El malestar cae en las garras de la medicalización: "Quieren zombis incapaces de mirarse por dentro"
Cada vez son más los ejemplos que se agrupan bajo este paraguas: personas que usan Ozempic para adelgazar sin tener diabetes o la "píldora rosa" para estimular el deseo sexual femenino.
"Hay emociones que necesitan ser atendidas, no medicalizadas. Escucha, comprensión, validación y apoyo del entorno son muchas veces la respuesta más adecuada", indica la psicóloga Victoria Sánchez.

Madrid--Actualizado a
Carmen (nombre ficticio para preservar su anonimato) llevaba más de 20 años fuera del mercado laboral. La maternidad marcó un paréntesis en su vida profesional. A los 52 años, una llamada le abrió otra puerta: un puesto de trabajo en un colegio público. Para ella era una oportunidad, pero de pronto irrumpieron el miedo y la autoexigencia. Las horas previas a su incorporación se convirtieron en una tormenta física y emocional. Se mantuvo despierta toda la noche con náuseas e insomnio.
Al final, confiesa al otro lado del teléfono, no pudo personarse en la escuela. Ese mismo día, acudió a su centro de Atención Primaria. Allí explicó a su médica de cabecera lo que le estaba ocurriendo. Para aliviar su cuadro de nerviosismo, la sanitaria le recetó lorazepam, un fármaco para tratar la ansiedad y el insomnio. Se medicó durante varios días. ¿El resultado? Una sensación constante de debilidad, desorientación y apatía que la dejó "completamente incapacitada" para afrontar su rutina diaria.
Tristeza, estrés, duelo, incertidumbre o agotamiento. Son respuestas emocionales a distintos contextos. Sin embargo, cada vez con más frecuencia, todas ellas se agrupan bajo un mismo paraguas: la medicalización del malestar. O en otras palabras: la tendencia a convertir emociones y vivencias normales en problemas clínicos, traducidos en diagnósticos, etiquetas y, sobre todo, tratamientos farmacológicos.
Cada vez se pueden poner más ejemplos. Estrés y ansiedad a golpe de receta; tristeza convertida en diagnóstico de depresión; cansancio o dificultad para concentrarse etiquetados como Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) o déficit de atención; personas que recurren a medicamentos como Ozempic para adelgazar sin padecer diabetes; la llamada "píldora rosa" (flibanserina) presentada como una especie de viagra femenino para estimular el deseo sexual de las mujeres; la paroxetina, conocida como "píldora de la timidez"; o los antidepresivos prozac y fluoxetina.
"El sistema está empujando a medicalizar"
En muchos casos, las emociones vitales traspasan su primer aro en la consulta de Atención Primaria. Ana Encinas, médica de familia, explica a Público que buena parte de los motivos de consulta que atiende a diario tienen que ver con trastornos de adaptación. "Vemos problemas laborales, situaciones de alta exigencia en el trabajo, duelos no resueltos. Muy a menudo, el síntoma principal es el cansancio", cuenta.
Ana Encinas, médica: "Hay pacientes que llaman al antidepresivo 'la pastilla de la felicidad'. Así construimos una sociedad de zombis"
Para Encinas, el conflicto aparece cuando la falta de tiempo y la ruptura de la continuidad entre médico y paciente impiden acompañar y sostener a la persona en su proceso vital. "Ahí es cuando el sistema empuja a medicalizar", afirma. "Se están tratando con fármacos situaciones absolutamente cotidianas que no los necesitarían". Los ansiolíticos y antidepresivos, advierte, circulan entre la población con muchísima facilidad.
"Hay pacientes que llaman al antidepresivo la pastilla de la felicidad porque te hace verlo todo de otra manera. Pero así acabamos construyendo una sociedad de zombis, incapaz de mirarse por dentro". Bajo su mirada, la Atención Primaria ha ido perdiendo su naturaleza: "A veces pienso que ya no son centros de salud, sino centros de enfermedad. No hay espacio para promover la salud ni para prevenir, solo para apagar fuegos". Un engranaje marcado, concluye, por la lógica de la productividad y la rentabilidad, "una presión que el propio sistema impone". Pero ¿qué se esconde realmente detrás de la medicalización del malestar?
Convertir la salud en fuente de ganancias
El psiquiatra Manuel Desviat, expresidente de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, profundiza, en un artículo de opinión de Público, en las raíces estructurales de esta cuestión. Advierte de que la forma en que se construyen hoy los procesos de enfermedad, salud y cuidado "no responde tanto a las necesidades reales de la población como a los intereses del poder político y económico en cada momento histórico". A su juicio, el punto de inflexión llegó hace décadas, con el avance del neoliberalismo y el desmontaje progresivo del Estado del bienestar. "La privatización de la sanidad, con el mito de la mayor eficacia de los mercados y el necesario adelgazamiento de las cuentas públicas, convierte la salud en fuente de ganancias, potenciando la medicalización del malestar", sostiene.
Manuel Desviat, psiquiatra: "La privatización de la sanidad potencia la medicalización del malestar"
Para ilustrar esta lógica, Desviat recurre a una reflexión del filósofo Mark Fisher en Realismo Capitalista: ¿No hay alternativa? (Zero Books, 2009): "Un sistema perfecto. El capital enferma al trabajador, y luego las compañías farmacéuticas internacionales le venden drogas para que se sienta mejor". Tratar la ansiedad, la depresión o la fatiga crónica como meros desequilibrios químicos, incide el escritor, exime al propio sistema de rendir cuentas por sus mecanismos de explotación y alienación. Desviat expone que, mientras se receta una pastilla, se deja intacto el origen del malestar.
