"Libertad para Carrillo" y otros iconos políticos del arte y el cartelismo de la transición
La exposición 'Inquietud. Libertad y democracia' reflexiona sobre la Transición en España y Portugal a partir de obras de Miró, Tàpies, Arroyo, Saura, Canogar, João Tabarra, Maria Helena Vieira da Silva o Paula Rego.

Madrid--Actualizado a
El rostro de Felipe González ocupa casi todo el cartel que eligió el PSOE para pedir el voto en las elecciones de 1977: "La libertad está en tu mano"... y en su cara, que destaca por encima de las siglas. Una personalización también evidente en el afiche de la UCD, cuyo eslogan rezaba: "Votar centro es votar Suárez". Lo hicieron más de seis millones de españoles y Adolfo se aferró al cargo de presidente del Gobierno, que ocupaba tras el dedazo del rey Juan Carlos. Manuel Fraga, líder de Alianza Popular, no mira al frente. El fundador del PSP, Enrique Tierno Galván, disimula su calva. Y Santiago Carrillo ni siquiera sale en la foto. El PCE elegía laimagen de una cuadrilla de obreros, apelaba a su condición de partido de los trabajadores y, sobre fondo rojo, dejaba claro que "Votar comunista es votar democracia".
Su líder ya había protagonizado un cartel icónico, en este caso blanco, donde sobre la imagen azul del líder del Partido Comunista de España se exigía la "Libertad para Santiago Carrillo", detenido en 1976 cuando regresó clandestinamente a España tras la muerte del dictador Francisco Franco. Este y otros pósteres son la antesala de la exposición Inquietud. Libertad y democracia, que reflexiona en La Casa Encendida de Madrid sobre los cincuenta años de Transición en España y Portugal. "Los carteles pegados en las paredes funcionan simbólicamente como la representación de una situación entrópica: hay movimiento, nada está claro, todo se superpone, una situación que dialoga con el caos y el intento de imponer el orden", explica Pablo Berástegui.
El director de centros y programas culturales de la Fundación Montemadrid —que organiza la muestra junto al Comisionado para la celebración de los 50 años de España en Libertad y en colaboración con la Colección Estatal de Arte Contemporáneo de Portugal (CACE) y Braga 25— aplaude la labor de los comisarios Paulo Mendes y Sandra Vieira Jürgens para recrear el ambiente de una época trascendental a través de las obras de medio centenar de artistas clásicos y contemporáneos. "En ocasiones están influidas directamente por ese tiempo y otras se desarrollan en paralelo a los sucesos que se estaban viviendo, pero en ambos casos el momento afecta a la producción artística de los autores".
Ahí están Antonio Saura, Joan Miró, Antoni Tàpies, el Equipo Crónica, Eduardo Arroyo, Manolo Millares, Cristina García Rodero, Rafael Canogar, Cristina Iglesias o el Equipo Realidad; también los portugueses Nuno Nunes-Ferreira, Maria Helena Vieira da Silva, Hugo Canoilas, Paula Rego, António Areal, Filipa César, Joaquim Rodrigo, Priscila Fernandes o João Tabarra. Pintura y otros formatos, como los vídeos de los artistas contemporáneos Santiago Sierra & Jorge Galindo, Fernando Sánchez Castillo y Harun Farocki & Andrei Ujica, aunque el cineasta alemán falleció en 2014. Y, claro, el cartelismo hecho arte, popular y callejero, como los murales y las pintadas de carácter ilusionante, escéptico o crítico.
"Las obras, muchas de ellas expuestas por primera vez, pertenecen a la colección de la Fundación Montemadrid y de la CECA, pero Paulo Mendes consideraba esencial la iconografía de los carteles y las pegatinas, procedentes de su colección personal y del Fondo Documental Alejandro Molins y Elena García, porque aportan contexto, enmarcan muy bien el proyecto y apelan directamente a nuestro recuerdo y memoria. Así, O povo unido jamais será vencido [elaborado con adhesivos posteriores al 25 de abril de 1974, día de la Revolución de los Claveles] me parece una idea potentísima. Y, junto a los carteles superpuestos de todo el espectro político, se crea una suerte de display entrópico", explica Pablo Berástegui.
