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De las aulas a las calles

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Universidad de Valencia, 20 de febrero, sobre las 19:30. Allí me encontraba yo participando en un acto abarrotado sobre los medios de comunicación cuando, de repente, un grupo de estudiantes irrumpe en el salón de actos. 'Compañeros, estamos cortando la calle, necesitamos apoyo'. La sala se vació en segundos y, a los pocos minutos, profesores y estudiantes estábamos frente a la universidad. Carreras, algún contenedor ardiendo que pude fotografiar con el móvil y la policía queriendo entrar en el Campus frente a la oposición de las autoridades académicas.

Esta anécdota, inimaginable antes del ciclo abierto por el movimiento 15-M, tiene sin duda muchos elementos sesentayochistas y seguro que algunos querrán evocar en la experiencia de la Spanish Revolution los tiempos en los que Rudi Dutschke, Daniel Cohn-Bendit, Tariq Ali o Mario Capanna agitaban a los estudiantes y a las sociedades europeas. La organización de Capanna, Movimento Studentesco, incluso teorizó el papel de los estudiantes como cerebro social que debía asumir la tarea de concienciar a la clase trabajadora. En la imprescindible película de Elio Petri La classe operaia va in paradiso se muestra, efectivamente, a piquetes estudiantiles frente a una fábrica llamando a los trabajadores a la huelga. El grupo de Capanna se hizo famoso además por su servicio de orden, los katanga, temidos no solo por la policía y los fascistas sino también por el resto de grupos de la izquierda italiana de la época.

Si los estudiantes valencianos hubieran contado con semejante servicio de orden, nadie hubiera podido afear el estilo hobbesiano del jefe de policía que llamó a los estudiantes 'el enemigo' y por fin los antidisturbios hubieran podido presentar partes de lesiones creíbles. Pero como sabemos, en nuestro país, ni los estudiantes acuden a las fábricas a concienciar a los trabajadores, ni la guerrilla urbana, como la 'gimnasia revolucionaria' que le gustaba al anarquista García Oliver, forma parte del repertorio de acción del 15-M. Y con todo, hay algo de sesentayochismo en la relación del movimiento con la universidad.

Algunos analistas han hablado, no sin parte de razón, del 15-M como un movimiento sin precedentes. Recuerdo una conversación con Isaac Rosa en la que mencionó un cierto complejo de adanismo en el movimiento; en las asambleas de su barrio algunos activistas que llevaban trabajando años en una radio popular, se desesperaban cuando los recién llegados proponían crear precisamente una radio. El grupo punk Lendakaris Muertos, implacables herederos de los Dead Kennedys, sintetiza bien este adanismo de los universitarios del movimiento en su canción 'La hoz y el martini': La policía pega, los banqueros nos roban, años de universidad y me acabo de enterar. Y con todo, el movimiento tiene mucho que ver con la movilización de los estudiantes y de los profesores precarios.

Nadie debe olvidar el precedente fundamental de aquella movilización del 15 de mayo de 2011 que habría de marcar la historia política reciente de nuestro país. El 7 de abril, el colectivo Juventud Sin Futuro inauguraba la primavera madrileña con una imponente movilización bajo los lemas 'sin casa, sin curro, sin pensión: ¡Sin miedo!' y una pancarta de cabecera en la que se podía leer: 'Esto es solo el principio...'. A ese movimiento iniciado por jóvenes estudiantes precarios se incorporaba por primera vez una generación de docentes universitarios (los que muchas veces no llegamos a cobrar ni 1000 euros mensuales por dar clase en las universidades públicas) para los que la universidad nunca fue un plácido balneario para el estudio, sino un territorio comanche colonizado por empresas privadas, caracterizado por la precariedad y por un tipo competitividad que nada tiene que ver con el conocimiento.

Los activistas de Juventud Sin Futuro eran cuadros del movimiento estudiantil formados en las luchas contra el Plan Bolonia y estaban lo suficientemente preparados políticamente para saber a quien interpelar. No se trataba de llamar a la movilización de la izquierda ni de los sindicatos, ni siquiera de los estudiantes, sino de apelar a un significante flexible, la juventud, que podía servir para representar una compleja red de sujetos subalternos caracterizados por la precariedad y la destrucción de expectativas generadas por la crisis. Se trataba, básicamente, de representar a una mayoría social.

Ese discurso de defensa de las mayorías sociales adquirió su forma más efectiva para el movimiento 15-M en la lucha contra los desahucios y por el derecho a la vivienda pero llegó mucho más lejos, pues redefinió la agenda política de este país (ningún partido, ni siquiera el PP, ha podido permitirse obviar los mensajes del 15M) y sirvió también para señalar que la crisis económica iba a tener un efecto crucial; el de cuestionar el edificio político 'pactado' en la Transición.

Es difícil saber qué pasará en los próximos meses pero la agresividad de los recortes del Gobierno seguirá creándole enemigos. El Gobierno de Rajoy jugará al desprestigio (como está haciendo con los sindicatos), usará a la policía y modificará la legislación para criminalizar la protesta. Pero una política basada sólo en la manipulación informativa, los recortes y la coerción está condenada a abrir escenarios ante los que el movimiento y los ciudadanos harán valer la experiencia acumulada. De esto se habla, y mucho, en la Universidad.

*Pablo Iglesias es profesor de Ciencia Política en la Universidad Complutense.

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