Pepe Ribas: "El felipismo fue un régimen muy corrupto"
El fundador de la revista Ajoblanco relata la explosión libertaria de los setenta en Ángeles bailando en la cabeza de un alfiler (Libros del K.O.).

Madrid--Actualizado a
Pepe Ribas (Barcelona, 1951) nació en una cuna burguesa, pero eligió desclasarse para fraguar una renovada identidad. El fundador de Ajoblanco, una revista rompedora en la que bullía el ecologismo, el feminismo, el movimiento LGTBIQ+ o la liberación sexual, relata en Ángeles bailando en la cabeza de un alfiler (Libros del K.O.) la explosión libertaria y contracultural en la España de finales de los setenta.
Comienzos de los setenta: comunistas y libertarios en la universidad.
En la Facultad de Derecho de Barcelona, junto a José Solé, Antonio Otero y Alfredo Astor, decidimos convocar una muestra de poesía y aparecieron cientos de poetas colgados en los muros del hall, que era inmenso. Aquello sorprendió a todo el mundo, sobre todo a los comunistas y a los de Bandera Roja. Nosotros quisimos independizarnos de la comisión de cultura, que estaba tomada por los comunistas, nos rebelamos y empezamos a hacer el gamberro. Y los jóvenes del PSUC empezaron a colgar carteles que decían: "Snoopy dice: fuera los estudiantes de la facultad" [en vez de "fuera la policía de la universidad"].

