Ana Belén y el agosto roteño
La actriz y cantante madrileña está embarcada en la gira de su nuevo disco, pero tendrá tiempo para redescubrir el mar, que conoció de pequeña y a solas en Rota.

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Un chaval toca la guitarra en un chalé de madera a las afueras de Rota. Su padre es un militar estadounidense de los que trabajan en la base cercana, y su madre una gaditana que quizás acabe viviendo en Minnesota o en Arkansas. Esa tarde, el chico practica algunas canciones del disco nuevo de los Beatles, que podría ser Revolver o Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, y espera una visita. El hombre que vive al lado, uno de los cocineros de la base, le ha avisado de que irá a verle su sobrina, porque también es aficionada a la música. Si el chaval ha entendido bien, la chica incluso sale cantando en una película.
Recuerda Ana Belén que cumplió los once años en Rota, unas primaveras antes de la escena anterior. “Mi tío vino a Madrid después de establecerse allí, ya casado con mi tía y habiendo tenido a mi prima, y a la vuelta dijeron: pues que se venga Maripili”. En ese primer verano en el sur, la pequeña María del Pilar, que todavía no había transmutado su nombre por el que la conocen en medio mundo, descubrió el mar. “Mis tíos vivían en las afueras, rodeados de campos de cereales, higueras, alfalfa, era el paraíso. Al llegar me dijeron: detrás de ese montículo está el mar. Así que, a la mañana siguiente, sin encomendarme a nadie, salí, crucé la carretera y allí estaba, para mí sola”. Una visión con la que hasta entonces solo había podido fantasear desde la castiza Calle del Oso que la vio nacer en Madrid.
Rota era además uno de los pocos enclaves con verdadera influencia extranjera durante las largas décadas de dictadura, aunque fuera por la vía marcial. “Se transformó bastante durante los años en los que estuve yendo. Abrieron muchos clubs, tenía mucha vida”, rememora la cantante, a quien tras la primera estancia ya acompañó el resto de la familia en veranos sucesivos. Allí compartía baños, helados y primeras veces con un grupo de amigos que no cambió después del estreno de Zampo y yo –“además de adolescente ya era artista, ¡imagínate!”–, en esos últimos agostos sureños en los que practicaba canciones en el chalé de madera.
Aunque Rota no fue el primer destino estival de Ana Belén. “Mi abuela era maestra en un pueblo de Segovia, en Cabezuela, y mis padres me mandaban allí de muy pequeña cuando llegaba el verano”. Un entorno bastante más seco y rural, entre trillos y eras, en los que refrescarse pasaba por “bajar al río en carro, porque gente con coche en el pueblo casi no había”. En cualquier caso, poco tardó la madrileña en cambiar las vacaciones por el trabajo.
“La primera gira que hice con el Teatro Español fue con diecisiete años, desde junio hasta septiembre. Todo el día en autobús, porque en todo ese tiempo pasábamos solo una vez o dos por Madrid”. Autobuses sin aire acondicionado, claro, en los que “hacíamos trayectos tan locos como Elche-Vigo, casi nada. Y con las carreteras de entonces, que no había autopistas”. Pero la ilusión de trabajar en el teatro suplía las penurias del oficio: “Yo tengo unos recuerdos maravillosos, porque eres joven y todo es una aventura. Da igual el calor, el frío, los problemas técnicos en los recintos…”
La intérprete era una de las más jóvenes de la compañía, por lo que su madre “habló con Julieta Serrano y Berta Riaza, que eran más mayores, y les pidió que por favor me cuidaran mucho, así que yo iba siempre con ellas”. Meses y meses de convivencia en la que “éramos una familia toda la compañía. Además, viajábamos muchísimos porque llevábamos cinco obras de repertorio, e íbamos todos de un lado a otro, incluso actores que a lo mejor solo sacaban una lanza”. Una familia que, como todas, no estaba exenta de sus jerarquías. “En las filas delanteras iban los intérpretes más importantes: Mari Carmen Prendes, Luchi Soto, Julieta y Berta… A mí me tocaba la tercera fila, no estaba nada mal”, recuerda divertida.
Cruzarse el país de punta a punta permitió a la voz de España camisa blanca de mi esperanza descubrir casi todos sus rincones: “Gracias a esas giras yo he visto las cuevas de Altamira, las auténticas, en las que te tenías que tumbar en una roca para mirar las pinturas, que están en el techo. También me acuerdo de Mérida, de entrar al teatro cuando no existía el maravilloso museo actual y casi ni había vallas ni nada. O la playa de Santa Cristina en Huelva, cuando no había ni un edificio”. Parajes transformados con el paso de las décadas, y que quizás Ana Belén pueda volver a transitar con la gira en la que anda embarcada, presentando su disco Vengo con los ojos nuevos. Albacete, Sevilla, Santander, Zaragoza y Murcia son sus próximos destinos.
Los periplos veraniegos de los cantantes han evolucionado tanto como el país. “Las condiciones antes eran tremendas, que se lograra civilizar todo, y digo bien civilizar, fue a costa de mucho trabajo y empeño por parte de mucha gente para mejorar los viajes y los sitios a los que llegabas. Muchas veces no tenían ni un sitio decente donde vestirte”, se remonta alguien que verano tras verano podía encadenar “cincuenta y cinco conciertos en apenas dos meses”.
Conquistada esa civilización, Ana Belén recuerda dos giras especialmente triunfales. La del disco Para la ternura siempre hay tiempo, que incluía La puerta de Alcalá –“fue memorable, ahí ya las condiciones habían mejorado y viajábamos en dos autobuses, uno de técnicos y otro de músicos”– y la de Mucho más que dos, –“venía un equipo de cámaras y gente de Greenpeace, que ponían un stand en cada lugar, y fue un combo de gente estupendo”. A partir de esas tournées han mantenido una divertida costumbre: las multas por retraso. “Si llegas tarde al autobús, más allá de un margen de cinco minutos, tienes que pagar. Y al final de la gira, con ese dinero nos vamos a comer todos”.
Puede que aquel chaval medio gringo medio roteño, hoy un hombre maduro quizás retirado en la soleada Florida, siga narrando en las cenas la tarde en que mostró algunos acordes de los Beatles a una chica que se acabó convirtiendo en un tesoro nacional del país donde se crio. Si sucede estos días, lo hará mientras Ana Belén disfruta de un breve descanso entre concierto y concierto, viviendo “la felicidad de no tener horario”, mientras charla con amigos sobre el sonido del mar. Del mar que descubrió en Rota y que sigue bañando el horizonte soñado de aquella niña de la Calle del Oso.

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