De la multipolaridad a la ley del más fuerte
El orden mundial basado en reglas lleva años siendo dinamitado por aquellas potencias que lo crearon. La vuelta de Trump al poder en 2025 ha acelerado esta inercia. En este artículo analizamos sus consecuencias.

Redactora de Internacional y datos
Madrid-
El 2 de abril de 2025, Donald Trump destapaba, una a una, las tasas arancelarias que había decidido imponer a los países de medio mundo. Al igual que en un concurso de televisión, al retirar las cartulinas dejaba a la vista el monto del premio. Pero, a diferencia de esos programas, aquel espectáculo llevaba el sello de la Casa Blanca. Mediante este mecanismo, el magnate prometía compensar a favor de Washington el déficit comercial que la economía estadounidense arrastraba en su relación con otros mercados. Tras cosechar el 49,8% de los votos en las elecciones de 2024, Trump deseaba hacer notar al mundo su poder y esta era su primera demostración.
Aquel acto, al que llamó, triunfante, Día de la Liberación, fue la carta de presentación de la política exterior de la nueva Administración: brutal, errática, arbitraria, autoritaria y desafiante. Pero quien llegara al poder agitando el eslogan proteccionista America First ha terminado por verse envuelto en guerras extranjeras y bloqueos comerciales de los que no parece saber salir. Todo ello ha recortado la popularidad del mandatario y, según la mayoría de las encuestas, son más los ciudadanos estadounidenses que desaprueban su gestión —entre un 55% y un 60%— que los que la aplauden —entre un 35% y un 40%—.
Una nueva Estrategia de Seguridad Nacional
Que el presidente estadounidense da tumbos en política exterior es en parte cierto y en parte falso. El ideario que subyace a muchas de las decisiones que ha tomado en sus primeros 500 días de mandato quedó plasmado en la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN), que vio la luz en noviembre de 2025. Este documento se publica cada cuatro o cinco años, coincidiendo con la formación de un nuevo Ejecutivo. En él, cada inquilino de la Casa Blanca refleja los objetivos internos y externos de su gabinete, así como las estrategias que seguirá para alcanzarlos. El Pentágono también toma nota del ESN en la elaboración de la Estrategia de Defensa Nacional (EDN), en la que ordena sus capacidades militares en base a las prioridades marcadas por la Casa Blanca.
La hoja de ruta en política exterior marcada por la Administración Trump en su ESN cuenta con paradas en las que hacía tiempo que ningún presidente se detenía, tal y como se señala en un análisis del Instituto de Estudios Estratégicos del Ministerio de Defensa español. Entre ellas, una vuelta a la teoría de las esferas de influencias —la llamada doctrina Donroe—, un giro hacia el realismo geopolítico y una vuelta a la lógica de la paz a través de la fuerza. Con todo ello, Trump dice poner en el centro el "interés nacional" de los estadounidenses, que, según su relato, habría sido manoseado y deformado por los gobiernos anteriores.
Trump dice poner en el centro el "interés nacional" de los estadounidenses, que, según su relato, habría sido manoseado y deformado por los gobiernos anteriores
¿Qué significa todo esto a efectos prácticos? Con la doctrina Donroe, Trump subraya la necesidad de dominar el hemisferio occidental, desde la Tierra del Fuego argentina hasta la frontera de Canadá y Alaska. Para ello, asegura, necesita disponer libremente de los recursos naturales y del territorio que se extiende desde la Groenlandia danesa hasta los límites orientales de Europa, algo que pretende hacer doblegando a los gobiernos de esta extensa área geográfica.
Trump nunca pretendió alcanzar estos objetivos mediante la negociación diplomática, sino mediante la aplicación de la ley del más fuerte. "La fuerza es el mejor elemento disuasorio", explica en la ESN. En otras palabras, se trata de alcanzar la paz a través de la fuerza. Este modus operandi es esencialmente contrario a la multilateralidad, que parte de un principio de cooperación. Para Trump, que otros Estados u "organizaciones transnacionales" e "internacionales" cuestionen o traten de contener su forma de proceder es una erosión a la soberanía estadounidense, algo que el magnate promete "proteger sin complejos".