Así, la cartelería omnipresente en las calles, con ese lenguaje “caótico y disruptivo”, engarza con la gráfica del Equipo Crónica para ampliar un relato protagonizado por El abrazo, de Juan Genovés, así como por varias obras de la colección de la Fundación Montemadrid —El cortesano grotesco Nº 9, de Joan Miró, Hombre caído, de Manolo Millares, o Mirta, de Antonio Saura— previas a la Transición. Antecedentes que explican "todo lo que está por detrás de lo que sucede en esos momentos y que condiciona lo que ocurre", añade Pablo Berástegui, quien subraya que hablan de cómo los autoritarismos intentan imponer el orden sobre el caos.
Una continuidad histórica que sirve no solo para hablar de la Transición, sino también de nuestra evolución como sociedad, aunque si hubiese que escoger tres piezas de ese período concreto el gestor cultural se quedaría con La espera, de Rafael Canogar, porque en 1972 "enlaza muy bien" ambos períodos; con He aquí el cuerpo, de Antoni Tàpies, que en la muestra ha sido situada "en un ámbito ligado al pasado colonial"; y con Portugueses na Europa, de João Tabarra, "una fotografía irónica sobre las expectativas ante la entrada en la Comunidad Económica Europea, que sirve para España, porque pese a las diferencias hay muchos paralelismos entre ambos caminos hacia la democracia".
Así, ante la expectativa de una ruptura de mayor calado, cuando "los cambios se acotan y la revolución se domestica", en noviembre de 1975 hubo una intentona de golpe de Estado en Portugal de tropas de paracaidistas apoyadas por elementos de la extrema izquierda, del mismo modo que Antonio Tejero mantuvo en vilo a España el 23-F de 1981, una noche que muchos prefieren no recordar por culpa de los rumores de la circulación de listas negras, como la de los 500. "Ellos se adelantaron, de ahí que lo que sucedía en Portugal generaba inquietud aquí. De hecho, el título de la exposición, Inquietud. Libertad y democracia, conecta con la canción Inquietação", donde José Mário Branco, exiliado en Francia, se pregunta en 1982 qué va a pasar tras la euforia del 25 de abril.
"El cantautor portugués cuestiona de qué democracia se han dotado. Y, ahora que la vemos amenazada, entendemos esa inquietud, porque es un trabajo del día a día. No basta con instaurar un sistema político, sino que hay que defenderlo constantemente. Y aunque él alude a la segunda etapa revolucionaria en Portugal, nosotros tomamos ese tema por su pertinencia en el presente", apunta el director de centros y programas culturales de la Fundación Montemadrid, quien sostiene que el golpe del 23-F fue un "momento clave que marcó la madurez de la democracia española, pues hasta entonces había incertidumbre y después se consolidó".
De la Revolución de los Claveles al Verão Quente
Sandra Vieira Jurgens, comisaria de la exposición junto a Paulo Mendes, también considera que la exposición habla de la sociedad contemporánea, que se muestra inquieta y preocupada por el rumbo que está tomando el presente. "La construcción de la democracia es continua, por eso hemos recuperado algunas obras con ánimo de provocar, de mirar aquella época con pensamiento crítico de ver lo que hemos conseguido y lo que todavía queda por hacer", comenta la crítica e historiadora del arte, quien recuerda el Verão Quente de 1975, protagonizado por "el conflicto político, las tensiones entre partidos, la pluralidad de posiciones, la incertidumbre respecto al rumbo hacia la izquierda o la derecha que tomaría Portugal y un cambio social enorme".
