'Mad Men' y los límites de la moralidad
A través de las contradicciones de una sociedad en transformación, Mad Men construyó un retrato moral que todavía incomoda por su negativa a ofrecer respuestas sencillas sobre los anhelos, el perdón y la posibilidad de cambiar.

Cuando Jon Hamm ganó el Globo de Oro por la temporada final de Mad Men, dio las gracias a su creador, Matthew Weiner, por haberle permitido interpretar durante siete temporadas a "una persona horrible". Curiosa despedida para uno de los personajes más icónicos de la televisión. No obstante, a ojos del público, Don Draper es mucho más que una mala persona, a pesar de que, desde el primer episodio, lo vemos humillar a sus compañeros de trabajo, engañar a su esposa, descuidar a sus hijos y buscar desesperadamente ganchos publicitarios para productos nocivos. De alguna forma, empatizamos con él; a ratos, incluso, lo admiramos.
Mad Men no necesita absolver a nadie para que sus actos sean comprensibles. Don miente, traiciona y manipula: bien no entiende el daño que hace, bien lo entiende perfectamente y sigue adelante. Vende imágenes de familias felices mientras destruye la suya. Poco a poco, el guion desvela las heridas que explican su comportamiento, pero nunca las convierte en una excusa.
Lo mismo sucede con los demás personajes. Roger Sterling es frívolo, clasista y cruel, pero capaz de afectos genuinos. Aunque ambiciosa y obstinada, Peggy Olson tiene una necesidad casi infantil de aprobación. Joan Holloway proyecta una seguridad mucho más grande de la que tiene. Empeñada en ser perfecta, Betty Draper reclama una ternura que rara vez sabe ofrecer a los demás.
Pete Campbell ocupa un lugar muy representativo dentro de ese entramado. A diferencia de Don, no necesita inventarse una identidad para dedicarse a la publicidad: su apellido, sus contactos y su educación le garantizan un nivel que otros tienen que conquistar. Por desgracia, vive obsesionado con hacerse valer. Es mezquino e inseguro, pero también el personaje que mejor muestra cómo las jerarquías sociales frustran incluso a quienes se benefician de ellas.
La publicidad funciona como una metáfora de todo esto. Sterling Cooper y las agencias que la suceden se dedican a transformar productos en promesas: un cigarrillo puede convertirse en libertad; una casa, en seguridad; un coche, en masculinidad; una taza de café, en felicidad. Sus empleados se adelantan a los deseos ajenos y, sin embargo, son incapaces de afrontar sus propias carencias. Roger pertenece a una generación para la que el statu quo es lo natural: ha heredado una posición, un encanto y un entendimiento del negocio. Con el cambio de las reglas del juego, esa fórmula deja de ser suficiente.
Mad Men comienza en 1960 y termina en 1970, pero no utiliza esos años como un catálogo de nostalgia. La ropa, los coches, la música y los interiores funcionan como indicadores de una transformación más profunda. La lucha por los derechos civiles, la segunda ola feminista, la guerra de Vietnam, la contracultura y la liberación sexual alteran progresivamente la realidad de los personajes.
La fricción entre la cambiante sociedad y quienes la integran resulta especialmente visible en la oficina. Cuando Peggy llega a Sterling Cooper, ser secretaria parece determinar su lugar y hasta su futuro. El acoso forma parte de la rutina, el atractivo físico influye en las oportunidades y las mujeres deben aprender a moverse entre expectativas rara vez aplicadas a sus compañeros.
Peggy, Joan y Betty ofrecen tres respuestas diferentes al machismo imperante. Peggy ve en el éxito profesional la única vía de emancipación y termina reproduciendo las dinámicas que ha sufrido; Joan utiliza su conocimiento del orden preestablecido para obtener poder, hasta descubrir que su inteligencia empresarial tiene un valor independiente de su atractivo; Betty, por su parte, ha cumplido con precisión el papel de esposa y madre que le ha sido asignado y está decepcionada con la supuesta recompensa.
Este retrato no está libre de problemas. En ocasiones, la serie reproduce las mismas convenciones que pretende observar. Betty es el ejemplo más claro: su frustración y su violencia conviven con una cámara fascinada por su belleza muñequil. La mirada masculina también es evidente cada vez que Joan, hipnótica y voluptuosa, entra en escena. Y, aunque Peggy sí representa una ruptura con los roles de la época, se nos recuerda con demasiada frecuencia que es la excepción que confirma la regla.
Hay que tener en cuenta que Mad Men se emitió entre 2007 y 2015, antes de que el movimiento #MeToo transformara la conversación pública sobre el acoso y los abusos de poder. Esta distancia respecto al presente explica algunas de sus limitaciones, pero no rebaja su relevancia. Es más, la serie expone una tesis muy actual: las conductas aparentemente aisladas suelen formar parte de problemas estructurales.
La elegancia visual, que nunca cae en el exhibicionismo, también ha envejecido muy bien. Mad Men presta tanta atención a la posición de un personaje en una habitación como a sus palabras. Los despachos, los restaurantes y las casas suburbanas establecen categorías antes de que nadie las verbalice. Un escritorio puede marcar una distancia profesional; un sofá, una relación de intimidad; una puerta, la posibilidad de marcharse o de quedarse.
Tanto narrativa como estéticamente, Mad Men es coherente hasta el último momento, algo de lo que pocos dramas televisivos pueden presumir. El desenlace no redime a Don ni ofrece una explicación definitiva de quién es. Se ha pasado años construyendo identidades propias y ajenas que ya no puede seguir sosteniendo.
Las palabras de Jon Hamm son correctas, pero insuficientes. Quizá Don Draper sea una persona horrible. A veces, al menos. Pero también es vulnerable, generoso, egoísta, brillante, cobarde y, pese a las apariencias, capaz de sentir intensamente. Peggy puede conquistar un espacio propio sin dejar de parecerse a quienes la oprimieron; Pete aprender a distinguir entre lo que cree merecer y lo que realmente quiere. ¿Cambian los personajes o simplemente terminan revelando quiénes son?
En una serie sobre seres humanos que pasan su vida fabricando relatos para convencer a los demás, Mad Men evita vendernos uno sobre ellos. No hay un método eficaz para repartir la expiación. Solo hombres y mujeres que intentan averiguar qué hacer con aquello en lo que se han convertido. Joan lo expresa muy bien en uno de los primeros episodios: "Si vas a ponerte a juzgar, estás en el lugar equivocado".



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