Javier Corcobado: "La democracia no existe, quien cree en ella es un necio"
El músico madrileño celebra sus cuarenta años de carrera con un disco doble, Solitud y Soledad, en el que certifica su fecundidad creativa y se hace acompañar de Alaska, Andrés Calamaro o Nacho Vegas.

Madrid--Actualizado a
Javier Corcobado (Fráncfort, 1963) celebra sus cuarenta años de carrera con un disco doble, Solitud y Soledad (Intromúsica). En el primero certifica su fecundidad creativa: nuevas canciones a la altura de los clásicos de un crooner desgarrado, insobornable, audaz, excesivo e insustituible. En el segundo se hace acompañar de Alaska, Andrés Calamaro o Nacho Vegas para enriquecer los temas emblemáticos de un artista con mayúsculas que, en su día, lideró las bandas Mar Otra Vez y Demonios Tus Ojos. El 30 de enero presenta su nuevo álbum en Inverfest.
"Apresúrate a devorar la vida", canta en el disco. ¿Qué tal ha ido la digestión?
Hay que devorarla, dada su brevedad. Cuanto más intensa, mejor. Si vives muchos placeres y dolores —y sobrevives—, es que realmente la has devorado. Cuando somos jóvenes nos sobra energía y yo he tenido la suerte de derrochar juventud. Te emborrachas, no duermes durante días, gozas el amor y te recuperas, aunque hay que hacerlo con cierta mesura. Por ello, es una invitación a los jóvenes: devora la vida, no te quedes dormido, ni te pases el día mirando una pantalla, ni te metas en esta cárcel en la que estamos todos. Despierta y haz lo que te dé placer, que ya llegará el día en que tu cuerpo no te lo permita.
Después del atracón, ¿no padece ardor de estómago?
La digestión ha sido buena porque aquí estoy: entero, con más salud que nunca, con ganas de cantar y en mi mejor momento. También he tenido que hacer sacrificios: dejé las drogas, llevo tres años sin beber y hace seis meses que no fumo, que ha sido lo más difícil de mi vida. Para mí era impensable, pero ya lo he hecho y toca otra cosa.
¿Y no sufre cuando advierte el humo? Porque usted siente placer cuando ve a alguien fumar con estilo.
Es una parafilia: la capnolagnia. No sufro, me encanta ver a otro fumar. A veces digo: "Échamelo, que me encanta oler a humo".
¿Las obsesiones lo mantienen o le hacen estar vivo?
Ya no soy un obseso de nada. Tengo una misión de vida: vivo para mi trabajo y trabajo para mi vida. Mi misión es escribir y componer música, expandirla y predicarla. Es un sueño cumplido. A veces ha sido más fácil; otras, tremendamente difícil. La única manera en la que puedo intervenir en la sociedad es que mi obra le haga algún bien a alguien. Si he sobrevivido a muchas guerras es por ese objetivo y por estos pequeños momentos, como una conversación. Por lo tanto, ni obsesivo, ni maniático, ni enfermizo: cada vez soy más tolerante, incluso conmigo mismo.
Aludía a las obsesiones porque abordó proyectos faraónicos, como La canción de amor de un día, una pieza musical de veinticuatro horas de duración, o su autobiografía novelada La música prohibida (Liburuak), de más de 800 páginas. Poco le quedará por contar…
Poco [risas]. Ahí está volcada buena parte de mi vida, aunque la novela original era más larga. Durante casi tres años, lo que duró la pandemia, escribí 1.200 páginas. Sin embargo, el editor eliminó algunas anécdotas porque si no habría que publicarla en dos tomos. Esos recortes dan para otra novela, pero ya de ficción pura.
Dice que la solitud es el diálogo con uno mismo y la soledad evoca la tristeza y la belleza. ¿Solitud y Soledad también son luz y oscuridad? ¿O, si lo prefiere, canción romántica y experimentación y ruido —más asociados a sus primeras épocas—?
Sí, Solitud es más la luz y el amor verdadero, mientras que Soledad es la oscuridad, el abandono, el desamor y la soledad no elegida. La canción Solitud y Soledad habla de dos adolescentes lesbianas que están enamoradas y proyectan casarse. El álbum desprende mucha energía femenina, más que masculina.
Algo muy suyo.
Me gusta mostrar mi energía femenina, algo que a otros hombres les cuesta más. Vivo en el bosque —en Errigoiti, cerca de Gernika y Bilbao— y mis amigos cercanos son mujeres. Allí no tengo ni un solo amigo hombre. Me siento mucho más cercano a la energía femenina.
Pese a que usted desprende virilidad.
Eso me dicen, pero una cosa no quita la otra [risas].
