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Shorta, el peso de la ley Anders Ølholm y Frederik Louis Hviid: "La gente cree que Dinamarca es un país idílico, pero la sociedad se inclina cada vez más a la derecha"

Los actores Jacob Iohmann y Tarek Zayat.
Los actores Jacob Iohmann y Tarek Zayat. Caramel Films

En 1992, en la víspera del nuevo año, en Dinamarca, tres policías agredieron salvajemente a un joven activista de izquierdas. El hombre sufrió daño cerebral permanente. Antes de aquel suceso y hoy, treinta años después, la escena se repite y se repite en una especie de bucle de brutalidad policial. Hace un año, el policía Derek Chauvin asfixió a George Floyd en Mineápolis. Los nombres de Michael Brown, Breonna Taylor, Eric Garner… se unen a la lista de personas negras desarmadas muertas a manos de la policía en EE.UU. En Irán, en noviembre de 2019, la policía disparó y mató a cientos de manifestantes. En Filipinas hay testigos de disparos de la policía contra pobres que estaban en el suelo pidiendo clemencia... La policía de Río de Janeiro mató en 2019 a 1.810 personas, una media de cinco al día. Ese año, en Kenia la policía terminó con la vida de 122 personas. En Irak, entre octubre de 2019 y enero de 2020, la policía asesinó a unos 600 manifestantes. Entre 2015 y 2018, más de 500 personas murieron en Jamaica por disparos de la policía. Unas 1.000 personas mueren cada año a manos de la policía en EE.UU.… Son cifras espeluznantes que retratan la realidad de un problema gravísimo y que ahora llega al cine con la película Shorta, el peso de la ley, de los cineastas daneses Anders Ølholm y Frederik Louis Hviid. Inspirados por aquel episodio de 1992 en su país, los directores se preguntan en su película por las causas y las consecuencias de la violencia policial, retratan la ira y el miedo de las personas marginadas y pobres, denuncian los discursos de odio, racistas y xenófobos, y ello desde un cine de género iluminado por títulos legendarios de los setenta firmados por cineastas como Sidney Lumet, Walter Hill o William Friedkin.

Cuando la policía mató a George Floyd, ustedes habían terminado ya su película, pero no estaba estrenada. ¿Sintieron que ‘Shorta’ podría interpretarse como oportunista?

La muerte de George Floyd nos entristeció muchísimo, fue un bajón tremendo. La película se basa en un caso que ocurrió mucho antes en Dinamarca y ver que volvía suceder fue muy triste. Pero sí, cuando mataron a George Floyd, ya teníamos la película terminada. Entonces hablamos de cambiar algunas cosas, pero decidimos que no lo haríamos finalmente. Solo cambiamos el tráiler, para que no se viera el momento del personaje diciendo “no puedo respirar”, que ya se ha convertido en parte del Black Lives Matter. No queríamos parecer cínicos ni oportunistas que se aprovechaban de algo tan grave. Estas cosas son muy importantes. Pero también nos pareció importante no cambiar nada más, para que se viera la importancia real de estos sucesos.

Una imagen de la película. Caramel Films

La brutalidad policial parece imposible de controlar…

…Es una cosa que dura ya demasiados años. La gran diferencia con lo que pasaba hace tiempo es la existencia de cámaras, ahora todo el mundo puede grabar cualquier cosa. La brutalidad no es nada nuevo y no se ha incrementado, lo que pasa que ahora ocupa el centro de atención porque todo se graba. Para la película, de hecho, nos basamos en una caso de hace treinta años, un chico que quedó en coma. Lo triste es que se repite con las mismas palabras y los mismos gestos. La política de hoy es tenernos divididos entre blanco y negro y hay que estar de un lado o de otro. Esto es muy peligroso. No hay que ponerse del lado de la policía ni del otro, todos somos seres humanos y dentro de cada uno de nosotros hay una humanidad. El ser humano no es blanco o negro.

El barrio donde se rodó la película es un guetto de inmigrantes, gente pobre… ¿Las desigualdades favorecen la violencia policial?

En realidad es un sitio ficticio, lo hemos inventado porque no queríamos que se señalara con el dedo a nadie de ningún barrio real. Pero sí hablamos de unos jóvenes desfavorecidos y enfurecidos, privados de su derecho de acceso a la vivienda, jóvenes que se sienten demonizados e incomprendidos. Además, necesitábamos un sitio grande para creer que los personajes no podían escapar de allí. Esta no es una película política ni documental, no era la intención. La historia es una advertencia de lo que podría ocurrir. Y, la verdad, no es imposible ni mucho menos que acabemos en esa situación, que se dé un tipo de conflicto así dado la tensión que se intensifica cada vez más. La gente piensa que Dinamarca es un país idílico, sereno, uno de los más felices del mundo, pero la sociedad se está inclinando cada vez más hacia la derecha. Suecia o Francia… tienen problemas gravísimos en algunos barrios con la policía. Al hacer la película hablamos mucho, queríamos hacer una película de género, pero también queríamos que se abriera un debate y que se viera lo que ocurre de verdad.

Dicen que no es una película política, pero ya solo el hecho de que el punto de vista sea el de los policías la hace política, ¿no?

Todo es política y desde luego no podemos controlar cómo el público interpretará lo que hacemos. Pero en el cine, tener una perspectiva lo es todo. Intentamos ver desde qué perspectiva hacíamos la película, buscamos todos los puntos de vista, pero el personaje de Mike, el policía, es el que más evoluciona. No fue una elección deliberada, ocurrió por sí sola. Pensábamos en ‘The French Connection’, en el cine de los setenta… Vivimos en un mundo hoy que es muy conflictivo y la policía está a diario viendo lo peor de la naturaleza humana. Es difícil que esto no te influya al cabo de unos años, porque los policías son personas, no están blindados, no se puede decir que sean inherentemente personas malas. Lo que sí creemos es que a la policía le falta mucho entrenamiento. En la película, lo que viven les hace cambiar. En las películas de los setenta, que han sido nuestra referencia, los personajes eran ambiguos, ni buenos ni malos. Lo que ocurre es que ahora se nos pide constantemente escoger y la vida no es así. Por eso en la película al principio hay un personaje, un policía, que parece el protagonista, pero luego la cosa cambia y es Mike, el otro policía, el que ocupa su lugar. Este es un chulo, un tipo cargado de prejuicios, un perfecto gilipollas, pero consigue cambiar algo dentro de él. Era importante poder mostrar eso.

Frederik Louis Hiviid y Anders Olholm. Caramel Films

¿Importante porque desde el cine se puede cambiar la opinión de la gente?

Con esta película queríamos dar al público algo en lo que pensar. Ver que gente con horizontes y modos de pensar diferentes son capaces de cambiar.

Esta es una película de hombres, ¿quiere decir esto que la violencia es consustancial del género masculino?

La violencia es inherente al género masculino y este tipo de conflictos suele ser masculino. Mucha gente habla de una masculinidad tóxica, pero nosotros no pensamos en la película así desde el principio. Claro, en la película faltan personajes femeninos, los pocos que hay representan el corazón humano, pero sí, es una historia masculina, aunque no empezó con esa idea. El policía Mike no se da cuenta realmente de quién es y solo cambia cuando pierde su importancia, cuando ya no tiene el poder, ya no es el hombre que tiene el poder y no sabe cómo reaccionar, pero no puede permitirse hacer el ridículo.