el gran error de mi vida
Suilma Aali, cantante: "Mi gran error ha sido querer ser siempre demasiado perfecta"
La compositora y cantante hispano-saharaui conversa con 'Público' sobre mestizajes musicales y las políticas sobre el Sáhara.

Suilma Aali nació en Madrid en 1973 pero se considera rotundamente gallega y saharaui. Por su madre y por su padre, respectivamente. Fue una joven inquieta que vaciló con la Filosofía y el Periodismo (enseguida abandonó ambas carreras), que se formó en interpretación, danza clásica y contemporánea, dibujo, hizo coros a Rosana, Marta Sánchez, Javier Elorrieta, Pantoja y más gente, y finalmente arrancó a grabar sus propios discos en 2012 con Aali. Su eclecticismo la lleva a saltar de la canción de amor tradicional a temas reivindicativos (Palestina, Sáhara), con una voz buscadora en la que caben muchas culturas, muchas huellas, muchos arraigos y muchos desarraigos.
Supe de ti por Alfonso Gardi. Si llevas a Alfonso Gardi a una explosión nuclear, entre las ruinas seguro que encuentra una caja de música que aún funciona. Tú eres su caja de música encontrada en el Sáhara. Lo primero que escuché tuyo fue Al final. Y me dije a mí mismo: ¿qué hace Gardi invitándome a escuchar a una neofolclórica?
¿Sí?
Pero es que luego oyes más, veo el vídeo, y percibo una sutil crítica y un sutil homenaje al género, con mucho componente feminista. Explícame qué haces. Yo no entiendo lo que haces. Lo disfruto, pero no lo entiendo.
Bueno, pero te gustó.
Mucho.
Me alegro. Es que si no... ¿Qué hago? Pues mestizaje sonoro. Es la suma de todas las influencias musicales que he tenido. Yo he cantado, por ejemplo, muchísima música afroamericana, jazz y tal. Pero también tengo este componente de músicas de raíz, folclóricas y de la música española en general, de lo tradicional.
De hecho, trabajaste con Isabel Pantoja.
Sí, claro. Entre otros.
¿Qué hiciste con Isabel Pantoja?
Coros. Estaba en la banda haciendo coros.
Es impresionante, la tía, ¿no?
La tía es impresionante. Como cantante es impresionante. La verdad es que es buenísima. Pero bueno, es una cosa también un poco antigua, y ella, su persona... Yo realmente trabajé cinco años con ella y nunca tuve un trato directo. Había mucha distancia. Ella es muy diva y de la vieja escuela. He trabajado con otros artistas con los que he tenido un trato totalmente directo, pero bueno, no vamos a hablar de la Pantoja, por favor. No quiero hablar de eso.
Pero, en Al final, tú haces un poco ese juego. En ese vídeo, te veo como una pantojaza. En plan, por supuesto, más contemporánea. Y con una ironía increíble.
Me dices pantojaza y yo no me siento nada así. Aunque me encanta escuchar a Isabel Pantoja.
Digo que, en esa canción, haces un guiño algo irónico, pero quizá respetuoso, a ese tipo de música y de intérprete. Eres muy ambigua.
Sí. La canción es una especie de bolero, también son cubano por momentos. Yo utilizo muchas influencias, ya te dije. Pero todo, al final, está pasado por el filtro de mi voz, que tiene todos esos componentes. No suena a algo que no sea yo, creo. Si te paras a escuchar, se notan las influencias de diferentes músicas, hechas a mi manera. Tengo estos melismas que pueden recordar un poco a la música española o al flamenco, pero que son también arabescos. Y en Al final, desde luego, dices feminista y sí, por supuesto. Es el final de una relación, pero contado con alegría, con mucho sarcasmo en el vídeo. Si escuchas la canción sola, es distinta; en el vídeo hay mucho sarcasmo.
Te estás riendo un poco del género, en el buen sentido.