Los aranceles como arma de extorsión política
La imposición de aranceles a sus competidores no es una medida novedosa para el mandatario estadounidense. Ya durante su primera legislatura, entre 2017 y 2021, inició una guerra comercial con China en la que los aranceles cumplieron un papel fundamental. Sin embargo, tras su vuelta a la Casa Blanca, Trump ha llevado estas medidas al extremo. Desde el anuncio de una tasa del 125% a las importaciones chinas, hasta el 10% a Singapur, solo dos países con los que EEUU guarda relación quedaron exentos de aranceles: Rusia y Bielorrusia.
Desde abril de 2025, Trump ha reducido, aumentado, congelado, fragmentado o ejecutado estas tasas a aquellos países con los que deseaba llegar a acuerdos. De esta forma, los aranceles son el marco de discusión que Trump crea para negociar, asegurándose una ventaja de partida; mientras que castiga a aquellos países que exportan más a EEUU de lo que importan, cumpliendo —a su manera— con la promesa de independencia que hizo en campaña: Make America Great Again, "que América sea grande de nuevo".
Si bien todos los países de la órbita neoliberal se han visto en la necesidad de sentarse a negociar con el mandatario, muchos de ellos han respondido con medidas similares. Probablemente el caso más doloroso para la industria norteamericana fueron las condiciones impuestas por China, que recortó las exportaciones de minerales claves para la fabricación de semiconductores, fundamentales para las nuevas tecnologías estadounidenses. Aquello le granjeó a Trump algunos encontronazos con los tecno oligarcas de Silicon Valley, principalmente Elon Musk, dueño de Tesla.
Musk también fue crítico con los aranceles que EEUU impuso a la UE, ya que los Veintisiete amenazaron con responder imponiendo tasas de entre el 10% y el 25% a varios productos importados de EEUU, incluidos los tecnológicos. Finalmente, tras varias rondas de negociación, EEUU acabó imponiendo un arancel general del 15% a la UE, mientras que Bruselas todavía no ha hecho efectivas la mayoría de las tasas que amenazó con aplicar a los productos estadounidenses.
China: de enemigo a competidor
Durante los últimos 70 años, EEUU ha considerado a China como un enemigo potencial. Desde que en 1949 el gigante asiático se constituyó en una República Popular que funcionaba bajo los parámetros del comunismo, EEUU ha justificado esta enemistad en base a cuestiones ideológicas. Sin embargo, la vuelta de Trump al poder en 2025 supuso un giro en la manera en la que Washington miraba a Pekín, que ya no se basa en la cuestión moral, sino únicamente en la estratégica.
Como recoge un análisis de Carlota García Encina para el Real Instituto Elcano, EEUU "parte de la premisa de que el equilibrio de poder en Asia condicionará el equilibrio global", de manera que "vincula directamente la prosperidad estadounidense a impedir que una sola potencia controle el acceso a mercados, rutas marítimas y nodos estratégicos clave de la región".
Para contrarrestar su poder comercial, Trump impuso al gigante asiático aranceles de hasta el 125%, aunque de momento solo se ha ejecutado una tasa del 10%. Ahora bien, para Inés Arco, investigadora principal de Asia-Pacífico del CIDOB, la centralidad que tiene la cuestión china para EEUU no significa que todos los movimientos que ha dado Washington en política exterior desde que Trump volvió al poder tengan como objetivo a China. "Se dice que Venezuela enviaba el 85% de sus exportaciones a Pekín, pero para China esto solo suponía el 3% del petróleo que importaba", razona la experta. Lo mismo ocurría con Irán, de donde China importaba el 10% del crudo que compraba. "El elemento estratégico basado en la energía no se sustenta", evidencia Arco, quien sostiene que, de hecho, algunas de las políticas exteriores de Washington incluso han beneficiado, indirectamente, la salud comercial y diplomática de Pekín. Así lo demuestra, por ejemplo, el aumento de las exportaciones chinas de materiales para las energías renovables, lo que ha hecho que se revalorice su imagen como socio fiable ante Occidente.
