Entrevista a Irene Vallejo"No creo que leer nos haga ser mejores personas. Hay grandes lectores que son genocidas o dictadores"
Irene Vallejo es la autora del mayor, y quizá más inesperado, éxito literario de los últimos años, 'El infinito en un junco', Premio Nacional de Ensayo en 2020, que se ha convertido casi en fenómeno social. Hablamos con ella sobre los clásicos, la actualidad y el respeto a las palabras

Hace un lustro Irene Vallejo (Zaragoza, 1979) iba por bibliotecas pequeñucas e institutos casi olvidados hablando de literatura. De los clásicos, de cómo leer nos desafía y nos abre mundos, de mujeres que se llamaron, tanto tiempo, “anónimo”. Ahora, hoy, sigue haciendo lo mismo, solo que lleva consigo miles y miles de ejemplares vendidos y uno de los éxitos más rotundos (e insospechados, dicen voces) de la literatura española reciente. El infinito en un junco, Premio Nacional de Ensayo en 2020, se ha convertido en long seller y casi fenómeno social. Ya ven, un “tocho” de quinientas páginas donde, resumiendo mogollón, habla Irene sobre los orígenes del libro. Pero es que la gracia está más allá de ese resumen, de ese trazo grueso. Está en las historias más que en la Historia, en las personas sobre los personajes, en un toque lírico y cálido que te arrulla con palabras de tíos (y tías) que vivieron hace 2.500 años.
Tomamos la concesión por parte de la UNED de un Doctorado Honoris Causa a Irene como excusa para llamarla y hablar con ella de todo. Sobre la importancia de lo público, sobre los prejuicios que trae la palabra “analfabeto” y sobre mujeres que hacen comunidad (y conocimiento) hilando. Ella responde con claridad de arroyo, ideas firmes y reflexión pausada.
La Universidad Española de Educación a Distancia le acaba de otorgar el doctorado honoris causa, así que me gustaría empezar por ahí... ¿Qué relación tiene con la UNED?
Pues esporádica, yo había trabajado en Zaragoza en lo que se llama “Universidad de la Experiencia”, en otros sitios le dicen “Universidad de Mayores”, un servicio de la Universidad de Zaragoza pero con clases que se imparten, a veces, en sedes de la UNED... En Barbastro, en Calatayud. Es así como entré en contacto tangencialmente con la gente de la UNED y di alguna conferencia. A eso se reduce todo, en realidad, más allá de vínculos familiares. Lo que me ha impresionado es descubrir toda la labor que hace la UNED con el alumnado con discapacidad. Yo tengo un hijo con discapacidad y, según me cuentan ellos, la mayoría de estudiantes con discapacidad estudian en la UNED.
El trasfondo social es, en la UNED, algo que se tiene muy presente.
Esa dimensión social es algo con lo que sentí una conexión instantánea. También por razones personales, íntimas, por haber vivido en una región donde hay muchos pueblos pequeños... Tres de mis cuatro abuelos fueron maestros rurales, y esa experiencia de las escuelas pequeñitas, unitarias, donde ellos trabajaron en la dura posguerra ha influido mucho en mí. Mi abuela siempre me decía que en las escuelas faltaba todo, menos los sabañones. Ese legado familiar de las pequeñas escuelas en el mundo rural, con todas las privaciones y dificultades materiales... Yo siempre he sido muy consciente de la importancia de llevar la educación a los rincones más olvidados, más abandonados. A eso tenía asociada la UNED, y después he descubierto todos los programas... el estudio penitenciario, la dimensión de apoyo a estudiantes con dificultades, también me hablaron de un proyecto muy bonito con mujeres que habían logrado salir de la trata y a las que se daba una educación para que pudieran reincorporarse a la vida. Todos esos aspectos y esa conciencia tan clara de que es importante que la universidad pública llegue donde no es rentable llegar... eso me parece muy importante, es el espíritu de lo que debe ser un servicio público.
