'The Mastermind', lo que el cine de atracos no contó en los 70
Kelly Reichardt se apropia de las herramientas del cine de los 70 para dar la vuelta a las películas de atracos.
Estrenada en Cannes, es la historia de un hombre que arruina su vida y la de su familia en un viaje hacia el desmoronamiento personal.

Madrid--Actualizado a
Hace unos días, una banda de ladrones aparcó un camión equipado con una escalera extensible en la calle, en un lateral del Louvre. Subieron dos pisos, cortaron el cristal de una ventana, entraron y se llevaron unas cuantas joyas de la corona francesa. Siete minutos. A J.B. Mooney, el protagonista de The Mastermind, la nueva película de la cineasta Kelly Reichardt, icono del cine independiente, le lleva algo más birlar cuatro cuadros del modernista Arthur Dove del museo local de Framingham (Massachusetts), pero le cuesta muy poco arruinar toda su vida y la de su familia.
Ladrón aficionado, el tipo es un carpintero sin trabajo, hijo de una familia de clase media alta que quiere recuperar la vida cómoda que tuvo con sus padres, ahora con su mujer y sus dos hijos. Planea el atraco con unos amigos y consigue en tiempo récord hacer volar por los aires todo su mundo. "En cierto sentido es una película sobre un atraco, pero, de alguna forma, las dinámicas con su familia y sus amistades son lo principal", dice Kelly Reichardt que se apropia de la estética y los elementos del cine de los 70 —la película está ambientada a principios de esa década— para dar la vuelta al tradicional cine de atracos.

"Un dolor colectivo"
The Mastermind es mucho más que la historia de un robo de obras de arte, es un relato de las consecuencias que tienen nuestras decisiones, del individualismo y la desconexión con la realidad del mundo en el que vivimos, y de la familia. Josh O’Connor, unos de los mejores actores de su generación, es Mooney. Con él, Alana Haim, que interpreta a su mujer, Terri, y John Magaro, que da vida a un amigo del protagonista, Fred.
Cuando ya se ve que las cosas no han salido bien, Mooney escapa de Framingham y es este amigo el que le dice que huya a Canadá, "son evasores del servicio militar, feministas radicales, drogadictos... buena gente". Pero este hombre ha vivido con desidia total la realidad de su país, un EEUU conmocionado por la guerra de Vietnam, cuyas noticias se oyen de fondo a lo largo de la historia, pero él nunca escucha.
Hoy, como en la película, en nuestro nicho de seguridad se siguen escuchando todos los conflictos y la violencia que asola el mundo, y nosotros convivimos con estas dos realidades casi de una manera natural. "Estos horrores se asoman a tu mundo, pero luego sigues con tu día a día. Sin embargo, es algo que pende sobre nuestras cabezas todo el tiempo. Es un dolor colectivo con el que todos vivimos", escribe la cineasta en las notas de producción de la película, desde la que explora "la idea de que realmente puedes disociarte de lo que sucede".
Las consecuencias
Y Mooney se disocia también de su propia familia, obsesionado con dar un golpe que él cree perfecto y que deriva en una ruptura inevitable. The Mastermind es un viaje tristísimo hacia el desmoronamiento de un hombre, solo en un autobús en la oscuridad, con música de jazz, obra de Rob Mazurek, del conjunto Chicago Underground Trio y las colaboraciones de Chad Taylor y algunos percusionistas y bajistas. Y con una fotografía, obra de Christopher Blauvelt, que se va oscureciendo al mismo tiempo que crece la soledad del personaje.
"Es una película sobre las consecuencias, una película sobre un mundo que se desmorona", afirma Reichardt, que confiesa que se inspiró en algunas películas míticas de los 70, como Ciudad dorada (John Huston), una historia de perdedores, o las que tuvieron a Robby Müller en la dirección de foto, como El amigo americano.
Estética de los 70
Hay dolor y desencanto en esta historia, que, sin embargo, está llena de cine y de la emoción de revivir aquellos títulos legendarios de los años 70, en los que se inauguró una nueva forma de rodar, fuera de los estudios, y en los que se plantaron las semillas de una narrativa que contenía preocupaciones sociales y políticas ligadas a las de los personajes. The Mastermind recoge todo esto y lo hace desde la misma estética que entonces, con sus colores, sus encuadres y con los coches de la época, Dodges, Oldsmobiles, Buicks… hasta el ‘escarabajo’ del protagonista.
Un envoltorio precioso para contar la estupidez humana, mostrar el desengaño de unos y el hundimiento de otros, la desconexión de la realidad que nos rodea, pero no queremos ver… y para revelar todo lo que el cine de atracos de la historia ha dejado sin contar demasiadas veces.




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