Entrevistas imposibles
La Celestina: "A Fernando de Rojas le diría que cierre la boca y comience a abrir la bolsa"
Hoy 'hablamos' con la protagonista de una obra en la que prevalecen el interés por el dinero y la búsqueda del placer, el egoísmo y el enfrentamiento entre grupos sociales.
Mis pies pisan terreno húmedo. Tengo barro en los calcetines y en los bajos del pantalón. Paso al lado de una tenería y observo las pieles secar, moviéndose al compás de la brisa a la que poco le falta para tornar en viento. La casa que busco está apartada y medio caída, poco compuesta y menos abastada.
Pasos oigo. ¿Quién va? Ah, eres tú, de fantasmas la entrevistadora.
Por referencias de Sempronio me la esperaba como una vieja barbuda, pero no encuentro en su figura engurrada y enjuta más que una señora en su sesentena, corroída por los años y la vida dura. Me mira con unos ojos que o bien no han envejecido nunca o jamás han conocido la juventud. Son ojos permanentes, infinitos.
Ruego me disculpes si no controlo del todo el castellano del siglo XV. O del XVI, porque desde que La Celestina apareció en 1499 ha experimentado importantes variaciones. En un principio se tituló Comedia de Calisto y Melibea y estaba compuesta por 16 actos; a partir de 1502 se la llama Tragicomedia de Calisto y Melibea (un título mucho más certero en su descripción, bajo mi punto de vista) y consta de los 21 actos con los que finalmente trascendió; a finales del siglo XVI por fin se empieza a publicar bajo el nombre de La Celestina. ¿Qué se siente al ser la protagonista absoluta de una obra tan importante de la literatura española?
No me congojes ni me importunes, que sobrecargar el cuidado es aguijar al animal congojoso. A Fernando de Rojas le diría que cierre la boca y comience a abrir la bolsa: que de las obras dudo, cuanto más de las palabras. Yo no le cobré por esta mi historia, y mírame: vilipendiada, alcahueta y muerta. ¡Maldito sea ese necio!
Es bien cierto que no apareces muy bien retratada en el libro: te pintan como una anciana astuta, calculadora y sin escrúpulos, que se gana la vida explotando a otras mujeres y que oculta bajo su fachada ruin un profundo conocimiento de la psique humana y de los bajos instintos de la gente. Así te describe Fernando de Rojas en boca de Sempronio: "Hechicera, astuta, sagaz en cuantas maldades hay". ¿Qué opinas de esa representación que han hecho de ti?
Cierto es que yo tuve seis oficios, lo que ahora le decís pluriempleada: labrandera, perfumera, maestra de hacer afeites y de hacer virgos, alcahueta y hechicera. Jamás malvada, solo mujer que con discreción buscaba subsistencia. Yo tengo que vivir por mí, no andar por casas ajenas, lo cual siempre andaría si no supiere aprovechar de mi servicio. Así que sentar, sienta a una mal, muy mal; pero creo que es necedad o simpleza llorar por lo que con llorar no se puede remediar. Son vanas las intenciones de los señores que desechan la sustancia de sus sirvientes con huecos y vanos prometimientos. Como la sanguijuela saca la sangre, desagradecen, injurian, olvidan servicios, niegan galardón. Ese amo que tú dices, el tal Fernando, me parece rompenecios: de todos se quiere servir sin merced, de mí la primera. Con él no pensaba tener yo amistad, aunque por la diferencia de los estados o condiciones sociales nuestras pocas veces contezca.
La mujer, o ama mucho a aquel de quien es querida, o le tiene grande odio
De Fernando de Rojas se tiene en la actualidad un conocimiento bastante escaso, a pesar de que su única obra es internacionalmente famosa: nació hacia 1476 en un pueblo de la provincia de Toledo en una familia de origen judío, con lo cual pertenecía a los "conversos" o "marranos". Cursó estudios de Leyes y Humanidades en la Universidad de Salamanca y terminó estableciéndose en Talavera de la Reina sobre 1507, en donde murió en 1541. En La Celestina pretendió plasmar la sociedad de su época, una en la que prevalecen el interés por el dinero y la búsqueda del placer, el egoísmo y el enfrentamiento entre grupos sociales. ¿No se parece ese tu mundo mucho al mío, al actual?
La riqueza causa en mí razones de enojo. Todo aquello alegra que con trabajo se gana, mayormente viniendo de parte donde tan poca mella hace, de hombres ricos, que con los salvados de sus casas podría yo salir de lacería, según lo mucho le sobra. Por eso uso mis artes y digo lo que quieren oír, aunque verdad de todo no fuere. ¡Si hasta a Calisto le afirmo que es más difícil de sufrir la próspera fortuna que la adversa! ¡Ja! Si no tuviere un mendrugo de pan que llevarse a la boca, viere él lo difícil que la vida resultare. El interés por el dinero no es pecado en las gentes que no lo tienen; sí en aquellas que gastan sin mirar lo qué, porque repartir no les es dado y el mundo, así, no es justo ni justificable.
Según Fernando de Rojas, tu punto débil es la avaricia…
¿Y el suyo? Yo solo hiciere lo que tenía que ser hecho; ya sé que muchos de mí piensan que soy mala persona, pero las gentes como yo de malas no tenemos nada, solo de necesitadas.
Es necedad o simpleza llorar por lo que con llorar no se puede remediar
Tenemos que ir acabando y todavía no hemos hablado de amor. Al hacer de tu historia un libro se pretende con él advertir a los jóvenes de tu tiempo de los peligros a los que pueden verse sometidos si se dejan arrastrar por la pasión de un loco amor y se dejan aconsejar por hechiceras. Sin embargo, yo no puedo dejar de ver similitudes con una película reciente, Obsession, en donde el anhelo romántico y desesperado de un chico por un amor platónico desencadena una pesadilla al terminar la mujer objeto de esas atenciones obsesionada con él de forma perburbadora. ¿Acaso no le ocurrió eso a Calisto con Melibea? ¿No fue darle lo que él ansiaba y tornarlo en una maldición un acto de justicia?
Yo no nada sé de esa película, pero Sempronio le preguntó a Calisto: ¿Tú no eres cristiano? Y él le dijo: ¿Yo? Melibeo soy y a Melibea adoro y en Melibea creo y a Melibea amo. Y dice también el enamorado en avanzando: amo a aquella ante quien tan indigno me hallo, que no la espero alcanzar. Yo no sé si eso es amor u obsesión. ¿No cantáis eso también en esta época la vuestra? Mas la mujer, o ama mucho a aquel de quien es querida, o le tiene grande odio. No hay más.

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