Eso empalma, si quiere, con algo que dice en 'El infinito en un junco', cuando habla de la biblioteca como “lugar de cuidado del alma”. El aspecto sanador de la cultura.
Es curioso, porque es un relato de un viajero griego que llega a una biblioteca egipcia y allí el espacio está presidido por un cartel que dice precisamente eso, “El lugar del cuidado del alma”, una especie de clínica espiritual. De hecho, aquellas primeras bibliotecas estaban en templos, también la de Alejandría estaba en un complejo con sentido religioso. Añade lo de las musas... Había un componente espiritual en aquellas primeras bibliotecas. Y yo, quizá por esa experiencia familiar que comentábamos, percibo la épica que encierra esta historia, sacar los libros y la educación de los lugares de privilegio y llevarla a sitios donde parecía casi insólito. En el fondo, es el sentido profundo de lo que cuento en El infinito, contar toda esa historia que no está tan presente como debiera. Ese componente épico que siempre está asociado a la guerra, a las conquistas, a la depredación a los imperialismos.
Al mundo militar.
Sí, pero no se había contado... o quizá no prestamos tanta atención, dicho de una forma menos arrogante, porque todas las cosas se han contado ya... no somos tan conscientes de ese otro relato épico que es sacar libros y cultura de esos espacios elitistas y, a través de siglos y enormes luchas, conseguir que lleguen a un número creciente de personas fuera de esos círculos.
Al hilo de lo que cuenta, recuerdo que en el libro habla sobre la taumaturgia que tenían palabras y relatos. Algo que hoy en día, creo, hemos en parte perdido...
Claro, en el mundo antiguo se concedía un enorme poder a la palabra. La tradición grecolatina, que es la que mejor conozco, fue inventora de la retórica, la elocuencia, los discursos...
Creo que la democracia es una conversación, pero no siento que esa percepción sea compartida
Esos héroes homéricos, que debían hablar con tanta brillantez como combatían.
Exacto, un sustrato mágico asociado a la poesía... La poesía tiene una dimensión casi de hechizo, que la relaciona con un mundo chamánico y religioso que proviene de la oralidad y entra luego en el mundo de la escritura transformado, pero manteniendo su aura. Y también es interesante ver cómo los médicos antiguos conceden un valor enorme a la palabra, piensan que una de sus principales tareas es la conversación, la escucha y transmitir serenidad como parte del tratamiento. Había muchas dolencias, en un estrato tan primitivo de la medicina, que no sabían o podían tratar, pero ellos pensaban que un médico en el que confías y con el que puedes desahogarte era una aportación a la salud. Que la palabra forma parte de la salud del mundo.
A modo casi de curiosidad, pero llama la atención que quien vuelva a sacralizar la palabra, muchos siglos después, sea alguien tan alejado de esas tradiciones como Wittgenstein.
Bueno, pero creo que es la raíz de la filosofía, ¿no? La palabra creadora, la palabra performativa.
Cuando habla Jehová.
Claro, hablar es una acción. Ahora tenemos la sensación de que las palabras van por un lado y los hechos por otro. Pero hablar es una acción, y tiene consecuencias e influye en otras personas. Los sofistas griegos lo tenían muy claro, y decían que la palabra es un pequeño tirano, porque siendo tan minúscula e invisible tiene la capacidad de transmitir miedo, esperanza, sufrimiento, alegría, amor, seducción... Ellos pensaban que era una herramienta muy poderosa dentro de las acciones del mundo, y que el mundo se transforma mediante las palabras. La filosofía siempre tuvo una relación con el lenguaje y con su fuerza; Sócrates se esforzaba, sobre todo, por definir las palabras, creía que la forma de pensar la realidad era a través de una definición clara y compartida de las palabras, necesitamos compartir esa gramática colectiva que sería el estar de acuerdo, al menos, en conceptos esenciales -justicia, amor, piedad, amistad, dioses-. Tenemos que estar de acuerdo en eso, porque de lo contrario es imposible construir juntos. Y luego Aristóteles, con toda su elaboración sobre la lógica, la retórica, la poética... Es un pensamiento que empieza a girar alrededor de la palabra y de sus posibilidades.
