Entrevista a Jordi Pàmias"La izquierda biempensante actual ha abandonado sus luchas históricas"
Hablamos con el doctor en Filología Clásica y catedrático en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), que publica el ensayo 'Les renúncies' (Arcàdia).

Barcelona-
El doctor en Filología Clásica y catedrático en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) de lengua y literatura griegas, Jordi Pàmias (Lleida, 1972), relaciona la creciente obsesión del primer mundo de cuidarse el cuerpo con la desafección política. Lo hace en el ensayo Les renúncies (Arcàdia), donde paralelamente habla del miedo al envejecimiento y la búsqueda de la inmortalidad a través de sacrificios y privaciones. El autor, hijo del conocido poeta de Guissona Jordi Pàmias —ambos comparten nombre y apellido—, viaja hasta la Grecia arcaica para explicar que este mecanismo no es nuevo.
¿Qué le lleva a escribir 'Les renúncies'?
El desencadenante es una noticia que leí en tres o cuatro diarios europeos. Los jóvenes renuncian al consumo de alcohol, como en una nueva etapa de templanza y moderación. Esto me hizo pensar que, si ampliábamos el foco, más allá de esta renuncia abstemia, nuestra sociedad está atravesada por una serie de preocupaciones en torno a la salud, al cuerpo, y a una serie de regímenes dietéticos basados en la privación o en el sacrificio del placer. Se busca la depuración higiénica de nuestros hábitos alimentarios, pero también ascéticos, el ejercicio físico, etc. Todo ligado con un desarrollo personal y una aspiración de longevidad o vida eterna.
Al mismo tiempo, siento preocupación por la desafección política. Pienso en una izquierda muy despolitizada que ha renunciado a su responsabilidad histórica de velar por lo colectivo. Por lo tanto, son estos dos fenómenos, la política y la renuncia ascética, que parecen agua y aceite, pero que he intentado conectarlos.
Me preocupa la izquierda despolitizada que ha renunciado a su responsabilidad histórica de velar por lo colectivo
¿Cómo se articula esta relación entre el culto al cuerpo, de una manera muy individual, con la desafección política?
No soy el primero que detecta este tipo de conexión. Aquí tengo que hacer referencia al sociólogo alemán Max Weber, que hace ahora 100 años lanzó una hipótesis. Él se preguntaba por la difusión del cristianismo durante el Imperio romano, en un momento en que las élites políticas abandonan su capacidad de acción e influencia política y se vierten a una religión de salvación. En este caso no del cuerpo, sino del alma.
Desde su punto de vista, la despolitización de las élites del Imperio romano va de la mano de la salvación del individuo en el más allá. Por lo tanto, de alguna manera, se puede extender una conexión entre la propuesta de Max Weber y la mía. Él hablaba de la salvación del alma, propia del cristianismo, nosotros hablamos de la salud del cuerpo, pero, en última instancia, salud y salvación comparten raíz etimológica latina.
En los libros habla de este desplazamiento. De la salvación religiosa a la salud. ¿Qué buscamos ahora?
Asistimos a una especie de secularización de la salvación, que se ha hecho terrenal. La hemos individualizado y privatizado, ya no está en un más allá, en una perspectiva de redención, en un paraíso, etcétera, sino que la tenemos dentro de nosotros. Hay diferencias, pero, de todas formas, me da la impresión de que muchos de estos regímenes dietéticos de disciplina corporal, tienen factores religiosos detrás. Las dietas ayurvédicas, macrobióticas, todas las formas que tiene el vegetarianismo de declinarse, como es el crudiveganismo o el veganismo, tienen, a veces, un carácter moralizante con quienes no las practican.
¿En qué sentido?
