Gitanos, punkis y Morente: las noches salvajes del bar Candela
Miguel Aguilera convirtió una cueva de Lavapiés en el templo del flamenco de Madrid, cuya historia ha sido recuperada por el periodista Jacobo Rivero.

Madrid-
Hay artistas sin obra, porque la obra son ellos. Miguel Aguilera no cantaba, ni tocaba, ni bailaba, pero se había convertido en una institución del flamenco desde que en 1982 abrió el bar Candela en el barrio de Lavapiés, donde expiraba el callejero y alumbraba la canalla, "el fin de Madrid y el fin del mundo" —como escribió Arturo Barea—, un pueblo dentro de una urbe y un globo terráqueo dentro de una ciudad.
Calle Olmo, esquina con Olivar. Pablo Tortosa, trabajador de Pegaso y sindicalista de CCOO, se imagina el lugar como la sede de la Peña Chaquetón, alejada del flamenco encorsetado, y pone a trabajar en la reforma del local a sus compañeros del metal. El sótano alojará a la peña. La planta baja será un bar, lo gestionará Miguel —también sindicalista de Barreiros, gente de Comisiones y el Partido— y se llamará Candela.
"Candela, porque yo siempre he tenido dentro el fuego del flamenco", le dijo un día a su hermana, Rosa Aguilera.
El bar Candela, templo flamenco de Lavapiés
Al poco, las llamas se propagaron y el bar empezó a ser un referente para los gitanos del Rastro y para los artistas de Madrid y los que venían de paso, quienes abrevaban allí tras sus actuaciones en la capital. Enrique Morente hizo del Candela su casa y de aquel hogar, un templo. Como cualquier dios, bajaba en zapatillas a tomarse algo y el séptimo día jugaba al ajedrez con Miguel.
Cuando Arturo Barea escribe sobre Lavapiés en La forja de un rebelde, parece que lo hace sobre el Candela: "Era, por tanto, el fiel de la balanza, el punto crucial entre el ser y el no ser. Al Avapiés se llegaba de arriba o de abajo. El que llegaba de arriba había bajado el último escalón que le quedaba antes de hundirse del todo. El que llegaba de abajo había subido el primer escalón para llegar a todo".
Si la plaza de Santa Ana era el epicentro, el Candela se ubicaba en la milla de oro del cante madrileño, entre Casa Patas y el Rastro —corazón gitano y alma flamenca, cama de Rafael Riqueni, cuna de Paquete, Ray Heredia, La Tati o Montoyita—, cerca también de la escuela Amor de Dios, de las zapaterías y guitarrerías artesanales, de las Bodegas Alfaro…
Flamencos y pelícanos, porque el Candela, como el barrio, también fue frecuentado por los descendientes de la manolería, por los emigrantes de antaño y los migrantes de hoy, por el rollo bollo y homo, por los habituales de casas okupas, centros sociales y espacios autogestionados, por algunos despistados que buscaban un último asidero cuando comenzaban a bostezar las persianas metálicas y, claro, por famosos de distinta ralea, tan improbables como Slash o Lenny Kravitz.
"Una noche salíamos del Candela a las cuatro de la mañana y Morente me llevó a un tugurio a dos callecitas donde había unos muchachos con crestas de colores y remaches por toda la ropa. Yo le dije: ¡Pero Enrique, dónde me has traío! Y él me contestó con media sonrisa: No te preocupes. Yo no estaba acostumbrado a estar con punkis y Enrique, encantao".
Palabra de un paisano del eterno cantaor granadino recogida por Jacobo Rivero en Candela. Memoria social de un Madrid flamenco (Altamarea), donde habla con todo el mundo para trazar la ruta del cante, el toque y el baile capitalino, un libro necesario que divulga fragmentos de la historia jonda que necesitaban ser contados para ver y entender la ciudad de otra manera, una mirada periférica —que alcanza Caño Roto— y a un tiempo microscópica del género, la reivindicación de un hombre y de un bar.
El hombre, descrito por el periodista Miguel Mora en un obituario de El País publicado en marzo de 2008: "Estaba a punto de cumplir 49 años. Miguelito Candela fue un rojo castizo, un emprendedor avispadísimo, un estimable pintor, pero la historia lo recordará como un gran catalizador del flamenco moderno".
El bar: uno entraba allí en busca de un quejío rupestre y se encontraba con la sombra de Morente. "El Candela fue una universidad sin título, para nosotros fue como estar en Oxford y Enrique era una especie de Albert Einstein que andaba por ahí, un referente".
Se lo cuenta a Jacobo Rivero el guitarrista El Bola, hermano del omnipresente Pepe, siempre pidiendo una moneda, un porrito o un cigarrillo hasta que Miguel Aguilera entonaba aquello de "señores, vamos a acostarnos, que nada es eterno".
El autor de Candela también narra la historia de un barrio, en tiempos de Mesonero Romanos "pueblo bajo de Madrid" y hoy pasto de la gentrificación y la turistificación, donde las tropas napoleónicas salieron escaldadas y ahora triunfan los señores del ladrillo.
Procede cederle la palabra a Jacobo Rivero, autor de un libro profuso en fuentes y bien documentado, para que profundice en el bar, en el barrio y en la ciudad que consagraba a los flamencos.
- El Candela, una universidad, que diría Paquete.
- No solo para él, sino también para Josemi Carmona, Montoyita y otros guitarristas flamencos, porque ahí convivieron los mejores. Y luego la sombra de Morente resultó fundamental, porque fue el aval de un sabio, de un investigador y de una persona con una mirada periférica increíble no solo hacia el flamenco, sino también hacia la cultura y el arte.
