Entrevista a Natalia Castro Picón, ganadora del premio Anagrama de ensayo"Tenemos que empezar a plantearnos la desconexión digital como una forma de resistencia"
La escritora ha ganado el último premio de ensayo Anagrama con un repaso a 'La fiesta del fin del mundo', que representan los últimos 15 años de activismo social e intervención cultural en España.

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Natalia Castro Picón ha ganado el último premio de ensayo Anagrama con un repaso a "la fiesta del fin del mundo" (título del libro) que representan los últimos 15 años de activismo social e intervención cultural en el Reino de España. Nadie que haya vivido la fiesta plebeya del (post)15M, la que se montó contra los bailes versallescos del poder, debiera esquivar esta lectura, los casos de estudio que aborda o ciertas tesis de la autora.
Algunas rompepistas de aquel quilombo siguen pinchando y haciendo sonar nuevos temas de debate e intervención sociocultural. Quienes intentaron la traducción político-parlamentaria de aquello se han roto las piernas. Y/o se las rompieron. En todo caso, no suenan, no resuenan ni danzan con la sutileza y contundencia de antes. Natalia Castro recuerda, a unas y a otros, el quilombo de performances colectivas y de producción cultural, al que se sumó como observadora participante. La que baila y, acompañando a las multitudes, cobra consciencia individual y colectiva. La autora recuerda, así, los frentes de lucha sociopolítica y los melones de las batallas culturales que abrió el (post)quicemayismo.
Hay muchos fines del mundo que festejar. El hundimiento de Eurovegas, más allá del proyecto en sí mismo. Como fracaso del ladrillismo que fusiona capitalismo especulativo, inmobiliario y de casino. Y que encontró en las acampadas una expresión de resistencia nómada. La denuncia de la intemperie mesetaria, sin techos y sin vínculos. La premonitoria visión del soterramiento de la madrileña M30 como paso previo para inaugurar la "Calle 30", ahora en construcción. La plaza del Sol, pleno centro de MAD, okupada por las huestes del 15M, expresando su hartazgo de ser periferia política. La precariedad vital desmentida con movilización y agencia ciudadanas. La peste de la covid resistida como lucha al contagio fascista o celebrada por zombis conscientes del capitalismo zombi en que habitan… Para acabar con el Tsunami, la "Gran Ola" que culmina el procés, pero que también exhibe toda su potencia en la cuarta ola feminista.
Ese catálogo de intervenciones servirá a algunos de quienes lo protagonizaron para reivindicarse. Harían mejor en plantearse dónde se muestran ahora la potencialidad y la agencia entonces liberadas. Y qué muros y bunkers siguen en pie. Algunos reapuntalados por quienes venían a derribarlos. Y, ¡oh sorpresa!, renacidos por Nuevas Generaciones de carcas y la Revuelta facha (juventudes del PP y Vox).
Harían, haríamos bien en identificar las fronteras de exclusión y los reductos de involución que el artivismo y la crítica cultural bien identificaron en la década y media pasada. Con este objetivo mantuvimos esta conversación con la autora, reeditada con varias idas y venidas de mails.
La estética de rebeldía quincemayista, que tan bien expone tu libro, los gestos de identidad que mezclaban humor, ironía y confrontación resultan ser ahora patrimonio de la machoesfera en orden sociocultural y de la fachoesfera en el político. ¿Qué productos culturales combaten mejor esa cooptación en estos dos ámbitos?
Hace poco alguien me mandó un tema descacharrante de Ángel Stanich que se llama Una Temporada En El Infierno. La canción es una expresión hilarante de frikismo cultureta y un diagnóstico de los males de la actual "fase apocalíptica del capital" (el término es de Rita Segato).
Son demasiados y demasiado buenos los versos para citarlos todos fuera de contexto, pero te juro que se las arregla para meterse con 1. la policía de balcón durante el covid ("Si te has vuelto delator / De la Santa Inquisición"), 2. las manifestaciones motorizadas de la extrema derecha ("De manifa con el coche / Tienes más años que un bosque"), 3. el tsunami de fake news ("La verdad que estaba ahí fuera / Ahora vive en tu cabeza") y 4. las teorías de la conspiración ("¿Quién te quita el microchip?"), etc. En fin, le tira con todo a los lugares comunes al calor de los cuales se gesta el individualismo salvaje y la sociofobia propia del periodo entre crisis y de los que hablo en el libro. En una estrofa de un refinamiento y sofisticación exquisitos, nos da la receta idónea contra el racismo y el supremacismo rampantes:
Y te salvas de Salvini
Si te sientes Mussolini
¡A galeras a remar
Un verano en Open Arms!
