Rakel Camacho: "La sociedad hoy está mucho más aborregada que en Fuenteovejuna"
La directora teatral es la primera mujer que dirige en la Compañía Nacional de Teatro Clásico la obra de Lope de Vega, cuya versión es más femenina y feminista.

Madrid--Actualizado a
Rakel Camacho (Albacete, 1979) dirige en el Teatro de la Comedia de Madrid una versión más femenina y feminista de Fuenteovejuna, donde pone el foco en la violencia sexual y en la lucha contra la injusticia. Temáticas, como el texto de Lope de Vega, muy contemporáneas, pese a que la acción discurre en 1476.
"El gran reto era la suma popularidad de la obra, porque todo el mundo la conoce", explica la directora teatral, cuya remozada puesta en escena diseña un pueblo muy personal. "Pero muy coherente, no hay invento ni capricho", matiza la dramaturga. "El teatro es forma y contenido. Sin forma, el contenido no va a ningún lado y viceversa, porque sería superfluo".
Una obra clásica, un mensaje contemporáneo: la fuerza del colectivo y de la solidaridad es determinante en la lucha contra la tiranía y la injusticia.
El contexto importa muchísimo, por lo que María Folguera [autora de la versión] y yo queríamos que quedara claro. Sentíamos que cuando se aborda Fuenteovejuna se alude a la violencia machista —eje y base de la obra—, pero a mí también me parecía fundamental hablar del contexto de guerra y de cambio de sistema, porque es un pueblo que está siendo vapuleado. De un lugar para otro, pues está bajo el mandato de la Orden de Calatrava —con ese comendador, ese tirano, ese ser diabólico— y va a pasar a manos de los Reyes Católicos "hasta ver si acaso sale comendador que la herede". Y ese cambio de sistema genera violencia en el pueblo y, por tanto, en las mujeres.
Lope de Vega describe la transición del poder feudal al monárquico, encarnado en los Reyes Católicos.
Él defendía la monarquía porque era el progreso.
¿Podría establecer algún paralelismo de cambio en la sociedad actual? ¿Acaso mandan más las grandes empresas que los Gobiernos?
Los individuos sufren la impunidad y sienten que no están haciendo nada fuera de la ley. La norma era obedecer al señor, que tenía derecho de pernada. Entonces el pueblo se rebela y asesina al comendador, aunque también es un mártir, porque decide dar muerte al tirano y morir, consciente de que luego los inquisidores los van a matar a todos. Al final no es así, porque los perdonan.
¿Defiende o al menos entiende el tiranicidio? ¿Puede triunfar una revolución sin sangre?
Eso es muy difícil de contestar. Al principio, me planteé: "Vamos a viajar al pasado para comprender el presente". Sin embargo, luego te das cuenta de que una obra escrita en 1614 tiene mucho que ver con la actualidad. También quería contar una historia de amor, que el amor vence, pero lo que vence es esa unión, o sea, la búsqueda de la dignidad. En la historia de las revoluciones siempre ha tenido que haber sangre, lo que pasa es que eso perpetúa la violencia. Ahora bien, en Fuenteovejuna aflora un instinto animal porque lo que sucede es muy bestia.
¿El fin justifica los medios?
Fuenteovejuna no tuvo otra opción. Hay algo muy contemporáneo en la obra que me gusta mucho: tras decidir en asamblea abandonar la villa, Laurencia aparece [tras ser violada, le recrimina a su padre —Esteban, el alcalde del pueblo— que no la haya protegido de las garras del comendador y exige venganza] y entienden que no les queda otra opción [por lo que el pueblo se rebela]. Parece propio de una mente de esa época, pero no es tan lejano. A lo mejor tendríamos que vernos en esa situación...
La violencia y la sangre son explícitas. Pese a ello, usted no las romantiza para conmover al público y revolverle el estómago, lo que nos remite a las crudas imágenes que podemos ver a diario en los informativos.
Cuando recibo el regalo de montar Fuenteovejuna, pienso en lo que puedo aportar: lo hiperbólico. Aunque es real, porque si te pegan, sangras. Esa decisión tiene que ver con mostrar un rechazo, no se trata de un efecto para conmover al espectador. Adoro el verso de Lope de Vega, que organiza toda la acción, pero no creo que tenga que estar todo en la palabra. Ahora bien, no romantizo la violencia: el maltrato que sufre el pueblo debe ser evidente. Para eso, el teatro es mágico, porque los actores irradian una energía muy diferente a la que te llega a través de una pantalla.
"Garantizar la paridad con rigor es fácil, porque hay muchas mujeres muy competentes y valiosísimas"
También ensalza la valentía de las mujeres, pese al sometimiento y al abuso que sufren, al plantar cara al poder.
