Opinión
¿La hora del populismo de izquierdas?

Por Pablo Castaño
Periodista y profesor de Ciencia Política en la UAB
-Actualizado a
La propuesta de Gabriel Rufián de construir una confluencia electoral de izquierdas para las próximas elecciones generales ha abierto un intenso debate organizativo, pero también abre la discusión sobre la estrategia discursiva que las izquierdas deberían adoptar en el próximo ciclo electoral. Todavía de manera implícita, el populismo está volviendo al centro del debate.
La actual composición del Congreso, con un bloque de izquierda/plurinacional (Junts y el PNV no son precisamente de izquierdas) y otro formado por PP y Vox hace que la mayoría de los análisis conciban la política española actual como un enfrentamiento izquierda-derecha. La importancia de este eje queda confirmada por las encuestas que muestran el crecimiento de las posiciones conservadoras en la sociedad española, especialmente entre los varones jóvenes. Sin embargo, el eje izquierda-derecha convive con un cada vez más importante eje sistema-antisistema, que es el espacio perfecto para la política populista y explica buena parte del crecimiento electoral de Vox.
El partido de Santiago Abascal es el que más abstencionistas atrae (13% según la última encuesta de 40dB) e incluso un 5% de quienes votaron al PSOE en 2023 dicen que votarían hoy a Vox, una transferencia de voto aparentemente extraña que confirma que hay que mirar más allá del "giro conservador" de la sociedad para entender las actuales dinámicas electorales. Otro ejemplo: en las últimas elecciones extremeñas, Vox más que duplicó su voto, aunque Extremadura es la región con menos migración de España, lo que en principio debería ser un problema para un partido que ha hecho del racismo el centro de su discurso. No lo fue, porque Vox se ha convertido en el partido que mejor canaliza una diversidad de malestares, como hizo Podemos hace una década. Esto les ha permitido diversificar su electorado, atrayendo a más votantes de clase trabajadora y mujeres.
El crecimiento del partido ultra coincide con el del pesimismo sobre la situación económica y política. La combinación de las dos curvas ascendentes sugiere que Vox es el único partido percibido como alternativa real a una situación política que produce desafección en buena parte del electorado. De hecho, entre los votantes de Abascal la preocupación por el gobierno y los políticos empata con la inmigración, lo que le abre una puerta para atraer a electores que, sin ser de ultraderecha, compartan este rechazo a las élites políticas. Vox está desplegando una estrategia populista exitosa, colocándose en el lugar correcto del eje sistema-antisistema. Eso puede explicar el relativo estancamiento del PP, que se está beneficiando menos que Vox del desgaste del gobierno.
¿Y la izquierda? Sumar, al formar parte del ejecutivo, es percibido como parte del establishment político. Los escándalos del PSOE también dañan la imagen de la coalición de Yolanda Díaz, cuya retórica gobernista y sus amenazas vacías a Pedro Sánchez (casi nadie cree que esté dispuesta a abandonar el ejecutivo) contribuyen a construir la imagen de que son parte de la misma élite política. Puede ser injusto, pero así parece pensar una parte considerable de la opinión pública.
El problema de Podemos es diferente. Su intento de resucitar el populismo haciendo oposición al gobierno ha fracasado (están por debajo del 5% de intención de voto). Solo una pequeñísima parte del electorado progresista se ha dejado seducir por un discurso que llama "señor de la guerra" al único presidente europeo que le ha plantado cara, al menos en parte, a Donald Trump en temas como el rearme. Un ejemplo de que adoptar una retórica beligerante no es suficiente para construir un populismo exitoso.
Por el contrario, Rufián se ha convertido en el líder más popular de la izquierda gracias a su insistencia en tratar los temas que más afectan a la vida cotidiana, (como la inflación y la vivienda), una retórica vehemente (agresiva a veces) que conecta con el enfado de la población por la subida generalizada del coste de la vida y un señalamiento directo de los responsables de la situación (especuladores, fondos buitre…). Una estrategia populista, mucho más eficaz que intentar convencer al electorado de la importancia de unas políticas que en muchos casos no acaban de notarse en la vida de la gente, como intentan sin demasiado éxito los portavoces de Sumar (ley de vivienda ineficaz, subidas del salario mínimo anuladas por la inflación, una reducción de jornada que nunca llega…). La responsabilidad de estas decepciones es menos de Sumar que del PSOE, que se resiste a tomar las medidas necesarias, pero gran parte de la opinión pública los percibe como inseparables.
