El 'sí a la OTAN' cumple 40 años: la historia de cómo las "presiones" vencieron a la movilización social
El 12 de marzo de 1986, una mayoría de ciudadanos españoles apoyó la permanencia de España en la Alianza Atlántica.
Las fuentes consultadas coinciden en destacar la controvertida campaña —política y mediática— que llevó a cabo el PSOE en favor del "sí" a la OTAN, pese a haberse posicionado antes en contra.

Madrid--Actualizado a
El 12 de marzo de 1986 sonaba en la radio El tonto Simón de Radio Futura, se estrenaba en los cines Rocky IV y los españoles tenían una cita en las urnas para decidir si su país debía seguir formando parte de la OTAN. Votó un 59,4% de la población y lo hizo mayoritariamente por el "sí". Hasta un 56,85% apoyó la permanencia. La opción de la salida, en cambio, se quedó en un 43,15%. Miradas que expliquen lo que supuso aquello para la posición de España en el mundo hay muchas, pero todas coinciden en que fue un punto de inflexión —quizá el más relevante de la democracia— que vinculó en mayor o menor medida la política exterior española a EEUU.
Pero había llovido y tronado ya mucho antes de aquel marzo. España se adhirió formalmente a la OTAN en 1982 y ni siquiera ese primer paso fue amable ni estuvo libre de polémicas. Fue durante la presidencia de Leopoldo Calvo-Sotelo cuando se estampó la firma para la incorporación, pero se trató de una decisión que estaba muy lejos de generar consenso en la propia Unión de Centro Democrático (UCD), tal y como explica la profesora de la Universidad Complutense Giulia Quaggio.
Y hay que rebobinar un poco más la película para ir hasta 1953 y revisar los Pactos de Madrid, con los que Franco ligó por primera vez la política exterior española a EEUU y que inauguraron las bases de Rota y Morón. Precisamente esa legitimación del régimen franquista por parte de EEUU es uno de los principales elementos por los que el movimiento antifranquista se opuso desde el principio a la OTAN.
"Se posicionó en contra de EEUU por ser un agente internacional que legitimó la dictadura después de la Segunda Guerra Mundial", explica Giulia Quaggio, que investiga en el departamento de Historia Contemporánea de la Complutense. Lo cierto es que, para el país norteamericano, España era y, en buena medida, sigue siendo un socio fundamental. Así lo afirma Jorge Verstrynge: "Para poder intervenir en la llamada gran isla mundial, la potencia marítima necesita territorios donde poder aterrizar. Para EEUU, hacia el este son Inglaterra y España. Y, hacia el oeste, Japón e Indonesia".

