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Entrevista a Samanta Schweblin "Estamos hiperconectados en la soledad"

La escritora argentina presenta 'Kentukis', una novela que desvela el lado más inquietante de las nuevas tecnologías.

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La escritora argentina Samanta Schweblin.- ALEJANDRA LÓPEZ

Se le ocurrió sin más. No fue una idea literaria, dice, tan sólo un desvarío más de su imaginación. Pensó en el cruce entre un peluche y un móvil de última generación, lo bautizó como Kentuki y lo dejó un tiempo en barbecho. La idea era bien simple; muñecos con forma de animales y tripas binarias controlados desde cualquier parte del mundo por usuarios que se conectan al sistema e interactúan desde su ordenador con los dueños de estas —aparentemente— entrañables mascotas.

La cosa fue creciendo hasta convertirse en novela. El resultado, como ya intuirán los asiduos a la Schweblin, tiene ese punto como turbulento, un ruido de fondo que convierte en extraordinario algo tan prosaico como una tetera. "Para mí lo interesante en una historia siempre va a estar en lo extraño, en lo anormal, porque lo que es puramente cotidiano ya es conocido y lo fantástico, aunque no sea conocido, ya está de alguna manera etiquetado y homologado", confiesa la argentina.​

Se trata de ver con distancia, de volver a pensar lo que estamos viendo, de considerar la tecnología no como "un gran monstruo maligno" y sí como la marioneta de un ser humano desquiciado y solo. ¿Distopía?, ¿ciencia ficción?, ¿futuro inmediato? El cuándo para Schweblin no es tan importante. La clave reside en nuestra incapacidad para pensar lo que (nos) sucede: "Vivimos en un mundo hipertecnologizado en absoluta normalidad, los avances son tan rápidos que los naturalizamos sin reflexionar sobre sus límites morales, éticos o legales".

Son precisamente esos los límites sobre los que opera Kentukis (Penguin Random House), novela que testimonia la pesadilla tecnológica a través de un puñado de personajes que no se plantean —o que descubren tarde— el aspecto más oscuro del código. Seres incompletos que se entregan al prójimo a través de un salvonconducto binario como quien se encomienda a una Virgen: "Estamos hiperconectados en la soledad", sentencia la escritora.

Ed.- Literatura Random House

Ella estuvo ahí. La promoción en el mercado global —sus cuentos han sido traducidos a más de veinticinco idiomas— produce monstruos (kentukis en su caso): “He pasado dos años viviendo fuera de Argentina, dos años en los que mis relaciones tanto personales como laborales las mantenía por Internet a través de dispositivos móviles, en constante movimiento hasta que me quedaba sola en el hotel". 

Vancouver, Hong Kong, Tel Aviv, Barcelona, Oaxaca... La fiebre kentuki se propaga sin freno por medio mundo con el voyeurismo y el exhibicionismo como principal acicate. "Tenemos una necesidad insaciable de compararnos y tratar de entender en qué punto nos encontramos con respecto al otro". Late, según Schweblin, una búsqueda identitaria tras esa necesidad de ver sin ser vistos; cotejar qué son los otros para entender si somos conforme a la norma. 

Y de esa comparación, sobra decir, no siempre salimos bien parados: "Todas esas preguntas deberíamos contestarlas desde lo que nosotros necesitamos y nos hace falta, pero parece que solo podemos contestarlas mirando a los demás". Esa mirada —y su imposición— delimita el terreno de juego, dicta qué es normal y qué no lo es y, de paso, genera insatisfacción a espuertas; un mundo de gente incompleta.

Así llegamos a la pesadilla kentuki, seres que pagan para mirar a otros seres a través de un ordenador y seres que pagan por exponer su intimidad ante un desconocido. La memez se ha consumado y se puede facturar; el turbocapitalismo nos quiere solos y dementes. Samanta Schweblin lo sabe y no se escuda en distopías ni chivos expiatorios, el monstruo siempre estuvo ahí: "El problema de la tecnología es que al otro lado hay un ser humano".