De 'MasterChef' a 'DecoMasters', todo queda en casa: La 1 experimenta ahora con un cóctel de bricolaje y cotilleo
El concurso de decoración de la pública debuta con 11,2% y 752.000 en una franja tardía y suma 3,1 millones de contactos, con la vivienda como escenario y el relato de celebridades como motor.

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La prensa ha descrito DecoMasters como el MasterChef de la decoración: también coproducida por Shine Iberia y sostenida en un reparto procedente del entorno del corazón. El estreno firmó 11,2% de cuota de pantalla y 752.000 espectadores de audiencia media en La 1, en una emisión muy tardía entre las 23.00 y las 2.00 aproximadamente. Según Barlovento, 3,1 millones de personas vieron al menos un minuto del programa, pero el liderazgo de la noche quedó en Telecinco con Casados a primera vista (13%).
Los números dejan un diagnóstico útil: RTVE logra atención, pero no impone la cita. El horario empuja el formato a una franja en la que la televisión generalista se vuelve más selectiva: hay menos público disponible y la media se erosiona por simple fatiga, minuto a minuto. En ese terreno, el verdadero reto no es el estreno, sino la continuidad: convertir el contacto en permanencia y la curiosidad en hábito.
La fórmula 'MasterChef'
Que el programa nazca en la órbita de Shine Iberia se nota en el formato: retos encadenados, evaluación constante, relato de superación y competición como columna vertebral. Más que enseñar a decorar, se busca producir una narrativa con ritmo y conflicto medible y se prioriza la dramaturgia del equipo. La decoración aparece como materia prima, pero el episodio se construye con una lógica más reconocible en el talent televisivo que en el interiorismo: cuenta atrás, conflictos de coordinación y un veredicto que funciona como clímax.
El programa utiliza la decoración como marco para activar tramas de famosos ya reconocibles
La herencia de MasterChef se percibe también en la puesta en escena y en la presencia del jurado. El diálogo está dirigido hacia la tensión y los personajes se construyen a través de frases cortas y reiteración. Algunos concursantes concentran tiempo, reacción y réplica mientras otros quedan diluidos en el plano general del equipo. En una lógica heredada del talent culinario —que no va tanto de cocinar como de fabricar personajes—, DecoMasters traslada a la decoración la misma jerarquía narrativa: utiliza la decoración como marco para activar tramas de famosos ya reconocibles.
El cotilleo como motor narrativo
En el estreno, el cotilleo es una pieza funcional del formato. El programa usa este material como combustible narrativo y el resultado es que la casa queda en segundo plano y la reforma se convierte en contexto para reactivar identidades públicas ya construidas fuera del programa. El formato decide desde el primer minuto quién sostiene el relato y quién queda en segundo plano. Isa Pantoja concentra el foco, rescata alguna canción de su madre y se coloca como eje emocional del episodio, mientras su pareja, Asraf Beno, ejerce de apoyo permanente. A su alrededor, los Gemeliers funcionan como gag recurrente y no dicen dos frases sin arrancarse a cantar.
La dinámica se replica en otros rostros. Eduardo Casanova acapara plano y ruido a base de volumen y gestualidad, mientras Canco Rodríguez queda relegado a un papel casi instrumental, más reactivo que narrativo. Mar Flores y Carlo Costanzia funcionan como pareja de alto voltaje mediático: la relación madre-hijo y el historial de titulares que rodea al entorno familiar aportan al programa un combustible previo, una historia ya escrita fuera de la pantalla. En otro registro, Palito y Lucía Dominguín se presentan como piezas del "clan Bosé", más reconocibles por su lugar en un árbol genealógico televisivo que por lo que aportan al reto decorativo.
El mosaico se completa con perfiles calibrados para la fricción y el contraste: Antonia Dell'Atte entra avisando de su sinceridad y carácter mientras María Zurita observa, más como testigo que como detonante. Entre ambos extremos se mueven Colate, que encadena titulares sobre su vida personal, y Samantha Vallejo-Nágera, cómoda en un rol de autoridad que el espectador ya reconoce. Andy Andrea y King Bru están más cerca de TikTok e Instagram que del mundo del famoseo clásico y su presencia funciona como puente con audiencias que consumen en vertical. En otro tercio están Raquel Meroño y Belén López, construidas como líderes y ganadoras tempranas, y figuras como Eduardo Navarrete o La Terremoto de Alcorcón, habituales del circuito RTVE.
La vivienda como escenario
El tamaño de los espacios que decoran los famosos es, quizá, lo que más se acerca a la vida real: uno de los retos es diseñar un espacio de 30 m² presentado como loft. En ese punto el formato roza una verdad cotidiana: pisos cada vez más pequeños y más caros, cuya compra o alquiler se aleja del alcance de muchos. Un entorno en el que optimizar la decoración se convierte, más que en capricho, en una estrategia de supervivencia. Una verdad incómoda que se roza sin mirarla de frente: precariedad habitacional convertida en escenografía amable.
Más allá del envoltorio de celebrities, el programa se apoya en reformas con componente social como combustible narrativo. En el arranque, la decoración se plantea como herramienta de reparación: una familia marcada por un duelo pide renovar dos salones para "cambiar de etapa", con 4.500 euros por estancia y un tercer juez invitado, Jaime Hayón, para el veredicto. El segundo encargo —un padre separado que necesita reformar dos dormitorios con 1.500 euros por habitación— introduce una cifra contenida para activar la identificación: "Esto podría pasar en tu casa".
El concurso acierta cuando baja al detalle y muestra decisiones concretas —luz, almacenaje, materiales, prioridades— y pierde fuerza cuando el hogar queda reducido a un "caso" que solo sirve para empujar la emoción y acelerar el montaje.
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