Maximiliano Calvo, tras dejar la cocaína: "Nadie hace las cosas mejor borracho o drogado"
El músico argentino publica el disco 'Terapia de grupo' y habla sobre su relación con la droga y el alcohol, su rehabilitación, la salud mental y las diferencias entre Madrid y Buenos Aires.

Madrid--Actualizado a
El músico argentino Maximiliano Calvo (Rosario, 1993) acaba de publicar un disco doble, Terapia de grupo (Universal), en el que aborda su relación con la droga y el alcohol tras su ingreso en una clínica de rehabilitación, donde consiguió superar su adicción a la cocaína. Antes de presentarlo este miércoles en el Inverfest (Sala El Sol, 21.30 horas), charla sobre Madrid y Buenos Aires, Charly García y Fito Páez, autoestima y salud mental, bisexualidad y amores tóxicos, así como sobre la sensación de escribir sobrio sus nuevas canciones, que cuentan con la colaboración de Iván Ferreiro, Maria Rodés, Marcel Bagés o Leonardo Sbaraglia.
Usted nació en 1993, pero algunas fuentes le restan cuatro años.
En verdad nos roban tiempo. Quizás todos tendríamos que quitarnos el período de la pandemia: "Este año no lo viví, devuélvemelo". Siento que el paso del tiempo es extremo, lo que me afecta bastante. Cuando empecé a estar sobrio, me di cuenta de qué cosas me generaban un miedo que te cagas y me paralizaban: el paso del tiempo, la muerte y el olvido. Siempre he tenido la sensación de querer ser recordado.
¿Cree que con la música puede trascender?
Claro. Quiero pensar que recuerdo la voz de mi abuelo aunque, pese a que me duela, la he olvidado. En cambio, la de John Lennon la escucho todos los días. Inevitablemente, piensas que la música y el arte te pueden dar la trascendencia, esa intención del ser humano de dejar algo en la Tierra. Unos dejan destrucción, guerra y masacre, mientras que otros intentamos dejar cosas bonitas. Intentar hacer algo en contra de la muerte es en vano, pero en esta época es muy difícil que alguien se acuerde de ti. Yo tengo la esperanza de hacer canciones con ese fin y ese corazón: que no sigan una moda y persistan en el tiempo.
¿Sigue escribiendo en los bares?
Sí. No me peleo con los bares, el tema es cómo usarlos. Al principio tuve que hacer una renuncia momentánea, pero los bares de Madrid me han dado un ADN como escritor. Sigo buscando esa bohemia que se está perdiendo, lo que pasa es que ya no necesito ponerme hasta el culo. Antes había un componente de poeta maldito y de incomprendido. Sin embargo, la forma de encarar esa incomprensión es distinta: en vez de buscar un refugio sombrío, intento hacer algo bonito. Eso sí, los horarios de escritura en los bares han cambiado, pero la búsqueda es la misma.
Usted es rosarino, se fue a la capital con diecisiete años y llegó a España en 2018. ¿Qué tiene Madrid que no tenga Buenos Aires?
Todas las ciudades tienen su propia idiosincrasia, aunque el neoliberalismo provoca que se parezcan cada vez más. Madrid tiene muchas cosas de las que Buenos Aires carece, y viceversa. La diferencia suma y te completa, mientras que la endogamia cultural y social es terrible. Ambas urbes conviven en una sensación de poética que yo encuentro en sus habitantes y en sus calles. Como decía Joaquín Sabina, en ellas se cruzan los caminos.
Precisamente, ¿lo atrajeron las letras de Sabina y las películas de Almodóvar y, una vez aquí, Jorge Drexler le recomendó que se quedase a vivir en Madrid?
Jorge Drexler cantó en mi primer concierto y fue un regalo superbonito. Había veinte personas y para mí fue un gran recibimiento.
Aunque ya había iniciado allí su carrera en solitario, ¿fue un choque tocar con la banda Intrépidos Navegantes en Argentina y empezar desde cero en España?
Desde los diecisiete, tuve la suerte de criarme en festivales con Intrépidos Navegantes. Sin embargo, nunca me pareció duro encontrar nuevos caminos, sino divertido, incluso con la recuperación: es como pasar de pantalla en un videojuego. Pasé de escuchar a Los Gatos, The Beatles y Led Zeppelin a grabar con María Jiménez, Antonio Carmona o Soléa Morente, lo que me hizo crecer. Luego mi camino termina siendo otro y vuelvo a refugiarme en la psicodelia de los setenta. Se trata de experimentar, de compartir música con gente muy distinta y de tocar muchos palos. La música tiene que servir para unir, no para separar, porque el arte debe romper esas fronteras ficticias que hemos puesto en los mapas.
En Una temporada mala, con la que abre el disco, aborda su adicción a la cocaína: "Me cuesta aceptar el cactus que fui. / Cuando tú te acercabas / sólo yo te lastimaba".
