Noelia Ramírez: "Muchos escritores se hacen pasar por pobres, estamos rodeados de trileros de la precariedad"
La periodista cultural publica Nadie me esperaba aquí, un ensayo sobre el desclasamiento y el sentimiento de no pertenencia.

Madrid--Actualizado a
Noelia Ramírez (Esplugues de Llobregat, 1982) ha escrito un ensayo sobre el desclasamiento que va mucho más allá de la dicotomía de la vergüenza o el orgullo de barrio. Ahí están el luto por la pérdida de una madre —una experiencia dolorosa que apuntala su tesis— o la impugnación del sistema, que según ella debe ser transformado en vez de perseguir la asimilación o la integración, a costa de repudiar el origen, subestimar a la familia o renunciar a la identidad. Periodista de cultura en El País y copresentadora del pódcast Amiga date cuenta en Radio Primavera Sound, Nadie me esperaba aquí (Nuevos Cuadernos Anagrama) es su primer libro, donde reflexiona sobre el sentimiento de no pertenencia, aunque su pluma y su óptica ya se merecen otro.
¿Cree que el ensayo, basado en su experiencia personal, está pasado por el filtro de la periferia y la zona alta de Barcelona? O sea, ¿habría sido igual si se hubiese criado en un barrio obrero de otra ciudad española?
Una de las cosas que aprendí viajando a otras periferias fue que tenía más en común con Parla que con el centro de Barcelona. Yo iba allí a ver a una amiga, con la que pasaba los veranos en el pueblo de mis padres, y su barrio me recordaba mucho al mío. O a Moratalaz, donde vive un primo mío, y también me sentía más cómoda y a gusto que en el centro de Barcelona.
¿En Nadie me esperaba aquí ha sido determinante su condición charnega?
En Catalunya hay una casuística muy particular en la herencia de las migraciones de los años setenta y ochenta. Es decir, cómo sus hijos nos hemos asimilado culturalmente. En todo caso, las periferias se asemejan mucho —no solo en el aspecto físico, sino también en el ambiente— y entre ellas hay vasos comunicantes.
¿Pero cree que su amiga o su primo, por poner dos ejemplos, tendrían la misma relación de conflicto o sentirían las mismas diferencias respecto a los barrios nobles de Madrid?
Claro que no, porque no había un término que los definiese como otra persona. Sin embargo, en cierto momento de mi vida, yo descubrí la palabra charnego.
Cuando ya frecuentaba una universidad privada, porque de niña nadie la había llamado así. No cabe duda de que, además del clasismo de quien enuncia el término para situarla en una posición inferior, pesa la cuestión identitaria.
Como cuando alguien pregunta: "¿Pero es catalán catalán?". Cuando me llamaron charnega por primera vez, pensé que se equivocaban: "Lo serán mis padres, porque yo he nacido en Catalunya". Luego llegas a construir una especie de orgullo, aunque creo que hay que problematizar esa épica del charneguismo, porque dentro de esa identidad también hay clasismo, racismo y machismo. Es decir, en una casa charnega también hay divisiones sociales y, por ejemplo, verás a la madre cocinando…
O sea, que el libro habría sido otro si hubiera nacido en la periferia de una ciudad diferente.
Totalmente. Más que una etiqueta, la identidad charnega es una calamidad, como escribió Pau Luque, porque te exige posicionarte y adoptar un rol cuando hablas sobre ella. Por ejemplo: la chica charnega, con desparpajo y mucho arte, que habla así porque es muy de barrio. O al contrario: lo charnego ya está superado, la inmersión lingüística fue un éxito, somos todos iguales, el problema era la pobreza y se está observando desde un prisma equivocado. En cambio, sí que hubo racismo y clasismo, por lo que el concepto sigue siendo un tema problemático. De hecho, cada vez que en Catalunya alguien dice la palabra en público se lía, como sucedió cuando Eduard Sola recibió un Premio Gaudí y proclamó su orgullo de ser charnego. "Para qué lo sacas, si ya está superado y también ha habido pobres en otros sitios", reaccionaron algunos.