En fin, la canción opone la literatura como antídoto a la morralla de fascistoide. Y, aunque también hay mucha cultura e industria cultural al servicio del poder, propone una idea en la que yo empiezo a militar con pasión: que tenemos que empezar a plantearnos la desconexión como forma de resistencia a la captura y mercantilización digital de la palabra y, con ella, de las ideas. Recuerda, Víctor, “Bajo el volcán te espero / No llega el 5G, qué bueno / Vas a olvidar clickbaits”.
Y tanto que sí. Encaja con aquella Dietética digital para adelgazar al Gran Hermano que parimos hace siete años. Siguiendo con las cibermovilizaciones recientes, ¿cómo entiendes que la bandera de One Piece encabece las movilizaciones de la llamada Generación Z en lugares tan dispares como Filipinas, Indonesia, Francia o México? Es la bandera del sombrero de paja, extraída de un manga anime de piratas. Resulta interesante que esta generación haya pasado de asimilarse a los Piratas del Caribe, con la que creció. Mantengo la hipótesis de que esas pelis expresaban el neoliberalismo más desquiciado. Y que a los Z se les negó la historia de la piratería hacker con la que nació Internet y sus desarrollos más emancipatorios. ¿Por qué no se ponen gorros al estilo de Greta Thunberg? Quiero ver en ellos la impugnación de la rana Pepe. ¿Cómo comunicar ahora que "la vida pirata es la vida mejor"? ¿No tienes a mano un poema tuyo?
Más allá de lo que dicen los telediarios y periódicos, no he seguido en profundidad lo de las protestas en México. Sin embargo, últimamente me he encontrado pensando mucho en los Z. Primero porque he notado de golpe esa barrera generacional en mis clases. De repente me costaba leer su lenguaje no verbal, sus emociones. Estoy tratando de aprender. Además, he notado una clara diferencia ideológica. Desconfían de lo establecido, igual que aprendimos a hacer nosotras. Y, por eso mismo, desconfían también de la generación inmediatamente anterior, la mía, la célebre Juventud sin Futuro que ahora les habla desde las tribunas culturales, universitarias e incluso políticas. Creo que a lo mejor el problema tiene un poco que ver con eso, tampoco nosotras parecemos estar ya evangelizando exactamente en la piratería, ¿no?
Un día, en Nueva York, triste y nostálgica, escribí unos versos. Creo que sentía que yo misma me había tendido la trampa. Las ganas y la necesidad de buscarme la vida me habían hecho quitarme a mí misma de en medio, me habían distraído de hacer "la revolución" sobre el terreno para irme lejísimos, a Nueva York, nada menos, la capital del Imperio, a convertirme en "intelectual" y hacer carrera de mi experiencia política. Sentía que había pasado de ser cristiana perseguida a ciudadana de Roma, y escribí un poema que terminaba diciendo:
Recuerda
Carreras de cuadrigas y cocaína
la crisis
vivimos la crisis y éramos felices en la crisis
teníamos mil veces veinte años
arrogantes, déspotas, emperadores
Naumaquias, hermosas representaciones de la guerra
sus colegas y ella organizando un mundo en el que
acabaríamos por no caber
Lo que se cae cuando el Imperio cae
es una montaña de soledad amontonada
Desciende buceando el silencio caliente
cipos funerarios, debajo solo un trillón de hormigas
Escribimos profecías para el futuro porque
no entendimos
que en el futuro estaba solo el
desierto
Perdona que me ponga tan ceniza, pero en realidad creo que aquí hay algo importante. Por un lado, en aquel momento de angustia y falta de expectativas conseguimos conquistar una esperanza y darle forma. Por otro… uf… luego vino el reajuste y la revolución se hizo costumbre. En el buen sentido: se lograron muchas cosas y se ganaron importantísimas batallas ideológicas, se transformó el paisaje político (quien diga que el 2011 no consiguió nada es que no ha leído un periódico en los últimos 15 años). Pero también en el sentido más consuetudinario.
