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Chévere, el teatro que combatió el fraguismo

La compañía santiaguesa, Premio Nacional en 2014, recupera tres obras míticas para celebrar su trigésimo aniversario. Durante estos años, han practicado el teatro de resistencia y ejercido de contrapeso al discurso único del PP. Justicia dramática, el alcalde popular que los desterró de su ciudad fue condenado a dos años por defraudar 291.000 euros

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Chévere


Fueron unos exiliados en su propia tierra. La hégira se produjo en 2012, cuando el gobierno local de Santiago pasó a manos del Partido Popular después de un rosario de gobiernos progresistas. Nadie en el Ayuntamiento, ni tampoco en las demás administraciones, en manos de la derecha, movió un dedo para conservar a Chévere como compañía residente en la sala Nasa.


Es más, Gerardo Conde Roa ya se había empleado, cuando ejercía de líder opositor, en manchar el nombre de un clásico del teatro compostelano, hasta el punto de que lo acusó de enaltecimiento del terrorismo. La Nasa albergaba sus obras teatrales, pero también las producciones musicales y artísticas de otros colectivos. En 2008, alquiló el espacio para que una plataforma rindiese homenaje a dos expresos independentistas, lo que fue aprovechado por el alcalde del PP para alimentar el fuego.


La Audiencia Nacional hizo caso omiso a las denuncias de Conde Roa y permitió la celebración del acto, aunque su llegada al Pazo de Raxoi en 2012 auguraba malos tiempos para la lírica. Chévere criticó en un comunicado la “impunidad” de la que había gozado para atacar a la compañía, víctima de “ataques constantes basados en amenazas, insultos y mentiras”. Actores como Luis Tosar, un actor destetado en la Nasa, salieron en su defensa: “Uno se siente aludido y molesto, porque nunca tuve relación con el terrorismo, aparte de que lo condeno absolutamente", declaró a la prensa.

Chévere


Justicia dramática, el alcalde popular sería condenado en 2013 a dos años de cárcel por defraudar a Hacienda 291.000 euros a través de su promotora inmobiliaria. Conde Roa no llegó a estar un año en el cargo. Su corporación también se vio forzada a sentarse en el banquillo y siete concejales fueron condenados a nueve años de inhabilitación por prevaricar, si bien luego serían absueltos por la Audiencia Provincial. Otros dos dimitieron, igual que el nuevo alcalde, Ángel Currás, imputado en la operación Pokémon. El presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, trató de taponar la sangría con un hombre de confianza, el consejero Agustín Hernández, tercer alcalde en tres años. Quien a hierro mata, a hierro fue derrotado en las municipales de 2015.


Cuando el PP dejó la Alcaldía, Chévere ya se había asentado en Teo, una localidad cercana a la capital gallega que, curiosamente, era gobernada por el actual alcalde de Santiago, Martiño Noriega. Cinco años después, sigue trabajando allí como compañía residente, en una relación de intercambio económico-teatral: estrenos, funciones, talleres y otras actividades, a cambio del uso del auditorio municipal y de una contrapartida monetaria. Teo, además de enriquecer su oferta cultural, proyecta la imagen de Concello comprometido con el teatro.


Expulsados del paraíso compostelano, Chévere cumple tres décadas en escena. Nació en 1987 en Santiago, donde un lustro después convertiría un taller mecánico construido ilegalmente durante el franquismo en un vivero de artistas. La sala Nasa, acrónimo de Nave de Servicios Artísticos, irrumpía en la escena gallega un año antes del Xacobeo 93 y venía a demostrar que otra cultura era posible. Una cultura alejada tanto de la Galicia folclórica del expresidente Manuel Fraga como de la política de grandes fastos, que tuvo como una de sus máximas expresiones los conciertos de Prince, Bruce Springsteen o Julio Iglesias en el Monte do Gozo.


Allí estrenaron obras como Río Bravo y Annus Horribilis, recuperadas ahora con motivo de su aniversario. Y también perpetraron las Ultranoites, un cabaret trasnochado por el que ha pasado casi todo el artisteo patrio: Quico Cadaval, Pepa Yáñez, Roberto Vidal Bolaño, Mónica García, Mofa e Befa, Carlos Blanco, César Goldi y, por citar a tres intérpretes actuales de la compañía, Cristina Iglesias, Manuel Cortés y Arantza Villar. Subidos a las tablas, esbozaron el país con altas dosis de retranca, un recurso irónico necesario para que la crítica no derivase en derrotismo.