Fue una época bastante rica, porque entre juerga, batalla y correr delante de los grises, leímos muchísimo e hicimos mucha cultura.
Libertarios vs. ortodoxos.
La extrema izquierda eran básicamente los trotskistas y Bandera Roja, que pretendían manipularnos a toda costa. Nosotros queríamos tomar la catedral y montar una Capuchinada como la de 1966 para protestar contra todo tipo de autoritarismo, porque ya habíamos descubierto que había un autoritarismo franquista —que ya no nos interesaba, porque Franco para nosotros ya era un cadáver— y otro autoritarismo marxista-leninista, sobre todo el de Bandera Roja, que quería el poder por encima de todo y era lo único que le interesaba. Al final, nos denunciaron los propios izquierdistas para que no llegáramos nunca a la catedral.
Aquello fue una ruptura para mí y pensé: "Hay que hacer algo fuera de la universidad". Entonces, en 1973 los Nabucco [el grupo poético universitario] nos fuimos a la India, pero en Dubrovnic se nos rompió un palier del coche. Luego, en París, tuve la idea de hacer una revista fuera de los circuitos políticos y distribuirla en todos los quioscos de España: Ajoblanco. Con Franco vivo y en aquella época, era impensable que unos niños de 21 años pudieran hacerlo.
(Puede ver la respuesta completa en este vídeo)
¿Cuál fue el abono de la revista Ajoblanco?
Teníamos muchas lecturas y habíamos visto mucho cine, sobre todo en Perpiñán. Nuestro nutriente cultural era muy variado: las presentaciones de Carlos Barral, gente muy asequible que nos guiaba, librerías con manuales contraculturales, la editorial Kairós de Salvador Pániker, Luis Racionero… Nuestra cultura fue creciendo por casualidades, porque no había método. Eso nos hizo ser espontáneos y buscar en la calle lo que no existía en otro lugar.
Barcelona era una capital cultural desde hacía tiempo gracias al tejido productivo, que implica libertades. Había burgueses, fábricas, ingenieros, talleres, artesanos… Una sociedad productiva, sin funcionarios, que necesita cultura y libros, de ahí que hubiese tantas editoriales y un mundo muy rico, de los trovadores de la nova cançó a la música progresiva. Todo esto creó un caldo de cultivo que el franquismo ya no podía combatir como hacía en Madrid. Y ahí nos colamos los contraculturales.
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Familia burguesa, hijo libertario.
Mi familia era muy culta y en mi casa había bibliotecas de varias generaciones. Sin embargo, era un ambiente cerrado, de gente que ha renunciado prácticamente a muchas cosas y se ha centrado en la familia y los hijos.
En la Facultad fui delegado y en Ajoblanco, coordinador. Pero yo no quería el poder, sino encontrar a personas que pensaran como yo y que quisieran crear espacios de libertad. Pienso que la libertad es lo que te forma, no los libros. Y Ajoblanco fue un marco de libertad fascinante para toda una generación de españoles.
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Una publicación, en su día, rompedora.
Ajoblanco fue una revista de lectores. O sea, no había periodistas, porque el periodismo lo encontrábamos absurdo. Poco a poco, los lectores se volvieron trabajadores y, a través de llamadas telefónicas, creamos los colectivos: antipsiquiatría, presos en lucha, ecologismo, feminismo radical...
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Con la sección de La Cloaca conectaron con la contracultura madrileña.
Era el internet de entonces, una sección de avisos donde empezó parte de la contracultura madrileña. Ya nadie se creía el franquismo, aunque Madrid estaba tomada: los Guerrilleros de Cristo Rey, la Policía, la Operación Gladio… Sin embargo, había gente muy valiente que creó movimientos increíbles. Todo esto se ha omitido en la historia de la transición y es fundamental, porque cambia las cabezas. Las cabezas no las cambian los políticos, porque los partidos de izquierda eran unos moralistas. Tanto que cuando había un gay en una célula comunista lo expulsaban, acusado de que podía dejarse seducir por un policía, con lo cual era peligroso porque podía cantar La traviata.
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A finales de los setenta llega el ocaso del movimiento y el auge de la cultura del yo.
Con la cultura del diseño y la cultura del yo se acabaron los pisos compartidos, los almohadones en el suelo, parte de la represión sexual, la ley de peligrosidad social... Ya hubo derechos y la sociedad española se adormeció. Y vino Felipe González y jauja: una falsa democracia como una casa, porque aquí no hay separación de poderes, como nosotros dijimos desde el principio.
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Con Adolfo Suárez, según usted, había más libertad.
Adolfo Suárez es un presidente que sale de la Falange y de Televisión Española y, de repente, empieza a decretar libertades, algo muy curioso. [El Departamento de Estado de los EEUU y la CIA] le imponen tres condiciones: no legalizar al Partido Comunista y lo legaliza, entrar en la OTAN y no entra, y no presentarse a las elecciones creando un partido político y lo crea.
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En cambio, Felipe González…
La época de Felipe González empieza con muchísima ilusión, pero poco a poco se destruye el tejido productivo y todo el proceso de cambio económico para cumplir los acuerdos de entrada en el Mercado Común. O sea, España, un país de servicios: ¡viva el turismo y el fútbol! Al cabo del tiempo, te das cuenta de que hay mucha corrupción, de que la cultura está totalmente subvencionada y de que hay un periódico que nació con espíritu libre y que empieza a ser sectario: "Tú sí, tú no", igual que sucedió en Catalunya con el nacionalismo. Así es muy difícil que pueda surgir una cultura de mucha calidad, aunque ha habido excepciones. El felipismo fue un régimen muy corrupto.
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Su revista había cerrado en 1980, pero revive siete años después.
El nombre de Ajoblanco fue providencial y mágico, porque el ajo pica y repite. En la segunda época se profesionaliza y ya es un periodismo de rigor, o sea, una revista de cultura y de tendencias sociales: no ha habido otra igual. Luego vino la generación de los noventa, mucho más compleja, porque la cultura tecno y las pastillas hicieron mucha mella.
El legado de Ajoblanco es importante y vamos a intentar mantenerlo. Este país necesita revulsivos y, sobre todo, espacios de libertad. Hay demasiada cultura subvencionada y demasiada cultura de burócrata. O sea, los centros culturales no pueden estar regidos solamente por funcionarios. Tiene que haber algunos espacios libres donde los jóvenes puedan autoorganizarse, porque así van a crear y aprender con libertad. La libertad es lo que más enseña y eso es lo que nosotros hemos practicado siempre.





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