De hecho, muchos lo camuflan.
La cantante Aitana es del Baix Llobregat y se ha convertido en una estrella pop sin necesidad de un relato explícito, mientras que Estopa presumen del orgullo de barrio y su desparpajo —que tiene mucho que ver con el exotismo— hace que caigan bien. Ellos son graciosos y majos de manera natural, pero parece que a todos los hijos de familias migrantes y obreras se les exige ese capital simbólico, cuando no todo el mundo puede ser Estopa.
"O te exotizas o te asimilas". Es decir, plantea que las voces del extrarradio que han accedido al discurso cultural deben adoptar un rol exótico —o sea, ese carácter deslenguado, bravo o montaraz— o camuflar su origen periférico para ganar capital social, aunque también pueden adquirirlo reivindicando el orgullo de barrio.
Sí, pero no me interesa la épica de barrio sin problematizar, porque la idea de que allí todos somos mejores es falsa, porque también hay racismo, homofobia, transfobia… O sea, el punto de vista de los escritores de izquierda que construyen esa épica de barrio no me atrae, mientras que me fascina Alana S. Portero, porque ella sí narra las violencias que existen.
En la facultad se siente distinta a sus compañeros. ¿Habría sido distinta la experiencia —y el choque, quizás menor— si fuese a una universidad pública?
Mi experiencia fue un choque total, pero los pijos también van a la pública, del mismo modo que hay familias trabajadoras que hacen un esfuerzo enorme para que sus hijos vayan a la privada o estudiantes que curran para pagarse la matrícula —no es casualidad que me hiciera amiga de ellos—.
Escribe que su madre se emocionó porque "quizá allí encontraría un marido rico".
Como en las escuelas de negocios. Aunque eso no solo pasa en el terreno empresarial, porque si piensas en el dinero que cuestan determinados másteres de periodismo, cabría preguntarse: ¿quién te cuenta las noticias?, ¿cuál es su entorno y su nivel económico?, ¿cómo van a informar sobre el extrarradio, los desahucios o la precariedad si no lo han vivido o no lo entienden? El periodismo, que siempre había sido un oficio de gente de la calle y de buscavidas, se está convirtiendo en un trabajo para gente privilegiada. A este paso, no van a quedar periodistas de barrio. Entonces, ¿quién te va a contar el mundo y con qué mirada? Eso me parece preocupante.
Considera un "regalo envenenado" que le den la oportunidad de explicarse como voz del extrarradio. ¿Este ensayo también es una trampa?
Siempre hablo con Begoña Gómez Urzaiz —periodista de La Vanguardia y compañera en el pódcast Amiga Date Cuenta, en Radio Primavera Sound— de algo que nos mosquea mucho: "Joder, qué cansado es tener que escribir siempre la columna feminista que se espera de ti". Pero luego piensas que si tú no ocupas ese espacio, ¿quién lo va a hacer? Durante el proceso de escritura del ensayo, me preguntaba: "¿No seré yo también una trilera? ¿Qué hago hablando del barrio cuando tengo una nómina en El País y, supuestamente, he dado una serie de pasos que podrían ser interpretados como un éxito?". Sin embargo, me paro a pensar y digo: "¿Cuánto cobraba hace quince años la persona que hacía lo que yo estoy haciendo ahora para todas las secciones del periódico?". Entonces me doy cuenta de que estoy en una escala salarial muy baja, por lo que claro que tengo derecho a la queja y a contarlo.
No obstante, descarté escribir el ensayo que el mundo editorial podría esperar, o sea, el relato complaciente —como el que se hizo con la transición— de "qué bien nos han salido las hijas de los toldos verdes, mira qué listas son y cómo ha funcionado el ascensor social". No, yo lo que quería era quejarme, protestar y señalar cómo esa fantasía en realidad ha fallado y se nos ha deshecho entre las manos. De hecho, me considero la excepción a la regla, porque estudiar una carrera ya no significa nada en esta vida. Incluso trabajar en El País o publicar un libro por el que cobras una cantidad que no te permite pagar el alquiler, ¿qué supone? O sea, ¿de qué éxito hablamos? Hay una paradoja constante, porque hemos inflado la idea de éxito [cuando, en la práctica, no tiene por qué traducirse en mayores ingresos económicos].
