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Mohamed Chukri De mirlo negro a mirlo blanco

Cabaret Voltaire acaba de publicar 'La seducción del blanco', un ensayo de Mohamed Chukri, máximo representante de las letras marroquíes, en el que el autor reflexiona sobre la literatura, el oficio de escritor y la vida

Mohamed Chukri
Mohamed Chukri./ Cabaret Voltaire

"Mi amor por las palabras me animó a seguir con la escritura. Comencé a desenterrar a los muertos de las tumbas para que juzgaran a los vivos malvados. Un dios pagano muere y un dios pagano nace. Desde el primer texto que me publicó el periódico Al-Alam, con una foto mía, en una pose elegante, imitando a Ahmad Shawqui, me definí como un escritor marroquí. Así me bauticé a mí mismo: un escritor marroquí prometedor. En mi imaginación iba a ser famoso, inmerso en la realidad, y uno de los malditos de la literatura árabe contemporánea, como me calificaron algunos de los críticos a sueldo, apoyados por unos alfaquíes heréticos. Desde mi punto de vista, ese fue el principio de la irreflexiva aventura de escribir: un capricho, un loco desafío, la ambición de una fama local, sin pensar en adoptar grandes posturas encaminadas a derrocar alguno de los sistemas corruptos del mundo".

Este es uno de los fragmentos de La seducción del mirlo blanco (Cabaret Voltaire, 2020), el último libro de Mohamed Chukri (1935-2003), un ensayo en el que el marroquí desgrana algunas de sus obras literarias de cabecera y reflexiona sobre el oficio de escribir. Explica Muhydin Lazikami en el prólogo (escrito en 1997) que los amigos de Chukri, en su infancia, le pusieron el nombre de Mirlo Negro. "Ese apodo no le agradaba, ya que reflejaba realmente su vida entre las cenizas de las chimeneas, el humo de los coches y el polvo de las azoteas donde dormía, abandonado y perseguido por el color negro que cubría su rostro con esas capas densas de tizne y polvo".

Nacido en Beni Chiker, un pueblo del Rif azotado por la hambruna e hijo de un padre violento, Chukri fue muchas cosas, pero, sobre todo, fue un escritor hecho a sí mismo. A los once años aún era analfabeto. Cuando su padre mató a su hermano de una paliza, decidió irse de casa y vagabundear por las calles de Tánger, en las cuales creció y aprendió, literalmente, todo. De esta Tánger, zona internacional entre 1923 y 1956 y sinónimo de transgresión, bohemia, alcohol, putas y Nembutal, Chukri diría que "es una ciudad histérica".

Fue a los 20 cuando se mudó a Larache para aprender a leer y escribir. Gato hambriento, como los que describía en su obra maestra, El Pan denudo, Chukri se devoró a sí mismo. Su obra, desmembrada y atroz, muestra su desamparo, su hambre y la astucia de unos de los mejores escritores que ha dado el Marruecos contemporáneo.

Al final de su vida, solía recibir a los periodistas en una sala de Ritz de Tánger, copa de vino en mano para nunca perder las viejas y buenas costumbres. Murió en Rabat a los 68 años, tras una larga enfermedad.

De mirlo negro a mirlo blanco

Chukri tuvo una infancia de gato callejero. Criado en el hollín de la calle, entre prostitutas, contrabandistas, ladrones y ratas, se alimentaba de las migajas de pan que dejaban los transeúntes. La fortuna hizo que se convirtiese en escritor. Antes de juntar letras, sin embargo, fue limpiabotas, vendedor de periódicos y verduras, estafador, ladrón y guía turístico. Intentó dedicarse al contrabando, fregó en algunos restaurantes e incluso se prostituyó. En una entrevista concedida al escritor y fotógrafo catalán Jordi Esteva, aseguró haberle vendido tabaco a Antonio Machín, cuando actuaba en el teatro Cervantes, y haberle pedido un autógrafo a Sara Montiel.

Tras su paso por Larache, volvió al Tánger internacional y se codeó con la bohemia que entonces lo habitaba. Para Genet (1910-1986), Tánger era "la reencarnación de la traición", para Burroughs (1914-1997), una "colonia penitenciaria". También pasaron por allí Tennessee Williams (1911-1983), siempre acompañado por el huraño Baxter, el matrimonio Bowles, Truman Capote (1924-1984), Gysin (1916-1986) o Brian Jones, de los Rolling Stones. En el equipo local jugaban Mohamed Zerrad, siempre a la sombra de Genet, Cherifa, de quien se dice que volvió loca a Jane Bowles (1917-1973), Zafzaf (1943—2001), Yacoubi, fiel acompañante de Paul Bowles, el Katrani, Layachi (1937-1986) o Mrabet, (1936-) quien precisamente acaba de publicar un libro también con Cabaret Voltaire, Amor por un puñado de pelos, escrito originalmente en 1967 y fruto de la colaboración del marroquí con Paul Bowles.