EEUU y China parecen haberse dado cuenta de la inmensa capacidad que tienen para dañarse. "China necesita semiconductores para desarrollar su propia industria de IA y de transición energética, mientras que EEUU necesita tierras raras". Es por ello que, de acuerdo a la investigadora del CIDOB, "ahora mismo hay un consenso en torno a la estabilidad". En el último encuentro entre ambos, el pasado mayo, Washington y Pekín empezaron a rebajar la tensión de la guerra comercial.
Ucrania: la promesa incumplida
Tras volver a ganar las primarias del Partido Republicano en 2023, Donald Trump aseguró a la CNN que, de ser presidente, acabaría con la guerra en Ucrania "en 24 horas". Aquellas palabras se convirtieron en uno de sus mantras durante la campaña electoral. Sin embargo, 500 días después del inicio de su gobierno, la guerra en el este de Europa continúa su curso, que parece haber encallado en el frente oriental del Donbás.
500 días después del inicio de su gobierno, la guerra en el este de Europa continúa su curso
Putin y Trump se reunieron en Alaska el 16 de agosto de 2025 y el estadounidense compró la totalidad de las exigencias rusas para acabar con la guerra. El mandatario norteamericano afirmó que el presidente ruso "quiere la paz y está dispuesto a alcanzar un acuerdo histórico sobre Ucrania". Apenas unas semanas después, se vio obligado a reducir su entusiasmo tras confirmar que la guerra continuaba.
La imagen de este encuentro contrasta con la de la reunión que mantuvo el republicano a finales de febrero de 2025 con Volodimir Zelenski, presidente de Ucrania, a quien humilló durante su visita a la Casa Blanca. Trump llegó a decirle que estaba "jugando con la Tercera Guerra Mundial" al no aceptar una rendición incondicional. Las críticas de la UE al comportamiento de Trump en aquella reunión y su apoyo sin fisuras a Zelenski desataron la furia del republicano con Europa. El presidente estadounidense aseguró que EEUU "no priorizaría más la seguridad de Europa", y que si no aumentaban su gasto nacional militar al 5% de su PIB, "Rusia podría hacer lo que quisiera" con ellos. De momento, España, Bélgica e Italia se oponen a esta propuesta, si bien este ultimátum ha puesto sobre la mesa la discusión acerca de la soberanía defensiva de los Veintisiete.
El desencuentro sobre la cuestión militar en Europa se incrusta en un conflicto más amplio relacionado con el papel de EEUU como financiador principal de la OTAN. En esta línea, nada ha empeorado más las relaciones de Donald Trump con sus socios europeos que el rechazo de algunos de ellos
—España e Italia— o los condicionantes en el caso de otros —Reino Unido, Alemania o Francia— a que el Ejército de EEUU hiciera uso de las bases militares que tiene en Europa para operaciones relacionadas con la guerra en Irán.
El genocidio en Gaza y la duplicación de la ONU
Cuando The Washington Post publicó a finales de agosto de 2025 el borrador de un plan inmobiliario para la Franja de Gaza, llamado GREAT Trust, Israel ya había destruido el 77% de las viviendas del enclave, entre cuyos escombros habían muerto, al menos, 70.000 palestinos, según datos de la ONU, algo que dos tribunales internacionales —la Corte Penal Internacional (CPJ) y la Corte Internacional de Justicia (CIJ)— consideran un posible genocidio. Donald Trump y su entorno lo han identificado como una oportunidad de negocio.
Un mes después, a finales de septiembre, Netanyahu y Trump presentaban al mundo su "plan de paz" para Gaza, acordado unilateralmente entre la potencia ocupante y su aliada. Actualmente, la tregua ha quedado encallada en la fase tres, que supone la retirada de Israel de la Franja, la reconstrucción del enclave y la creación de un marco para el fin definitivo del conflicto. Solo se ha avanzado, lentamente, en la primera cuestión; si bien Israel ha roto de manera sistemática el alto el fuego desde que se anunciara la tregua. Y no solo eso: también ha intensificado sus ataques en el sur del Líbano.