Entre amigas y bromeando suelo decir que el 15M fue la más exitosa Empresa de Trabajo Temporal de los años de la crisis (aquellas a las que les pedíamos trabajos de mierda de los que no nos llamaban nunca).
Entonces el lema era "lo queremos todo", "no tenemos miedo", que "PSOE-PP la misma mierda es". Ahora estamos asegurando hipotecas carísimas, pero todavía asumibles, porque sabemos que la alternativa es la pobreza crónica. Tenemos un miedo atroz—lo acaba de confirmar el CIS—y en muy buena medida justificado. Y aunque el PSOE y el PP siguen siendo lo mismo, pues resulta que en el costado derecho del cuerpo que es el bipartidismo ha brotado un cáncer que no nos permite decirlo demasiado alto. Ni siquiera el "no les votes" parece una opción.
Pero mira… hay que eludir el derrotismo a toda costa. El derrotismo es un privilegio de quienes saben que en realidad no pierden tanto si las cosas se quedan, más o menos, como están. Y, entonces, pues tú lo has dicho: ¿la mejor forma de piratería? La piratería pura y dura. La del que desobedece y rema a la contra de toda esta miseria moral: la de Greta en la Flotilla, la de Open Arms, la de Womens on Waves… esa gente sí que sabe surcar la laguna estigia en la que flotamos.
Sostienes que nos han cercenado una lectura revolucionaria del apocalipsis, negando que sea una posibilidad para el cambio social y generando miedo o pasividad ante la catástrofe. ¿Cuáles son los actores claves de esa operación? ¿Y la mejor denuncia?
Te voy a hacer la misma pregunta que me han hecho a mí mil veces desde que salió: ¿has visto Sirat? Creo que allí se establece muy claramente el esquema de la cancelación de la que hablas. La peli establece una dialéctica muy clara: el universo anticapi, antisistema, contracultural, gozoso y comunal frente a la guerra total, el colapso civilizatorio y la tendencia autodestructiva del capitalismo del desastre. Dos maneras de figurarse y experimentar el fin del mundo, ¿no? No te voy a contar cuál se impone porque sería tremendo spoiler, pero solo el planteamiento viene de por sí muy cargado: Eros y Tánatos como dos energías enfrentadas. El Eros, como reacción de euforia escapista que funciona, quizás, como una crítica a la privilegiada posición euroblanca ante la catástrofe, pero que también refuerza la idea de indefensión: "El mundo se acaba. No hay nada que hacer. Bailemos".
El Tánatos, como una fuerza sublimada, presentada de forma casi trascendental, totalmente arbitraria –como son arbitrarios y trascendentales los designios de los dioses. La supuesta tensión entre una cosa y la otra se plantea desprovista de todo contexto, es decir, despolitizada. Ojo, la película me parece brutal (en los dos sentidos), una maquinaria sofisticadísima y perfectamente diseñada para producir malestar. En tanto que ficción apocalíptica es con diferencia de las más interesantes del periodo, y lo es quizás porque lleva al límite de una forma que roza el sadismo hacia el público —lo llaman el cine de la crueldad, ¿no?— la tendencia metemiedos de la del mainstream apocalíptico.
¡Sirat! Cuando te leía te imaginé como una de las protas: saltando a la pista la primera a bailar en aquel campo de minas. ¿Y si el apocalipsis ya hubiese estallado, como en la película? ¿Y si estuviese tan instalado para haberse transformado en esa "nueva normalidad" postpandémica que diseccionas con bisturí de diamante? Démosle un repasito a cada uno de los caballeros apocalípticos. Jinete del caballo blanco que representa el engaño. Entiendo el sindiós de la desinformación y los autoritarismos actuales desde la noción de pseudocracia: el gobierno de la mentira. Si eso es cierto, ¿dónde podemos ver mejor que nos gobierna quien mejor miente?