Me parecía muy importante que hubiera una mayor representación de mujeres, porque en la obra original hay muy pocos personajes femeninos, por eso añadimos cuatro más. Y no quería que el pueblo fuese una masa informe, por eso presentamos a individuos con su correspondiente carácter y personalidad. Las mujeres son la base, la fuerza y la guía de Fuenteovejuna, porque denuncian, pasan a la acción y les dicen a los hombres: "¡Seguidnos!".
Además de esa mayor presencia femenina en el elenco, usted es la primera mujer que dirige Fuenteovejuna en la Compañía Nacional de Teatro Clásico. ¿Puede haber igualdad sin paridad?
Sin paridad no hay igualdad. Al margen de las cuotas, hay muchas mujeres muy competentes y valiosísimas para garantizarla. O sea, paridad y punto, no: paridad con rigor. Parece difícil, pero es fácil.
¿Qué opina del casting inclusivo, que aboga por la diversidad racial aunque no respete la verosimilitud histórica?
La contemporaneidad debe estar presente todo el rato. El naturalismo y la arqueología no me interesan. En el teatro me gusta abrir una puerta y colarme en otra realidad donde haya posibilidades. Lo importante es la coherencia interna, por lo que si decido contar con un actor para encarnar a un personaje histórico de otra raza, estoy queriendo contar algo. A veces quiero transmitir ese sentido al espectador de una manera muy explícita y lógica. Por ejemplo, la mascota de Mengo es Gizmo y no un peluche cualquiera. ¿Por qué esa elección? Pues porque los gremlins están en el imaginario colectivo y todos sabemos que no debemos mojarlos, porque luego se reproducen y se vuelven agresivos y violentos.
¿Cómo se le quita el polvo a un clásico?
Hay clásicos y clásicos, pero Fuenteovejuna es especial, porque encarna el paradigma de muchos valores y lo llevamos en nuestras entrañas. En realidad, me da un poco igual que una obra sea clásica o contemporánea, porque hoy se escriben algunos textos que tratan asuntos menos importantes que los de antes. Y si una obra clásica no resulta contemporánea, no tiene nada que contarle al público actual y no hay manera de quitarle el polvo, puede abordarse desde una perspectiva más histórica.
De hecho, el franquismo quiso apropiarse del papel de los Reyes Católicos y, en vez de interpretar Fuenteovejuna como la lucha y la venganza de los oprimidos contra el poderoso, estableció un paralelismo entre los monarcas y Francisco Franco, el Caudillo.
Sí, eso resulta muy curioso, porque no presenta una historia de lucha, sino de salvación. Esta obra es histórica, social, política, feminista, etcétera, de modo que puedes jerarquizar las ideas o contarlas todas a la vez. En ella está todo y puedes apropiarte de lo que quieras.
De hecho, en Rusia se interpretó como una alegoría de la lucha de la clase obrera contra la tiranía del poder.
Porque la obra expone un abanico infinito de temas, como la violencia hacia las mujeres, con esa Laurencia que hace de tripas corazón, se fortalece y pasa a la acción.
¿Hoy somos más Fuenteovejuna o Fuenteborrego?
La sociedad hoy está mucho más aborregada, aunque en la obra he querido evitar la idea de rebaño. Por eso hay un pueblo que contiene diferentes personalidades, que conforman un grupo potente y una colectividad que celebra, que sufre el dolor del otro, que es solidaria…
Este año ha estrenado cuatro obras: Las amargas lágrimas de Petra von Kant, El cuarto de atrás, Azul y Fuenteovejuna. ¿Cuál es su gran reto?
Estoy un poco exhausta. Ha sido un año tan maravilloso como duro, sin embargo ya estoy iniciando conversaciones para nuevos proyectos. Me apetece mucho dirigir danza —no como coreógrafa, sino como directora de escena—, zarzuela y ópera, pero también estoy deseando montar a Bertolt Brecht.
¿Se siente más realizada como directora o como autora?
Soy una persona tremendamente de acción. La escritura puede ser muy creativa, aunque ahora mismo me apetece dirigir, versionar, adaptar... Adoro estar en los ensayos y todas las labores que competen a la dirección, que son infinitas.
Por cierto, contó con Joaquín Reyes en La Paz, de Aristófanes. ¿Con qué actor o actriz improbables desea trabajar?
Con Angélica Lidell. Es improbable, porque me diría que no. A mí y a todos, claro. Querría trabajar con ella por su nivel inaudito de fiereza y juego con la palabra y el cuerpo.






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