El gran error de mi vida
María Laura: "Mi gran error fue subestimar mi tiempo libre, mi tiempo sola y mi creatividad"
Hablamos en 'Público' con María Laura, cantautora limeña y residente en el barrio valenciano de Paiporta. Nos cuenta su experiencia en el mundo de la música y sus vivencias tras la catástrofe de la DANA.

Son músicos ambulantes y su música es también tan ambulante que ni ellos saben definirla. Hace siete años, un periódico peruano le preguntó a María Laura Bustamante (Lima, 1986) en qué género musical incardinaría sus canciones, y a regañadientes respondió pop folk. El Institut Valencià de Cultura añade indie. Desde la universidad, María Laura forma pareja sentimental y musical con Alejandro Rivas Alván (también limeño, del mismo año). Sus dos primeros discos los grabaron en Buenos Aires, y llegaron a estar entre los diez álbumes más vendidos en la tierra de Túpac Amaru. Pero la pandemia frustró su progresión y decidieron instalarse en México. En 2023, tras una gira por casi una veintena de ciudades europeas, decidieron instalarse en España. En 2025, su disco Dos hemisferios fue nominado a los Grammy Latinos. Pero antes...
En 2024, poquito antes de la DANA, os mudasteis a Paiporta y lo perdisteis casi todo en la riada, o todo. ¿Cómo influye algo así en el proceso creativo y en lo personal?
Estamos en proceso de hacer un disco nuevo que publicaremos el próximo año. Por lo menos, el 50% de las canciones que hemos compuesto para ese disco son, no inspiradas en lo que pasó con la DANA, pero no sé, como afectadas. Son canciones afectadas por la DANA de alguna u otra manera. La que se publicó hasta ahora, El río no tiene la culpa, nació de una carta. Tuvimos un par de sesiones de terapia con una psicóloga voluntaria, y ella nos sugirió hacer dos cartas a la DANA como parte del proceso terapéutico. La primera carta, una carta de rabia, y la segunda, de agradecimiento. Porque, de verdad, eran las dos cosas que estaban más presentes en ese momento posterior. Había muchísimo agradecimiento por toda la gente que se había volcado en ayudar, pero también muchísima rabia. El río no tiene la culpa salió de la carta de rabia.
Es que supongo que esa rabia es mucha. Incluso se comprendería el odio. Hubo muchos muertos. Teníais a la niña...
Pero luego han salido más canciones, no publicadas todavía, que tienen que ver con otras cosas: con el agradecimiento de estar vivos, con la fragilidad y la locura de apreciar la vida... La última tiene más que ver con las ganas que tenemos de ver el mundo de manera positiva, de querer soñar con futuros mejores y no con horizontes apocalípticos. Ya no solo intentamos pasar página, sino darnos la posibilidad de soñar cosas bellas.
Habéis vuelto a vivir en Paiporta. ¿Compusisteis el disco ahí?
Parte. Después de la DANA estuvimos como siete meses en el barrio de la Malvarrosa (València), donde conseguimos otro piso. Cambiamos a nuestra hija de cole porque en esos meses acá no se podía estar. Es un piso de planta baja. En el momento hubo que reaccionar: a ver qué hacemos, hospedarnos en casa de amigos, sacar lo que podamos recuperar, cambiar a la peque de cole para que pueda volver a una rutina… Buscamos un cole que no estuviese en esta zona, porque acá todo era caos. La primera canción salió en un piso que nos prestaron durante noviembre. Ahora estamos grabando acá en Paiporta el disco.
¿Hay un estudio en Paiporta?
Hemos hecho del salón una especie de estudio de grabación.
El río no tiene la culpa tiene unos versos que dicen: "Que ya no vuelva a ocupar un cargo quien esa tarde olvidó la alerta / y a la muerte le abrió la puerta". Después de cantar y escribir eso, no creo que os contraten muchos ayuntamientos, diputaciones y organismos controlados por el PP, que son casi todos.
[Se ríe] No lo sé. Después de publicar la canción nos sigue saliendo bastante trabajo. Las canciones no las escribimos pensando en quién va a contratar o no.
¿Habéis perdonado?
Yo estoy en paz, estoy feliz, estoy contenta. Tengo mucha suerte de estar donde estoy, de tener la música y de tener a mi familia. Pero, la verdad, me da mucha pena, me da mucha tristeza que vivamos una era en que las personas no saben pedir perdón, no saben reconocer los errores. Todo tiene que ser cálculo político: "Si digo esto, van a pensar tal y voy a recibir tantos votos". Qué sé yo. No entiendo por qué personas adultas no pueden decir: "Lo siento, me equivoqué". Como madre, yo le digo a mi hija: "Me equivoqué, lo siento, perdóname". ¿Por qué las personas en cargos de poder no saben decir perdón?