Más que con la cocaína, la adicción tiene que ver con todo. Tengo una personalidad que entra en compulsión con las cosas, una enfermedad que cada vez está más a mano: compulsionamos mucho porque vivimos en una sociedad dopamínica. En mi caso me tocó por el cuento del rock, por el guion de ser un roquero y por la historia de la música y de los poetas que me gustaban. Compulsioné con la cocaína, que fue la droga que mejor suplió las falencias que yo tenía: baja autoestima, sentir que podía con todo, esa sensación ficticia de superhéroe... Todo esto me ha servido para darme cuenta de que no sirve de nada explotar el ego a un nivel tan sádico con el fin de tapar una baja autoestima, haciendo sufrir a los demás. En esto coincidimos muchos adictos: el resto se convierte en personaje secundario y lastimas a la gente. Ahora me estoy acercando a ser mejor persona, que es lo que me interesa.
¿Cómo consiguió salir de la droga, al margen de estar ingresado tres meses en una clínica de desintoxicación?
Haciendo un trabajo muy grande de introspección, enfrentándome a mí mismo y a mis miedos, intentando saber qué me estaba pasando... Todo el tiempo estuve escapando de eso y, de repente, sales al mundo que no te gustaba y sentías en tu contra. Aprendes a vivir y a gestionar las cosas sin recurrir al alcohol, a la droga o incluso a amores y apegos emocionales tóxicos, que también son otra adicción.
Encontró un terapeuta que le permitió seguir tocando, pese a los riesgos asociados a la noche y los conciertos, e hizo una gira por centros de desintoxicación. ¿La experiencia ha sido sanadora?
Súper. Fue el momento de mi vida donde más útil me he sentido. Seguiré dando conciertos en centros de desintoxicación —porque es importante devolver algo de lo recibido— y en lugares donde el mensaje pueda servir para algo, como sucedió durante el Monkey Week en el Puerto I, la cárcel ubicada en El Puerto de Santa María. Fui solo con la guitarra y los presos cantaban De mí también me puedo salvar. Conectaron a full porque hay algo emocional que nos une.
A lo Johnny Cash.
Claro, fue muy loco. Hay lugares donde yo me siento cómodo y la música tiene que ir: sitios relacionados con la exclusión social, donde hay peña que no se ha sentido comprendida y que siente que no hay otra salida más que la que conoce. Entonces puedes brindar una nueva visión y llevar la música a sitios donde no la había, porque yo estuve tres meses ingresado sin escuchar una sola canción. Necesitas una renuncia momentánea, aprender a relacionarte y volver a hacer lo que te gusta, pero mucho mejor, porque nadie hace las cosas mejor borracho o drogado. Simplemente da miedo enfrentarse al folio en blanco y a la frustración, por lo que debemos aprender a hacerlo.
¿Cómo han cambiado las letras de sus canciones, donde ahora la rehabilitación está tan presente?
Sigue siendo un diario íntimo, aunque hay autoficción, como en el libro que estoy a punto de terminar.
¿El de 400 páginas? ¿Los hombres gordos?
No, ese era bastante nocturno y perdí la mitad del texto. Actualmente estoy escribiendo otro, también de 400 páginas, que se titula Yonqui en rehabilitación. Respecto a las letras, a través de mi discografía puedes ir viendo lo que me iba pasando. Ahora hablo del miedo que me da volver a ser el mismo de antes o del dolor que le he hecho pasar a las personas que quiero, mientras que antes cantaba "encerrados en el baño mientras corto con la Visa" (Cobarde), aunque también había canciones con crítica social, como Vagos y maleantes. En este disco reflejo mi sorpresa por el boom de la música religiosa, mi miedo a un mundo poco tangible, la disonancia cognitiva entre el mundo real y el virtual, el tipo de vínculo que queremos generar, la vuelta de conceptos muy violentos a sociedades democráticas… Son cuestiones que me interpelan y me preocupan.
Antes citaba De mí también me puedo salvar. ¿Cómo convive con el enemigo?
Busqué ejercicios y herramientas para abrazarlo y que dejase de ser el enemigo: "Bueno, si voy a tener que convivir contigo…".
¿Es más enemigo uno o la droga?
Uno. La droga puede ser el mejor amigo porque no eres tu amigo. Entra en juego cuando sientes un rechazo hacia ti mismo que te cagas. La droga es un simple medio para acceder a una cosa que no puedes encontrar con la química de tu cerebro, porque tu cerebro juega en tu contra, porque te odias, porque no te quieres… Y este sistema social de carencias, incluidas las redes, fomenta todo eso. Frente a esa voz que te dice frases horrorosas ("eres un fracasado", "no puedes", "mira cómo le va a los demás", "se pasa el tiempo"…), yo intento fomentar lo contrario.
En España ahora se ha visibilizado la salud mental, pero Argentina nos lleva ventaja.
