Este artículo se publicó hace 10 años.
Robert Prosinecki, futbolista en dirección prohibida
Croacia, que esta noche se enfrenta a España, es un reflejo de las virtudes y defectos de ese talento irrepetible. “El fútbol está más en la cabeza que en las piernas”, decía.

MADRID.- Perdimos el derecho a olvidarlo desde el día que lo conocimos. Llegó pronto a nuestras vidas. Tenía 22 años, unas orejas que daban la vuelta al mundo y un pitillo entre los dedos. Siempre fumaba Marlboro. Incluso a la salida del vestuario después de los partidos. No se ocultaba ante nadie. Tenía respaldo. Jugaba maravillosamente al fútbol, líder del Estrella Roja, campeón de Europa, y de una generación de futbolistas (Boban, Suker, Bilic, Jarni…) que en el Mundial de 1998, que también se celebró en Francia, fueron capaces de llevar a un país recién nacido como Croacia, a semifinales.
La Croacia de hoy, -la de Modric, Rakitic y compañía- es un reflejo de la Croacia de ayer. Un equipo educado en el talento, donde la anarquía nunca fue un defecto. Sólo una parte más de la personalidad de futbolistas que comparten el recuerdo de Robert Prosinecki (Schwenningen, 1969): “El fútbol está más en la cabeza que en las piernas”, decía.
Veinte años después, el balón sigue pegado al piso y Croacia sigue siendo la Brasil de Europa (al menos la Brasil que imaginamos) y sigue encariñada con el genuino ejemplo de Prosinecki. Un manera de ser, por encima de todo. Seguramente, nunca fue el futbolista que pudo ser ni se acercó al hombre que el Real Madrid fichó por 1.000 millones de pesetas de las de la época en el verano de 1991. Pero Prosinecki significaba un estilo, una manera de descuidarse, de desmitificar al fútbol de elite o de vencer al dolor.
Prosinecki significaba un estilo, una manera de descuidarse, de desmitificar al fútbol de elite o de vencer al dolor
Tenía 29 años cuando llegó a aquel Mundial de Francia. Podía acercarse a las 100 lesiones musculares, porque en su vida siempre todo fue exagerado, el triunfo o la derrota, los vicios o las virtudes. Pero dejar el balón a Prosinecki era como poner a Mickie Mouse a jugar al fútbol. En el 98 ya no ganaba una carrera de velocidad y llegaba fundido al minuto 70. Podía beberse todos los bidones de agua del universo. Pero Blazevic , el técnico, nunca lo sustituía. “No se trata de correr rápido, sino de pensar rápido”.
En esta Croacia hay futbolistas como Modric, Rakitic o Perisic que podrían ser un reflejo de Prosinecki
Hoy, en esta Croacia hay futbolistas como Modric, Rakitic o Perisic que podrían ser un reflejo de Prosinecki. Al menos, con la pelota, porque fuera del campo ya no se concibe a un hombre de ese corte con las muelas picadas o el paquete de tabaco en el vestuario.
Quizá porque tampoco se imagina un mundo como el de los noventa, una guerra como la que entonces partió Yugoslavia o esa incertidumbre masiva con la que que los futbolistas croatas viajaban por el mundo. Podían estar bombardeando el domicilio de sus padres y ellos celebrando un gol. ”Yo trataba de repetirme que era un profesional”, explicaba Prosinecki, “que Zagreb no se estaba viendo demasiada afectada y que mi familia estaba menos amenazada”. Por eso ahora, a los 47 años, domiciliado en otros mundos, seleccionador de Azerbaiyán, cuando compara al fútbol de ayer con el de hoy, Prosinecki no sabe cómo hacerlo. “En mi época no sabías como aislarte del entorno. No sabías porque, en realidad, era imposible”, añadió.
Sin embargo, él dejó un sello, algo que se explica al pronunciar su nombre. Hubo apellidos de aquella selección croata, semifinalista en el Mundial de Francia 98, que ni se reconocen. Al lado de Prosinecki, sin ir más lejos, jugaba Asanovic, que seguramente tuvo más influencia que él. Pero hoy casi dos décadas después, en Croacia, en ese país de cuatro millones y medio de habitantes, del que se habla es de Prosinecki como espejo para las generaciones de hoy. De hecho, a Modric se le pregunta por sus influencias y te habla de Prosinecki; a Rakitic y también te habla de Prosinecki, hasta Perisic, el mediocampista del Inter, dice que se acuerda de él, de su capacidad para pisar el balón y bailar por encima suya.
A los 29 años, cuando la crítica ya hablaba de su decadencia, Prosinecki puso la letra en aquella selección croata que jugaba para devolver el orgullo a su gente
Así que ni él ni nosotros tenemos derecho a olvidarlo ni a dejar de recordarle que en el Madrid fue el patito feo, incorregible el destino, que el Bernabéu no le perdonó uno solo de sus pecados. Sin embargo, a cambio, él cuenta que pudo ganar un Mundial. No engaña a nadie. A los 29 años, cuando la crítica ya hablaba de su decadencia, Prosinecki puso la letra en aquella selección croata que jugaba para devolver el orgullo a su gente. Tuvo en semifinales acorralada a Francia en su casa. Pero entonces ocurrió lo que nunca más volvió a ocurrir. Thuram, el lateral derecho francés, hizo dos goles. Prosinecki todavía se pregunta: “¿Cuántos goles había marcado Thuram antes de aquel partido? Ninguno. ¿Cuántos goles volvió a marcar después? Ninguno. Y, sin embargo, aquel día hizo dos…” Por eso todavía espera que el destino devuelva a Croacia lo que le debe. Y lleva 18 años esperando.
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