El río no tiene la culpa tiene un aire de zamba. Y suena como muy clásico. Alejandro dijo un día: "La música que más nos gusta es la de 1977 para atrás". Aquí en España lo tópico es pensar en Chabuca Granda [1920-1983], que es mucho más que la compositora de La flor de la canela. Chabuca ya hacía fusión afroperuana en los sesenta y en los setenta. Y está la criolla Lucha Reyes, y tantos otros y otras. ¿Qué tenía aquella música para que la prefiráis a lo que se hace ahora y lo digáis de una manera tan rotunda y contundente?
Yo creo que aquella música tenía paciencia, tenía contemplación. Nosotros escuchamos cosas de ahora también, y música norteamericana, de acá de Europa, de todos los lugares, pero siempre volvemos a los clásicos. Nos dan algo que nos encanta. Las más viejitas nos atraen porque hay una cosa en la construcción de la canción clásica, en la armonía, en la melodía, que va avanzando, que tiene un tiempo de desarrollo. Yo comparo estructuralmente las canciones de antes con las de ahora. Las canciones tienen, como en el cine, giros, momentos de giro que hacen que el espectador o el oyente voltee la cabeza y viva sorpresas. Las canciones viejitas tenían, no sé, quizás dos sorpresas en toda la canción, una parte A y una parte B. Y en la B era como: "¿Qué está pasando? ¿Se abrió la ventana?". Ahora las canciones tienen giros y sorpresas cada dos segundos o cada cuatro. Todo el rato están cambiando, rapidísimo, porque ese es el ritmo de atención que tenemos ahora. O que se cree que tenemos ahora. Yo ahí es donde veo la gran diferencia.
No sé si compusiste tú sola Querido hombre de Perú, que denuncia el papel de la mujer relegada a ser madre y empleada doméstica sin sueldo. Y la cantas a capela, sin Alejandro. ¿No se la habrás dedicado a tu marido? ¿No será una indirecta muy directa?
En parte, en parte [vuelve a reír]. De hecho, él me decía, cuando la escuchó la primera vez: "Ese no soy yo, porque yo nunca tuve un sueldo fijo", y así fue como que se lavó las manos. Yo creo que sí. La compuse por mi experiencia propia y por la que hemos tenido Alejandro y yo como padres y como pareja. Cuando tuvimos a nuestra hija Aurora, por primera vez nos vimos en roles tradicionales de papá y mamá, de hombre y mujer. Antes siempre habíamos ido muy a la par. Los dos componíamos, los dos tocábamos, los dos gestionábamos los proyectos… Cuando fuimos mamá y papá fue como: "Ok, yo tengo que darle la teta a esta niña durante mucho tiempo, y a ver". Y él dijo: "Bueno, yo tengo que ser el proveedor. Me armo el estudio de grabación y comienzo a producir para otros músicos". Los roles de siempre.
¿Te perdonó la canción?
Sí, creo. Ya no la cantamos mucho. No sé por qué, pero no. Cuando la compuse estábamos en este proceso de descubrir el feminismo y el machismo que llevábamos dentro los dos, y de reajustar. Yo valoro mucho en él que es un hombre capaz de ver y de reajustar cada cierto tiempo. Yo también lo hago. Esto no va de deconstruirte y convertirte en una persona nueva. Se trata de reajustar. Constantemente.
Vuestras canciones inciden a menudo en la desigualdad entre hombre y mujer. Es uno de los temas que habéis tratado varias veces, aunque sea solo en un verso o de otras maneras menos explícitas. ¿Notáis la diferencia, por ejemplo, entre Perú y España? Y vivisteis también en México, que tiene fama de país muy machista. Y en Estados Unidos.
Hay tantas situaciones distintas... En España veo a las mujeres más fuertes, hablan más fuerte. Bueno, todos hablan más fuerte. Pero en Perú tenemos la sumisión metida en el cuerpo. Yo creo que es una cosa que dejó la colonización y se ha metido en los cuerpos. Yo soy un poquito menos que tú, perdón por existir, pasa tú primero... Se confunde con la amabilidad, pero es sumisión.
Las mujeres lo sufren más, obviamente.
Claro. Ojalá cambie. En México, fui un par de veces a las marchas del 8-M y hay unas mujeres increíbles, una fuerza del movimiento feminista increíble. Y en Perú, también.
Durante muchos años el movimiento feminista fue ignorado o ridiculizado. Ahora, incluso, damos un paso atrás y el feminismo a muchos hombres los atemoriza, los aterroriza. Y eso los vuelve más violentos.