Bueno, aquí se ha progresado bastante en terapias de adicciones y en Argentina tal vez no tanto. Para mí fue muy difícil pedir ayuda y ahora me gusta ser parte de quienes visibilizan y normalizan la salud mental.
Terapia de grupo es un disco doble. ¿Tanto tenía que contar?
No sabes la cantidad de cosas que quedaron fuera... Compuse noventa canciones y al final seleccioné veinte. El disco tiene una narrativa preciosa y la verdad es que me emociona. Es lo más loco que he hecho con la química de mi cerebro, sin drogarme.
Durante la grabación, tocó casi todos los instrumentos. En general, ¿los músicos argentinos tienen más formación que los españoles?
No sé. A lo largo del tiempo, en Argentina se unió la música de conservatorio o erudita con la popular, algo que aquí no ha pasado tanto. En todo caso, en España hay una escuela musical increíble que me interesa, con una riqueza armónica, ciertas rarezas y una desestructuración que han introducido en la música popular: Iván Ferreiro y su Trinchera Pop, Rufus T. Firefly, Los Estanques, Derby Motoreta’s Burrito Kachimba…
Ha sido telonero de Andrés Calamaro y Fito Páez. ¿Quiénes figuran en su altar patrio?
Ante todo, Charly.
Precisamente, usted iba a interpretar a Charly García en la serie sobre Fito Páez, El amor después del amor, pero al final terminó llevándose el papel Andy Chango.
Ese papel era mío. Había firmado el contrato, tenía el guion e incluso me pagaron. Trabajé durante seis meses para meterme en la piel de uno de mis artistas favoritos. Sin embargo, en el último momento… cosas del mundo cinematográfico. Eso aumentó bastante mi consumo, aunque si hubiese interpretado a Charly García quizás habría sucedido lo mismo. También me parece increíble Luis Alberto Spinetta. Precisamente, publiqué Terapia de grupo el 23 de enero, coincidiendo con su cumpleaños y con el Día Nacional del Músico, que en Argentina se instauró en esa fecha por el Flaco. Saqué el disco más luminoso de mi carrera ese día. Me parece muy bonito cómo conviven esos dos mundos de la música popular argentina: por un lado, Charly, más mundano, directo y al frente; por otro, Spinetta, más etéreo. Ahí están mis dos partes.
¿Con quién emparenta su música?
Crecí escuchando a Charly, a Fito, a Luis, a Litto Nebbia, a Gustavo [Cerati]… Luego aparece Andrés [Calamaro], cuya conexión España–Argentina me abre a otros referentes. Iván Ferreiro es superlativo. Mi perro se llama Morente, por Enrique. Omega me parece una puta obra de arte. Bambino tiene algo muy importante para mí: su valentía increíble. Y mi ADN se completa con México: Café Tacvba, Zoé, León Larregui… Mi forma de producir está muy ligada a Adanowsky (Adan Jodorowsky): siempre intento pensar qué haría él, porque me parece un productor brutal.
Para ser artista, ¿hay que sentirse artista?
No. Hay que tener pensamiento crítico y estar en un estado constante de replantear la existencia, de hacer preguntas, de curiosidad, de aprendizaje... También hay que tener un músculo de observador muy grande y un punto de juego, esa sensibilidad de cuando somos niños hacia lo lúdico. También es importante la pérdida de tiempo y la contemplación, en tiempos de superproductividad.
En el disco El gallo (2023) se declaraba bisexual. ¿Ventajas e inconvenientes?
Es una ventaja, porque tienes al alcance el 100% de la población. Luego hay que elegir, pero al final son todas ganancias.
¿Cómo ve Argentina a lo lejos?
Veo un retroceso de los derechos y una pérdida cultural y social. Lo digo en Full HD: Javier Milei es el meme más peligroso que hemos visto. Tampoco soy necio: se ha llegado hasta aquí porque tampoco se han hecho bien las cosas. En Argentina y en el mundo hay una gran polarización y hay que replantear la convivencia, porque en general parece que los países están al borde de una guerra civil. El enfrentamiento no nos va a llevar a ningún lado y todos tenemos que hacer un esfuerzo por intentar entendernos. Sin embargo, el giro violento de los líderes políticos últimamente no ayuda.
Antes de la entrevista mencionaba a Gabriel Rufián como ejemplo de político.
Gabriel Rufián es un buen orador: transmite muy bien su mensaje y su visión crítica hace que nos sintamos cercanos a él. Los políticos deberían ayudar al pueblo y, sin embargo, buscan llamar la atención a golpe de titular, de manera que la política se ha vuelto viralizable. Eso es difícil de aceptar y me resulta ofensivo, porque su afán de impactar es simplista a la hora de pensar en derechos y en caminos para mejorar la vida de las personas. Hay una incongruencia entre el mundo real y el virtual, por lo que deberían someter a los líderes mundiales a un estudio psicológico y psiquiátrico para ver si tienen una distorsión cognitiva de la realidad.




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