entrevistas imposibles
G.H de Clarice Lispector: "¿Vivimos realmente o sobrevivimos?"
Entrevistas imposibles a personajes de ficción. Hoy hablaremos con G.H de Clarice Lispector.

Esta vez estoy sentada en mi propio jardín. Pasan de las diez de la noche, pero todavía hay claridad en el cielo. Me pondría a meditar sobre el incorrecto huso horario en el que se encuentra Galicia si otras cosas más crucialmente irrelevantes no ocupasen mi mente. Aguzo la vista para que la cucaracha no me pille desprevenida y agarro con fuerza el libro que tengo en mi regazo. Las páginas amarillentas de La pasión según G. H., de Clarice Lispector, crujen con la presión de mis manos.
Tus dedos están blancos por esa fuerza que te nace dentro y se expande, como la materia blanca de la cucaracha que maté en el armario, que se desparramó como el interior de un tubo de pasta dentífrica. Esa angustia que tú sientes la sentí yo, una angustia que es como la de querer hablar antes de morir, una angustia que se nos desparrama toda.
Miro a todos lados, pero nadie se ha materializado como otras veces. La voz proviene del aire, de las minúsculas margaritas que sobreviven entre la hierba seca, de las hojas que sucumben al calor del verano. De mí. La voz está dentro y está fuera de mí. Y aunque ya conozco la respuesta de la pregunta que voy a hacer y que aún no he hecho, y que a pesar de no ser dicha ya existe, la hago, y tiemblo, no sé si de miedo, de angustia, de asco o de nada, una nada viva y húmeda, tiemblo y gimo como una niña pequeña mientras mis labios la pronuncian:
¿Tenía que ser una cucaracha?
¿Qué alternativa había? Lo que siempre me ha repugnado de esos animales es que son obsoletos y, sin embargo, actuales. Ellas vivían sobre la Tierra mucho antes de que apareciesen los primeros dinosaurios y mucho después de que los últimos desapareciesen. Cuando el mundo estaba desnudo, ellas lo vestían con su vientre apoyado en el polvo del suelo, con los ganglios de los nervios del abdomen conectando patas y cercis. Un segundo cerebro a ras de suelo.
¿Cercis? [trago saliva, contengo la arcada]
Eso es: siente el asco. Tienes que notarlo muy dentro de ti, naciendo en el mismo núcleo donde nacen los latidos, donde la sangre se depura y todo vibra. Con esos apéndices sensoriales llamados cercis las cucarachas detectan esas vibraciones. Las sienten y sus patas comienzan a correr mucho antes de que su cerebro reciba cualquier señal, porque sentir asco es necesario para la supervivencia. ¿Vivimos realmente o sobrevivimos? Tienes que mirar el asco a la cara y darte cuenta de que lo que en él está visible es lo que ocultas tú en ti. Del lado que debería estar visible hemos hecho nuestros reveses ocultos.
Yo maté a la cucaracha. Tú quizás no la habrías matado aquí, en el jardín, pero ¿y si llega a entrar en tu casa?
¿Crees que el ser humano es falso por naturaleza?
Eso es una cuestión moral. ¿El problema de la moralidad en relación con los demás consiste en actuar como se debería actuar, y el problema con uno mismo es conseguir sentir lo que se debería sentir? ¿Soy moral en la medida en que hago lo que debo y siento como debería? Yo maté a la cucaracha. Tú quizás no la habrías matado aquí, en el jardín, pero ¿y si llega a entrar en tu casa? ¿Con qué derecho segamos la vida de un ser que ha estado pisando esta tierra desde hace millones de años?
¿Con la cucaracha te enfrentaste al fin a la inmensidad de la vida?
Al fin de la vida misma: fin como final y fin como finalidad. ¿Cuál es su esencia originaria? Si nos quitamos nuestras capas de humanidad, ¿qué queda? ¿Qué había en un principio? Si no sabemos cuán inmensa es la vida, ¿cómo podemos tener tan claro cuándo termina? ¿Y cómo y cuándo alguien empieza a vivir? Entendí que me trataba a mí misma como las personas me trataban: yo era aquello que los demás veían en mí. Pero, ¿y si nadie me hubiese visto nunca? Entonces, ¿qué ocurriría? ¿Habría vivido?
La gente crea sobre la vida todo el tiempo y en todas las épocas porque no sabe qué es vivir: poesías, esculturas, novelas, canciones, pinturas, películas… Pero no mienten
En este siglo parece que si no se enseña algo en redes sociales tampoco se ha vivido. La memoria humana ya no es suficiente: tiene que quedar constancia en tiempo real, memoria tecnológica, pero para los demás, no para uno mismo. ¿Es eso vivir? ¿Puede ser fingir que se vive la esencia de la vida?
Vivir no se puede narrar. Vivir no es vivible. La gente crea sobre la vida todo el tiempo y en todas las épocas porque no sabe qué es vivir: poesías, esculturas, novelas, canciones, pinturas, películas… Pero no mienten. Crear sí, mentir no. Crear no es imaginación, es correr el gran riesgo de acceder a la realidad. Hace poco habéis vivido un eclipse total: ¿acaso alguien puede mirar directamente a los ojos al ser, a su ser, a su núcleo, y no quedar ciego? Entender es una creación. Intentamos traducir con gran esfuerzo señales desconocidas a un idioma que desconocemos sin entender siquiera para qué sirven las señales.
¿No crees que nos adornamos por fuera porque no soportamos lo que tenemos por dentro? Se habla también en este siglo de una pandemia de salud mental.
Es difícil perderse. Es tan difícil que probablemente cojamos atajos para hallarnos a nosotros mismos, incluso aunque hallarnos sea de nuevo la mentira de que vivimos. Pero, ¿qué es la verdad? ¿Carece de testigos o los necesita? ¿Ser es saber o no saber? Si la persona no mira y no ve, ¿incluso así la verdad existe? La verdad que no se transmite ni a quien ve. ¿Este es el secreto de ser una persona?
Me despersonalizo hasta el punto de no tener nombre, respondo cada vez que alguien dice: yo.
Yo solo sé que si G.H. fuese algo más que una voz la estaría mirando igual que ella miraba la cucaracha. Mi respiración está acelerada a pesar de que no he hecho ningún esfuerzo, por lo menos físico. Recuerdo un fragmento del final del libro: La vida me es, y no comprendo lo que digo.
No hay descanso en tu monólogo, no hay descanso en el libro, no hay descanso en vivir. Pero yo estoy cansada y tampoco comprendo lo que dices. Tan siquiera tienes nombre y estás dentro de mí.
Como la masa blanca de la cucaracha dentro de mí. Y porque me despersonalizo hasta el punto de no tener nombre, respondo cada vez que alguien dice: yo.
Y la voz desaparece: implosiona en mi interior.



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