Y volvemos a aquello tan manido del aforismo séptimo en el 'Tractatus' de Wittgenstein.
Hay una frase de Gorgias muy impresionante, donde se pregunta si el mundo se puede entender, y en caso de ser entendible si se podría expresar, y en caso de que se pudiera expresar si sería posible entender ese concepto... Es una correlación de imposibilidades y dificultades que, efectivamente, recuerda a Wittgenstein en eso de que el límite de nuestro lenguaje es el límite de nuestro mundo y de nuestro pensamiento.
Con todo lo que hemos hablado de las palabras... ¿Cree que somos irrespetuosos con su uso? Que las sobamos y pierden su significado. Pienso en cosas como “dictador”, o “fascista”.
Yo creo que eso son manipulaciones utilizando el lenguaje. La idea de la normalización, de mencionar un concepto hasta que se desgasta, pierde su fuerza, y ya no nos indignamos, es una herramienta muy básica en política para ejercer la manipulación. La salud de las palabras en el mundo contemporáneo es extremadamente importante, y a veces tengo la sensación... quizá le doy más importancia como filóloga, pero suelo insistir en ello... Creo que la democracia es una conversación, y que se basa en que haya un diálogo sano, pero no siento que esa percepción sea compartida. A veces tengo la sensación de que no tenemos conciencia de la importancia de las palabras. Hay un texto de Julio Cortázar, una reflexión sobre el valor de las palabras, y la forma en que muchas veces se marchitan o se opacan... Él decía que a veces las palabras que deberían ser más centrales, más poderosas, terminan cual monedas gastadas y nos servimos de ellas como pañuelos de bolsillo o zapatos usados. Y esas palabras, que deberían ser las ideas cumbre del mundo, las dejamos marchitarse y pierden su capacidad, la confianza que tenemos en ellas. Es como si neutralizásemos las palabras.
Una cierta superficialidad.
Trabajando con los clásicos, por ejemplo, veo que a veces nuestra atención resbala sobre los textos y no entendemos su mensaje, aspectos que son profundamente revolucionarios y audaces. Pasa también con los clásicos de la filosofía, se lee a Platón, Aristóteles, Epicuro, los presocráticos, los sofistas sin tener conciencia de lo que realmente hay en esos textos de avanzado, arriesgado, toda su audacia intelectual. Y, por supuesto, los evangelios, que se leen como si su mensaje estuviera desactivado aunque suenen regularmente en las prácticas religiosas. Es esa técnica por la cual a las palabras, al lenguaje, al pensamiento primero se le consagra y, una vez consagrado, se le desactiva, como si fuera un objeto del mobiliario por donde nuestra mirada resbala sin darnos cuenta de sus posibilidades expresivas y transformadoras.
Siempre he sido muy consciente de la importancia de llevar la educación a los rincones más olvidados
Me llama la atención eso que dice relacionado con la actual moda de la filosofía estoica, que se vende casi como manual de autoayuda para ciertas clases sociales y aspiracionales. Y no es así...
Claro, se seleccionan textos, se extraen algunas ideas, parte, y se sirven de ellas. Es cierto que la autoayuda bebe de la filosofía antigua, sobre todo de la helenística... No hay que negar esa dimensión, decía Epicuro que no tiene sentido ninguna teoría que no ayude a los seres humanos a vivir mejor, ellos buscaban ayudar a la gente a eliminar los miedos paralizadores de la vida: el miedo a la muerte, a los dioses... Vivir su vida de una forma más plena. Ese ingrediente está ahí desde el principio, pero ahora se extraen un puñado de ideas del sistema general, y, sobre todo, se busca privilegiar las estrategias individuales, dejando de lado todo lo que aquellos filósofos pensaron sobre el vivir juntos, los vínculos profundos dentro de la sociedad, las obligaciones recíprocas que tenemos unos con otros... Eso se deshace y nos quedamos con unas cuantas recetas que se pueden prescribir para la práctica cotidiana, pero le restan el sentido porque arrancan su visión social conjunta. Eso tiene que ver con el creciente individualismo, con esa disolución de lazos donde solo nos preocupamos aisladamente de nuestro bienestar, como si no tuviera que ver con el bienestar de quienes tenemos alrededor. Y Epicteto, por ejemplo, que es uno de los filósofos estoicos en los que más se basan estos libros, siempre insistía en que la identidad de una persona solo puede entenderse por sus relaciones con los grupos de pertenencia: el vecindario, la ciudad... Solo recíprocamente nos podemos conocer y reconocer, él insistía mucho en las obligaciones para con los demás. Todo ese mensaje desaparece en la mayoría de libros sobre el estoicismo.
