José Luis Borau, el gran aventurero del cine español
El medio siglo de ‘Furtivos’, la película documental ‘Borau y el cine’ y los libros ‘Iceberg Borau’ y ‘Furtivos. 50 años’, son excelentes reclamos para enmendar un olvido vergonzoso y reivindicar como se merece la figura de un maestro.

Madrid--Actualizado a
"Hay algunos momentos en los que no estoy haciendo una película, en los que solo estoy viviendo, pero que me sorprendo a mí mismo pensando: 'Esto es como cuando Henry Fonda en Pasión de los fuertes sigue en el porche esperando que llegue la mujer a la que ama'". Borau, uno de los grandes sabios del cine español, vivió por y para el cine hasta el punto de que el cine era su vida, casi su única vida. Adicto a contar historias nunca rehabilitado, cultísimo, apasionado cineasta y profesor de algunos de los mejores cineastas de nuestro país, jamás ha sido reconocido como se merece.
El 50 aniversario de Furtivos, uno de los grandes títulos de nuestro cine, sirve ahora para una recuperación obligada, para enmendar la vergüenza del olvido y para colocarle en el puesto de honor que se merece. Borau y el cine, película de Germán Roda producida por Patricia Roda, y los magníficos libros Iceberg Borau y Furtivos 50 años, ambos del crítico e historiador del cine Carlos F. Heredero, son un excelente reclamo para rescatar y revindicar a José Luis Borau.
Sin pelos en la lengua
Director, guionista y productor, en ocasiones actor, montador, crítico, escritor, profesor, presidente de la Academia de Cine entre 1994 y 1998 (inolvidable la gala de las manos blancas contra ETA), presidente de la SGAE desde 2007 a 2011, académico de la Real Academia Española, miembro de la Real Academia de San Fernando, Premio Nacional de Cinematografía en 2002, creador de la Fundación Borau… El cine ocupó toda su vida.
"Mi vida es como un buñuelo de viento, ni siquiera es triste. No tengo biografía de puertas adentro", decía este aragonés ilustrado, apasionado, tesonero, cascarrabias, con un peculiar sentido del humor y sin pelos en la lengua. Borau decía verdades como casas, que nuestro cine no tenía buenos guionistas, que "en el cine español hay muchas mamarrachadas", que “un problema del cine español es la cantidad de películas al año. ¡150! Es absurdo. No existe mercado”…
Sin productores
Espectador de cine desde la infancia, el primer contacto profesional con el cine lo tuvo como crítico. El ‘titular’ de El Heraldo de Aragón se columpió mucho con la crítica que hizo de Bienvenido Mr. Marshall, premiada en Cannes mientras él la destrozaba, y fue Borau quien recogió el testigo. Decidido a dedicarse al cine y aunque había comenzado la carrera de Derecho, se fue a Madrid para ingresar en la Escuela de Cine, donde coincidió con Berlanga y con Bardem, entre otros. Más tarde fue profesor y ‘padre’ de una generación de cineastas de incontestable talento.
Debutó con una película de encargo, Brandy (1964), a la que siguió el thriller Crimen de doble filo (1965). Pero Borau quería hacer cine de autor, así que dejó los encargos y fundó una empresa de publicidad para sacar el dinero con el que hacer sus películas y producir las de otros. Y en 1974 rodó Hay que matar a B, un thriller político con los aires del cine clásico, con parte de producción de un banco suizo. Nunca consiguió que la industria cinematográfica española produjera sus proyectos.
'Furtivos'
Furtivos, al año siguiente, fue su gran éxito. Buscador incansable de historias, preguntó a su amigo Manuel Gutiérrez Aragón, que había sido su alumno, si tenía algún guion en el cajón y éste le enseñó esta historia siniestra, retrato de la España franquista. Sin el dinero suficiente para rodarla (sacó la financiación al vender la oficina de su productora, El Imán), hizo la película, un ejercicio muy osado para los tiempos que corrían que se salvó de las tijeras de la censura al ganar la Concha de Oro en San Sebastián.
Se estrenó en el mundo entero y con ella ganó mucho dinero y el prestigio que se merecía, y a pesar de ello, siguió sin encontrar productores para sus proyectos. “He de confesar que me siento un poco aplastado por aquella película. Que la sigan recordando en la prensa o en la calle al cabo de 27 años tiene un sentido agridulce para mí. Ni siquiera es la película que más me gusta”, se lamentaba.
Furtivos fue la Película de Oro del 28 Festival de Málaga y el título que inaugurará la sección KlasikoaK de la próxima edición del Festival de San Sebastián, en una copia restaurada en 4k por Video Mercury Films y FlixOlé.

"La vida no da para más"
Estrenó después La sabina (1979) y comenzó su aventura americana con Río abajo (1984), con David Carradine. Vivió un tiempo en Los Ángeles y cuando volvió rodó otro de sus éxitos, Tata mía (1986), una comedia de la Guerra Civil, con Imperio Argentina, Alfredo Landa y Carmen Maura. Como director, aún hizo la serie Celia (1992) y las películas Niño nadie (1996) y Leo (2000). Con este título de despedida ganó el Goya a la mejor dirección.
Como productor, apoyó proyectos de sus compañeros y alumnos de la Escuela de Cine y arriesgó en ellos tanto como en sus propias historias. “Mire, hace muchos años, cuando le conté a un productor la idea de Mi querida señorita, me dijo: "¿En quién has pensado?" Y cuando dije que López Vázquez, me dijo: "No hombre, no, que es muy feo. Al menos, Carlos Larrañaga". Me he pasado toda mi vida luchando por el cine. Contra la censura, contra los productores”, dijo en una entrevista en El Periódico de Cataluña, en 2007. Él produjo la película, que dirigió Jaime de Armiñán y, por supuesto, protagonizó López Vázquez. “Basta que me digan que una película no se puede hacer para que a mí me interese e intente hacerla”.
José Luis Borau amaba el cine y contagió ese amor a muchos cineastas que le siguieron, hizo gran cine y trabajó para que otros también lo hicieran, se entregó al arte y a la cultura, luchó con tenacidad por mejorar las condiciones del cine en España y sembró de buen humor y honestidad sus relaciones. “La vida no da para más”, sentenció (esta frase fue luego el título del libro sobre él que escribió Bernardo Sánchez en 2012). José Luis Borau, como le dijo su amigo Luis García Berlanga, “a pesar de tu rostro emérito y de tu episcopal corpulencia, has sido y sigues siendo el más inquieto y aventurero de nuestros realizadores”.

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