¿Te parece que me estoy riendo del género? Bueno, al final coges los elementos que ya están ahí y los utilizas para lanzar tu mensaje y tu interpretación. Son elementos estéticos y estilísticos que usas de forma totalmente diferente a como tradicionalmente se utilizaban. Me gusta que veas el sarcasmo. El vídeo lo ideé yo, de hecho. Porque esa es otra: quiero estar un poco en todo, en el planteamiento estético y conceptual de mis proyectos, de mis canciones y de mis locuras.
En otra canción el personaje se define como "la nada disfrazada de sirena", que suena casi machista. Y, además, en el vídeo apareces en plan tía buena, imitando un poco la sexualización ficticia de las grandes divas, para luego desmentirlo con la letra.
A ver, ese vídeo casualmente no fue idea mía. Me pareció bien, pero no fue idea mía. "La nada" no va tanto por el lado machista de decir "no soy nada", sino por un concepto más budista. Para los orientales sería: somos la nada y somos el todo. Va más por ahí.
También hay otro verso tuyo que me llamó mucho la atención, en la canción Despierta en vida, que dice: "Canto si hace frío". Me parece perfecto. Y eres saharaui. En el Sáhara, paradójicamente, siempre hace frío, en el sentido no climatológico del término. ¿Vas a cantar allí cuando hace frío?
Yo no he estado en los territorios ocupados. He estado solo con los refugiados. Mi padre nació en el Sáhara Occidental cuando era colonia española, un protectorado español, en la ciudad de Dajla, que se llamaba Villa Cisneros. Vino joven a estudiar a España y ya se quedó. Cuando fue la Marcha Verde [1975], lo pilló aquí. Él volvía constantemente para ver a sus padres y hermanos. Toda mi familia paterna son saharauis, y yo solo he ido a los campamentos. A mí me pilló todo el conflicto siendo muy pequeña, y siempre lo he vivido a través de los ojos de mi padre: con esa ruptura con una parte de ti, con tu familia, con todo lo que eso supone, todo lo traumático que puede ser… Supongo que siempre he sentido ese frío. Soy saharaui y soy gallega también.
Hermosa mezcla.
Me encanta. A mi hermano le hicieron una entrevista en El Progreso -él es artesano y vive en Palas de Reis- y le pusieron de titular: Hijo de la bruma y del siroco. Me pareció maravilloso. Yo soy hija de la bruma y del siroco, nacida en Madrid, pero totalmente gallega y saharaui.
¿Qué te pareció lo que hizo el Gobierno de Pedro Sánchez con el Sáhara recientemente?
¿Qué me va a parecer? Me parece, de una forma abierta, dejar tirado al pueblo saharaui sin tener nada en cuenta la deuda histórica que España tiene con el Sáhara. Me parece una aberración, me parece fatal. Fue muy desolador, porque nunca ha habido realmente ningún paso hacia delante, pero sí hay pasos hacia atrás. Que se posicione con la línea de Donald Trump y que le parezca factible y viable que el Sáhara sea una provincia marroquí, es una traición absoluta. Me parece fatal.
Como artista, ¿crees que puedes hacer algo para luchar contra eso?
Como artista que tiene cierta voz, claro, puedo denunciar esto, decir que me parece fatal y estar presente en los actos en los que el Sáhara sigue pidiendo su libre autodeterminación, que es lo que se merece por derecho propio. Como artista, ¿qué puedo hacer? Pues alzar mi voz y llegar al mayor número de personas para que, por lo menos, se enteren de lo que pasa. Hay mucha gente que no sabe ni lo que pasa, ni lo que fue históricamente. Somos unos desmemoriados y ese es el gran problema del mundo. Se nos olvida todo muy rápido.
Todo se nos olvida rapidísimo y, sobre todo, se nos olvida la gente que lo pasa mal y muere. Sin embargo, los artistas tenéis ahí una voz que clama, que tiene la obligación de clamar. ¿Tú sientes que tu voz clama, o sientes que la voz de los artistas no tiene el peso que debería tener y no consigue cambiar nada?