Javier Padilla: "La gente busca soluciones, pero esas respuestas acaban trasladando el problema a su bolsillo. El sistema no se hace cargo de eso"
En esta misma línea se pronuncia el secretario de Estado de Sanidad y coautor del libro Malestamos, Javier Padilla. Sitúa el foco en cómo se gestionan socialmente el dolor y el sufrimiento. "La gente busca soluciones donde puede", explica a este diario, pero advierte de que muchas de esas respuestas acaban trasladando el problema —y el coste— al bolsillo de las personas. "Son gastos para cosas de las que el sistema nunca se va a hacer cargo porque son etéreas, desconectadas de las causas reales y, en muchos casos, sin evidencia científica detrás".
Lo ilustra con ejemplos: la angustia derivada de los desahucios o el malestar psíquico vinculado a la precariedad laboral. "Ahí las causas son estructurales y sociales", recalca. El riesgo, puntualiza, es que una respuesta individualizada actúe únicamente como un calmante: "Anestesia el sufrimiento, pero no lo resuelve". Para el secretario de Estado, la clave no está en elegir entre una vía u otra, sino en saber combinarlas. "El dilema no es psicólogo o sindicato", resume, "sino en qué momento necesitas qué y para qué". En muchos casos, dice, la respuesta más eficaz pasa por articular ambas dimensiones: el acompañamiento terapéutico y la acción colectiva.
Padilla reconoce, además, que existe un déficit de atención y de acceso a la terapia psicológica. No obstante, recuerda que la acción colectiva tiene un potencial que va más allá del alivio individual. "Permite ir a las causas a través del apoyo mutuo", señala. En ese desplazamiento, el centro de la diana deja de estar en la solución farmacológica y pasa a situarse en reivindicaciones concretas: un alquiler indefinido, una vivienda accesible, condiciones laborales dignas. "Ahí es donde realmente se empieza a sanar".
Los riesgos de medicalizar el malestar
La medicalización del malestar entraña riesgos que trascienden lo estrictamente clínico. Victoria Sánchez, psicóloga especialista en psicología clínica, advierte en conversación con Público que detrás de esta tendencia se esconde una cuestión cultural. "Habla de nuestra escasa tolerancia social al sufrimiento y del tipo de vidas que estamos legitimando: vidas funcionales, eficientes, permanentemente productivas". Incide en la necesidad de poner límites claros: no todo dolor es enfermedad ni toda tristeza exige una receta. "Hay emociones que necesitan ser atendidas, no medicalizadas. Escucha, comprensión, validación y apoyo del entorno son muchas veces la respuesta más adecuada". Las emociones, recuerda, cumplen una función: "Traen un mensaje. A veces nos alertan de que algo en nuestra vida o en nuestro contexto nos está dañando, o nos señalan qué necesitamos".
Victoria Sánchez, psicóloga: "Buena parte del malestar contemporáneo tiene raíces sociales: precariedad, soledad e incertidumbre"
Buena parte del malestar contemporáneo, sostiene, tiene raíces sociales: precariedad laboral, soledad, ruptura de los lazos comunitarios, incertidumbre y exigencias de rendimiento. El peligro, resume, es "convertir en patología lo que puede ser una reacción sana —aunque dolorosa— a un contexto enfermo". En ese desplazamiento, dice, el foco deja de estar en el "qué nos pasa como sociedad" para recaer únicamente en el "qué te pasa a ti", generando culpa, autoexigencia, bloqueo y sobrecarga emocional.
La sanitaria alerta también de otro efecto colateral: externalizar la solución. "Cuando todo se explica en términos químicos o diagnósticos, se deposita fuera la respuesta y se inhibe la posibilidad de tomar conciencia y hacer cambios profundos". No se trata, matiza, de enfrentar medicación y psicoterapia, sino de preguntarse qué marco explicativo se impone y a qué precio. "Si todo se explica en términos químicos, ¿dónde quedan la historia personal, los vínculos, el contexto, el sentido?", pregunta.
Alternativas
Frente a este escenario, la psicóloga reclama otro tipo de alternativas: "Más red, más tiempo y más complejidad". En el ámbito clínico, apuesta por enfoques que integren cuerpo, historia y relaciones: terapias relacionales, comunitarias, grupales o centradas en el trauma. En el plano social, propone recuperar espacios de sostén colectivo —redes vecinales, dispositivos grupales, ámbitos no medicalizados— donde el malestar pueda compartirse sin convertirse de inmediato en etiqueta diagnóstica. Y en el terreno político, "asumir que la salud mental no se juega solo en consultas y recetas, sino en condiciones de vida dignas, tiempos habitables, seguridad material y vínculos posibles".
Cabe señalar que el propio Plan de Acción de Salud Mental 2025-2027 incorpora de forma explícita esta cuestión. El documento apuesta por garantizar un uso "adecuado" de los psicofármacos y por poner freno a la medicalización del malestar cotidiano. Desde la administración se señala la prescripción social como una de las alternativas: una herramienta para derivar a las personas hacia redes comunitarias, grupos de apoyo, programas de ejercicio físico, talleres o iniciativas de voluntariado que refuercen los vínculos y el bienestar fuera de la consulta médica. Junto a ella, el plan menciona también la prescripción ocupacional, orientada a recomendar actividades ajustadas a las capacidades y necesidades de cada persona, con el objetivo de fomentar la autonomía, la participación social y una mejora real de la calidad de vida.

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