Hablan de ayunos, de ayunos intermitentes, de intoxicación y depuración, de tabúes alimentarios... Usamos un lenguaje religioso, ¿no? Este vegetarianismo y estas dietas, también, de reducción de alcohol, tienen muchos componentes de mortificación del cuerpo, de penitencia. En algunos aspectos, recuerda a los horizontes ascéticos de toda la tradición puritana, empezando por los pitagóricos en Grecia; los órficos, que inauguran toda una tradición occidental que gravita en torno a la pureza; los cátaros; o los puritanos de época moderna incluidos en el protestantismo y que desembocan en la tradición prohibicionista del puritanismo americano, del que tan acostumbrados estamos a hablar.
Un concepto interesante en el ensayo es el de 'age of anxiety', la era de la ansiedad, que a menudo coincide con los grandes cambios históricos. Parece que ahora estamos de lleno en una de esas etapas.
Estamos en un momento crepuscular de nuestras democracias occidentales. No sabemos hacia dónde irá la cosa. El término lo usó por primera vez un poeta inglés, Holden Caulfield, justo después de la Segunda Guerra Mundial. Ahora mismo tenemos una serie de inquietudes porque estamos en una mutación de época, de desafección y desorientación política.
Tenemos una serie de inquietudes porque estamos en una mutación de época, de desafección y desorientación política
He observado que, a lo largo de la historia, estos movimientos religiosos o filosóficos que velan por el ascetismo del alma o del cuerpo coinciden con estos momentos de cambio. Al mismo tiempo, hay una voluntad de diseñar un escenario utópico o distópico fuera del tiempo, ya sea hacia unos principios de la humanidad atávicos, o bien hacia un escenario de futuro apocalíptico de destrucción final del fin de los tiempos. Los pitagóricos hablan de un mundo vegetariano del principio del mundo en el que la humanidad aún no necesita matar animales porque conviven con los dioses, un escenario paradisíaco. Otras veces, asistimos a lo contrario, como el que plantean los nuevos vegetarianos, en el que, para ellos, la solución a los males de nuestra civilización y la destrucción de la sostenibilidad de la Tierra pasa por no consumir animales.
Las renuncias a la carne, la bebida, el placer... van muy relacionadas con la abnegación. Pero, en la actualidad, mantener el culto al cuerpo implica tener dinero para comprar comida de calidad o para apuntarse a un gimnasio y tener tiempo para cuidarse, en vez de trabajar. ¿Hay un componente de clase que ha cambiado?
En realidad ha sido siempre así. Han renunciado a la carne a lo largo de la historia aquellos que tenían acceso a la carne. Los pitagóricos eran aristócratas que podían permitirse el lujo de renunciar a ellos. Es más, lo hacen para distinguirse de la masa del pueblo. Para mí, me parece bastante claro que estos escenarios de regímenes dietéticos y disciplinas metódicas han calado, sobre todo, en unos sectores privilegiados, naturalmente, de nuestro mundo.
Me da la impresión de que los únicos que votan izquierda actualmente son élites, porque la clase trabajadora naturalmente ya no la vota. La clase trabajadora y popular no se ha sentido interpelada y por eso crece la extrema derecha. Votan izquierda unas élites urbanas, progresistas, cosmopolitas, pero que no dejan de ser un grupo privilegiado y que, en lugar de responsabilizarse de la justicia social, se privatizan...
La clase trabajadora y popular no se ha sentido interpelada y por eso crece la extrema derecha
Desde su perspectiva, ¿de qué se preocupa la izquierda actual?
De la cuestión de las identidades, de los derechos individuales, de la autorrealización... una serie de cuestiones sobre las que, naturalmente, estoy a favor. Sólo faltaría. Pero me da la sensación de que desenfocamos los objetivos de la lucha de la izquierda, que para mí siguen siendo la justicia social, un mundo de emancipación y de responsabilidad colectiva.
¿Quién sale beneficiado de este individualismo y culto al cuerpo?