"Puedes ser quien quieras en Tánger. Puedes reinventarte, reescribir tu historia, reformarla o deformarla, complacer tu subconsciente, cultivar tu némesis o, simplemente, empezar de cero", escribía Shoemaker en Tangier. También Capote quedó seducido: "Si estás escapando de la policía, o simplemente estás escapando, tienes que venir, de todas todas, a Tánger (...) Antes de venir, sin embargo, debes hacer tres cosas: vacunarte contra la fiebre tifoidea, sacar todo el dinero que tengas en el banco y despedirte de tus amigos —¿quién sabe si los volverás a ver jamás?". Incluso Burroughs: "Tánger es uno de los pocos lugares que aún quedan en el mundo donde en la medida que no cometes un atraco, empleas la violencia ni asumes abiertamente una conducta antisocial puedes hacer exactamente lo que quieres. Es el santuario de la No Interferencia".

De todos estos personajes, Chukri fue el gran anfitrión. Y es que no se puede entender Tánger sin mencionar a este enfant terrible de las letras marroquíes.
Siempre dijo Chukri que, gracias a la escritura él se había salvado de la locura y de la marginación. Antes de morir, escribiría en El País: "Más tarde me di cuenta de que la escritura podría ser también una forma de denunciar y de protestar contra aquellos que me habían robado la infancia, la adolescencia y parte de mi juventud".

Su obra maestra, El pan a secas, estuvo prohibida en Marruecos hasta el año 2000 y en 1989 fue condenado por el régimen de Jomeini. Comparado a menudo con Charles Bukowski, este marroquí "menudo, de ojos inquietos y penetrantes", en palabras de Mercedes del Amo, se convirtió, no sin quererlo, en uno de los escritores más fascinantes del siglo XX.

El Chukri menos Chukri

En este último libro no hay lugar para los personajes fabricados en estiércol de sus anteriores novelas y cuentos. No hay dolor ni ensoñaciones provocados por el consumo de kif. No hay putas, ni hambre ni vómito; no hay miradas furtivas en los callejones del Zoco Chico. No se asoman los locos de El loco de las rosas, un compendio de relatos escritos entre 1966 y 1978, ni la crudeza de Tiempo de errores o Rostros, amores y maldiciones (autobiográficos), todos ellos editados en España por Cabaret Voltaire.

En La seducción del mirlo blanco, Chukri huye de la prosa que lleva su nombre, la de los diálogos desnudos o la escasez en subordinadas, tan característica de sus otras novelas y cuentos. En la primera parte del ensayo, el marroquí analiza obras de la literatura universal como Hamlet (Shakespeare), Don Quijote (Cervantes), Crimen y castigo (Dostoievski), El extranjero (Camus) o El ladrón y los perros (Mahfuz) o Los caminos de la libertad (Sartre); sin embargo, quizás la parte central de los apuntes sea la más interesante: Mi concepto de la experiencia literaria.

En un centenar de páginas, el marroquí desgrana toda una serie de dudas que revolotean alrededor de la literatura y el mundo literario. Empieza con una pregunta que queda sin resolver: "¿Sigue siendo importante que el escritor, o el artista, haya vivido sus experiencias en todas su seducción y extrañeza, y nos la presente con la misma dinámica con la que las vivió?" Y prosigue: "Las experiencias literarias que no llegan a la gente a descubrir su ser, en situaciones de comunión perfecta con estas, no son literatura, aunque formen parte de ella. Es lícito que los parásitos crezcan en el campo de la literatura, pero igualmente lo es que los arranquemos. No siempre es fácil impedir la intrusión de las falsas identidades en la literatura, pero debemos intentar revelarlas y condenarlas".

Escribe Chukri, en estas páginas, sobre el arte inspirado y el arte creado (considera que el primero es un mito) y sobre la obligación que tiene el artista de ir más allá. "No hay coincidencia entre el hecho y su percepción. Debemos obligatoriamente trascender. La creación ha de nacer de la destrucción: lo vivo de lo muerto (...) El objetivo del arte es motivar la creación de una experiencia humana que supere el nivel de su mera consignación". Y es por ello que destierra de manera definitiva una literatura falsificada por las emociones y la falsa genialidad, así como la expresión prolífica y las obras voluminosas ("la obra voluminosa, ya sea material o intelectual, nos infunde sensación de una extinción rápida").

Apuesta Chukri por la técnica antes que por el argumento y propone una serie de reflexiones entorno al escritor novel: "Es difícil convencer a la mayoría de los escritores principiantes, obsesionados como están con sus experiencias personales, que la técnica es la que impone las reglas de los tema literarios y artísticos, y los define".

Se descubre, también en este libro un Chukri profeta, desgraciadamente certero en estos tiempos que nos toca vivir: "Los desastres humanos no tienen fin. Nuestro deber es lucha contra la desesperanza y la indiferencia, para lograr un mundo mejor". Palabras que hoy caen como losas. En la tercera parte de la obra, El rechazo y la fealdad del mundo, Chukri escribe sobre la importancia y la necesidad de trascender hacia lo bello y condenar la fealdad del mundo. Se desvela, de esta manera un Chukri más optimista de lo que vemos en su obra autobiográfica. En estas páginas, desaparece su malditismo y el lector halla un escritor que, a pesar de todo, se decanta por la belleza del mundo, aún habiendo descrito su fealdad más absoluta en sus obras anteriores.