Yo pienso que la voz de un artista, sobre todo cuanta más amplificación tiene, clama. Y muchas veces consigue alcanzar lugares a los que otras vías más formales o políticas no logran llegar. Esto es porque vamos directas al sentimiento. Es una forma de adquirir información de manera más emocional, no tan racional como un discurso político --que está muy bien y es necesario. Pero, a través de la creación artística, se llega de otra forma más directa que apela e interpela a la emoción.
¿Y el artista siente que eso llega, o sencillamente lanzas una paloma al aire y no sabes si alguien la va a mirar o a disparar? Porque a las palomas se las mata también.
Yo sí que he sentido esa conexión de lanzar o clamar un mensaje desde el canto, desde la música, y que le llegue a las personas, aunque luego se les olvide o no. Es maravilloso. Es una conexión directa con la audiencia, con quien te está escuchando, entendiendo y sintiendo lo que quieres decir. Es algo mágico.
Ahora se dice mucho que los mensajes básicos funcionan muy bien y son el lenguaje exitoso del fascismo. Con lo que ha pasado en Ceuta, por ejemplo, casi nadie señala que el efecto llamada del que hablan quizá provenga menos de la regularización y más de esos políticos y medios que afirman que un menor no acompañado cobra de España 4.700 euros al mes. No se considera que esas barbaridades alimenten el efecto llamada. ¿Sientes como artista que esos mensajes tan burdos, tan estúpidos, tan barriobajeros y fangosos, superan a tu arte?
Sí, claro, por supuesto. Porque es mucho más fácil recoger algo sin criterio. Yo no quiero decir que la gente sea tonta, porque no lo es, pero sí es verdad que la gente enseguida se agarra a mensajes muy obvios y que apelan al odio. Te haces diferente, te acoges a la masa y te falta criterio. ¿Y por qué hay falta de criterio? Porque ser ignorante siempre es más cómodo.
Es muy fácil también decir que la gente es ignorante.
No, yo no digo que la gente sea ignorante. Tampoco quiero decir eso. Pero es más fácil acogerse a un mensaje masticado y simplista, que tener que darle al coco y buscar información por aquí o por allá, definir tu propio criterio personal y sacar tu conclusión.
Hubo un tiempo en que los artistas, en concreto los músicos, tenían mucho peso social y diría incluso que ideológico. La gente sabía quienes eran Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Joan Manuel Serrat, Paco Ibáñez, María del Mar Bonet, Mercedes Sosa..., que hacían arte reivindicativo y se escuchaban. Influían. Ahora lo siento menos, y no es culpa de los artistas, porque sigue habiendo gente muy buena y con muy bellos mensajes.
Pues no sé cuál es el problema. Hay mucha dispersión. Y tampoco está tan de moda decir cosas con un cierto compromiso. No es el mainstream. Vuelvo a lo mismo: a la gente le gusta pensar poco, solo distraerse. Obviamente, estoy haciendo una generalización. Hay gente de muchos tipos. Menos mal. Pero ir a lo fácil, a lo que distrae, a lo que nos evade de la realidad, es más sencillo. Para mí no lo es, claro. Depende de qué tipo de persona seas. Y vuelvo a decir: falta un poquito de criterio, de educación... No sé. Estamos en unos tiempos un poco desesperanzadores, demasiado distraídos, muy zombis. Falta realmente compromiso para estar más conectados con la realidad, no solo mirándonos con este individualismo tan atroz.
Supongo que algo tienen que ver las redes sociales y su urgencia. En las redes te pasas los minutos que dedicabas antes a escuchar una canción, un disco, la voz del arte con toda la paciencia del mundo. No tenías prisa, no te daba ansiedad por no hacer nada más. Un disco te llenaba. No tenías esa sensación de estar perdiendo el tiempo. De no estar a la última.
