Entrevista a Pablo Batalla, escritor"A veces, se hace más política en la montaña que en la ciudad"
Abarca con su nuevo libro, 'La batalla en la cumbre', la historia del alpinismo desde un enfoque político y asegura que "todas las ideologías han usado el montañismo en favor de su causa".

Madrid--Actualizado a
Leer un ensayo de Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es subirse a una montaña rusa de emociones que te lleva desde la fascinación y el ensimismamiento hasta la más cochina envidia por no habérsete ocurrido a ti algo tan inteligente. Y, precisamente, de montañas va la cosa, aunque no exactamente rusas.
En su nuevo trabajo, La bandera en la cumbre –editado por Capitán Swing–, Batalla recorre la historia del alpinismo desde el prisma político: si todo lo es, la montaña no va a quedarse atrás.
A través de 18 ideologías, recorre la historia de un deporte que ha fascinado a todos los de espíritu aventurero, ya sean fascistas, comunistas, conservadores o ecologistas; todas las ideologías, dice Batalla, han usado el montañismo en favor de su causa, ya sea para clavar la bandera de Francia en el Annapurna o para demostrar que un vegano puede conquistar los mismos logros que un omnívoro.
Todo es política. Todo. Ni a ocho mil metros te vas a librar de nosotros.
Uno de los primeros libros que publicaste fue 'La virtud en la montaña'. Ahora, vuelves para hablarnos de montañismo, política y cumbres. ¿De dónde te viene esta fascinación por el monte y el alpinismo?
Me viene, sobre todo, de dos personas; de mi padre, que empezó a llevarme al monte cuando tenía cinco, seis o siete años, y me encantó desde el primer momento; y de un profesor del colegio público al que yo fui en mi barrio, un profesor muy vocacional, de estar todo el rato haciendo cosas más allá del currículum oficial.
Organizaba excursiones al monte y hacía una cosa muy guapa, que era coger la ruta que fuéramos a recorrer y hacerla el día antes dejando mensajitos ocultos en unos botes de carrete fotográfico. Al día siguiente, sabíamos que teníamos que ponernos a buscar. Cuando encontrábamos uno, había información interesante sobre el lugar en el que estábamos, o un acertijo o adivinanza; eran cosas que te obligaban a pararte a mirar y pensar. No era hacer solo una cumbre, era entender la montaña y la cordillera en todo su sentido, con su relato, sus protagonistas y gestas.
¿Hemos dejado de ser caballeros intrépidos que descubren nuevos enclaves para transformarnos en meros domingueros?
Es que quedan pocas aventuras por hacer. En el libro 200 años de soledad, se cuenta que ya se hizo todo lo heroico, lo importante. Todas las montañas importantes se han subido ya; se tardó, pero se subieron. Una vez subidas, se pusieron a recorrerlas por cada una de sus caras; después, cuando ya se hicieron todos los ocho miles del Himalaya, se pasó a hacerlos en invierno; una gesta, por cierto, que se terminó en 2023. Se fueron tachando retos y ya no quedan.
El mundo está mapeado, es complicado perderse. Todo lo tienes en Google, en Maps, en Wikipedia. Hay menos misterio y aventura. Lo que queda es rebañar la pota, forzarla. Ahora, lo que se trata es de subir y bajar lo antes posible; hay agencias de viajes que te organizan viajes exprés al Everest. En una semana, sales, subes, bajas y estás de vuelta. Te aclimatas en casa con una máquina especial, en lugar de en el campamento base, y una vez aclimatado, te dejan con helicópteros donde sea. También hay dobles ascensiones, de subir dos ocho miles en una semana. Es el frenesí de una época donde queda muy poco romanticismo, porque ya se hizo todo, y solo hay velocidad.
"El mundo está mapeado, es complicado perderse. Todo lo tienes en Google, en Maps, en Wikipedia"
¿Podemos despertar el romanticismo de alguna forma?
Quizá ahora consista en ponerse límites. Conozco gente, como Víctor Fuente Cantero, un alpinista cántabro, que tiene una visión conservadora del monte, pese a luego ser muy progresista.
Él reivindica a los pastores y su alpinismo. Lo suyo es el Desfiladero de la Hermida. Él se pasaría toda la vida allí, sin salir, explorando hasta el último rincón. Quiere recuperar la microtoponimia del lugar y trazar todos los rastros del paso de los pastores. Quizá la aventura sea esa, explorar los sitios más pequeños y conocerlos como la palma de tu mano. Y reivindicar a los aventureros anónimos del pasado, que no forman parte de la historia, pero estuvieron allí.
Un profe mío explicaba que en los mapitas antiguos se dibujaban dragones para simbolizar los territorios inexplorados, pero que hacía años que los habíamos matado todos. Ahora bien, que esté todo mapeado permite que más gente pueda viajar y subir una montaña; se democratiza la aventura. Da la sensación de que el alpinismo era solo un deporte de pijos.
