Opinión
La democracia, ¿camino del cadalso?

Por Manuel Rico
Director de Público
El primer mandato de Donald Trump en la Casa Blanca inspiró la publicación en 2018 de un interesante libro titulado Cómo mueren las democracias. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt sostienen que “las democracias pueden morir a manos de los generales, pero también pueden morir lentamente a manos de los líderes elegidos”. La idea central del libro es que el autoritarismo en nuestros días suele adoptar formas institucionales y legales. Por traerlo a nuestro terreno: ya no son necesarios generales Pavías que planten dos cañones frente al Congreso para convencer a sus señorías de que vayan desalojando o carniceritos ferrolanos rodeados de mercenarios marroquíes que asalten la democracia (eso sí que fue una invasión mora, por cierto, de la que curiosamente nunca hablan Abascal y su cuadrilla).
Ambos autores, junto a Lucan Way, publicaron en diciembre de 2025 un artículo, El precio del autoritarismo americano, que es aún más incisivo que su libro y donde afirman sin ambages que “durante el segundo mandato de Trump, Estados Unidos ha caído en un autoritarismo competitivo, un sistema en el que los partidos compiten en las elecciones, pero los gobernantes abusan habitualmente de su poder para castigar a los críticos y sesgar las reglas del juego en detrimento de la oposición”.
No obstante, Levitsky, Way y Ziblatt mantienen cierta esperanza, entienden que aún hay partido, que el hecho de que Estados Unidos haya cruzado la línea hacia el autoritarismo competitivo no significa que su declive democrático haya llegado a un punto de no retorno. Y ahí es donde realizan las reflexiones que más me interesan, por aquello de que el futuro no está escrito y porque entiendo que también son aplicables a la situación actual en España.
Para evitar que se consolide el autoritarismo, advierten los politólogos, “los defensores de la democracia deberán reconocer el doble peligro que suponen la complacencia y el fatalismo”. Por un lado, subestimar la amenaza para la democracia de la Administración Trump favorece la inacción ante el abuso sistemático del poder; por otro, sobreestimar el impacto del autoritarismo desalienta las acciones ciudadanas necesarias para derrotar a los autócratas en las urnas. Como el partido aún no ha terminado, explican que las fuerzas de la oposición a Trump tienen tres vías para disputarle el poder: las urnas, los tribunales y la calle. Pero ninguna de ellas por sí sola será suficiente, hay que dar la batalla en los tres ámbitos.
Levitsky, Way y Ziblatt están convencidos de que, en ese contexto, “el peligro más grave no es la represión, sino la desmovilización. Los activistas de la oposición que tratan la dictadura de Trump como un hecho consumado y la represión y las elecciones amañadas como inevitables corren el riesgo de crear una profecía autocumplida. La erosión democrática se acelera cuando los ciudadanos y las élites se retiran de la contienda”.
El pasado 3 de junio se cumplieron 500 días del segundo mandato de Trump en la Casa Blanca. Además de su desmontaje democrático interno, la política exterior del sátrapa ha incendiado el mundo con sus continuos ataques a la legalidad, desde el secuestro de un jefe de Estado en Venezuela a la guerra ilegal en Irán, pasando por el continuo apoyo al genocidio palestino perpetrado por el nazi Netanyahu.
Trump tiene aún dos años para consolidar definitivamente su autoritarismo y los opositores ese tiempo para intentar evitarlo. En las calles, las manifestaciones No Kings (Reyes no) mantienen su fuerza y los organizadores lanzaron una nueva oleada de protestas el 14 de junio, para contraprogramar las celebraciones del 80 cumpleaños de Trump. En los tribunales, los defensores de la democracia ganan alguna batalla, aunque los fieles al presidente mantienen una holgada mayoría de seis a tres en el Tribunal Supremo, órgano que aplica el rodillo conservador la mayoría de las ocasiones. En las urnas, las elecciones de medio mandato mostrarán el próximo 3 de noviembre si la mayoría de Trump en las dos Cámaras se mantiene o si empieza a resquebrajarse su poder institucional.
Los peligros de la complacencia y el fatalismo siguen ahí. Y no solo en Estados Unidos. Tengo entre cero y ninguna duda de que nuestros Trumpitos caseros del ámbito político, mediático y judicial buscan exactamente lo mismo que su precursor yanqui. Así que también aquí toca batallar para que la llegada de la extrema derecha al poder no sea una profecía autocumplida.
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