"No me interesa la épica de barrio sin problematizar sus violencias"
Cuando estudiaba en una universidad privada, nadie hablaba de dinero. Y ahora parece que te están premiando cuando te ascienden en el trabajo, pero habría que preguntarse cuánto cobraba la persona a la que has sustituido. No hablamos de dinero lo suficiente y deberíamos hacerlo. Nos dan migajas, sobre todo en el periodismo, como si la fiesta se hubiese acabado, ya no queda nada, la sensación es de desánimo total y, por encima, te dan más trabajo por menos. Volviendo a la pregunta, ¿el ensayo es una trampa? No lo sé. Puede leerse como un libro más sobre el desclasamiento, aunque también hay una rabia afinada y una demanda de responsabilidad a la izquierda por haber fallado a la clase trabajadora desde la socialdemocracia.
Alude al síndrome de la impostora y a las personas que moldean su identidad en función del lugar y del contexto, algo que no es exclusivo a un determinado origen o renta económica.
Claro. De hecho, hay muchos escritores que están haciéndose pasar por más pobres de lo que son. O sea, alardean de la pobreza, como el que trabaja un día en una pescadería y luego construye una épica a partir de esa experiencia, pero sin problematizar. Y eso está pasando porque, desde que se premiaron relatos hechos desde la clase obrera —caso de Annie Ernaux o Douglas Stuart con Historia de Shuggie Bain—, de repente el privilegio está mal visto. Ahora estamos rodeados de trileros de la precariedad, porque luego rascas y ves que alguna persona tiene tres casas de vacaciones. Siempre hubo estos juegos de apariencias, aunque han proliferado a medida que la división social se acentúa.
Critica la meritocracia y "la promesa del ascensor social a través del esfuerzo educativo". Sin embargo, sacrificándose ¿usted ha conseguido llegar hasta aquí?
Sí. Yo me he esforzado muchísimo y tengo un problema, porque soy adicta al trabajo. Obviamente, influye el esfuerzo y la valía, pero también he conocido a la gente adecuada que me ha permitido llegar a donde estoy. Sin la ayuda de esas personas, no hubiera llegado hasta aquí. Es más, si no hubiera conocido a Jordi Amat en Quadern [el suplemento cultural de la edición catalana de El País], ¿hubiese escrito este libro? Para que te hagas una idea, cuando trabajaba como freelance cobraba menos dinero que mi madre limpiando. ¿Quién se lo puede permitir? Hay tal precariedad que para la gente que cuenta con un colchón económico el periodismo será como un hobby, cuando toda la vida ha sido un oficio.
"Si te asimilas a algo que está podrido, tú también te vas a poner pocha"
Por eso rechaza ser utilizada como ejemplo de las bondades del ascensor social o del progreso de España.
Claro, porque ¿dónde está el botín? [risas]. Odio los discursos de quienes hablan desde el éxito diciendo: "Si yo he podido, tú también puedes". Engancha mucho, por eso funciona muy bien en redes sociales, y se mezcla con la idea del manifesting: "Si lo deseas mucho, el universo proveerá y lo conseguirás". Pues no, el universo no provee, proveen los contactos y luego te lo tienes que currar. Siempre he sabido que no me podía permitir hacer las cosas mal, porque si me despiden estoy muy cerca de la casilla de salida.
En el ensayo deja claro que no busca venganza ni es una víctima. No obstante, al comienzo podría transpirar cierta sensación de victimismo.
