Opinión
La refundación de la izquierda y el burka

Por Noelia Adánez
Coordinadora de Opinión.
-Actualizado a
A las 7 de la tarde del miércoles 18, más o menos a la misma hora a la que comenzaba el encuentro entre Emilio Delgado y Gabriel Rufían, saltaba la noticia de un nuevo crímen machista. A menos de seis kilómetros de la Sala Galileo, en la Calle López de Hoyos, una mujer de 37 años habría sido estrangulada presuntamente por su pareja apenas unas horas antes. La víctima era madre de dos criaturas de corta edad. El hombre tenía una orden de alejamiento.
Unas 48 horas antes, en Xilxes, provincia de Castellón, una mujer de 47 años fue degollada por su expareja, quien también habría degollado a la hijas de ambos, una niña de 12 años de edad. Ambas, madre e hija, figuraban en el sistema VioGén con una consideración de “riesgo medio”. Unas 24 horas antes de los asesinatos de Xilxes, a media mañana del lunes, un hombre irrumpía en un centro de salud de Benicàssim armado con dos cuchillos y atacaba a su expareja, una enfermera de 64 años de edad que se encontraba trabajando. La mujer murió esa misma tarde como consecuencia de las heridas.
En suma, en lo que va de semana tres mujeres y una niña han sido estranguladas, degolladas y apuñaladas. Desde que comenzó el año, contamos nueve víctimas y ya son 1.352 las mujeres asesinadas desde 2003. Esto sucede como consecuencia de la violencia machista, un fenómeno cuya existencia niegan sectores sociales seducidos por los discursos de la ultraderecha.
En el encuentro celebrado en la Sala Galileo bajo el título ‘Disputar el presente para ganar el futuro’, se habló mucho de quitarle votos a Vox, del miedo que provoca la mera idea de que alguien como Santiago Abascal pueda ser Ministro del Interior y de lo aterrador que se antoja un futuro en el que la derecha y la ultraderecha se hagan con el gobierno central. Para dar cuenta del peligro que entraña “lo que viene” se recurrió a metáforas como la motosierra e incluso se afirmó que una victoria de las derechas equivaldría a una suerte de “bomba atómica”.
Se reflexionó sobre la necesidad de aproximar a los más jóvenes a los planteamientos de la izquierda, y de convencer con propuestas a quienes han encontrado en las narrativas reaccionarias las certidumbres que una realidad hostil les niega. Se habló de barrios, de gimnasios y de videojuegos, se habló de inmigración, descrita como un “desafío” en lugar de como un problema y, por supuesto, se reivindicó la necesidad de blindar los servicios sociales y de resolver el problema de la vivienda.
Cuando Rufián formuló su propuesta - que en cada provincia se presente la izquierda que más diputados pueda arrancar a las derechas -lo hizo dando por descontado que la base ideológica común debía reducirse a “cuatro puntos”, es decir, a un programa compartido de mínimos. No se aclaró cuáles serían estos cuatro puntos (se entendió que pueden ser cuatro, cinco o seís) y tal vez por suspicacias mías sospecho que entre ellos no estarán como prioritarios, salvo de un modo testimonial, ninguno de los que integran la agenda política de los feminismos.
No se habló de mujeres (ni del colectivo LGTBIQ, por cierto), ni de violencia machista ni de libertad sexual y reproductiva. No se dijo ni una sola palabra sobre nada de esto.
Y sin embargo, se aludió al burka, que Rufián calificó de “salvajada” desperdiciando la oportunidad de, ya puestas a hacer valoraciones de esa índole, mencionar al menos a las tres mujeres y una niña asesinadas en las 72 horas previas.
La reacción ha avanzado posiciones en la sociedad a costa de defender posturas contrarias a los derechos de las mujeres, a costa de negar la violencia de género y de intentar desautorizar las luchas feministas. Mientras Vox ha crecido colocando en el centro de su discurso político el antifeminismo, el PP ha optado por planteamientos más sibilinos. Por eso a los de Feijóo y Ayuso no les supone ningún problema exigir la dimisión de Marlaska tras la salida del exdirector adjunto operativo de la Policía Nacional, denunciado por una agresión sexual, al tiempo que desacreditan públicamente el testimonio y filtran la identidad de una víctima de acoso laboral y sexual en el Ayuntamiento popular de Móstoles, a la que desampararon e indicaron que no debía denunciar. Pero hablemos del burka.
No veo cómo las izquierdas pueden avanzar posiciones y captar el interés ciudadano replicando los debates a los que nos abocan las derechas. Y del mismo modo que no veo cómo se puede articular una estrategia de coordinación y de cooperación en la elaboración de listas sin territorializar el conflicto y trabajar lo asociativo, tampoco veo cómo las izquierdas pueden llevar ninguna clase de iniciativa política adelante sin contar con los feminismos. Aunque seguro que me equivoco y en el evento del sábado los derechos de las mujeres y de las personas LGTBIQ tendrán el debido protagonismo.

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