Cuando TVE marcaba el compás
Entre finales de los 90 y principios de los 2000, Televisión Española monopolizaba la retransmisión. Las polémicas que surgían no tenían el calado ni producían el ruido mediático de las actuales. Las polémicas existían, pero eran de baja intensidad: algún retraso en la señal, desajustes de sonido o críticas recurrentes a una puesta en escena que parecía congelada en el tiempo.
En ese paisaje de estabilidad sobresalía Ramón García, envuelto en aquella capa que acabó convirtiéndose en icono. Su presencia representaba una televisión de certezas, previsible y reconfortante. Para muchos espectadores era justo lo que se esperaba de la última noche del año mientras que para otros, empezaba a ser una postal anacrónica, resistente al paso del tiempo y a cualquier tentación de cambio.
Los espectadores más clásicos se sentían cómodos admitiendo que las uvas se tomaban en La 1. Junto al presentador del Grand Prix se consolidó la figura de Anne Igartiburu y la pareja terminó por convertirse en una imagen de continuidad institucional. Durante años, su presencia se instaló en millones de salones como un mueble más, acompañando a varias generaciones en la entrada al Año Nuevo y fijando una idea muy concreta de lo que debían ser las Campanadas: sobrias, familiares y sin sobresaltos.
El primer gran terremoto moderno llegó en 1994, cuando Irma Soriano se equivocó y contó las campanadas como si fueran los cuartos Antena 3. Miles de espectadores se tomaron las uvas fuera de tiempo y el enfado fue proporcional al desconcierto. En los hogares históricamente fieles a TVE se activó el mantra clásico —"más vale malo conocido…"— mientras que en otros, donde el relevo generacional ya había desplazado el mando a distancia hacia opciones más jóvenes, el año arrancó con la sensación de haber confiado la suerte a la modernidad… Y haber perdido.
Un campo de batalla mediático
Una década después, en 2015, la polémica alcanzó cotas inéditas cuando Canal Sur interrumpió la retransmisión justo al comenzar las 12 campanadas para emitir publicidad. El fallo dejó a miles de espectadores sin referencias para seguir el ritual y provocó una oleada de indignación que terminó con la dimisión del director de Emisiones y Continuidad, José Luis Pereñíguez. A partir de ese momento, quedó claro que las Campanadas ya no eran solo un evento televisivo: eran un espacio de alto riesgo reputacional.
Desde la gala de Fin de Año 2014/2015, Cristina Pedroche se convirtió en el epicentro de una polémica que se reactiva cada diciembre. Antena 3 entendió pronto que la expectación no se jugaba solo la noche del 31 de diciembre, sino en las semanas previas: entrevistas, cebos y especulación sobre el vestido formaron parte de una estrategia medida al milímetro. Sin embargo, lo verdaderamente relevante nunca fue la firma ni el diseño, sino el debate feminista y cultural que desencadena: ¿su vestuario es una expresión legítima de espectáculo televisivo o banaliza una tradición profundamente arraigada en la cultura española? Lo curioso del fenómeno Pedroche es lo que simboliza: que las Campanadas, como cualquier otro evento mediático, han dejado de ser solo audiencia y se han ido convirtiendo, progresivamente, en conversación.
Telecinco no se queda atrás y, en la trastienda de las celebraciones, sigue coleando una vieja polémica relacionada con Los Morancos. En su intervención en las Campanadas 2022-23 —en la que intentaron interpretar frases en varios idiomas— fue vista por muchos como una mofa racista. La crítica incluso trascendió fronteras y llevó a voces como la del coreógrafo Kyle Hanagami a calificar el sketch de "vergonzoso", generando un debate en redes sobre los límites del humor en una emisión pública.
Entre sanciones, humor y controversias
En 2024, la CNMC sancionó a RTVE con más de 170.000 euros por la emisión irregular de mensajes de patrocinio durante las Campanadas 2023/24. El caso reabrió el debate sobre los límites de la publicidad en la radiotelevisión pública y evidenció hasta qué punto un evento aparentemente intocable está sometido a un escrutinio cada vez más exhaustivo.
Además, la última retransmisión volvió a colocar a la pública en el centro del huracán, esta vez desde el mismo anuncio de los presentadores. La elección de Lalachus y David Broncano no solo generó debate televisivo, sino también cultural y político. Ella tuvo que enfrentar críticas relacionadas con su aspecto físico; él se convirtió en el tótem de una polémica más amplia desde su fichaje por la pública tras el final de su etapa en Movistar+ con La Revuelta.
El tono humorístico de la retransmisión, coherente con el universo de ambos, no conectó con todos los públicos. El gesto de Lalachus, al mostrar una estampa del Sagrado Corazón de Jesús reinterpretada con la vaquilla del Grand Prix, fue vista por algunos colectivos como una ofensa religiosa. Algunas organizaciones como Hazte Oír anunciaron acciones legales y la Defensora de la Audiencia de RTVE, además de otras figuras profesionales como Jordi Évole, se posicionaron del lado de los presentadores.
Un ejemplo más de que la noche del 31 de diciembre deja de ser un simple rito para transformarse en un paisaje de elecciones personales y culturales: tradición frente a espectáculo, impulso mediático frente a conexión emocional. Entre quien ve las uvas con Pedroche y Chicote y quien elige la frescura de Chenoa y Estopa, los números cuentan historias de audiencia que hablan de relatos que cada año se escriben en tiempo real. Con la expectativa intacta y la competición más ajustada que nunca, la pregunta queda en el aire: ¿con quién vamos a ver las uvas este año?

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