Como un árbol, ha echado raíces en un pueblo de Bizkaia. ¿Qué es el hogar? Entiendo que no tiene por qué ser solo físico.
Exacto. Tiene que ser portátil, porque el hogar es el amor, no cuatro paredes. Si viajas mucho, debes llevarlo contigo en el corazón. De lo contrario, al levantarte cada día en una habitación de hotel distinta, sentirás la soledad cruda y no elegida. En mi corazón —o sea, en mi hogar— están mis seres queridos, vivos y muertos. Cuando duermo en un hotel, tengo un ritual: pongo varios objetos personales en la mesilla, como si fuese mi casa, para sentirme familiar. Sin embargo, el hogar también puede ser individual y, de hecho, conozco a personas que son su propio hogar. Viven solas y son felices. Lo admiro, aunque yo no soy capaz, porque necesito estar acompañado.
En el segundo disco, reinterpreta sus clásicos junto a Alaska, Andrés Calamaro, Jorge Martí de La Habitación Roja, Marc Gili de Dorian, Nacho Vegas y Aintzane con G de Gloria. ¿Qué le han aportado a las canciones? ¿En qué medida han sufrido una transformación?
Las canciones mantienen su significado, porque si cambiase su mensaje se destrozaría la idea original. Lo que han hecho es enriquecerlas interpretativamente. Le han dado un color y otros timbres de voz que le vienen muy bien. La colaboración con Alaska era necesaria, porque estaba pendiente desde hacía treinta años, al igual que la de Andrés Calamaro. En el caso de Aintzane, qué decir [la fotógrafa Aintzane Aranguena, autora del diseño del disco, es su pareja]. Los grupos del sello que me propuso Intromúsica me sorprendieron: Marc Gili resolvió muy bien Cruz de respiración y Jorge Martí bordó una canción de crooner. Yo no era muy afecto a las colaboraciones, pero han salido redondas. Además, en su día compartí casa con Alaska, fui amigo de Calamaro y grabé el disco Diminuto cielo con Nacho Vegas en la época de Manta Ray.
¿Cree que Nacho Vegas ha bebido de usted, entre otros músicos?
Supongo, algo habrá. A bastantes cantantes se les han pegado cosas mías y algunos han reconocido que han mamado de mí. Hasta Enrique Bunbury, que lo ha reconocido con orgullo. Cuando fue a comprar un disco, en vez de pedir el de Mar Otra Vez —mi grupo de los ochenta—, se confundió y pidió el de El Mar No Cesa, que terminó titulando el primer elepé de Héroes del Silencio [risas]. A Bunbury también lo invité a participar en el álbum, pero no pudo porque estaba liado. Curiosamente, es el único al que no conozco en persona.
El álbum de duetos viene acompañado de otro con canciones originales. Cuarenta años de carrera y en una forma envidiable.
Eso se logra por la devoción al concepto de canción y por intentar mejorar siempre y no caer en la repetición. Intento sorprenderme a mí mismo, no aburrirme y crear algo que me gustaría oír hecho por otros.
¿Nunca se ha secado el pozo de la creatividad?
Solo cuando la música me ha dado la espalda o he estado enfermo. Sí, he tenido alguna época de desconexión, pero es raro.
La inspiración siempre ha vuelto.
Es un don, doloroso a veces. Seguiré haciendo música hasta que yo crea que lo que hago es malo o no me sorprende.
Usted concibe la música como libertad. El único o último refugio, además de la escritura, frente al mundo. En cambio, en uno de sus clásicos, canta: "La libertad es la cárcel más grande de todas las cárceles".
El concepto de libertad que nos venden es absolutamente falso. Yo me considero un anarquista poético de "salud y libertad", pero cuando escucho pronunciarla a los fascistas no sé qué concepto tienen de ella. No creo en nada que tenga que ver con la política y prefiero obviarla. Insisto: la libertad que proclaman por ahí es mentira, porque desde que nacemos ya estamos encarcelados en un sistema en el que si cometes un delito te meten en la cárcel y dejas de ser libre. Sin embargo, la libertad es algo más grande. Esa canción está escrita por despecho y desesperación, cuando has perdido toda la esperanza y quieres morir. Entonces estás tan triste y melancólico que no hay libertad que valga, porque es una cárcel. Ahora bien, pasa el tiempo, tu experiencia aumenta, te vas conociendo a ti mismo, te miras adentro y sabes quién eres —no lo que piensan o lo que ven de ti, sino lo que eres—, y te dices: "Soy un ser libre porque soy un librepensador. Estoy despierto". Si no envidias, ni ambicionas, ni odias puedes pensar y escribir libremente. Eres libre hasta en la celda donde esperas a ser ejecutado en la silla eléctrica. En cambio, luego sales a la calle y, si tienes el coche mal aparcado, te multan. ¿Has dejado de ser libre? No, porque la dimensión de la libertad no tiene que ver con el tiempo ni con el espacio, sino con el amor verdadero. Si eres capaz de amar, eres más libre.