Le preguntaba esto porque creo que 'El Infinito en un junco' es un libro muy político, aunque no expresamente político. Y casi nadie lo ha señalado.
Claro, es un ensayo sobre el mundo contemporáneo, pero a veces para entender el mundo contemporáneo hay que ir al pasado, ver cómo se han construido las estructuras. Esa idea, por ejemplo, de democratizar la cultura es una idea muy política. Parece que ante lo político todo el mundo se pone en guardia, no queriendo reconocer que algo es político. Y pareciera, también, que asumir una condición política en un ensayo es encasillarlo en un tipo de activismo del que mucha gente no quiere saber nada. Pero es que, como decía Aristóteles, político es todo, ya sea por acción o por omisión.
A eso me refería. Usted expone indisimuladamente sus ideas sin arrojárselas al morro al lector. Pero en 'El infinito' y en sus artículos quedan bastante claras sus posturas y sus posiciones.
Yo creo que sí. Mi estilo de escribir es exponer las ideas sin avasallar, que cada lector saque sus conclusiones sin darle masticado un programa político. Pero sí estoy indagando en algunos conceptos, y creo que queda bastante claro cuál es mi perspectiva y cuál es mi posición. Los artículos y los libros plantean debates, y luego son los lectores y las lectoras quienes tienen que sacar su conclusión. Yo en mi actividad, en los encuentros donde participo, en el apoyo clarísimo a la sanidad pública por haber cuidado a nuestro hijo... creo que soy muy clara.
Sí, si yo pienso que es muy clara siempre, pero me llama la atención que en la mayoría de las opiniones que he leído sobre 'El Infinito en un junco' el elemento social que subyace al texto, y con el cual a veces es muy expresiva, pasa de puntillas. Yo entiendo que algunas historietas tienen más color, son más chulas, pero me resulta llamativo...
Pero esas historias también hablan sobre cómo se gesta ese proceso. Cuando yo elijo los personajes del mundo antiguo... aparecen Cleopatra, Alejandro Magno, Augusto, pero en general mi óptica es recuperar las historias de las personas anónimas... de bibliotecarios, copistas, las mujeres que no pudieron escribir y quedaron excluidas, las que lo intentaron y fueron borradas de la historia. Hay un esfuerzo consciente para recuperar una historia que ha quedado relegada. Y es realmente difícil a través de las fuentes antiguas acertar a reconstruir esa historia en una clave colectiva y anónima... Qué sabemos de los libreros, o de los maestros, seguir una historia de la educación, por ejemplo. Hay, incluso, una refutación de toda esa historia bélica y heroica. Así que hasta cuando cuento historietillas amenas sobre los clásicos intento fijar la mirada en algo que queda normalmente fuera del campo.
Percibo la épica que encierra sacar los libros y la educación de los lugares de privilegio
Que también es una opción política.
Me alegro que hayas comentado eso de la visión política, porque yo lo tengo muy claro. Con temas como la sanidad pública, la educación pública... cuando me dieron el Doctorado Honoris Causa en la UNED empecé diciendo que yo soy resultado de la educación pública. Desde la escuela hasta el doctorado, y sin las becas que he recibido no hubiera podido estudiar en Florencia o en Oxford. Así que soy deudora de ese proyecto colectivo.