Ese es el quid de la cuestión. España es un enclave crucial para EEUU y por eso lleva setenta años ejerciendo influencia. El que era secretario general de Alianza Popular (AP) —un partido que derivó más tarde en el PP— cuando se llevó a cabo el referéndum recuerda las "presiones" de otros países a las que fue sometido para defender la permanencia en la OTAN en lugar de la abstención. Pero las calles también hablaban. Las manifestaciones sociales en contra de la Alianza Atlántica empezaron, tal y como apunta Quaggio, especialmente a partir de 1981, cuando se produjeron los debates parlamentarios previos a la adhesión. La investigadora lo define como un "movimiento heterogéneo" que partía, como explican algunos historiadores, de una pulsión pacifista latente en una sociedad española traumatizada y escarmentada por la Guerra Civil.
El giro de Felipe González y una campaña controvertida
Por lo tanto, cuando, el 30 de mayo de 1982, España se convirtió en el miembro número 16 de la OTAN, había un caldo de cultivo antiatlantista goloso para cualquier político que quisiera capitalizarlo. Pero incluso dentro de la UCD, que lideraba el Ejecutivo cuando se firmó la entrada en la Alianza Atlántica, había discrepancias. El propio Adolfo Suárez se colocó a veces de perfil. Según Verstrynge, no estaba a favor de la OTAN.
Víctor Ríos, político cercano a Julio Anguita, militante pacifista y, actualmente, mimbro patronato de la fundación Neus Català, estuvo en primera fila de las concentraciones y las manifestaciones, primero, contrarias a la entrada en la OTAN y, después, favorables la salida de la misma. Ríos recuerda con "alegría" los momentos en los que las calles estaban convencidas de la causa. La sensación era que el referéndum se iba a ganar. Sin embargo, un giro lo cambió todo. El 'no a la OTAN' solo venció en Catalunya, Euskadi —con mucha claridad, un 67,55% de los votos—, la Región Foral de Navarra y las Islas Canarias.
Si hubo, por aquel entonces, un político que supo generar un discurso alrededor de la cuestión atlantista ese fue Felipe González. El socialista hizo célebre el OTAN, de entrada no y casi más célebre todavía el vuelco que experimentó su posición una vez alcanzó el gobierno de España. González estableció la diferencia entre el "no entrar en la OTAN" y el "salirse de la OTAN". Eso bastó para que el PSOE hiciera una campaña previa al referéndum a favor del sí pese a su posición crítica anterior. "Felipe González abandonó la bandera anti-OTAN cuando ganó las elecciones", titula una crónica del 13 de marzo de 1986 —el día después del referéndum— del diario ABC.
Y Verstrynge —que hizo campaña por la abstención, aunque reconoce que más bien pidió el voto para el "no"— y Ríos coinciden en que el PSOE no desplegó una estrategia limpia. Ríos destaca sobre todo la influencia de los socialistas en los medios de comunicación y, sin ambages, explica a este medio que "dirigentes guerristas del PSOE" le reconocieron que "habían estado muy cerca del control de los medios de comunicación". En otras palabras, siempre según Ríos, ese dirigente confesó presiones y "juego sucio en el uso de los medios".
El activista defendía, por aquel entonces y ahora, "alternativas en materia de defensa" que se aparten de los "intereses del complejo militar armamentístico". Es una discusión que está en el ambiente también en 2026 y que tiene un paralelismo vertiginoso con algo que ya escribió el propio Ríos hace 40 años para criticar el modelo OTAN. Lo hizo en la revista En Pie de Paz: "Mientras el ejército norteamericano pueda disponer de bases militares en el territorio español —tengan estas el pabellón de la OTAN o sean sólo de uso conjunto y amical hispanoamericano— no podremos evitar la posibilidad de que éstas sean usadas en la estrategia norteamericana de intervención en el área mediterránea, y en particular en el Próximo y Medio Oriente".
Pero si Ríos recuerda con alegría las manifestaciones, se apodera de él la tristeza cuando piensa en el resultado del referéndum. Para él, el PSOE llevó a cabo una campaña en la que lanzó mensajes "engañosos" —muchos, de última hora— que lograron "dar la vuelta al cerebro y al corazón de los trabajadores".
Y mucha parte de culpa la tuvo la pregunta que se planteó a la ciudadanía. También lo explica así la profesora Quaggio. Ríos califica el proceso en el que se compuso la papeleta como "alquímico". Empezaba así: "El Gobierno considera conveniente para los intereses nacionales que España permanezca en la Alianza Atlántica y acuerda que dicha permanencia se establezca en los siguientes términos: la "participación de España en la Alianza Atlántica no incluirá su incorporación a la estructura militar integrada"; prohibición de "instalar, almacenar o introducir armas nucleares en España" y la "reducción progresiva de la presencia militar de EEUU en las bases de España".
Y terminaba de la siguiente manera: "¿Considera conveniente para España permanecer en la Alianza Atlántica, en los términos acordados por el Gobierno?". Ríos y Quaggio remarcan el hecho de que se utilizara la fórmula "Alianza Atlántica" en lugar de OTAN, por no hablar de que en la propia papeleta se especificaba que el Gobierno "considera conveniente" que los ciudadanos se decanten por una de las respuestas.
La OTAN, la bomba nuclear y la soberanía
La investigadora puntualiza que España se encontraba en plenos trabajos para fabricar su propia bomba atómica, como Francia, en los últimos años del franquismo. Fue Luis Carrero Blanco, que representó varios papeles durante el franquismo y llegó a ser presidente del Gobierno, quien lideró políticamente el proyecto. Sin embargo, Quaggio subraya que España no contaba con la tecnología necesaria para ello. Verstrynge añade que "a EEUU no le hacía mucha gracia que España tuviera una bomba" y afirma que "renunciando a ella Franco respetó la continuidad de EEUU" como batuta de en la sombra de la política exterior española.
Para Verstrynge, España perdió su soberanía en materia de defensa en tres peldaños. El primero habría sido ese episodio que relata de la renuncia a la fabricación de una bomba nuclear, que, por otra parte, no contaba con el favor de las calles. El segundo, la entrada en la OTAN. Y el tercero, la firma del tratado de no proliferación de armas nucleares, que aceptó este país en 1987, un compromiso de no fabricarlas ni adquirirlas.
El expolítico explica una anécdota para reflejar su reacción cuando se enteró de la firma del tratado. "Aquel día salí del despacho", explica, "me metí en el coche, fui a La Moncloa y le dije a Alfonso Guerra: '¿Qué coño estamos haciendo?'". Guerra le quitó importancia y aseguró, de acuerdo con lo que explica Verstrynge, que, en realidad, "España haría lo que le diera la gana". Al que fuera secretario general de AP le preocupaba que España entregara su soberanía. Andando el tiempo —y más allá de las bombas nucleares, rechazadas sin contemplaciones en la sociedad española— lo cierto es que sigue vigente en la discusión política la influencia que EEUU tiene sobre España y su política exterior, aunque rebeldías como la de Pedro Sánchez tras los ataques norteamericanos e Israel a Irán enmienden de alguna manera esa posición.


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