“Desde el escenario entablamos un diálogo directo con la situación política, social y económica del momento”, explica Xesús Ron, director de Chévere, quien se valió de un género transgresor para firmar “una crónica escénica de nuestras vidas”. Una Sodoma teatral y una Gomorra de los sketches reencarnadas en el espectáculo Ultranoite no país dos ananos, que se representará el 19 de julio en la Praza de Quintana de Santiago, mientras que el Teatro Principal acogerá Río Bravo del 4 al 9 y el Auditorio de Galicia hará lo propio con Annus Horríbilis del 12 al 14.

Miguel de Lira, Cristina Iglesias y Patricia de Lorenzo.


Chévere —o la Nasa, como prefieran— creció en paralelo a la ciudad, cuyo casco histórico relució durante el gobierno del socialista Xerardo Estévez. Había cantera para hacer cosas y también para verlas, desde los universitarios hasta los funcionarios de la administración autonómica, pasando por los empleados de la TVG. Santiago era la capital del artisteo patrio, aunque sus contornos se fueron desdibujando a medida que la zona vieja —parada y fonda de los peregrinos del Camino— se iba convirtiendo en un parque temático.


La construcción del mausoleo de Fraga simbolizó la política cultural de la Xunta: mientras la urbe perdía salas de teatro, en las afueras emergía un gigante de cuarcita que lastró la economía de la Administración autonómica. “El concepto de la cultura cambió, pues pasó de las calles de la ciudad al Monte Gaiás”, denuncia el actor Miguel de Lira en el documental A viaxe dos Chévere, dirigido por Alfonso Zarauza.


Cuando llegó la crisis y los gestores de la cosa pública se preguntaban qué hacer con la inacabada Cidade da Cultura, la compañía era desterrada de Santiago. Obviamente, su oferta no interesaba a los gobernantes, quienes en aras de la austeridad ya habían comenzado a aplicar los recortes. “Establecimos una relación de simbiosis con la ciudad, que hizo de escenario y de paisaje. Estábamos muy unidos a ella y tratamos de intervenir en su vida cultural, pero la llegada de Fraga cortó muchas de nuestras aspiraciones, al tiempo que instauró una visión de Galicia para consumo interno que llega hasta hoy”, esgrime Ron.


Los tripulantes de la Nasa trataban de agitar las conciencias a través del humor, evitando una aproximación pornográfica a la política cuando tocaba exponer sus vergüenzas. “Intentamos ser sutiles, aunque pensamos que nuestro teatro —a partir de relatos sobre la historia contemporánea— puede ayudar a cambiar el estado de las cosas”, comentaba Miguel de Lira en una entrevista con motivo de la presentación de Eroski Paraíso en Madrid. “En ese sentido, somos un poco ingenuos, aunque conscientes de nuestro fracaso social. Pese a ello, lo seguimos intentando”.

Chévere y Vidal Bolaño


Al igual que había crecido en paralelo a la ciudad y al país, su repertorio también se dejó llevar por la situación político-económica internacional. Del análisis críptico de la Galicia oficial, convenientemente rebozado en mordaz ironía, pasaron a los grandes temas del presente: la globalización, el capitalismo salvaje, la emigración y el desarraigo… “Testosterona —una reflexión y demostración de que el género es algo construido socialmente— cambió nuestra mirada y marcó el inicio de una nueva manera de hacer teatro. Entendemos que es una herramienta para conseguir muchas cosas y, desde entonces, introdujimos en nuestros trabajos la perspectiva de género. Alcanzamos la madurez, sin perder nuestra forma de acercarnos a todos los asuntos a través del humor”, afirma la actriz Patricia de Lorenzo.


El humor como liberación. “Nos cabrea lo que vemos y lo llevamos a un escenario, que cumple una función catárquica”, explica Xesús. Lo mismo sucede abajo: “El público quiere que le contemos lo que pasa ahí afuera de otro modo, echando unas risas, por lo que que cada función es un acto ritual”, añade la intérprete. Sin embargo, sus encontronazos con el poder no han tenido para ellos ninguna gracia. “Hubo un intento de proscribir aquello que se salía de la norma. Querían hacer desaparecer todo lo que se movía en los márgenes. El PP entendió que la Nasa representaba ese peligro y nos colocó una diana para que nos disparasen los medios de comunicación, que vendieron a la sociedad una realidad que no existe”, critica Ron.


