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La suerte salva vidas

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La personalidad no se importa y en el Bernabeú apareció un equipo mayor de edad. Un enemigo importante que jugó como el Ajax en sus mejores épocas en la Copa de Europa. Marcó el Borussia los tiempos con y sin balón. Mandó al Madrid al diván y, sobre todo, a Arbeloa, que llegó cuando la película había empezado. En los dos goles del Borussia, ejerció de hombre malo. Reus y Götze lo dejaron atrás.

Pero sería un error acusar a Arbeloa de una noche en la que el Madrid tuvo muchos pájaros en la cabeza. Jugó a los coches de choque. Pero la suerte es como un título nobiliario, que forma parte de su genética. A falta de cuatro minutos, Özil salvó la vida. Logró el empate, en un tiro libre misterioso que entró casi de puntillas. Fue un grito de esperanza en un partido en el que el Madrid hizo la goma desde el minuto uno. Fue detrás de la pelota con más rabia que fútbol.

El gol de Pepe fue la primera prueba de que el Madrid siempre está vivo. En realidad, fue un cabezazo brutal que sirvió para recuperar el empate. Hasta entonces gobernaba el Borrusia  con enormes fundamentos. Sus jugadores pertenecen a la clase alta. Son  un reflejo de su espléndido entrenador Jürgen Klopp, un tipo con una cabeza de fábula. Ha creado un equipo al que anoche sólo le faltó ser invencible. Cada balón en los pies de esos futbolistas fue la expectativa de una vida mejor en la primera parte. Frente a una cosa así, el Madrid arrastró infinidad de penas. Fue incapaz de quitarle el balón y se mantuvo en la pelea gracias a ese cabezazo contra pronóstico de Pepe. Apareció en el área con un hambre terrible.  Ante un salto de esa virilidad, Hummels y Subotic, los educados centrales del Borussia, no presentaron censura.

La noche fue de Schmelzer, el espléndido lateral zurdo del Borussia. Pero, sobre todo, apreció la naturalidad con la que Reus, Götze y hasta Lewandoski jugaron a la orilla del área. De hecho, sus goles tuvieron una inspiración genial. El primero fue la síntesis. La pelota fue de un lado a otro. Al final, dio la sensación de que Casillas se tragó ese balón. Pero antes había salvado dos, sobre todo a uno a Schmelzer en el que la pelota pudo hacerle hasta daño. Pero esa fue la imagen del Madrid, ante todo, un superviviente. Di Maria fue el de siempre. El  futbolista que en cada inicio de partido siempre parece que se va a comer el mundo y luego se esconde durante largos ratos. Tampoco Modric solucionó nada. Salió el croata con aire bandolero. Nada más empezar, tiró a gol desde lejos. Pero fue una mentira piadosa de un futbolista que todavía no ha encontrado su sitio en el Bernabéu, donde Higuain, recién pelado, sigue viviendo a golpe de tambor. No siempre es que sí para él.

Mourinho apeló a un nuevo mundo en la segunda parte. Sacó del césped a Modric, que se deshizo muy rápido. Salió Essien como jefe de obra en una noche que no estaba destinada para él. Pero, ayudado por la hinchada, el Madrid subió de volumen. En ese escenario, Callejón tuvo oportunidades de hacer buenos negocios. Jugó con el mismo espíritu de siempre, con ese que se niega a desaprovechar una sola oportunidad.

No es un especialista en nada, pero Callejón se presta a todo. Incluso, a jugar de delantero centro y de espaldas a la portería frente a defensas más altos y mejores que él. Pero esa perseverancia permite a este hombre competir hasta en el maratón de Nueva York, si llega al caso. De hecho, el Madrid se aferró a Callejón, a su afición a buscar lo imposible. Pero esta vez no lo encontró.

La reanudación no fue como la primera parte. Tampoco el Borussia fue ese espléndido pase de modelos. Derivó en un grupo más paciente y más parecido a la vieja Alemania de toda la vida. Concedió la pelota  al Madrid, pero no fue un buen equipo con ella. Essien tuvo una virtud, que fue la de no meterse en líos. Fue lo único porque, al margen de eso, no aportó nada. La noche perdió gas y minutos. Descubrió el lado más humano de Özil, que no terminó nada. Aceptó la mala uva de Cristiano, que sólo pasó una vez por taquilla. Fue a los 78 minutos, pero el pie de Weidenfeller se portó como una pared. Para entonces, el Madrid vivía de la casualidad. Estaba ya Kaka en el césped. Había sustituido a Arbeloa al que la noche puso en un compromiso permanente. En la segunda parte se ofreció hasta a tirar centros desde la banda izquierda. Casi una penitencia para un hombre que, en cualquier caso, siempre tendrá una altísima estima de sí mismo.

En realidad, el Madrid no eligió nada de lo que le pasó frente al Dortmund. Jugó casi a ciegas frente a un rival, que no tuvo tanto mérito en la segunda parte. Fue un error gravísimo. Aunque quizá sea otro de los datos de la noche que dejan en mal lugar al Madrid de Mourinho: ya no hay que hacer milagros para gobernar en Chamartín. Sólo hay que esperar a que se marche Modric y salga Essien, que para el caso fue lo mismo. Sólo cambió el color de la piel. Ninguno de los dos aportó más de lo que hubiese aportado Morata. Pero ese siempre será un misterio sin resolver. El delantero de la cantera no estaba convocado en una noche en la que hacían falta delanteros para remontar. Callejón, a pesar de su espíritu milenario, no da para tanto. Y eso que tuvo el gol, el del empate, antes de que lo hiciese Özil.  Pero el destino es incorregible. Siempre elige a sus héroes.

Real Madrid: Casillas; Sergio Ramos, Pepe, Varane, Arbeloa (Kaka m. 76); Xabi Alonso, Modric (Essien m. 46); Di María, Özil, Cristiano; Higuain (Callejón m. 46).

Borussia: Weidenfeller; Piszczek, Subotic, Hummels, Schmelzer; Kehl, Gündogan (Perisic m. 79); Reus (Bender m. 74), Götze (Leipneir m. 91), Grosskreutz; Lewandowski.

Goles: 0-1 (minuto 27): Reus llega solo por la derecha y bate a Casillas casi por el centro. 1-1 (m. 33): Pepe, de espléndido cabezazo a pase de Di María. 1-2 (m. 45): Götze, tras superar a Arbeloa en una jugada confusa. 2-2 (m. 86): Özil, de falta directa.

Árbitro: Cüneyt Cakir. Amonestó a  Grosskreutz y Hummels.

Estadio: Santiago Bernabeu.