- También estaban Camarón, Rafael Riqueni o Paco de Lucía, además de Fernanda de Utrera, La Tati, Estrella Morente, Carmen Linares, Remedios Amaya…
- Lo sorprendente es que muchos artistas venían de fuera y, nada más entrar por la puerta del bar, entendían que naturalmente ese era un espacio suyo. Y el público habitual admiraba su presencia, porque sentían el Candela como su casa.
- Miguel Aguilera, un motor.
- Miguel fue una figura fundamental en el flamenco de Madrid y de toda España, por hacer de un bar un lugar de acogida. Personas como él son imprescindibles para la memoria de la cultura y, sin ellas, muchas veces los artistas no podrían gozar del prestigio o, al menos, convivir en unas circunstancias favorables. Desde el principio, su idea fue hacer del Candela un sitio donde los artistas se sintieran acogidos. Eso lo llevó al extremo gracias a la cueva, que era el refugio del refugio, donde no les iban a faltar ni bebida, ni comida, ni reconocimiento.
- La cueva fue un lugar mítico, pero inaccesible para la mayoría de sus clientes.
- Algún día, casual o circunstancialmente, era posible entrar, porque quizás había menos gente y Miguel estaba más generoso. Sin embargo, también podían salir algunos, porque él también sacó de la cueva a más de un famoso porque hablaba mientras alguien cantaba, porque no llevaba las palmas al compás o porque entonaba fatal y no se daba cuenta de lo que significaba ese espacio.
Aunque era un lugar inaccesible, a veces tenía sus grietas. El mito ha trascendido por la lista de famosos y de reputados flamencos que circularon por ella, pero, sobre todo, fue un nicho de pureza respecto al arte. En realidad, su valor principal reside en que el propio Miguel la potenció como refugio de artistas.
- Pablo Tortosa, quien terminó apartándose del negocio, había fundado la Peña Chaquetón y el Candela como unos templos del flamenco heterodoxo, no purista, con la intención de abrir el género.
- Era un momento de apertura, no solo musical, sino también social. En el caso del flamenco, se habían publicado tres discos que produjeron ciertos temblores entre los puristas: Despegando, de Morente; La leyenda del tiempo, de Camarón; y Sacromonte, también de Morente. Entonces, en 1982 abre el Candela y esa nueva generación quiere llevar el flamenco a otros públicos y ambientes. En ese sentido, fueron pioneros e imprescindibles.
- ¿Qué peso tiene Camarón en la historia del Candela?
- Tiene una importancia brutal. Aunque realmente el asiduo, el fiel y el amigo fue Morente, la presencia de Camarón le dio al Candela el plus de excelencia máxima, porque fue un genio que arrastró tras de sí una leyenda impresionante, primero para el pueblo gitano y luego para el flamenco.
- Usted aprovecha el Candela para hablar del Madrid flamenco y de un Lavapiés social.
- Hay que sacar a Madrid del manido debate de los políticos, que siempre resulta muy separador, y poner en valor la historia real del flamenco en la capital, que es impresionante, porque aquí es donde hubo más cafés cantantes a finales del siglo XIX y principios del XX. Este libro, de alguna forma, reivindica precisamente ese patrimonio y esa cultura tan arraigada.
- ¿El Candela se entiende en el contexto político y social de Lavapiés o simplemente aterrizó en el barrio y enriqueció su ecosistema?
- Miguel era un enamorado de Lavapiés y lo entendió como el lugar natural para el Candela, al ser un espacio tan abierto y disidente de la ortodoxia.
- Noches salvajes, juergas hasta el amanecer, flamencos y punkis, siempre Morente… Un jugoso anecdotario.
- El libro no pretende ser una apología de la nostalgia, sino fijarse en una memoria social que pueda ser útil para estos tiempos. El barrio ha cambiado mucho por la gentrificación, aunque en los ochenta y los noventa era muy habitual encontrarte a flamencos en bares de punkis y a punkis en bares de flamenco. La anécdota de Morente con su colega granadino define muy bien lo que fue el Candela y, sobre todo, esa mirada tan particular que proyectó.
- Ortodoxia y vanguardia, pero también cuna del nuevo flamenco: Ketama y La Barbería del Sur.
- Cuna de los jóvenes flamencos y también de la movida flamenca, que fue una revolución. Una música aflamencada que no dejaba de pincharse en el Candela, que impulsó a una nueva generación de guitarristas. Nada casual, por cierto, porque por esas mismas calles había transitado Ramón Montoya. La atmósfera de Lavapiés siempre ha propiciado la voluntad de riesgo e improvisación.
- Antonio Benamargo: "Casa Patas me mata y el Candela me remata". Pasados los años, se convirtió en un bar de última hora. ¿Cuándo comenzó a perder su esencia?
- El punto de inflexión fue la muerte de Miguel Aguilera en 2008, un bajonazo tremendo para los flamencos, los clientes, su gente y su propia familia. Dos años después, el fallecimiento de Morente también supuso un varapalo para lo que había significado el Candela. Aunque acabó siendo un bar donde se termina la noche, no es un mal destino, ¿eh? Aún así, siguió siendo un lugar especial y creo que su reapertura, manteniendo su relación con el flamenco, es una buena noticia. Mejor así y no convertido en una franquicia de tacos, muffins o tartas de zanahoria.








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