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Ray & Liz El hedor y la poesía de la miseria

La ópera prima del prestigioso fotógrafo Richard Billingham, memorias cinematográficas de una infancia grotesca de soledad y abandono, se convierten en el merecidamente aplaudido descubrimiento del cine independiente británico.

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'Ray & Liz', un viaje a la miseria post thatcheriana.

“No creo que fuera muy feliz en aquel bloque. Estaba atrapado en el cielo. Tenía una vista magnífica, pero había mierda y orines en los ascensores y cada pulgada de las paredes estaba pintada con grafitis racistas. Tenía una sensación de amenaza y quería salir de allí lo antes posible, me provocaba mucha ansiedad, pero me acostumbré a ello”. El prestigioso fotógrafo británico Richard Billingham recuerda así el paisaje de su infancia, una época y un ambiente que han determinado su arte en la fotografía y ahora en el cine.

Tras el estupor que provocaron sus fotografías de la serie Ray’s a Laugh en 1997, en la famosa exposición Sensation: Young British Artists From the Saatchi Collection en la Royal Academy of Arts de Londres, el artista ha vuelto a encontrar, como entonces, poesía y cierta belleza en una infancia y adolescencia grotescas, marcadas por unos padres despreocupados hasta lo inimaginable, un hermano pequeño que terminó en los servicios sociales y la miseria de las clases pobres de la Inglaterra post thatcheriana. Lo hace en su ópera prima en el cine Ray & Liz, autorretrato familiar prodigioso por su autenticidad inquebrantable.

Una película que huele mal

Ganador del Premio al Mejor Director Novel en los Bristish Independent Award, Richard Billingham ha conquistado también con su película la Mención Especial en el Festival de Locarno, el Premio Especial del Jurado en el Festival de Sevilla y el de Mejor Actriz para Ella Smith, en los BACIFI. Galardones que reconocen el verdadero arte, en este caso el de una película que huele mal, que es áspera, que te traspasa de amargura, pero que no resulta ofensiva para ninguno de los personajes, ni los juzga ni los culpabiliza, y en la que te tropiezas con imágenes hermosas donde menos lo esperas.

Rodada en 16 mm en cuatro tercios –propios de finales de los setenta y ochenta en que se desarrolla la acción–, Ray & Liz narra la vida del director junto a sus padres y su hermano en tres episodios. Tres momentos que describen el extremo abandono soportado en la infancia, pero también la pobreza de la clase obrera del país en esos años. Nada de ello lo vive ahora Richard Billingham con dolor, “es una experiencia externa, distante, sucedió hace mucho”, dijo en Barcelona el pasado mes de junio cuando se presentó la película en el D'A Film Fest.

Un instante en ‘Ray & Liz’.

Insensible e indefenso

Claustrofóbica, esta historia de la que emana un profundo desasosiego nació ya entonces, cuando Billingham soñaba con ser pintor. Quiso retratar a su padre, pero éste no permanecía quieto y el joven artista se dedicó a hacer fotografías. Y ahí nació su inclinación por este arte, del que ha surgido ahora el cine, como la forma definitiva de saldar las cuentas aún pendientes con su pasado, con sus recuerdos de violencia, soledad, miedo, ansiedad… y, sobre todo, con su hermano Jason. “Creo que estaba insensible e indefenso para proteger a mi hermano”, ha confesado a The Guardian en una reciente entrevista.

“Jason a menudo me dice ahora que, estadísticamente, deberíamos estar en prisión o muertos o sin hogar”, dice en estas declaraciones y, desde luego, no le falta razón. La vida en los primeros años de aquellos dos niños fue cruel y no les dejaba esperanza. Los cuatro vivían en un deprimido barrio obrero a las afueras de Birmingham (West Midlands), al que se conocía como Black Country por la producción de carbón, hierro y acero. Cuando Richard Billingham tenía diez años, su padre, Ray, se quedó sin trabajo. Era maquinista en una fábrica. Desde ese momento nunca volvió a hacer absolutamente nada en la vida.

El subsidio de desempleo se terminó y la familia tuvo que vender la casa y mudarse a un piso de protección oficial –el bloque al que hace referencia en sus notas de dirección para la película–. Ray estaba alcoholizado, hasta su muerte solo durmió y bebió. Liz, su madre, era una mujer con una furia que en algún momento descargó con violencia, era fumadora compulsiva y podía pasar horas y horas haciendo puzles.

'Ray & Liz'.

"La máquina de soporte vital"

A Richard y Jason nadie les hacía la comida, ni vigilaban si iban al colegio, ni tenían ropa limpia. Ray y Liz no se levantaban a desayunar con ellos, ni siquiera se enteraron de la noche que el pequeño pasó en un cobertizo y por lo que terminó en manos de los servicios sociales. Los niños veían en la televisión –“la máquina de soporte vital” la llamaban– muchos programas de naturaleza, lo que en opinión del director les ha ayudado mucho en su vida, y también muchas películas de terror nada aptas para su edad.

Todo ello está en Ray & Liz, un retrato en el que se entiende que no haya nostalgia, pero en el que tampoco hay rencor. Todo en él transmite verdad y toda esa verdad está narrada desde el arte. Cuatro personas atrapadas, encerradas en un círculo vicioso de pobreza y desidia, prisioneros como los animales que convivían con ellos, en jaulas, y en soledad a pesar del mínimo espacio compartido.

En 1997, Richard Billingham conmocionó a los británicos exponiendo su vida en aquellas fotografías. En la polémica exposición no fue, ni de lejos, el joven artista que hizo más ruido. Un retrato realizado por Marcus Harvey con huellas de palmas de manos infantiles que representaba a Myra Hindley, autora en los años sesenta junto a Ian Brady de la violación y asesinato de cinco niños, se llevó el premio de la provocación. Obispos, políticos, periodistas… pusieron el grito en el cielo por aquella obra y por todas las demás, pero el coleccionista Charles Saatchi puso a Inglaterra en el centro del mundo del arte.

Hoy, muchos de esos artistas son nombres consagrados del universo artístico, algunos son incluso miembros de la Royal Academy of Arts y prácticamente todos han demostrado la capacidad del arte para remover a la sociedad. Billingham, que se ha convertido en un prestigioso fotógrafo, siguió su serie ‘familiar’ con fotografías de animales en jaulas (los de su propia casa y los del zoo) y ahora continúa rindiendo su tributo personal a los habitantes de la miseria con fotografías de personas sin hogar.