Este artículo se publicó hace 16 años.
El dolor de cabeza de Pep
Fue marcar el tercer gol Milito y comenzar a temblar los cimientos del Giuseppe Meazza. Fue resquebrajarse el Barça y, hambrienta desde hace 45 años de un éxito europeo, romper a rugir histérica la hinchada interista al grito de "Inter, Inter, Inter". Brazos en jarra los once, curiosa estampa, los jugadores azulgrana buscaban alguna explicación a lo sucedido. Esta vez ni Piqué, que alentaba a los suyos tras el 2-1 de Maicon, acertaba a ofrecerles consuelo. En el banquillo catalán, Guardiola se rascaba la cabeza, signo inequívoco de preocupación. Mourinho, por su parte, parecía un tifosi más en el área técnica del equipo lombardo.
Lo del portugués en la banda es un espectáculo, sobre todo cuando gana su equipo. Tanto como la fuerza que muestra cada día Piqué que, tras resarcirse del golpe que significó para el Barça el tercer gol del Inter, hizo gala de su portentosa condición física para convertirse en la esperanza azulgrana en ataque.
Para la vuelta en el Camp Nou, el del Maresme echará seguro de menos a Puyol, su habitual compañero en la zaga que, sancionado por Benquerença, no perdió ni un minuto en lamentar la tarjeta, a pesar de que el capitán sabía que con esa amarilla la tercera del ciclo, el colegiado lo castigaba también sin poder jugar en casa. En ese momento, el semblante de Puyol rezumaba preocupación. Y no era para menos; Milito le dio la noche. Luego, terminado el partido, el de La Pobla salió disparado a por el árbitro. Quería comérselo. También algún otro compañero, que reclamaba un penalti en los últimos minutos, precisamente, sobre Piqué. Los jugadores del Barça no daban crédito a lo sucedido.
En otro lado, Etoo, al que se le vio inquieto desde los prolegómenos del partido, se abrazó, fundido por el esfuerzo, con su amigo Valdés, desolado. El de ayer volvió a ser un día especial para el camerunés, aplaudido por los tifosi desde que pisó el césped para saludar, también afectuosamente a Planchart y Torrent, los scouters de Guardiola, y Álvaro, el miembro de seguridad del club que viaja habitualmente con el primer equipo. Todos conversaron animadamente en el banquillo azulgrana, mientras los jugadores de ambos conjuntos permanecían en la caseta.
El gol en el Barça volvió a ser cosa de Pedrito, que, en total, suma ya 20 tantos esta temporada. Carolina, la novia de il piccolo Pedro, como ayer apodaron al tinerfeño algunos medios italianos, y el hermano del tinerfeño, que trabaja de electricista en la isla y cruzaba los dedos para poder regresar de Milán en avión y no tener que pedir más días de libranza a su jefe, daban así por buenas las 14 horas de autobús que se pegaron para ver en directo al extremo en San Siro.
Como a los jugadores y a la hinchada, al presidente, Joan Laporta, también le costó ayer unas horas de carretera llegar hasta Milán. El dirigente excusó su ausencia en la comida de directivas -en la que Jaume Ferrer fue el máximo representante del club- y arribó a la capital lombarda a media tarde. Por el camino, y alentado por la caravana de coches culés con los que se iba encontrando, Laporta, emocionado, remitía a la afición, a través de su cuenta de Twitter, los primeros versos de la tercera estrofa del Camí a Itaca de Lluís Llach: "Bon viatge per als guerrers que al seu poble són fidels" (buen viaje para los guerreros que son fieles a su pueblo). Tras el 3-1, el viaje de vuelta resultó, seguro, más duro para todos.
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