Sí, sí. Al principio, eran aristócratas con pasta y tiempo libre; sobre todo, con lo segundo: como dice mi amigo Juan Ponte, las grandes conquistas obreras son de tiempo, no de capital. La gente que iba de monte era gente que tenía la libertad para hacerlo, y eran solo burgueses y aristócratas.
En la historia de las primeras alpinistas, por ejemplo, te encuentras mujeres con mucho valor y sentido de la liberación feminista en el siglo XIX, pero que no dejaban de ser aristócratas tremendamente clasistas o imperialistas.
Durante todo el siglo XIX, la montaña es un sitio fundamentalmente aristócrata hasta que llegan los clubes socialistas, que quieren llevar a la montaña al obrero, y aparecen los adelantos técnicos que permiten subir más arriba a la gente en tren.
"Durante todo el siglo XIX, la montaña es un sitio fundamentalmente aristócrata"
Enmarcas grandes gestas del alpinismo, como la subida francesa del Annapurna, dentro de aventuras con un sentido ideológico; esta citada, por ejemplo, dentro del nacionalismo. ¿Se creían de verdad este rollito ideológico o era una manera de vender un logro personal al público?
Yo creo que hay de todo; hay gente que sube la montaña creyéndoselo de verdad y otra que no. En esa misma expedición que citas había gente que tenía una ideología nacionalista, pero otros que no necesariamente la compartían. Como la expedición fue tan calamitosa, con amputaciones horribles, hubo alguno que hizo la reflexión de si se merecía Francia que sacrificaran sus pies y sus dedos por ella. Luego hay gente que sube montañas con una ideología que no sabe que tiene. La política, o la ideología, a veces es una cosa explícita, pero otras, algo implícito que tienes sin darte cuenta; como los apolíticos que creen no tener ninguna, pero en verdad son conservadores porque les vale el orden establecido.
Ya que citas a los conservadores. En el libro, los defines como hombres a los que les gusta transitar por senderos ya explorados y sin correr más riesgos de la cuenta. ¿Un conservador es un cobarde?
Los reaccionarios dicen que los conservadores son progresistas de mecha corta; aprueban los cambios que trae el progresismo, pero retardadamente, en diferido. Para los reaccionarios, son cobardes, sí, pero yo tampoco diría eso. En la historia del alpinismo, hubo una oposición desde el conservadurismo a este deporte, sobre todo, a su faceta más extrema, por considerar que ponía en riesgo a la juventud.
Cuando el alpinismo ya fue un hecho consumado, esos conservadores, progresistas de mecha corta, lo aceptaron y pasaron a practicar un alpinismo conservador. Yo no lo llamaría cobardía, sino prudencia a la hora de probar con entusiasmo algo solo por ser nuevo. Este es el mejor conservadurismo, el del papel, pero luego sabemos lo que es de verdad; como los conservadores en España apoyando a Milei. Vaya conservadores de mis cojones que apoyan a un tipo que es revolucionario. Un revolucionario siniestro y fascioliberal, pero un revolucionario.
En contraposición a los conservadores, cuentas que la alpinista Shatayeva, con la que empiezas el relato sobre el alpinismo feminista, no quería caminar por las huellas de los hombres para que no la acusaran de tomar un camino fácil. ¿El conservador es cobarde porque se lo puede permitir? Las primeras alpinistas no pueden permitirse mantener lo establecido.
Claro, eres conservador porque lo que existe te va bien y quieres conservarlo. En el caso de las mujeres, ¿cómo iban a ser conservadoras si vivían en un mundo que las esclavizaba y mataba? Shatayeva fue una gran alpinista que murió en el Pico Lenin, durante una expedición que salió muy mal. De ella se cuenta que en expediciones al Cáucaso, donde iba con otros hombres, se empeñaba en abrir camino, incluso cuando le hubiera resultado más cómodo seguir las huellas de otros que han pisado previamente, porque cuando caminas sobre la nieve te cansas mucho más. Ella se empeñaba en abrir huella para que nadie pudiera decir que había hecho menos esfuerzo que los hombres. Y es comprensible ese revolucionarismo de la mujer que no puede ser conservadora porque sería conservar un mundo que la maltrata.
"Es comprensible ese revolucionarismo de la mujer que no puede ser conservadora porque sería conservar un mundo que la maltrata"
En la introducción del libro, cuando explicas por qué te decides a hacerlo, dices que, como historiador, debes dejarte seducir un poco por algunas ideologías para poder aproximarte y entenderlas. ¿Esto no es muy peligroso?
Sí, mucho. Yo siempre pongo el ejemplo de Ulises en La Odisea, cuando pasa por donde las sirenas que cantan tan bello que hacen que los hombres se tiren al agua. Todos sus marineros se ponen tapones de cera para no escuchar el canto, pero lo que hace él es atarse al palo mayor del barco y dejarse los oídos al descubierto porque no quiere tirarse al agua, pero sí escucharlas.