¡Me gusta lo de pseudocracia! Como escribe el poeta Sico Pérez, ahora es todo "tan bio eco friendly mierdas" que no puede sino resultar una versión cutre de pseudorealidad. "¡Qué tediosos!", se quejaba en ese poema, donde también denunciaba el genocidio. El capitalismo lo convierte todo en su McSimulacro: la realidad disminuida, la estupidez artificial…
Tengo unas amigas que son de lo mejorcito que conozco haciendo activismo con arte y poesía que se llaman RedRetro. Se dedican a intervenir las estaciones de metro para producir lo que llaman una “subversión semiótica”. Parten de la base de que, bajo el capitalismo de la información y el marketing, la realidad es siempre una simulación: las paradas de metro, por ejemplo, son anuncios habitables por los que nos obligan a transitar diariamente. Ellas reivindican el derecho a intervenir en esa realidad.
Recientemente hicieron una acción por Palestina en la que modificaron todo: las cartelas de los nombres (por ejemplo, Ciudad Universitaria por Ciudad Bombardeada), los cuentitos ilustrados que cuelgan en los vagones, los logos…
Al publicar la acción, Instagram cerró su cuenta de manera terminante; porque al poder le gustan mucho esos gestos tiránicos con los que afirma rotundamente su autoridad: "La realidad es lo que yo digo, y porque yo lo digo". Desde entonces, las operarias de RedRetro han desarrollado un sistema de "resonancia" que vuelve las antiguas cadenas de mails y mensajería directa.
Estas "operarias" me recuerdan a la guerrilla semiótica en tiempos de La Fiambrera Obrera. Le toca al jinete del caballo rojo que representa la guerra y la violencia. ¿Y si estuviésemos ya en la II Guerra Mundial? Lo mantengo desde hace tiempo. Porque la capacidad de destrucción de las bombas arrojadas sobre Gaza equivale a cinco bombas nucleares arrojadas en Hiroshima. Porque la guerra de Ucrania involucra a varios continentes y va por el cuarto año. En pseudocracia, la III Guerra Mundial no puede declararse sino publicitarse, tal como está pasando: el plan de paz de Gaza es, en realidad, un anuncio de inversión inmobiliaria colonial ¿Cuál sería la mejor denuncia antimilitarista o pacifista con la que te has topado este último año?
Bueno, pues la de arriba está entre mis favoritas, claro. También, por supuesto, la Flotilla, que ya hemos mencionado. Ese concepto académico del que tanto se abusa, "poner el cuerpo"… ¡Ahí lo tienes! Poner el cuerpo es eso. No sé si somos conscientes del riesgo que asumieron esas personas, aunque muchas parezcan intocables porque son celebridades. Menuda lección de activismo internacional. Pienso en ese versito tan simple y tan hermoso de Gloria Fuertes: "Quise ir a la guerra, para pararla, pero me detuvieron a mitad del camino".
O el boicot a la vuelta ciclista, que supuso un ejercicio de reapropiación de todo: de los pueblos, las carreteras, de las ciudades, del relato sobre lo que sucedía, de cómo y en base a qué se les asigna valor a las cosas. Desde las calles a los periódicos y las redes, supuso un golpe de Estado a la dictadura de los mercados de la atención (hecha a golpe de titular, algoritmo y clickbait).
Tal y como yo lo veo, el radical viraje de la opinión pública y los poderes fácticos con respecto al genocidio en esos días es consecuencia directa de esos dos movimientos, entre otros. De ahí el espectacularizado "protagonismo" de nuestro gobierno que, con una impudicia sin filtro, pasó de mandar a la Policía a tratar de abanderar la movilización. Aquí acabaría mi respuesta, pero como se trata de hacer una lista de piezas artísticas para el fin del mundo, también añadiré que tuve la suerte de conseguir entradas para la última temporada de 1936, de Andrés Lima en el Teatro Valle Inclán. ¿Qué pasa en Madrid con el teatro? Aquello fue peor que conseguir entradas para la Rosalía. De la obra diré que hay que hacer las cosas muy bien para que cuatro horas de representación no solo no se hagan largas, sino que emocionen en muchos momentos. Y que brutal María Morales haciendo de Azaña cabaretera y que todavía tengo el cráneo quitao ante un Willy Toledo, que lo llenaba todo.