Irán: una guerra fallida
La alianza que conservan EEUU e Israel desde la fundación del pequeño Estado mediterráneo en 1948 se ha mantenido sólida hasta el día de hoy; buena muestra de ello es la ofensiva contra Irán iniciada el pasado mes de junio de 2025 —cuando EEUU bombardeó tres de las instalaciones nucleares más importantes del país: Fordow, Natanz e Isfahan— con el objetivo de consentir a Israel. Unos meses más tarde, el 28 de febrero de este año y en un ataque conjunto, Netanyahu y Trump acababan con la vida del ayatolá Jomeiní. Empezaba la guerra.
No era la primera vez que el habitante de la Casa Blanca miraba hacia Irán: ya durante su primer mandato rompió el pacto nuclear que habían alcanzado EEUU e Irán bajo el mandato de Obama y que habían suscrito países como Francia, Gran Bretaña, Alemania, Rusia y China. La desaparición del pacto implicó una nueva tanda de sanciones para el país persa que han perjudicado enormemente la economía de los iraníes.
En 2025 emergió la oportunidad perfecta para acabar con el que para Washington era "el mayor financiador del terrorismo del mundo". Los aliados de Irán estaban enfangados en sus propias guerras y la sospecha de que el régimen estaba enriqueciendo uranio para la creación de la bomba atómica les proporcionaba el casus belli perfecto. Con un presidente en EEUU favorable a sus objetivos, Israel entendió que era "una oportunidad que no podía desperdiciar", evidencia Haizam Amirah Fernández, director del Centro de Estudios Árabes Contemporáneos (CEAC). De momento, la guerra de Irán ha costado a la Administración estadounidense unos 29.000 millones de dólares, según las últimas estimaciones del Pentágono.
En los últimos meses Trump también ha perdido la confianza de algunos de sus aliados árabes, como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Kuwait. Irán ha centrado sus objetivos militares en las plantas energéticas de algunos de estos países como respuesta a los ataques de Israel y EEUU. La patada definitiva al flujo energético mundial ha sido el cierre intermitente del estrecho de Ormuz, que ha elevado el precio de los combustibles en todo el mundo y ha hecho tambalear la economía global.
Sin perder de vista Latinoamérica: Venezuela y Cuba
El 3 de enero, el mundo despertó con la noticia del secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y de la expresidenta de la Asamblea Nacional y esposa del mandatario latinoamericano, Cilia Flores, por parte del ejército de EEUU. En apenas una hora, un centenar de aeronaves estadounidenses destruyeron las telecomunicaciones y los cuarteles militares de la capital del país. Ambos fueron trasladados a una prisión en Nueva York, donde esperan a ser juzgados por delitos relacionados con el tráfico de drogas y de armas.
Aquella intervención fue tildada de "quirúrgica" por analistas de medio mundo. "Es el tipo de intervención que le gusta a Trump", relata Amirah Fernández: "Corta y espectacular". "Vamos a dirigir el país hasta que haya una transición adecuada", explicó a la prensa el mandatario horas después del secuestro. Pronto quedó al descubierto que el verdadero objetivo de la Casa Blanca era apoderarse de los recursos petroleros del país latinoamericano. Como muestra de este razonamiento, el presidente estadounidense colocó en el lugar de Maduro a su segunda, Delcy Rodríguez, para sorpresa de buena parte de la oposición venezolana. De esta forma, la injerencia en el país caribeño cristalizó varias de las máximas de la era Trump: el rechazo al derecho internacional, a la mediación de los organismos multilaterales y la priorización de los objetivos comerciales por encima de la diplomacia.
Ahora Trump tiene puesta la mirada en Cuba que tras la intervención en Venezuela vive sumida en una crisis a todos los niveles. No son pocos quienes consideran que el presidente estadounidense podría intentar en la isla lo mismo que hizo en Venezuela; aunque de momento todo parece indicar que querrá resolver antes el caos que él mismo ha ocasionado en Oriente Medio.







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