Fernando Méndez-Leite y el agosto en tranvía
Crítico, cineasta, profesor, exdirector general del ICAA y actual presidente de la Academia de Cine, los veranos de este cinéfilo irredento viajan entre Madrid, Donosti y Asturias.

"La línea uno iba a Rentería, la dos a Pasajes, la tres a Herrera, la cuatro a Ategorrieta, la cinco a Benta Berri, la seis a Igeldo, la siete a Amara, la ocho a Gros, la nueve a Norte y la diez a Egia". Fernando Méndez-Leite, el hombre que lo ha sido todo en el audiovisual español, lo recita de corrido y casi sin respirar. "Luego estaba el topo que iba a Irún y otro tranvía que no era municipal que iba a Hernani", completa inmediatamente, como punto de partida de sus recuerdos estivales de infancia. Porque el niño que veraneaba con su abuela en San Sebastián quería ser tranviario, "profesión que desapareció, así que me tuve que dedicar al cine".
Crítico, realizador televisivo, profesor universitario, adaptador de La regenta a la pequeña pantalla, director general del Instituto de Cine y Artes Audiovisuales, fundador de la Escuela de Cinematografía y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid y actual presidente de la Academia de Cine. Ese podría ser uno de los muchos resúmenes posibles de la carrera profesional de este veterano entusiasta de la imagen en movimiento, nacido en Madrid en 1944. El agosto actual lo pasará en su ciudad, enfrascado en la selección de largometrajes para el próximo Festival de Málaga, y ocupado con asuntos de la Academia.
"En verano suelo ver tres películas al día para Málaga, y luego para desintoxicarme me veo un clásico que me apetezca", explica. "Como en los últimos años el festival se ha abierto a películas latinoamericanas, además de las españolas, vemos no menos de trescientas películas". Para tomar fuerzas, su veraneo se ha trasladado al mes de julio, que pasa junto a su mujer (la actriz Fiorella Faltoyano) en Colunga, Asturias, donde entre película y película da paseos con el perro por la playa y disfruta de la gastronomía de los alrededores.
"Como llevamos casi treinta años viniendo a esta zona, tenemos muy controlados los restaurantes. A mí me gusta mucho comer y disfruto de las carnes, los pescados, los arroces, las fabadas, el pote asturiano… Soy muy de cuchara". ¿Y el cachopo? "A estas alturas de mi vida lo mastico peor. Porque tengo mil años, que es algo que disimulo convenientemente. Nadie me echaría más de novecientos cincuenta".
Veranos con olor a salitre como los de su "paraíso perdido": el Donosti de su primera infancia. "Hasta los ocho años, yo vivía con mi abuela y mi bisabuela, que me llevaban dos meses, julio y agosto, a San Sebastián. Era estupendo: nos quedábamos en el Hotel Baleares, que estaba muy cerca de la Concha, íbamos todos los días a la playa, y por las tardes hacíamos excursiones en tranvía". En Madrid seguían con la afición, porque "una de las diversiones era meternos en cualquier tranvía y llegar hasta el final del trayecto, donde nos subíamos a otro que iba a otro sitio, y así toda la mañana".
La otra gran afición de Méndez-Leite la ejercitó algo más mayor: "con trece o catorce años, cuando ya podríamos salir solos, como nos quedábamos en Madrid mi hermana y yo íbamos todas las tardes a los cines de barrio, a ver programas dobles que nos costaban dos pesetas y media, y donde veías por ejemplo El mundo en sus manos y Solo el cielo lo sabe". Y aunque reconoce que no se ha entregado excesivamente a la parte más castiza de la ciudad, sí recuerda ir "a las ferias de los barrios, también al teatro de la Zarzuela, a ver Agua, azucarillos y aguardiente o La verbena de la Paloma".
El protagonista del documental La memoria del cine, tras casarse y tener hijos, hubo de enfrentarse a "los veraneos clásicos con toda la familia, que debo decir que no me gustaban nada y me siguen sin gustar". Le aburre eso de estar "en la playa desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde" a este hombre que reconoce no haber sido nunca "muy familiar, ni como hijo ni como padre. Aunque creo que he cumplido en las dos facetas". "Hoy en día, que hemos cambiado a los niños por el perro, el hecho de pasarme un mes en la playa me sigue costando, aunque tiene sus ventajas".
Con todo, recuerda con especial cariño "el agosto de 1985, que nos quedamos en Madrid porque nació mi hija Clara. Y aunque no soy muy sentimental, su nacimiento me tocó mucho, ese mes lo recuerdo como muy entrañable". Al otro lado, el de 1994 está marcado por "muchas decisiones difíciles, tanto en mi vida personal como profesional, porque estábamos con La regenta y tuve conflictos en el montaje con la producción. Fue un mes dramático, pero que desembocó en soluciones que terminaron siendo positivas".
Algunos de los estíos que ha vivido Méndez-Leite y su generación son irrecuperables. El autor de la novela Fracaso sentimental en la calle 50 tiene especialmente presentes las noches de mediados de los setenta. "Era fantástico el ambiente nocturno, tomar una copa en el Oliver, el Dickens, en el Comercial… Allí te encontrabas a toda la gente interesante de la ciudad". Esos encuentros producían unas simbiosis, "unas mezclas naturales entre, qué te digo yo, los abogados laboralistas y los escritores, entre los periodistas y los del cine, entre los del teatro y los pintores. Nos intercambiábamos de unas mesas a otras en las tertulias espontáneas que se producían, era muy divertido y tuve la suerte de conocer a toda la gente interesante de la cultura española. Me parece un privilegio".
Tiene el presidente de la Academia "muy marcados esos años inmediatamente anteriores a la muerte de Franco, por la vitalidad cultural que había en Madrid, cultural y de juerga, porque acabábamos bailando en el Junco, que era un club que había por Alonso Martínez que creo que sigue allí. Nos acostábamos a las cuatro de la mañana y lo que no sé es cómo hacíamos para estar a las nueve trabajando. Teníamos treinta años, claro", suspira. Si este agosto le dan las tantas, será viendo alguna película y no en la pista de baile. Y cuando por fin se duerma, puede que escuche en sueños el traqueteo familiar de algún tranvía.

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