Rufián se ha beneficiado de una posición intermedia, en la que forma claramente del bloque progresista pero no se hace responsable de las limitaciones y errores del gobierno. Ha conseguido incluso que su independentismo sea indiferente quienes le apoyan en toda España, en parte gracias a sus frecuentes referencias a que "la clase trabajadora es la misma en Cornellà que en Vallecas". Un discurso típicamente populista, que insiste en que el pueblo comparte más de lo que lo divide. No sorprendente que despierte suspicacias en ERC.
Cierta dosis de populismo será necesaria si las izquierdas quieren salir del rincón en que están ahora mismo, pero también hay riesgos. En su acto del 18 de febrero, Rufián y Emilio Delgado apostaron por hablar explícitamente de inseguridad e inmigración, dos temas que la ultraderecha ha conseguido colocar en el centro de la agenda. Ambos patinaron: Rufián reprodujo el femonacionalismo que se escandaliza por el burka mientras obvia la violencia machista y Delgado cayó en el alarmismo securitario que cultivan las derechas. Se puede hablar de seguridad e inmigración sin ceder un ápice a los marcos de la ultraderecha, como han demostrado respectivamente Zohran Mamdani con su propuesta de reforzar la seguridad comunitaria y el propio Rufián con intervenciones como esta, donde señala a los especuladores como el verdadero peligro para el país, en una línea similar a la del ‘eco-populista’ británico Zack Polanski. El populismo no tiene nada que ver con admitir parte de los marcos impuestos por la ultraderecha. Sahra Wagenknecht lo hizo y solo contribuyó al crecimiento de Alternativa por Alemania, normalizando sus posturas racistas.
El populismo de izquierdas llevó al Podemos de 2016 al 20% del voto, pero el contexto era muy distinto al actual y también hubo errores. El movimiento 15-M había articulado una agenda de demandas sociales de izquierdas que el partido morado solo tuvo que recoger y canalizar, mientras que ahora esto solo es cierto en el ámbito de la vivienda, gracias al trabajo de los sindicatos de inquilinas. Además, la construcción de un discurso populista de izquierdas hoy tiene enfrente un populismo de derechas muy bien articulado y con los vientos internacionales a su favor. Sin embargo, el ejemplo de La Francia Insumisa demuestra que es posible construir un populismo de izquierdas que dispute el rol antisistema a la ultraderecha.
El Podemos de 2016 acertó con el discurso, oponiendo a la "casta" una definición amplia de "pueblo" que incluía explícitamente a la población migrante, un ejemplo que debería inspirar cualquier intento de populismo de izquierdas, especialmente en el contexto actual. Sin embargo, la promesa de convertir el apoyo electoral en poder popular, en autoorganización social, quedó permanentemente relegada por la "máquina de guerra electoral". Rufián triunfa en Tik Tok e Instagram como Pablo Iglesias lo hizo en Twitter y en la televisión, pero sería dramático repetir el error de confiar todo a un liderazgo carismático. La estrella de la popularidad de Iglesias se apagó, la de Yolanda Díaz también y la de Rufián seguirá el mismo camino en algún momento.
En este sentido, la idea de una confederación plurinacional, arraigada en los territorios – en todos, no solo en las naciones sin Estado – va en la buena dirección, igual que la interpelación de Movimiento Sumar, IU, Comunes y Más Madrid a los sindicatos para unirse al futuro frente amplio. Pero no será suficiente: la ultraderecha construye hegemonía gracias a su red de youtubers, influencers, pseudosindicatos y organizaciones juveniles. La izquierda solo tendrá una oportunidad de ganar si compite en todos los terrenos, superando la estrategia centrada en lo institucional y adoptando ciertas dosis de populismo.

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