¿Por qué cree que conectó tanto 'El Infinito'? No hablo de ventas o número de ejemplares, sino de la conexión, ese tocar fibras.
Eso ha sido lo más asombroso, porque cuando escribes un ensayo no esperas una conexión emocional con el libro. Normalmente los ensayos son más abstractos, dirigidos a la sed de conocimiento de las personas, van menos a lo emocional. Y encontrar que tanta gente se ha emocionado leyendo el libro significa que, efectivamente, ha tocado una cuerda que no se tañe habitualmente. Y creo que tiene que ver con todas esas historias personales y privadas relacionadas con la cultura, con la escritura, con la lectura o la educación, que cuando publico El Infinito muchas personas, incluso especialistas, subestimaban... Se acaba la lectura, se acaban los libros, es algo que pertenece a otra época. Condenaban estas cosas, decían que serían sustituidas por las nuevas tecnologías, que llegaban con ese alarde y ese brillo de la innovación, como si fueran a barrer todo lo anterior. Y yo intentaba dignificar lo que ha significado esa historia de conocimiento. Creo que la mayoría de nosotros estamos a una o dos generaciones de personas que no pudieron estudiar aunque hubiesen querido, que no tuvieron oportunidades... y que lo han valorado mucho. En mi familia se decía que nosotros no íbamos a tener herencia, que la herencia que nos dejaban es la educación.
No está tan lejos, eso.
Y allí hay un componente emocional. Todas las mujeres, por ejemplo, que no han podido estudiar, no han podido escribir; todas las personas que, por su procedencia social o sus necesidades económicas, no han podido acceder a ese mundo que parecía muy cerrado. Y el haber avanzado tanto en ese terreno en unas generaciones, reivindicar las tradiciones olvidadas, las mujeres, los maestros rurales... todas esas personas que han formado parte de esta transformación y tampoco han tenido reconocimiento... profesiones que se consideraban oscuras, la de bibliotecaria, por ejemplo, la enseñanza. Y ahí ha habido algo que parecía habían condenado a desaparecer. Y luego... todo esto de la lectura siempre ha sido muy clasista, parecía que lo que leía la gente común siempre era algo de mala calidad, se despreciaba, se miraba con displicencia fenómenos como el de los clubes de lectura. Yo lo reivindico profundamente, creo que en toda la historia nunca hubo fenómeno literario más transversal, uno que nace de abajo a arriba, internacional, por impulsos aislados de muchas personas que deciden no solo leer sino, también, frenar en esta tarea vertiginosa de hacer cosas y reunirse para discutir sobre los libros. Que no solo se discute sobre los libros, sino que, en definitiva, es una forma de cuestionarse, debatir colectivamente... Ha sido un movimiento de asociación espontánea, y, por primera vez, el centro de uno de ellos ha sido la cultura y la lectura. Por mucho que se mire con displicencia.
A mí me recuerda mucho a las antiguas jilas en Cantabria, cuando se reunían las mujeres en la cocina de alguna de ellas a jilar, a hacer la hilatura, y hablaban de sus cosas, y hasta generaban una cultura propia, con romances particulares.
Mira, eso no lo conocía, había oído hablar de los filandones en León y en Castilla. Es la dimensión comunitaria, claro. Pero fíjate, uno de los fragmentos del libro que ha impactado más, sobre todo en América Latina, es ese apartado en el que relaciono el “texto” y el “textil”, y propongo la idea de que es en esos círculos de mujeres que se dedicaban a tejer, hilar, bordar, también las que remendaban las redes, todas esas tareas relacionadas con el bordado, con el telar y con la rueda, pues allí está el origen de la narración en un sentido amplio. Y es que la metáfora es muy sostenida en todo el lenguaje sobre la creación narrativa, y funciona en muchos idiomas, así que parece haber un sustrato histórico profundo. Fíjate, hablamos de la “trama”, del “desenlace”, incluso ahora hay “hilos” en Twitter, o “perdemos el hilo”. Yo veo ahí la posibilidad de que la etimología haya preservado un hecho histórico, que es la construcción de relatos en esos ambientes de mujeres que se dedicaban a la costura y el textil. Es lo que hacían en el hogar, mira la historia de Penélope, o las mujeres en los gineceos griegos que se dedicaban a coser juntas, y en el mundo romano hay muchos epitafios donde, para alabar a mujeres que fueron buenas esposas, aparece la palabra “lanífica”, la que se dedicaba a la lana, no salía de su casa porque estaba a sus tareas hogareñas. Esto está vinculado a lo femenino en el interior de los hogares, porque cuando hay una industria textil ahí quienes ganáis sois los hombres...