Al igual que sucede con las obras de los artistas españoles, algunas de los representantes portugueses son anteriores al 25 de abril de 1974. Una forma de reflexionar sobre el autoritarismo, la representación del poder o el colonialismo, más presente en Portugal, con artistas oriundos de Angola, Mozambique y Guinea-Bisáu que "trabajan con materiales de archivo y audiovisuales para narrar una historia que aún está por contar, es decir, el otro lado de la historia", detalla Sandra Vieira Jurgens, quien matiza que en ocasiones los autores hablan de la época de una forma indirecta. Es el caso de Paula Rego, quien en La gran sequía refleja las tensiones sociales y políticas a través del paisaje y de la atmósfera de un país que acusa "la falta de horizontes".
La comisaria portuguesa destaca cómo Maria Helena Vieira da Silva, en un encargo del Gobierno para conmemorar el décimo aniversario de la Revolución de los Claveles, muestra la palabra Liberdade "como si fuera un árbol que crece: el conocimiento, las letras, la escritura; una idea de crecimiento y de continuidad armoniosa". La pintora, quien en su obra aborda la fragilidad política, abordó además la idea de "multitud y causa común" en A poesia está na rua, un cartel que no figura en la exposición pero que da pie para subrayar la importancia de los murales, influenciados por la tradición mexicana, y del cartel. "Era un arma potentísima de comunicación política que visibilizaba la pluralidad y daba sentido al gran debate político en las calles".
Una revolución tipográfica y editorial. "Había una necesidad de intervenir con soportes democratizados: no solo pintura o tela asociadas al mercado del arte, sino también trabajos colectivos y callejeros. De hecho, el dosier de la exposición simula un periódico para recordar la importancia de páginas, textos e imágenes en la divulgación", añade la crítica de arte, quien destaca el carácter inmersivo de la exposición, dispuesta como si estuviese "en construcción o en transición", para apelar a la memoria y a lo afectivo. "Esa convivencia entre generaciones y sensibilidades—pintura, gráfica, vídeo, cine, escultura, etcétera— es intencionada. Puede parecer demasiado diversa, aunque buscamos cruzar épocas históricas y generaciones de artistas".
Sandra Vieira Jurgens destaca, al igual Pablo Berástegui, la obra de João Tabarra Portugueses na Europa, que presenta a Zé Ninguén, o sea, a un hombre corriente en la piscina de un hotel, lo que "sugiere la democratización del descanso y, a la vez, critica la orientación económica de Portugal hacia el turismo, con menos inversión en agricultura o pesca y con una reestructuración económica similar a la española”. Una imagen irónica, pues “alude a la mejora de la calidad de vida de la clase media, pero también a una vía de desarrollo cuestionable". Sin embargo, más allá de sus preferencias, procura no reducir la muestra a una sola pieza, de la misma manera que pretende "desmontar la figura del héroe", pues "la democracia la construimos entre todos".
Así, aunque Inquietud. Libertad y democracia parte del "hombre único" —en España, Francisco Franco; en Portugal, António de Oliveira Salazar y su sucesor, Marcelo Caetano—, termina con ciudadanos sin nombre. Sin embargo, algunos merecen ser recordados, como la modista Celeste Caeiro, protagonista de una escultura de Fernando Sánchez-Castillo, que muestra así que "todos tenemos lugar en la democracia". Fue ella quien dio nombre al golpe de los militares de abril cuando comenzó a colocar claveles en los fusiles de los soldados. "El artista madrileño rinde homenaje a esa mujer y mira hacia una revolución que se hizo conocida por una flor".
"Nuestra intención es generar responsabilidad en el público, porque la democracia no está adquirida. Me interesa especialmente la gente joven, que puede que llegue a conocer esta época indirectamente, a través de las cuestiones de género o del papel de la mujer. Y, más allá de la historia, queremos que la exposición sea afectiva: un túnel de memoria que toque el corazón", concluye Sandra Vieira. Sucede con las pequeñas historias dentro de una gran historia, cuyos "agentes clave" son en ocasiones "personajes anónimos", cree Pablo Berástegui. Por ejemplo, esos jóvenes ingleses que llegan a París en el cuadro de Eduardo Arroyo 4 Jeunes Peintres anglais arrivent a Paris, que lleva a pensar al gestor cultural no solo en viajes, sino también en "exilios y retornos no siempre deseados".






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