¿Por qué los pueblos buscan o abrazan a un líder o a un mesías, en la vida o en la política, sobre todo en contextos de crisis?
La democracia no existe. Quien cree en ella es un necio. Al final, los que mandan siempre han sido los mismos: personas que no tienen escrúpulos para matar y robar. Extrapólalo a la pandilla de un barrio: el que es capaz de pegar o de asesinar a alguien se convierte en el líder. Si la gente cree que votando va a acertar con ese mesías, está aceptando ser engañada muy fácilmente, o sea, abraza la mentira.
Más que religiosidad, en su obra hay espiritualidad.
De determinadas religiones se pueden extraer factores que son buenos, aunque no me gusta el adocenamiento al que te someten, porque es una manera de manipular a las masas como otra cualquiera. Los dioses son inventos humanos que sirven para castigar más que para otra cosa. El dios católico es un ser castigador y muy malvado. Hay religiones orientales que son más suaves, pero al fin y al cabo son refugios para evitar la soledad, porque el ser humano teme el individualismo. Por eso la anarquía es utópica, el sistema perfecto de gobierno, donde no hay un jefe a quien odiar. Si te gobiernas a ti mismo y se lo transmites a tus hijos, no solo vives mejor, sino que también aumenta el respeto entre las personas. No obstante, los intentos de construir ciudades con un líder al frente se han convertido en meras sectas. El ser humano ha demostrado que en grupo finalmente florecen todos los pecados capitales, por lo que algunas experiencias utópicas no han funcionado. Siempre ha habido guerras y crisis. Siempre es lo mismo.
Me comentaba antes que no era laico.
Yo soy espiritual en el sentido de que valoro mucho el alma. Las personas desalmadas son las que me causan más curiosidad, porque llegan a ser los líderes mundiales. Es fundamental tener un dios, aunque te inventes el tuyo propio, como si fuera un traje a medida. Es tuyo, no de una religión. Incluso puede ser tu dios secreto.
"El ser humano es el cáncer de la humanidad", decía hace años. ¿Sigue decepcionado con ella? ¿Hay posibilidad de cambio?
Intento amar al ser humano globalmente como un ente. Cada persona, por separado, es un mundo maravilloso a descubrir, pero en grupo la comunicación se complica. Sigo pensando que hay una superpoblación desmedida, que estamos jodiendo la Tierra y que repetimos los mismos errores de siempre. Por mucho que intente amar al ser humano, porque somos todos uno, me cuesta, aunque lo sigo intentando.
"La abstinencia obstinada también es una adicción". ¿Es más dura la abstinencia del amor o la de las sustancias?
El amor no es una adicción. La pasión carnal es una adicción tremenda, que tiene mucho que ver con el sexo o con la posesión de una persona. El amor verdadero, cuando entras en él, no se acaba nunca, porque lo has descubierto.
¿Nunca pensó en traicionar su esencia para llegar a más público?
Yo rechacé una propuesta extramusical que me habría hecho más famoso porque no me gustó... El éxito está muy basado en la inversión. Todo esto es una industria y, cuando te das cuenta de ello, si eres sensible te llevas una decepción. A este disco le he dado más claridad para que llegue a más público. Me han dicho que soy raro, pero no me considero así. Yo hago lo que sé hacer y procuro hacerlo bien, aunque me encantaría que me escuchase más gente.
A saber qué proyectos tendrá ahora mismo en mente…
Ahora estamos a tope con Solitud y Soledad. La gira comienza el 30 de enero de 2026 en el Teatro Eslava de Madrid y tengo la obligación de volver a Barcelona, Valencia, Bilbao, Granada, Sevilla… Y a México, por supuesto. Hay otros sitios pendientes donde me espera mi público: Colombia, Chile y Perú, además de Argentina y Uruguay [donde hace dos años Javier Corcobado actuó por primera vez]. Por otra parte, el 26 de enero la editorial Liburuak publicará al fin el libro Canción de amor de un día, que incluye un pendrive con la pieza musical de 24 horas. Y pronto saldrá a la venta el poemario Muerte a la poesía. Tras un tiempo de espera, ahora comienza el año de presentación de proyectos. Y, cuando acabe todo esto, quiero meterme en una nueva novela de ficción. Pero bueno, ahora tengo ganas de cantar, de tocar y de entregarme al público. ¡Apláudanme, por favor! [risas]






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