Cierto, la Flotilla y la Vuelta fueron un "golpe de Estado a la dictadura de los mercados de la atención". Pena que no haya representación política ni entramado institucional capaces de enfrentar el colonialismo sionista o impulsar el boicot, la desinversión y las sanciones (BDS). Vamos, entonces, a por el jinete del caballo negro que simboliza el hambre y la escasez. Se me ocurre la hambruna palestina. O que Zohran Mandami prometió comida accesible, supermercados públicos, para ganar la alcaldía de Nueva York. Seguro que tienes mejores ejemplos, encima relacionados con cuestiones que abordas en el libro
O las colas del hambre durante la pandemia. Sobre el hambre, hay una película muy del periodo que se llama El hoyo y que no he visto, porque salió durante la pandemia y todo el mundo me dijo que era muy angustiante, y yo ya tenía bastante con lo mío (que era terminar la tesis sobre todo esto), así que, por una vez, decidí ahorrármela.
O, también, la larga y oscura noche de la Cañada Real. Muy al principio, cuando este proyecto era apenas una idea, quise pensar también el tropo de la oscuridad. Es algo que incomoda muchísimo al Estado moderno, pues los recovecos a oscuras son lugares idóneos para llevar a cabo actividades no consentidas por la autoridad. Pero, a la vez, es también un mecanismo útil para lo que Isabell Lorey llama "gobernar la inseguridad". ¿Te acuerdas de que, también durante la pandemia, el ensayo sobre la ceguera batió récord de ventas? Y en 2023 salió la versión española de Bird Box Barcelona.
Un concepto clave del libro es la "intemperie". Para mí, un marcador de época y reflejo en la cultura del desamparo del Estado en el periodo neoliberal. La civilización moderna capitalista ya no garantiza ningún tipo de protección, nos deja expuestos en el desierto. Y, si hablamos de formas feroces de escasez, aquí hay que hablar de la vivienda, claro. Hoy el Estado retrae todos sus cielorrasos, no nos queda ni el techito más básico en el que guarecernos.
No tardes en ver El hoyo: es la sociedad reducida a pirámide trófica, quién come qué y a quién y en qué orden. Sobre la Cañada, en cuanto puedas, échale los dos ojos a Ciudad sin sueño, rebosante de trallazos de luz. Y, por último, nos queda el jinete del caballo amarillo, que representa la muerte y la enfermedad o la peste. Lo vimos galopar con la covid de la que también te ocupas… ¿Y ahora qué? ¿Dónde han quedado las advertencias del Bill Gates sobre el miedo a la próxima plaga? ¿Cómo se representa?
¡Pfff… a saber! Si nos basamos en los datos, un virus que ya está entre nosotros y es el del tecnofascismo. Un virus vampírico que nos roba el tiempo y la atención. Es como pasaba con el cine en la peli de Arrebato, nos va chupando la vida a cambio de un chute de dopamina cada vez de peor calidad. Además, hay algo muy profético y truculento en cómo se ha inoculado en nuestra psique el advenimiento de novedades como el metaverso, el bitcoin o la IA. Se habla de cómo van a derrumbar economías, de los trabajos que se van a perder, de cómo nuestra realidad va a ser irreconocible en unos pocos años…
Por eso hay que elegir bien a nuestros profetas. Porque los profetas han existido siempre y su poder es el de prefigurar el futuro. Por un lado, empujan la historia hacia esos horizontes, por otro, los normalizan hasta el punto de que, cuando se cumple lo que peroran, a todas nos parece de lo más natural. ¿Queremos el futuro que nos prometen Elon Musk o Bill Gates? Me da igual si luce terrible o halagüeño, yo prefiero otras profecías. Yo me quedo con los mundos que imaginan Gabriela Cabezón Cámara o Mónica Ojeda, festivas utopías feministas ensayadas desde la ficción. Pero, sobre todo, reivindico el derecho a autoconvocarnos en talleres de escritura profética desde los que darle forma a un nuevo lenguaje con que contarnos las cosas. Y, como decía la internacional situacionista "encender los fuegos de la revuelta usando los fósforos de la metáfora". Y en eso ando ahora, conspirando con amigas poetas de todas partes para ver cómo podemos hacer. Porque,
Están ahí ¿las oyes?
el zumbido de las revoluciones
en el agitarse el sueño
de los niños
en la punta de los zapatos
en las azadas
que multiplican los vientos
hasta deshacer en terrones la Tierra
...
Están ahí
Están por venir




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