No me siento tránsfuga de clase —aunque en ciertos momentos sí que lo he sido— porque he hecho un viaje de ida y vuelta. La generación de mis padres, a través del trabajo, de renunciar a los placeres de la vida de una manera espartana y de ahorrar como hormiguitas, logró prosperar. Ahora bien, pese a ello, claro que podemos quejarnos. Sí, ha habido mejoras. Sin embargo, la izquierda ha ido fallando a la clase trabajadora desde que asumió el poder, una vez tras otra, y se han ido desmantelando las conquistas por las que pelearon nuestros padres. Muchas personas de mi edad nos sentimos clase media sin serlo y dimos por hecho derechos y servicios que ahora se están perdiendo. Si casi todos mis primos han ido a la universidad, ¿podríamos considerarlo un éxito del ascensor social? Sí, pero yo vivo de alquiler en el epicentro de la gentrificación barcelonesa, en el barrio de Gràcia, y no sé en qué momento me van a expulsar, porque nadie tiene asegurado su espacio. Por eso tenemos derecho a denunciar la precarización brutal, aunque cuando escribía el libro pensaba que se me podría ver como una quejica y tenía miedo de sonar como una víctima. ¿Y qué será de los periodistas que están saliendo de las facultades? ¿Y de los jóvenes que han nacido en una crisis constante y en la negación del futuro? Así ahora te encuentras a chavales que no creen en el estado de bienestar y solo quieren hacerse ricos lo más rápido posible. O sea, asistimos al triunfo del individualismo y al fin de la comunidad. Y por todo esto también habría que pedir responsabilidades.
"El periodismo, que siempre había sido un oficio de gente de la calle, se está convirtiendo en un trabajo para privilegiados"
Nadie me esperaba aquí aborda el desclasamiento como viaje de la vergüenza al orgullo. Y luego se siente "atrapada" en un limbo: ni pija ni choni. Rechaza tener que elegir, porque prefiere el casi, "el refugio para las que no sienten lugar ni pertenencia". Y sostiene que hay que evitar caer en la promesa de la asimilación.
Hay muy pocas personas que sienten que pertenecen a un sitio. De hecho, creo que somos más —mujeres, queers, etcétera— las que a veces no nos sentimos bienvenidas, como si no tuviésemos un lugar específico. En mi caso, siempre fui la pija en el barrio y la choni en la universidad privada, la de Barcelona en el pueblo y la charnega en mi ciudad. Esa sensación te da una perspicacia y una visión periférica. El limbo siempre me ha interesado y por eso me sentía tan cómoda en una rave y en otros espacios sin reglas definidas. ¿Para qué vas a asimilarte a algo que consideras que no funciona bien? Incluso a la esfera cultural, que tampoco me parece interesante. Cuando la ves de cerca, piensas: "Aquí todos están haciendo el papel de su vida". Es un mundo de apariencias. Y en las dinámicas laborales, no importa el sector, observas que normalmente ascienden a personas sádicas, muy malas o sin sentimientos. En cambio, las que le hacen la vida más fácil a la gente no son recompensadas, porque si lo hace todo bien, para qué van a ascenderlas.
Porque, como dice usted, no se trata de integrarse sino de transformar.
Si te asimilas a algo que está podrido, tú también te vas a poner pocha. En este momento hemos perdido la capacidad de imaginar, vivimos en un estado de melancolía continuo, asistimos a la negación del futuro y hay un colapso total de la idea y de la comunidad: es un sálvese quien pueda. Y, a nivel político, triunfa el relato de la familia tradicional, como si fuese un pilar seguro cuando todo lo demás es incierto. La izquierda tiene un problema si recula y copia el marco mental de la derecha, porque en el pasado hemos visto que no funciona. En todo caso, sigo pensando en si el ensayo es una trampa…
No se lo tome como algo literal.
Algún amigo de buena familia me ha dicho: "Pensaba que iba a estar escrito desde el resentimiento y, al contrario, está escrito desde el amor". Pero sí que hay un poquito de resentimiento, y tampoco está mal que lo haya, ¿no?
Por cierto, cuando los nietos y nietas van de vacaciones al pueblo de su familia, sea manchega, andaluza o extremeña, ¿cómo le explican a sus abuelos, a sus tíos o a sus primos que están a favor de la independencia de Catalunya?
Uf, este es un tema increíble que daría para otro ensayo. Creo que en las familias ha habido más silencios que conversaciones, porque si empezasen a hablar del asunto saltaría todo por los aires.




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