Opinión
La trampa estratégica de EEUU en Irán

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
La historia reciente de Estados Unidos parece avanzar a golpe de déjà vu estratégico. Cada nueva intervención militar que se presenta como excepcional, necesaria o incluso inevitable termina revelando patrones inquietantemente familiares. La guerra contra Irán no es una anomalía, es, más bien, la confirmación de una trayectoria de declive relativo que Washington se resiste a reconocer desde el final de la Guerra Fría.
Como ocurriera con la invasión de Irak en 2003, el conflicto con Irán ha sido precedido por advertencias sobre una amenaza inminente vinculada a armas de destrucción masiva. Entonces fue Saddam Hussein; hoy es el programa nuclear iraní. En ambos casos, las afirmaciones, difundidas con urgencia política y amplificadas mediáticamente, acaban enfrentándose a un escrutinio creciente que erosiona la credibilidad internacional de Estados Unidos. La repetición no es solo retórica, sino que es estructural.
También se repite la lógica de planificación. El énfasis se ha puesto, de nuevo, en la abrumadora superioridad militar estadounidense, en su capacidad de proyectar fuerza con rapidez y contundencia. Sin embargo, la historia demuestra que ganar la guerra no equivale a ganar la paz. En Irak, la ausencia de una estrategia para el "día después" desembocó en una espiral de violencia sectaria, insurgencia y fragmentación estatal. Hoy, en el caso iraní, esa misma falta de previsión vuelve a emerger como un déficit crítico.
Más aún, como entonces, las voces expertas que advertían de los riesgos parecen haber sido marginadas o directamente ignoradas. La toma de decisiones en política exterior se ha visto nuevamente atrapada en una lógica de cierre cognitivo, donde la discrepancia no se integra, sino que se descarta. El resultado es una estrategia que no solo es discutible, sino que además carece de objetivos políticos claros.
¿Se busca desmantelar el programa nuclear iraní? ¿Forzar un cambio de régimen? ¿Limitar la capacidad regional de Teherán? La ambigüedad estratégica no es un detalle menor sino que es el síntoma de una intervención sin horizonte definido. Y las guerras sin objetivos claros rara vez terminan bien, precisamente porque carecen de un punto final que pueda ser entendido, legitimado y sostenido tanto dentro como fuera del país. Salir del conflicto con el estrecho de Ormuz cerrado no es una opción. Pero es que, además, tanto si la apertura es por vía negociadora como por vía militar, las cosas no volverán a su punto de partida.
La reacción iraní, por su parte, responde a una lógica clásica de los actores asimétricos que, como comentábamos hace unas semanas, no es otra que la escalada horizontal. Con menos recursos convencionales, Teherán amplía el campo de batalla, introduce nuevas variables y altera el cálculo del adversario más fuerte. El cierre del estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial y otro tanto de gas natural, no es solo una respuesta militar, sino una jugada geoeconómica de enorme alcance.
Estados Unidos se enfrenta ahora a una paradoja que ya conocía, pero que parece haber olvidado, la denominada regla de Pottery Barn "si lo rompes, te lo quedas". Al intervenir, asume la responsabilidad de gestionar las consecuencias. En Irak, esto implicó años de ocupación, reconstrucción fallida y desgaste político. En el caso iraní, significa ahora garantizar la reapertura de una arteria energética global cuyo bloqueo amenaza con desestabilizar la economía internacional.
La administración Trump se encuentra, por tanto, en una encrucijada clásica. Puede optar por una escalada, prolongando el conflicto e incluso considerando el despliegue de tropas terrestres, una opción que es poco "vendible" ante su opinión pública, o por una retirada que implicaría costes económicos, tensiones con aliados y un golpe severo a la credibilidad internacional de Estados Unidos. Ninguna de las dos opciones es buena, pero ambas son consecuencia de una estrategia mal concebida desde el inicio.
En este contexto, la utilización de mecanismos de diplomacia coercitiva, como el despliegue de unidades de élite con la amenaza implícita de un desembarco, no resuelve el problema de fondo. Más bien lo agrava, al elevar el riesgo de una escalada no controlada en un entorno regional ya de por sí volátil.
Las consecuencias geopolíticas tampoco se harán esperar. Como en Irak, donde la caída de Saddam Hussein fortaleció indirectamente a Irán, el conflicto actual parece beneficiar a actores como Rusia, que se ve favorecida por el aumento de los precios del petróleo y por el desvío de recursos militares occidentales que podrían haber sido destinados a otros escenarios, como Ucrania. La paradoja es evidente, guerras concebidas para reforzar el liderazgo estadounidense terminan erosionándolo y fortaleciendo a sus competidores.
A ello se suma un elemento particularmente preocupante la ausencia de coherencia estratégica entre aliados. La divergencia de ritmos y objetivos entre Estados Unidos e Israel, uno operando con urgencia, el otro con una lógica más gradual que se adapta mejor a sus objetivos estratégicos, introduce una disonancia que debilita la posición estadounidense en la región. Mientras tanto, Irán juega con el tiempo, con la expansión del conflicto y con los impactos económicos globales como herramientas de presión.
Porque, conviene recordarlo, de esta guerra no se sale unilateralmente. Una vez abierta la caja de Pandora, los demás actores también deciden, también calculan, también esperan. La prisa de Washington no es necesariamente la del resto. Y ese desajuste temporal constituye, en sí mismo, un error estratégico de manual.
En última instancia, la guerra contra Irán no solo revela los límites del poder militar estadounidense, sino también las carencias de su pensamiento estratégico. Más que un signo de fortaleza, esta intervención parece confirmar una tendencia de fondo, y contra la que Trump ha querido pelear y zanjar, la disputa sistémica entre polos de poder requiere de aliados, incluso, o especialmente, en la nueva reconfiguración del mundo por la que transitamos.
La intervención ilegal de EEUU es un hecho cierto, pero a ello se suman dos agravantes más, cómo lo hace y para qué lo hace lo que añade una mayor incertidumbre global. Y, sobre todo, qué ocurre después. La verdadera prueba del declive global de EEUU se encuentra en la respuesta a esta pregunta, porque las guerras sin planificación, sin objetivos claros y sin comprensión del contexto no solo se pierden en el terreno, sino también en el tablero global.

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