Supongo que es natural ir de un extremo al otro. Pensar que como hombres están siendo relegados, o verse como los antagonistas, los malos de la película, es no saber que el machismo los afecta también a ellos. Hombres que no pueden cantar porque cantar es muy femenino, hombres que no pueden llorar... ¡Cuántas cosas sufren los hombres por el machismo! Cuánto miedo sufren también por ser atacados o por no poder tener rasgos femeninos, cualidades femeninas. Yo creo que hemos hecho mal en antagonizar.
La mujer tampoco ha antagonizado tanto. La respuesta violenta y más irracional es del hombre, nada más.
No digo que hayamos hecho mal las mujeres, sino que lo hemos hecho mal en general. El mundo de ahora tiende a antagonizar: buenos y malos, estás conmigo o contra mí.
Pasa también con viejos y jóvenes: los jubilados viven mejor, por su culpa no hay dinero para los jóvenes. Eso está metiéndose en el discurso político y de algunos economistas.
Sí, es verdad.
Perú vive desde hace mucho tiempos convulsos. ¿Lo abandonasteis en parte por la situación política? ¿O también queríais iros con vuestra música a otro sitio o vivir otras experiencias?
Así es. Yo espero que no lo hayamos abandonado. Ojalá, suena muy fuerte. Hemos seguido yendo una vez al año y queremos ir cuantas veces podamos. La principal razón para irnos fue la carrera musical, cómo hacerla sostenible: dedicarle tiempo, amor, y que esto dé fruto y nos permita seguir viviendo, seguir dándole un espacio, una casa a nuestra hija, dándole educación, dándole tiempo. Pensamos cuál era el mejor lugar para vivir de esto. En Perú lo pudimos hacer durante muchos años pero, con la pandemia, Perú se cerró mucho. Fueron casi dos años de restricciones muy fuertes. Eso nos afectó tanto para el trabajo de músicos en vivo como para la educación de nuestra hija. Los colegios no abrieron en dos años. Y nuestra hija tenía, cuando comenzó la pandemia, casi tres años y estaba por ir al nido (que le decimos allá, el jardín de niños). Fue hermoso tenerla en casa durante un año, pero era difícil para nosotros trabajar con ella dando vueltas todo el tiempo por ahí. Vimos que en México sí había opción de mandarla a un cole, y esas tres o cuatro horas de cole para nosotros eran como: "¡Guau!, podemos sentarnos a componer canciones juntos otra vez durante un rato". Sí, la pandemia tuvo más que ver con irnos que otra cosa.
Y pasando a España, ¿teméis que la situación política os pueda invitar también a salir de aquí? Un partido supremacista amenaza con ser futuro socio de gobierno.
Me da miedo la extrema derecha en todo el mundo. Me da miedo el fascismo. No sé si en nuestro caso... Tenemos más facilidades que otros migrantes, por las nacionalidades. El otro día, en casa de unos amigos, veía un libro sobre la Sección Femenina. Era terrorífico cómo se educaba a las mujeres en época de Franco. Y es terrorífico percibir que todo eso quizá está volviendo, que el miedo se adueña de los discursos.
¿Llega más directo, más rotundo el mensaje de la ultraderecha que vuestras canciones de libertad?
No lo sé. Esos mensajes se difunden por Youtube, por redes sociales. Y no sé si serán también pensamientos transmitidos de generación en generación. Las canciones, donde más fuerza tienen, es en los conciertos en vivo. Nosotros cantamos para 30 personas un día, para 300 otro día. Y yo sí siento que hay un poder en ése estar presente y ver a las personas directamente, en vivo, tener como esas burbujitas de comunidad, esas dos horas de compartir sensibilidad. Es poderoso. No sé luego qué hará la gente con ese tiempo compartido, pero yo sí creo que tiene un poder.
Tal y como hablas, casi parece que te gustan más los conciertos pequeños que los grandes.
Sí, mucho. He ido a un par de conciertos en estadios y me cuestan mucho, por el volumen, por el caos. Voy mucho a conciertos pequeñitos y hacemos conciertos pequeñitos; tienen mucho poder.
¿Cuál fue el gran error de tu vida?
Mira, me has hecho reflexionar. Siento que estaba un poco en loop con esa pregunta. Relacionándolo con la música, mi gran error ha sido subestimar mi tiempo libre para la creatividad. Ya no lo hago. Pero recuerdo que, en la época de la universidad, antes de ser madre, prefería estar en la computadora mandando correos, o pensaba que era más importante buscar un trabajo, ordenar mis documentos, limpiar mi cuarto... Cualquier cosa parecía más importante que el quehacer creativo: sentarme al piano, a la guitarra, escribir, componer canciones. Siempre lo relegaba al último rincón y creo que fue un gran error subestimar mi tiempo libre, mi tiempo sola, mi creatividad.



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