Manuel Sacristán: cartografía de un intelectual disruptivo
Con motivo del centenario de su nacimiento, diversos estudiosos analizan la figura del filósofo madrileño establecido en Catalunya, que a pesar de ser reivindicado por la izquierda marxista, sigue resultando incómodo entre sus coetáneos por su pensamiento libre y heterodoxo.

Barcelona--Actualizado a
El pasado 5 de septiembre se celebró uno de los actos para conmemorar el centenario del nacimiento de Manuel Sacristán Luzón, considerado uno de los referentes fundamentales de la izquierda marxista, cuya prolífica obra ha sido destacada por Comunistes de Catalunya, la Fundació Neus Català y el Espai Marx, entre otros. No solo en el campo de la metodología científica, la sociología y la teoría política, lo que lo convirtió en una de las figuras más influyentes de la izquierda del siglo XX. También su militancia política, siempre a caballo entre la exigencia y las discrepancias con los suyos, lo sitúan como un personaje único y singular.
A pesar de su desaparición física en 1985, con 59 años, justo cuando la Transición comenzaba a marcar el paso, sus escritos siguen siendo una referencia obligada para las nuevas generaciones, cautivadas por la lucidez con la que defendía sus postulados, así como para la propia izquierda, que a través de él puede revisar críticamente las contradicciones de una ideología que Marx, Engels, Lenin o Gramsci formularon a principios del siglo pasado.
Entre el humanismo, el rigor y la ética
Son muchas las facetas por las que Manuel Sacristán puede ser reconocido. Nacido en Madrid, estudió Derecho y Filosofía en Barcelona y pasaría gran parte de su vida en Catalunya. Su biografía ya es una muestra de su compromiso inquebrantable con los principios de la libertad y la justicia social, una vez que renunció a hacer carrera en Alemania para mantenerse en el combate ideológico dentro de una España que perseguía la disidencia organizada.
"Su biografía ya es una muestra de su compromiso inquebrantable con los principios de la libertad y la justicia social"
Así lo señala el doctor en Humanidades y profesor universitario Jordi Mir, para quien "trabajar en los barrios donde se agrupaba la inmigración proveniente de los años 50 y 60 hizo que no pudiera completar su obra, y aunque era la persona ideal para alcanzar una cátedra en la universidad, en coherencia con sus principios eligió el camino más difícil".
En su etapa universitaria, Sacristán forjó las bases de un pensamiento impregnado de ética, rigor y una gran dosis de humanismo. Valores que descansan tanto en su investigación académica como en su actividad dentro del movimiento contestatario de la época. Así queda reflejado en el Manifiesto por una universidad democrática, del que él fue impulsor y que se leyó el 9 de marzo de 1966 en el convento de los capuchinos de Sarrià para presentar el Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universitat de Barcelona (SDEUB).
Pensamiento vigente
Según Mir, el Manifiesto refleja la voluntad de convertir la institución académica en un ágora democrática que, en lugar de estar reservada a las clases económicamente altas y limitarse al conocimiento por el conocimiento, permitiera la participación del conjunto de la población tanto en la organización de las actividades como en la toma de decisiones en los órganos de gobierno, garantizando así la libertad de enseñanza, investigación, expresión y asociación. Pero no solo eso, "también defendía que fuese un espacio destinado a aportar soluciones ante la falta de acceso a una vivienda y una educación dignas, y otras necesidades que hoy son plenamente vigentes".
La mirada de Sacristán respecto al papel de la universidad terminará impregnando al resto de sectores en los que participó, en los cuales proyectará un pensamiento emancipador que bebe de referentes del marxismo, pero alejado de cualquier ortodoxia. De hecho, como recuerda Mir, el filósofo se opuso a la invasión de Praga por parte de los tanques del Pacto de Varsovia en agosto de 1968, para acabar abrazando la causa del pacifismo de tradición gandhiana. "Si bien admite que en determinados contextos la violencia puede ser liberadora, se muestra partidario de que, para alcanzar un escenario más justo y democrático, era necesario defender prácticas basadas en la no violencia", cuenta.
"Partidario de que, para alcanzar un escenario más justo y democrático, era necesario defender prácticas basadas en la no violencia"
Asimismo, fruto de sus reflexiones, Sacristán encontrará en el ecologismo una de las luchas sobre las que hará mayor pedagogía. En consonancia con las críticas que había formulado el marxista alemán Wolfgang Harich, advierte que el sistema de producción capitalista llevaba inexorablemente a la explotación de la biosfera, la contaminación y la desaparición de especies. Pacifismo, ecología y política alternativa (1987) es uno de los ensayos donde condensa esta visión.
Del mismo modo que, a fuerza de aprender de los grupos de mujeres de los años 70 y de su compañera, la hispanista italiana Giulia Adinolfi, incorpora tesis antipatriarcales que después se han consolidado, al tiempo que se alinea con los postulados de Lenin para reivindicar la autodeterminación de los pueblos. No es extraño, en este sentido, que estuviera implicado en colectivos tan diversos como la Federación de Enseñanza de CCOO, el Comitè Antinuclear de Catalunya (CANC) o en las campañas contra la permanencia de España en la OTAN.
Un legado moderno y contemporáneo
La huella de Manuel Sacristán atraviesa tantos aspectos como plural es la sociedad. Comunistes de Catalunya recoge sobre todo su marxismo ecológico, lo mismo que hará el PSUC-Viu, heredero del Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC), en el que el intelectual madrileño fue miembro del Comité Central y del Comité Ejecutivo entre 1965 y 1969. En este caso, recupera su doble perspectiva de la igualdad y el respeto por la naturaleza, aspectos que Sacristán desgranó en Quaderns de cultura catalana y Nous Horitzons, y más adelante, tras dejar la militancia, en las revistas Materials y Mientras Tanto.
También el PCE, en su última edición de Cuadernos de Bandera y a través del libro Clásicos del pensamiento crítico (Editorial Catarata), recopila algunas de sus notas sobre política alternativa y la crítica que hacía a la deriva del movimiento comunista y del socialismo real. Unas discrepancias que apartaron a Sacristán del activismo orgánico para terminar abrazando los ideales libertarios. "Como decía el historiador Josep Fontana, él y Francisco Fernández Buey debían ser los líderes naturales de esa izquierda que deseaban, pero sus formas de articularse y funcionar impedían que lo fueran", comenta Jordi Mir.
Para el profesor de Humanidades en la Universitat Pompeu Fabra, estas circunstancias han hecho de Sacristán un personaje singular que, a través de releer a los clásicos, modulaba unas propuestas muy matizadas: "Pensaba las cosas con gran rigor, apelando a la izquierda a continuar profundizando en las intersecciones entre ecología, feminismo, socialismo y la lucha por la paz".
A juicio de Mir, su nivel de exigencia lo contraponía a menudo con el inmovilismo que ha conducido a la izquierda a no saber responder ante algunas circunstancias históricas o, lo que es peor, a no ser lo suficientemente coherente para resolver los conflictos que acaparan a la sociedad. "Y es que no aceptaba que, en relación con la crisis civilizatoria, por ejemplo, la izquierda cayera en la contemplación o creyera que el socioliberalismo lo podría resolver todo: en definitiva, ponía de relieve que, si realmente se quería transformar la realidad, era necesario ser coherente y asumir las consecuencias", concluye.

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