El director relata la persecución sufrida, tanto ideológica como administrativa. El Ayuntamiento empezó a pedirles papeles hasta por respirar, amenazó con precintarles el local y los identificó con el terrorismo ante la Justicia. “Éramos gente a exterminar y usaron todos los medios posibles, tanto desde la prensa como desde las instituciones, hasta que al final nos asfixiaron económicamente”. Atrás quedaba Fraga, pero la nueva era de Feijóo al frente de la Xunta tampoco era halagüeña: “La visión de Don Manuel era superficial, si bien la del actual presidente no deja de ser folclórica, aunque más distante, cínica y turística”.


El piloto de la Nasa bosqueja una tierra sembrada de clientelismo, benévola con el narcotráfico y rehén de un caciquismo de baja intensidad, pero con raíces profundas. La descripción es literal y apunta hacia “una sociedad afirmativa que acepta con sumisión lo que la autoridad ordena y manda”. Ahí cree que no hay diferencias entre Fraga y Feijóo, entre la boina y el birrete.


El delfín del fundador del PP, de hecho, eliminó las subvenciones al teatro. Y el urbanita Conde Roa cerró el grifo municipal, como había prometido durante la campaña electoral. “Fue una etapa traumática y muy dura. No dábamos crédito a lo que nos estaba pasando, aunque lo más triste es que se perdió un patrimonio cultural que era de Santiago, porque la Nasa ya nos había trascendido e iba más allá de nosotros”, recuerda De Lorenzo.

Plataforma Burla Negra, contra el Prestige


Instalados en Teo, hace tres años reciben la noticia de que el Ministerio de Cultura les ha otorgado el Premio Nacional de Teatro “por su coherente trayectoria de creación colectiva basada en fuentes del teatro documento y en la transgresión de géneros", en palabras del jurado. Les pilla tan por sorpresa que, cuando llaman los periodistas, se ven obligados a tomar aire y reflexionar sobre su respuesta, que llega en forma de comunicado. Se lo toman como “un reconocimiento al teatro […] que resiste en Galicia mientras el poder político desmantela el sistema cultural con la coartada de la austeridad”.


Patricia está convencida de que “Chévere llega a donde llega debido a que apostó por un discurso concreto, que es lo que han reconocido desde fuera”. Y confiesa que le debe parte de su identidad a haber nacido en el contexto del fraguismo: “A veces parecía que nos daban los guiones de las Ultranoites ya hechos, porque algunas acciones y declaraciones de los políticos parecían escritas por los guionistas de un programa de humor”.


Así, la Nasa y Chévere ejercieron de “contrapeso al discurso único que hablaba de una determinada Galicia que era retransmitida a través de la televisión pública”, concluye Ron, quien matiza el calado ideológico de la compañía. “Nunca escapamos de la etiqueta de teatro político, aunque nosotros planteamos el teatro como un lugar de debate público y de intercambio de ideas. Aunque en el caso de Eurozone es directamente de intervención política, pues trata de subvertir la realidad desde el escenario”. La obra, que giró por todo el Estado, ponía en la picota a los tiburones financieros y, al igual que Citizen, sobre el fenómeno de Zara e Inditex, trascendía temáticamente las fronteras gallegas.

Patricia de Lorenzo y Miguel de Lira, en 'Citizen'.


Su último espectáculo, Eroski Paraíso, habla en cambio de migraciones: los padres que se fueron en su día quieren volver a casa, mientras que los hijos que se quedaron atrás, pese a su mayor formación académica, siguen viéndose obligados a hacer la maleta. Paraíso también era una sala de fiestas de Muros a la que muchos jóvenes llegaban en bus desde los pueblos vecinos. Y para que los compostelanos puedan disfrutar de las obras en Teo, Chévere también ha adoptado aquella fórmula tan exitosa en los ochenta y los noventa, y que tanto vale para un baile como para un entierro: “Para que la gente de Santiago no se quede sin Nasa, puede comprar la entrada con servicio de ultrabús. Así también es posible beber y volver sin preocupaciones”, comenta De Lorenzo.


Por cierto, mientras la compañía ultimaba los preparativos del trigésimo aniversario y pulía las tres obras que volverá a llevar a escena, Conde Roa era imputado por la presunta financiación ilegal del PP de Santiago. Es de suponer que Xesús Ron, entre ensayo y ensayo, se estará dedicando a perfilar la futura producción, mientras que el gremio de guionistas pone el grito en el cielo por intrusismo laboral.