Hoy en día, la industria del wellness, del bienestar, ya supera en volumen de dinero el big pharma. Esto quiere decir que una sociedad enferma no da tanto dinero como una sociedad sana y que busca serlo cada vez más. Todo el volumen de productos dedicados a una salud que vamos persiguiendo, sin saber muy bien cuánta salud estamos en condiciones de tolerar. El capitalismo, que es muy hábil, ha sido perfectamente capaz de darse cuenta de este mercado.
Si a esto añadimos el hecho de que la privatización de la lucha por la salvación, es decir, la salud, nos aleja de las reivindicaciones políticas en un sentido estratégico y global, podemos entender muy bien que el capitalismo tiene un interés especial en promover esto.
¿Qué dice de la sociedad actual que los líderes políticos y los tecnócratas como Trump, Putin, Musk o Xi Jinping, busquen la inmortalidad?
Es absolutamente inquietante. Tenemos delante unos brujos de la biotecnología que ha iniciado una carrera tecnoeufórica en busca de soluciones inmortalistas que olvidan los límites modestos de nuestra condición humana. En la era moderna, Europa se lanzó a colonizar el mundo con fines extractivas y depredadoras. Hoy el mundo está ocupado. Por lo tanto, buscamos la colonización de nosotros mismos, de nuestras vidas, en términos biotecnológicos.
Pienso en todos los programas de edición genética, la inteligencia artificial, impresión de órganos 3D, la digitalización de la memoria o la de los cuerpos para una futura resurrección. Es un escenario posthumano en el que olvidamos nuestra degradación biológica, nuestro cuerpo, condenado a la vulnerabilidad, a la finitud y a la caducidad, y que lo hibridamos con una máquina para convertirlo en algo nuevo. Hasta llegar, quizá, a la inmortalidad.
¿Cuál es el objetivo de su libro? ¿Una denuncia, una advertencia, un hacer repensar al lector sus prioridades?
Uno de los objetivos es denunciar a la izquierda biempensante actual. Ya lo he dicho. Una izquierda que ha abandonado sus luchas históricas. Parecerá que soy un malhumorado y que refunfuño todo el rato, que soy un pasado de moda y todo eso. Veo con preocupación este principio del siglo XXI que ha abandonado la noción de política en el sentido tradicional.
Por lo tanto, el libro puede servir para despertar la conciencia de alguien sobre qué estamos diciendo cuando hablamos de izquierda en nuestro país. Ahora hablo de Catalunya en concreto y de cómo, al igual que el resto de países europeos, nuestras izquierdas están totalmente desmovilizadas y preocupadas por cosas que no es que no sean importantes, sino que nos impiden pensar en lo que la izquierda siempre había luchado.
También menciona múltiples veces que las élites cultas y privilegiadas se están despolitizando. Pero no sé si estoy de acuerdo, porque diría que, por ejemplo, los tecnócratas están completamente politizados, igual que sus redes sociales.
Tienes razón. Quizá no lo he explicado suficientemente bien. En el capítulo ocho del ensayo introduzco el concepto de hiperpolítica: cuando pensábamos que la política se había acabado porque había unos técnicos, unos tecnócratas, que se encargarían de resolver los problemas... hay un giro inesperado y, de golpe, cualquier cosa es política.
Cuando pensábamos que la política se había acabado porque había unos tecnócratas que resolverían los problemas, de golpe cualquier cosa es política
En la práctica, uno se siente obligado a posicionarse porque se abren dos bandos claramente enfrentados. Ya sabemos perfectamente qué ideas defiende la derecha reaccionaria, que acusa a la izquierda de ser woke. Hemos caído en la trampa de un debate de tira y afloja, a favor o en contra, sobre cuestiones cada vez más pequeñas, a menudo vinculadas a un calidoscopio de identidades individuales.
Ha habido conquistas reales y concretas con las que estoy plenamente de acuerdo. Pero también es cierto que vivimos bajo una lupa constante, sometidos a una monitorización continua de cualquier gesto o palabra que no encaje con la corrección política. Y quizá mi ensayo sea políticamente incorrecto.


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