Hay mil ejemplos.
Se puede tirar del hilo, sí, que es muy apropiado. Hay también reminiscencias en esa cultura de los quipus, con los incas transmitiendo ideas a partir de nudos.
Las culturas analfabetas pueden ser extremadamente ricas, apasionantes, y no se debería usar este 'analfabeto' con desdén
O el desaparecido idioma de las campanas. Yo siempre lo llamo el WhatsApp de los pueblos antiguos, te avisaban desde que debías ir a misa hasta que llegaba una tormenta gorda.
O los silbos canarios. Cuántos lenguajes y formas de expresión populares hay que nunca se han considerado ni estudiado, y se consideraba propios de personas analfabetas. Y aquí “analfabeto” se decía con un tono de superioridad enorme. Cuando Homero, si es que existió o lo que sea que se oculte tras ese nombre de “Homero”, era analfabeto con toda seguridad. Las culturas analfabetas pueden ser extremadamente ricas, apasionantes, y no se debería usar este “analfabeto” como un desdén. Además, ese “analfabeto” ha formado parte del mensaje colonial en muchas ocasiones, porque se suponía que al no tener expresión escrita una cultura no tenía entidad... En El infinito también hablo de eso, de cuando alfabetos y lenguas se han impuesto sobre otras, y cómo aquellas culturas que han visto cómo se les han impuesto otras, por parte de una potencia extranjera, tienen una relación conflictiva con la escritura.
La presión que tengo ahora es llevadera si la comparas con la de los años en que me dedicaba a la literatura de trinchera, con todas las dificultades económicas para llegar a fin de mes
Sobre el silbo en la Isla de El Hierro hicimos una cosa hace tiempo, y fue una experiencia alucinante. Aquí en Cantabria teníamos aspectos similares, con cuernos de caza y tal, pero todo eso se ha perdido.
Pero si se ha perdido es porque no se ha valorado, porque había una visión muy jerárquica en la que solo determinadas manifestaciones eran interesantes y valiosas, y las demás se ocultaban. Por eso El Infinito en un junco es un libro sobre libros, pero también una reivindicación de la oralidad, de las formas alternativas de crear alfabetos... sonoros, textiles, a través de instrumentos.
Las marcas de cantero.
O los hitos en las montañas, que transmiten mensajes también.
Hay una tradición que dice, sobre los celtas, que despreciaban la cultura escrita porque consideraban que iba a terminar con la memoria, con el esfuerzo necesario para retener una historia o una enseñanza.
Eso también lo decía Sócrates, que los libros y la escritura iban a acabar con la memoria. Pero también hay que pensar en clave colonial, todo lo que ha significado el uso del analfabetismo para someter a los otros.
Y volvemos a las jilas y las mujeres hilando.
Y a esa idea de que sean esos núcleos el origen, con las mujeres contándose historias. Piensa que el testimonio más antiguo de club de lectura es un club de tejedoras, y en las industrias textiles del siglo XIX se liberaba a una persona para que leyera y fuese menos monótono el trabajo. Es curiosa esa conexión tan profunda, que nos habla de culturas que, a través de la oralidad, han creado imaginarios que luego, por otras vías, llegan hasta la literatura que llaman “culta”. Y en América Latina, donde muchas culturas originarias se han expresado a través del textil, dejando testimonios de su cosmovisión a través de los textiles, la reivindicación de todo eso y la conexión de ese mundo femenino, muchas veces analfabeto, con la cultura es algo que les ha parecido una dignificación, y ha sido emocionante. Además, con la versión en cómic hemos hecho un esfuerzo para que llegue la historia a más gente, gente que igual no se siente con fuerzas para meterse con un ensayo de 500 páginas.