Creo que un historiador debe proceder así a la hora de estudiar fenómenos siniestros, pero que fascinaron a millones de personas en su momento. El mejor ejemplo es el fascismo. Fue una cosa que fascinó a millones de personas y tú debes entender por qué; debes ser un antifascista total, pero entender su épica, su estética, su sentido de la belleza.
En el capítulo sobre el anarquismo hablas también de una anarquía gamberra, una oposición al zarismo ruso que consiste en huir allí arriba en busca de un lugar sin normas. ¿No es la montaña el sitio donde más normas hay que seguir?
Hay una mentalidad sobre el alpinismo que piensa en las montañas como un lugar donde te evades de la política. Polis viene de ciudad, la política se hace en las ciudades, ergo la montaña sería un lugar de escape. Pero en realidad, la montaña no es un lugar ajeno a la política, es hiperpolítico. A veces se hace más política en la montaña que en la ciudad, y pasa igual con las reglas: hay más reglas que en ninguna parte porque si no las sigues, te mueres. Es muy chula la anécdota mencionada de los anarquistas rusos que se iban a hacer pintadas contra el zar en un lugar tan alto que los gendarmes que iban a borrarlas no podían llegar y se liaban a tiros con los grafitis. La montaña ha sido un lugar de evasión, pero de evasión política; un sitio donde no se los podía pillar. La montaña ha sido de los maquis, ha sido Sierra Maestra en Cuba… Es el sitio para hacer la política que no se podía hacer en la ciudad.
"La montaña no es un lugar ajeno a la política, es hiperpolítico"
Y la política más pura, al final. El negociar con tu compañero quién hace la cena o el café de por la mañana.
Claro, el discutir. Dónde vamos, ¿por aquí o por allá? Me gusta mucho, cuando voy con amigos al monte, el proceso de debate; discutir si el camino elegido es bueno, si las nubes son inquietantes o no…
Hemos pasado de poner cruces en las cumbres de las montañas a colocar banderas de Red Bull; hemos pasado de maravillarnos por la simple grandeza de la naturaleza a transformarla en un escenario donde ejecutar nuestras teatralizaciones extremas. ¿Por qué?
Es un poco lo que comentábamos antes: ya no hay retos. Los retos son la velocidad, lo extremo, lo difícil. Y hay una apropiación capitalista de las montañas. Por cierto, algunos te dirían que esto no es político porque Red Bull es una empresa, pero anda que no es política una empresa. Es el montañismo neoliberal, el hegemónico en este momento. Ha habido una apropiación de las montañas. También hay una mentalidad de ya no ir a que la naturaleza nos someta, a aprender o a superar sus obstáculos; ahora hay un desprecio, se quiere someterla a ella, convertirla en un gimnasio, en un telón de fondo de nuestra egolatría. Fíjate en estos corredores de montaña que viajan por el mundo: si ves sus vídeos, no explican nada del sitio donde están, solo cuentan qué hicieron, cómo comieron, hasta dónde llegaron; no me están contando qué animales hay, qué lengua se habla. Es un telón de fondo que no les interesa, un gimnasio al aire libre para hacer más bonita su apoteosis ególatra.
"Hay una mentalidad de ya no ir a que la naturaleza nos someta, a aprender o a superar sus obstáculos; ahora hay un desprecio, se quiere someterla a ella, convertirla en un gimnasio"
Este modelo traerá mucha masificación, ¿no?
Sí, están masificando incluso el K2, que era la montaña mortífera por excelencia. Tú vas a su campamento base y hay mil millones de tiendas, altavoces poniendo música, colchones, Moët & Chandon, comodidades de hotel… Son botellones de altura.
Una última, venga. Al final, la tesis del libro es que todo es política, incluso unos señorcitos subiendo montañas. Entiendo, por llevar la pregunta al terreno de la actualidad, que sigue siendo política si esos señorcitos suben la montaña en bicicleta.
Si se saca la política de La Vuelta a España, no existe La Vuelta a España; si se saca la política de los Juegos Olímpicos, no existen los Juegos Olímpicos. Es algo que a la gente le cuesta entender. El deporte es más político que la misma política, es el individuo que compite con otro y triunfa, y es una correa de transmisión de los valores neoliberales; es nacionalismo cuando unas naciones compiten con otras por tener un prestigio que favorezca la marca de tal país. Por ejemplo, hubo un dopaje de masas de los países comunistas en los Juegos Olímpicos para garantizar un medallero que demostrara la superioridad frente al bloque capitalista, y eso es política. Las empresas que se anuncian también hacen política; que un equipo se llame Israel Premier Tech en un momento en el que Israel está ejecutando un genocidio es política nacionalista y fascista. El ciclismo, y en especial La Vuelta, es tanto o más política que muchas cosas de la política en sí.

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