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Esenciales y precarios Los trabajadores de servicios: "Al principio nos aplaudían, pero ahora vuelve a estar todo igual"

Personal de supermercado, repartidores a domicilio, camioneros, agricultores, temporeros... Piezas clave para que el conjunto de la sociedad pueda estar abastecida de productos esenciales. Ellos vivieron momentos muy duros durante el confinamiento y siguen padeciendo situaciones límite en sectores marcados por la precariedad.

Una cajera desinfecta el datáfono en un supermercado. Foto: EFE/Archivo/Javier Etxezarreta
Una cajera desinfecta el datáfono en un supermercado. Foto: EFE/Archivo/Javier Etxezarreta.

La emergencia del coronavirus ha puesto en evidencia que gran parte del bienestar de la sociedad descansa sobre los hombros de trabajadores y trabajadoras precarios, con salarios bajos y poco reconocidos. Gran parte de los empleados esenciales cuya actividad estaba permitida por el estado de alarma de marzo eran personas cuyos sueldos rondaban los 1000 euros mensuales, con altas tasas de temporalidad y con un elevado riesgo de contagio.

El personal de supermercado, repartidores a domicilio, camioneros, agricultores o temporeros salían cada día a trabajar junto al personal sanitario cubriendo las necesidades básicas de la población, personal que  fue y sigue siendo imprescindible, pero cuya realidad se ha vuelto mucho más evidente con la pandemia.

Personal de supermercado: muchos sin contrato fijo y con salarios precarios

A muchos de ellos les llamaron héroes y heroínas durante los meses de confinamiento severo, pero en el fondo no dejan de ser personas sin contrato fijo y con salarios precarios.

Durante estos meses Paula, una cajera de supermercado, contó a Público su día a día para intentar sobrevivir. Unos 900 euros al mes era lo que ingresaba y lo que ingresa después de que fuese aplaudida en los balcones.

Además, hubo trabajadoras y trabajadores que recibieron cartas de sus vecinos pidiéndoles que se fueran a vivir a otro lugar, como fue el caso de Miriam Armero, cajera de un supermercado de Cartagena, a la que sus vecinos pidieron que se marchara para no "ponerles en riesgo".

Mirian Armero, cajera de un supermercado de Cartagena, muestra en el portal del edificio donde vive, la carta que un vecino metida por debajo de su puerta y que encontró su hijo de 10 años, en la que le recomiendan que se busque otra vivienda mientras dura la pandemia del COVID 19 / Marcial Guillén (EFE).

Como ella, Charo, una cajera de supermercado en Galicia, que ha explicado a Público la situación que tuvieron que vivir muchos trabajadores de estos centros cuando todavía no se conocía bien el virus.

"Los primeros días fueron una locura. A día de hoy puedo decir que fueron los días más locos a nivel laboral. Yo trabajaba tres días a la semana y un miércoles me llamó mi encargada para decirme si podía ir a trabajar al día siguiente porque las cosas se estaban yendo de madre. Dije que sí y, a día de hoy, no sé cómo describirlo porque aquello era una auténtica locura. Era como en las películas de desastres, veías a gente corriendo por los pasillos y peleándose por productos", explica.

Charo cuenta que aquellos días fueron "horribles" porque tenían muchísimo trabajo. Asegura que el sábado 14 de marzo estaba tan cansada que se tiró al suelo cuando terminó de trabajar.

"La gente estaba muy nerviosa. Estábamos recibiendo mucha información de golpe. Nadie entendía realmente al 100% lo que aquello significaba. Durante esos días la gente se comportaba de forma diferente; o te trataba muy mal o te trataba muy bien".

Charo recuerda que durante los primeros días los equipos de protección individual prácticamente no existían.

"Durante los primeros días no teníamos absolutamente nada. Teníamos guantes, pero el personal de caja terminó usando los de la sección de carnicería o frutería... Algunos clientes nos trajeron mascarillas quirúrgicas que tenían en casa y, a partir del 14 de marzo, la empresa trajo material", cuenta.

Charo explica a Público que, incluso, hubo clientes que escupían, estornudaban y tosían al personal de supermercado.

