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PENSADORES DEL 21

Luis Goytisolo: “La gente no percibe el manejo oscuro del poder”

El académico y Premio Nacional de las Letras, que presenta este fin de semana en la Feria del Libro 'El atasco y demás fabulas', reflexiona sobre su obra y sobre un mundo en el que, afirma, “ya no mandan los políticos”

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El escritor Luis Goytisolo.

"Si hay imágenes que valen por mil palabras, hay páginas, hay frases, hay palabras, que valen por un millón de imágenes"

Luis Goytisolo. Discurso de ingreso en la RAE

No quita la mirada de los ojos mientras conversa. Los suyos, transparentes, están a la altura de una de las muchas ediciones del Quijote que alberga la Biblioteca Académica de la RAE. Cerca, un códice de Gonzalo de Berceo, tres autógrafos de Lope de Vega y el manuscrito de su Sueño de San Luis, el ensayo que donó a la Academia cuando a Luis Goytisolo (Barcelona, 1935) lo sentaron en la C mayúscula.

Hijo de un hogar sin madre, lazarillo de un padre enfermizo, su narración arranca en una infancia que niega dolorosa: “Eso es un mito. Yo fui un niño feliz”. Hermano pequeño de tanto talento, supone que lo de la escritura debió llegar con el ADN materno, “los genes de una bisabuela malagueña, Ana Mendoza, y una tía, Consuelo Gay”, unidos en la generación del poeta José Agustín, del premio Cervantes, Juan, y en la del creador de una de las obras cumbre de la literatura universal del pasado siglo.

“Los tres escribíamos desde pequeños –Juan y yo en la misma habitación- pero no teníamos ninguna relación literaria entre nosotros: ninguno sabía lo que escribía el otro. José Agustín se vino a Madrid a estudiar y no se enteró hasta que no publiqué Las Afueras”. Luis tenía 23 años. Su colega, el académico Emilio Lledó, estudiaba en Alemania, desde donde le envió una carta de dos folios. “No nos conocíamos de nada. Y la suya fue la mejor crítica que escribieron sobre la obra”.

Antes de aquella primera vez, la revista de los salesianos, donde estudiaba bachillerato, ya tuvo el privilegio de llevar la firma de un Goytisolo adolescente al que su profesor de literatura había encargado dos necrológicas sobre Chesterton y Salinas. Y hubo decenas de relatos que Luis destruía sistemáticamente cuando comenzaba el siguiente. “Estaba madurando”, justifica el perfeccionismo. Sólo salvó uno, Las monedas, que sin embargo corrió el destino de sus predecesores cuando la censura franquista cerró la revista en la que se publicó. La dictadura, que le llevó a abandonar los estudios de Derecho en Barcelona para afiliarse al Partit Socialista Unificat de Catalunya, el PSUC.

“No éramos comunistas, éramos simplemente antifranquistas”

“No éramos comunistas; éramos simplemente antifranquistas. Y en la oposición, era lo único que funcionaba. De los 120 presos políticos que coincidimos en Carabanchel, más de cien éramos del PC”. Luis fue encarcelado tras asistir en Praga al VI Congreso del Partido Comunista checo. Pasó casi cuatro meses en una celda. Y benditos días en los que comenzó a preparar su tetralogía Antagonía.

Diecisiete años y 1.112 páginas –“muchas más de las que yo suponía”, sonríe- que empezó a escribir en 1963, en el papel higiénico que el dirigente socialista Antonio Amat consiguió sacar de prisión en una entrevista con su abogada. Ahí nacería lo que muchos sitúan entre la docena de imprescindibles de la literatura universal del siglo XX. Él, que asegura no ser humilde, sólo reconoce: “Fue en Antagonía donde encontré mi propia voz, donde conseguí el esquema”, dice el autor que convirtió la estructura en su seña de identidad.

Explica que la novela, que es la historia de una novela, “es como un yacimiento del que proceden una serie de vetas que he ido desarrollando en otras. Prácticamente todo lo que escribo es el desarrollo de algo presente en Antagonía. Experiencias de carácter autobiográfico, elementos que rozan el ensayo, la parodia, el sentido del humor. Todo parte de ahí”. Y se lanza después a la sinopsis de los descendientes de la Estructura (con mayúscula) de los que habla como si no le pertenecieran.