En mi familia se decía que nosotros no íbamos a tener herencia, que la herencia que nos dejaban es la educación
Le voy a hacer una pregunta tópica, y sé que puede agobiar un poco. Tras 'El infinito en un junco', ¿siente la presión del éxito?
Sí, claro, sería una negación absurda no reconocerlo. Pero también me gusta decir que esa es una presión llevadera si la comparas con la presión previa, la de los años en que me dedicaba a la literatura de trinchera, con todas las dificultades económicas para llegar a fin de mes, viajando a escuelas, a institutos, a clubes de lectura del mundo rural, cruzando el país de un lado a otro, yendo a ferias del libro bajo el sol o con un frío helador, cuando te dabas cuenta de que habías gastado más dinero en la gasolina y el bocadillo que comiste en un bar de carretera que lo conseguido vendiendo libros. Era la fase más difícil, y existía una presión enorme, que es la del fracaso, la de la familia diciéndote: "¿cuándo vas a buscas un trabajo?”, “esto no es serio”, “no tiene futuro”. Y dudas, a lo mejor te estás equivocando, y tus libros no son suficientemente buenos, tienes pasión pero no las cualidades necesarias... Eso me parece muchísimo más duro. Ahora tengo libertad creativa para mis proyectos, y eso es muy valioso. Sigo haciendo lo mismo, voy a institutos, a escuelas rurales, a bibliotecas pequeñas, pero esa misma actividad tiene más impacto, llega a más gente, y puedes defender las bibliotecas públicas cuando quieren cerrar o reducir el horario, puedo publicar en medios no solo de España, sino también en Latinoamérica, dar más difusión a lo que hago. ¿Es una responsabilidad? Sí, pero también es una oportunidad enorme.
¿Nos hace mejores leer?
Ya en El Infinito en un junco dedico un capítulo a esta cuestión y la desmiento, porque hay grandes lectores que son genocidas, dictadores... No creo que haya nada en el mundo que nos haga mejores, eso es una responsabilidad individual. Pero sí creo que la lectura nos ayuda a entender mejor los mecanismos del mundo y de las otras personas, porque nada se parece tanto a entrar en la mente de otros que leer un libro. Eso te da una visión de los juegos de intereses, de los distintos puntos de vista, te ayuda a debatir discursos históricos por los que parece que algo es inamovible, innecesario o imposible de cambiar, pues a través de los libros ves que existen muchas formas distintas de organizar la realidad, de pensarla, de construirla. Todo ese bagaje es muy valioso, el cómo lo utilizas es cosa de cada uno. Puede que un dictador, si es buen lector, sea aun más letal, porque sabe cómo piensan los otros, cómo manipularlos. Pero si estás interesado en conocer el mundo también puedes ponerte en el lugar de otras personas, entrar en su piel, expandir la mente. Y más en un mundo como este, en el que buscadores de internet y redes sociales tienden a encerrarnos en burbujas de confirmación, los misteriosos y etéreos algoritmos piensan que nos conocen y saben cómo pensamos, y empiezan a proporcionarnos material que nos da la razón e, incluso, que es más radical aun.
Luego es necesario.
Leer sigue siendo necesario precisamente porque cada vez estamos más encapsulados y cada vez tenemos más costumbre a recibir confirmación de que nuestros pensamientos son la verdad, que es lo que pasa con todas estas informaciones o bulos que se orientan a halagar aquello que nos parece es la realidad... Y la literatura no hace eso, lo bueno de la lectura es que mantiene su mensaje, no cambia en relación a quién está leyendo, no se adapta a nosotros, no nos halaga... Al contrario, tiende a romper nuestras certezas y murallas.



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