Este artículo se publicó hace 18 años.
Sahel, el áfrica azul
La frontera entre el Sahara y la selva tropical está habitada por los tuareg, ganaderos del desierto

Apenas había encontrado el sueño tras superar el sofocante calor de la noche, cuando Isiyad, cojo de una pierna por una vieja herida, saltó encima de un saco de dormir instalado en el oued. Una serpiente se había introducido en él, buscando refugio seguro y la frescura de un río efímero que sólo se llenará en la estación de las lluvias, en agosto. Isiyad mató al reptil de un golpe en la cabeza. Es peligroso para la población de la zona, sentenció. Casi con desprecio hacia su propio país, el policía del aeropuerto advirtió, tras comprobar el visado y la vacuna de fiebre amarilla: Bienvenido al inhóspito Níger.
Considerado uno de los países más pobres del mundo, Níger se encuentra en la frontera que separa el África blanca del África negra, el Sahel. Una frontera artificial entre árabes, al norte, y población negra, al sur. La piel teñida de azul índigo de Isiyad no engaña: es tuareg, una de las tribus de Níger.
Quizá sólo fuera inhóspito el policía o la sequía del aire que se siente hasta el fondo de la garganta. Agadez es la capital de los tuareg, la puerta del desierto, antiguo corazón de las rutas comerciales entre Egipto y Mali. Con millones de francos CFA en los bolsillos se necesitan unos 660 para un euro, el mercado central mezcla carne fresca presentada entre hojas de paja, especias y las telas más preciosas de la zona. Isiyad busca algunas para sus hijos, que aún viven en el desierto. Nadie sabe muy bien por qué nos cubrimos el rostro, explica. Tampoco se conocen bien los orígenes exactos de los tuareg, más conocidos en Occidente como los hombres azules.
Hambruna y praderasDejar atrás Agadez es abrir el paso a una inmensidad infinita, salpicada de árboles nudosos y secos. En las carreteras de tierra, avanzan carros de bueyes conducidos por mujeres. Se cruzan caravanas de dromedarios y pueblos instalados cerca de una fuente de agua. Es la población de la zona, como dijo Isiyad. Hay que perforar cada vez más profundo para hallar las primeras gotas.
Tras la hambruna que azotó Níger en 2005, todos esperan con ganas la llegada de septiembre, cuando las lluvias de agosto hayan convertido el desierto en verdes praderas. Destino: el norte y los montes del Aïr, zona volcánica, para celebrar la cura salada, encuentro de tres días entre los tuareg y otras poblaciones bereberes. Celebran bodas y cosechas futuras antes de volver a la ciudad. Porque las cosas cambian. Isiyad enseña una pintura rupestre: aparece una jirafa.
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