Estela de Fuego que se aleja es la historia de un tipo que, insatisfecho con la vida que lleva, piensa en escribir una novela. Él se llama A. El protagonista se llama B. A B, que vive a salto de mata, se le ocurre que debiera escribir una novela y que el protagonista se llamase A. Al final el lector no sabe quién es verdaderamente el autor”, y se carcajea con la travesura literaria.

Desafíos, los llama el Premio Nacional de Narrativa y Premio Nacional de las Letras, entre tantos otros. Como el de Paradoja del Ave Migratoria, una novela que transcurre en los minutos en los que muere por infarto el protagonista. O el de Diario de 360º, en el que cada día de la semana corresponde a un género distinto. Y, por supuesto, los de las fábulas que comenzó a escribir durante el franquismo y que ahora, como hizo con Antagonía, presenta en un solo volumen: El atasco y demás fábulas.

“La primera empecé a escribirla en el 68 y sigue siendo actual. Me sorprende que en la España franquista ya intuyera cosas que están ocurriendo hoy”. Y responde con un rotundo “casi nada”, a la pregunta de qué no ha cambiado desde entonces. “Las estructuras, lo visible, sí. El fondo, no”. Porque sus fábulas, onirismo, humor, juegos de palabras cargadas de una profunda crítica al mundo contemporáneo, hablan de lo que llama “el manejo oscuro del poder”. También, explica, “de la inconsciencia de la gente que no percibe la situación, no se da cuenta de lo que está pasando que, por otra parte, es muy difícil de saber”.

“La regla de oro es que el asalariado gane lo suficiente para que pueda ser al mismo tiempo un consumidor"

Y pone como ejemplo los años posteriores a las primaveras árabes: “Llevamos un montón de años después de aquello en una situación extraña que provoca muerte y destrucción. ¿Por qué ha empezado de repente el éxodo masivo de refugiados? ¿A quién le interesa que Europa ahora se sature?”, deja en el aire la pregunta cuya respuesta se intuye en su siguiente reflexión: “Ya no mandan los políticos. Manda el mercado. Lo que pasa es que el mercado, en el fondo, son unos cuantos millonarios que podrían pagar la deuda griega sin que les afectase mucho al bolsillo. Ellos son los que dictan la política”.

No es pesimista sobre el futuro de la humanidad –“en general, la mayor parte de la gente vive mejor”, afirma-, pero le cambia el gesto cuando se plantea lo impredecible de ese manejo oscuro del poder: “El mayor riesgo es que, en este mundo operado por inversores, se produzca un cataclismo. Porque los ricos pueden perder su dinero, como ya ha ocurrido. Entonces, no sé que pasará, no sé a qué volveremos”, se lamenta.

En El atasco, único relato inédito de la tetralogía, Goytisolo también fabula sobre la desaparición de las clases y lo evanescente de la sociedad. “En un fragmento, explico que la regla de oro es que el asalariado gane lo suficiente para que pueda ser al mismo tiempo un consumidor. No hay clase obrera. Las clases medias están desapareciendo ¡y eso lo sabemos bien quienes procedemos de ellas!”, exclama. “El problema es que se piensa cada vez menos. El pensamiento se diluye en pequeños mensajes, en las ocurrencias que recibes en el teléfono. Y el verdadero peligro es la pérdida del tiempo”.

Él, que no se reconoce enemigo de un pequeño aparato que saca cuando afirma que sólo lo usa "para hablar, mandar mensajes y whatsapp”, reparte estos días el suyo entre el campo tarraconense y Madrid, la ciudad a la que quiere volver: “He pasado muchas épocas de mi vida en el campo pero, al final, tengo tantas cosas que hacer aquí…”. De momento, este fin de semana, rubricar su Atasco y demás fábulas en la Feria del Libro. Después, seguir pensando. Y escribiendo. Tiene previsto presentar nueva novela en noviembre. No desvela más. Los regalos, siempre mejor por sorpresa.

"El ser humano ha conocido tiempos más sombríos; tan bobos, posiblemente no. Decididamente el mundo está más necesitado que nunca de un pensamiento estoico adecuado al presente, de un neoestoicismo. O de un nuevo epicureísmo. De cualquiera de los dos. O mejor: de los dos"

Luis Goytisolo. Frustración y narcisismo