Verdad. Es como venga, otra cosa, venga, que necesito consumir porque necesito esto y lo otro, más. Es una ansiedad desaforada que crea adicción. Yo misma a veces me veo pensando: "y esto también me interesa". Y corriendo, venga, esto me lo dejo a medias. Y digo: no, ¿a dónde voy? Calma. Hay que reposar las cosas. Hay que vivirlas. Esto tiene el tiempo que tiene, el sentido que tiene. Estamos demasiado hiper revolucionados, acelerados, sobreestimulados, sobreinformados. Y no es una información real porque no es reposada, analizada, filtrada, asentada, comparada. Es como un maremágnum de cosas que al final lleva al despiste.
Cuando compones, ¿todo ese maremágnum y ese despiste te afecta? Escribes sobre el ahora de una manera muy sutil.
En los diferentes contextos históricos, los temas universales son temas humanos. Con sus diferencias por diferentes momentos y circunstancias. Pero al final el amor es el amor, el desamor es el desamor, las desigualdades sociales son las desigualdades sociales, la pena por una tragedia y por la injusticia es la pena y la tragedia por la tremenda injusticia. Son temas universales que siempre van a estar de actualidad. Y yo escribo de lo que, si te soy sincera, me apetece, me viene en el momento. No suelo premeditar. Alguna vez sí he pensado en hablar sobre tal cosa y ver si hago algo al respecto. Pero, en general, fluyo mucho componiendo. Al final lo que te viene es todo lo que tienes en tu cabeza, rondando. Por ejemplo, compuse el tema No quedan lágrimas sobre el conflicto en Palestina y Gaza. Lo hice porque estaba consternada, como todo el mundo, con el genocidio tan atroz que ha habido y hay todavía. Me habían invitado a cantar en un evento por Palestina, donde había poetas palestinos. Y me pregunté: ¿qué canto aquí? No encontraba nada que dijera: "Es propio para esto". Que expresara lo que yo realmente quería. Además, cerraba el acto, y entonces compuse la canción expresamente. La grabé luego, pero la compuse para ese acto porque así lo vivo, así la siento y creo que esto es lo mejor que puedo hacer: cantar lo que yo siento.
¿Se llora cuando se hace una canción así?
Yo he llorado cantando y haciendo alguna canción. Sí. Y es más, por ejemplo, cuando canto esa canción hay veces que me rompo un poco. No lo puedo evitar. O una que compuse para mi madre cuando murió: hubo un tiempo en que no podía tocarla. No podía, porque sabía que iba a llorar.
Estás conectando muy directamente con el sentimiento que te provoca. Supongo que eso es bueno. Y duro.
Aun así, todo es catártico, lo haces, lo sacas. Es una forma de hacer catarsis. Es terapéutico, al final.
Ahora voy a criticarme a mí mismo. ¿Qué pregunta no te he hecho?
Muchas. No sé, me has hecho muchas muy oportunas y muy bien, pero siempre queda una que falta.
Una que me falte.
No sé. Con respecto al tema del Sáhara: yo canto por el Sáhara y para el Sáhara muchas veces. Es algo que me nace, personal para mí. Algo que ha atravesado a mi familia y que me parece una gran injusticia. Por convicción y por lealtad a mi padre y a mi familia, lo hago y lo haré siempre.
¿Cuál fue el gran error de tu vida?
Uy, he cometido muchos.
Pero dime uno.
Haber querido ser siempre demasiado perfecta y correcta. Ese es el gran error de mi vida.
Pero si eres totalmente incorrecta todo el tiempo.
Me encanta que me digas eso.
A ver, tía, gallega y saharaui... ¡Hostia! Es imposible ser correcta.
Pues no, yo intentaba la corrección. Igual, sí he pecado de eso, de niña buena.
De niña buena.
De niña buena, efectivamente. Bueno, hace ya tiempo que soy bastante más mala, que me encanta, pero en el buen sentido. Lo que entendía por ser niña buena es, al final, complacer a todo el mundo y hacer lo que se supone que tienes que hacer. Ya rompí con eso para siempre. Pero siempre está ahí la sombra de la niña buena.



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