Corrupción en emisión: las lecciones de 'The Wire', 'Borgen' y 'Vota Juan'
En tiempos de corrupción política y desafección ciudadana, las series de televisión ejercen no solo de refugio, sino también de espejo donde mirar lo que somos… y lo que fingimos ser.

En política, como en televisión, todo depende del guion. Y el público, cada vez menos crédulo, permanece enganchado a la trama, preguntándose si esta vez el giro será real o solo otra cortina de humo. En una España donde los escándalos han dejado de ser noticia para convertirse en ambientación de fondo, es útil rememorar Borgen, The Wire y Vota Juan, tres series que exponen los engranajes simbióticos de la corrupción con el poder político, los medios de comunicación y la propia ciudadanía.
Creada por Adam Price, la incisiva Borgen sigue la trayectoria de Birgitte Nyborg (Sidse Babett Knudsen), la primera mujer en ocupar la jefatura del gobierno de Dinamarca, mostrando cómo su idealismo acaba chocando con las tensiones del poder, las coaliciones cambiantes y la realpolitik. El personaje es ficticio, pero se nutre de la cruda realidad. Ya en la primera temporada, su consultor filtra información confidencial para provocar la caída del adversario. Un gesto sin el consentimiento de Nyborg, pero decisivo para su ascenso. En temporadas posteriores, la convivencia con partidos pequeños conlleva sacrificios y acuerdos poco transparentes. Tiempo después, la ahora ministra de Asuntos Exteriores y líder de un partido ecologista se enfrenta al dilema de explotar un gran yacimiento petrolero en Groenlandia: al principio rechaza el proyecto, pero, bajo presiones externas y tentaciones personales, cambia de posición y hasta encubre información.

Al otro lado de la pantalla, apostamos por Nyborg en todo momento, porque sabemos que sus intenciones son buenas, porque empatizamos con su complicada situación familiar y porque más vale malo conocido que bueno por conocer. Borgen muestra que incluso quien llega al poder desde la pureza ideológica puede acabar cediendo ante la inercia estructural. No es la malicia, sino el choque entre ideales y realidades geopolíticas, lo que desgasta a Nyborg, como a tantos políticos que acaban justificando aquello que antes habrían condenado. Aun así, no estamos ante un personaje corrupto, ya que la corrupción en Dinamarca prácticamente ni se contempla: quizá sea el país más democrático del mundo. En el último Índice de Percepción de la Corrupción, se llevaba el oro en integridad, mientras que España se conformaba con el 46º puesto (en un cuádruple empate). ¿Y Estados Unidos? El 28º, en descenso.

“El país de la libertad” goza de una democracia muy fuerte… lastrada por la hipocresía y el histrionismo imperantes. En la mítica The Wire, de David Simon, conocemos a Tommy Carcetti (Aidan Gillen), un concejal de Baltimore que aspira a la alcaldía. En un entorno donde casi todo está podrido, Carcetti tiene potencial para cambiar las cosas, pero lo cierto es que no destaca por su limpieza, sino por su conciencia de ensuciarse. Sigue creyéndose mejor que los demás, claro, una percepción compartida por los espectadores: al menos, él intentó jugar limpio.
The Wire arranca con una investigación policial sobre una red de narcotráfico que pronto choca con la corrupción de los funcionarios encargados de combatirla. La segunda temporada se traslada al puerto para mostrar la crisis del sindicalismo. La tercera, ya centrada en lo político, revela cómo los comisionados falsean las estadísticas de criminalidad para proteger agendas partidistas, hasta el punto de marginar a investigadores honestos que no se ajustan al relato. La cuarta expone cómo un modelo educativo en ruinas perpetúa la pobreza y el crimen, mientras que la quinta pone el foco en la prensa, que antepone el sensacionalismo y se alinea con agendas empresariales. Así, la serie retrata cómo las instituciones sabotean sus propios objetivos nobles desde dentro, en una red de intereses que atenúa la responsabilidad.
Tan mordaz crítica encuentra claros ecos en nuestra realidad política, que parece proteger a los partidos frente a sus votantes. Los casos más famosos comparten panorama: redes clientelares enquistadas en las administraciones públicas, manipulación de datos para sostener el control y una justicia que a menudo llega mal y tarde. Al igual que Carcetti, muchos líderes españoles negocian en la sombra con las mismas dinámicas que dicen combatir. Y, como en el Baltimore de The Wire, las instituciones españolas no fallan por accidente, sino porque siguen una lógica perversa que premia la obediencia al partido, castiga la integridad y conduce a la ciudadanía al voto por descarte.
Por algún motivo, en España, las ficciones en torno a la corrupción política escasean. Y no es casual que la más popular sea una parodia: la hilarante Vota Juan, donde Juan Cavestany y Diego San José nos presentan a Juan Carrasco (Javier Cámara), ministro de Agricultura que aspira a la presidencia. A diferencia de las otras producciones mencionadas, Vota Juan pone el foco en un personaje sin valores que defender. Un hombre mediocre que quiere trepar como sea, rodeado de asesores que no dudan en construir narrativas vacías para asegurar su posición.
Vota Juan y sus secuelas profundizan en la escalada de vanidad y manipulación: obsesión por la imagen, uso de montajes para ganarse a la opinión pública y alianzas oportunistas con personajes cuestionables. Aquí no hay tramas secretas ni grandes conspiraciones, solo la crudeza de una arquitectura institucional donde la verdad ha pasado a dar igual. Y, aunque exagerado, lo que vemos resulta inquietantemente familiar.
Borgen, The Wire y Vota Juan describen un fenómeno común: la corrupción política como resultado de una mezcla tóxica de intereses privados, medios manipuladores y la presión del poder por el poder. En la actualidad española, se observan mecanismos similares. Vivimos un momento en el que la corrupción se debate en términos estratégicos: ¿cuándo estalla?, ¿cuánto erosiona?, ¿a quién beneficia el escándalo? El delito importa menos que su gestión: todo queda devorado por el relato. Desde contratos públicos cuestionables hasta adjudicaciones millonarias bajo sospecha, la política española parece salir de una sala de guionistas.
Como en Borgen, donde Nyborg claudica ante el interés petrolero; en The Wire, donde se distorsionan las estadísticas para salvar la reputación; o en Vota Juan, donde cualquier verdad es sacrificada para mantener una imagen favorable, en España hemos visto promesas que se diluyen por conveniencia. En la era de las redes sociales, las mentiras políticas circulan sin escándalo ni sobresalto: vemos lo que queremos ver. De poco sirve decir que todos son iguales y el sistema está comprado, pero toca preguntarse si acaso el poder corrompe de por sí o es que, sencillamente, cuesta demasiado alcanzarlo por la vía de la honestidad. No es casualidad que las mejores personas rara vez deseen dedicarse a la política.
Estas tres ficciones advierten sobre cómo la corrupción se infiltra en las instituciones, los discursos y el imaginario colectivo. En un contexto español donde la regeneración democrática sigue siendo un debate abierto, la ética política, la vigilancia informativa y el compromiso ciudadano resultan imprescindibles. La desafección no conduce a ningún sitio, ya que la responsabilidad es cosa de todos.
Porque el verdadero riesgo no reside en que una persona aislada use recursos públicos para su beneficio, sino en normalizar tan triste procedimiento. Cuando eso sucede, la democracia pierde su sentido, lo que allana el camino a los agitadores, deseosos de que todo salte por los aires. La corrupción no necesita sobres ni maletines: basta con una promesa vacía, el miedo a caer… y la complicidad de quienes esperamos, no sin inquietud, el próximo episodio.

Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.