"Durante esos días venía gente sin mascarilla y algunos venían y tosían en la caja, pero yo no tenía miedo de contagiarme. Creo que tenía tanto trabajo que mi cabeza no pensaba en eso. Sabía que había riesgos, pero no lo pensaba, creo que pudo ser un mecanismo de autodefensa", recuerda.

Charo considera que, pese al coronavirus, nada ha cambiado y que la percepción de la gente sobre el personal de supermercado sigue siendo exactamente la misma.

"En aquel momento sí que nos aplaudían, pero ahora vuelve a estar todo igual. Yo esperaba que hubiese algún tipo de cambio por parte de la sociedad, pero por desgracia la gente lo relaciona con un trabajo simple, mal pagado, un trabajo que no vale…", lamenta.

Además, asegura que, en su opinión,  no se respeta al personal de supermercado "ni a nivel social ni a nivel económico".

"Cuando trabajas en un supermercado es bastante normal tener horarios largos y que se cambien turnos con muy poco tiempo de antelación. Es difícil organizar tu esfera privada porque la laboral no te deja. Creo que estamos muy abajo", lamenta.

Agricultura y ganadería, sectores primordiales

La agricultura y ganadería es uno de los sectores profesionales considerado como esencial durante la pandemia. Si los ciudadanos no se han visto desabastecidos en ningún momento –tampoco en los meses de confinamiento– es gracias a que los campos continuaron produciendo alimentos para el resto de la población. La regla de tres es clara: sin personas en el campo no hay alimentos en las tiendas.

Aunque estos trabajadores y trabajadoras no se han enfrentado cara a cara con el virus, de su actividad ha dependido la tranquilidad de los consumidores que vivían confinados en sus hogares, pero con la garantía de que el abastecimiento estaba totalmente garantizado.

Sin embargo, a pesar de su importancia, muchas de estas personas trabajan en condiciones muy precarias, haciendo un trabajo duro con salarios bajos.

Riders y sector del transporte: falsos autónomos y separados de sus casas

Los camioneros también son trabajadores esenciales que garantizan que los alimentos, el agua, los medicamentos, los equipos de protección individual y otros bienes se entregasen de manera segura y a tiempo en las diferentes zonas de España.

El programa de Jordi Évole ofreció el testimonio de Oti, una camionera que prestaba servicio frente a la situación de cuarentena y que afrontaba sus días y noches en su vehículo de una forma muy complicada.

Entre lágrimas pudimos escuchar las condiciones en las que tenía que trabajar y, como ella, todos sus compañeros.

Oti durante el programa de Jordi Évole.

"Quieren que en los supermercados haya de todo, pero nosotros no tenemos nada. No tenemos servicios, no tenemos para comer caliente… necesitamos ir al servicio, necesitamos ducharnos. Estamos haciendo nuestro trabajo. Han hecho un vacío en el reglamento para que trabajemos como burros, pero no lo han hecho para que tengamos unos servicios mínimos", explicó a todos los telespectadores cuando los bares y restaurantes de las estaciones de servicio estaban vacíos.

Por su parte, los riders, se convirtieron en los meses más duros de confinamiento en trabajadores esenciales. Tuvieron que ver cómo se reducía su tarifa base durante la pandemia, como en el caso de los trabajadores de Glovo.

Muchos, al verse desprovistos de equipos de protección, tuvieron que gastar de su propio dinero para guantes y mascarillas, viendo aún más reducido su salario a final de mes.

Fernando es trabajador de Glovo y de UberEats. Comenzó a trabajar como rider tras ser despedido de su empresa hace dos años, se hizo autónomo y en estos dos años se ha dado cuenta de la forma de trabajar que tienen estas empresas.

"Trabajar en Glovo es una locura. Un mes puedes ganar 800 euros, otro mes puedes ganar 1.200 euros y otro mes 200 euros, es una lotería. Es imposible tener una estabilidad laboral, uno anda entrampado siempre, pidiendo ayuda un mes y devolviendo el dinero el mes que te va bien", cuenta Fernando.

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